Aquí esta la rosa, baila aquí!



  • **Este escrito pretenderá introducir al pensamiento, el develar de la inusitada naturaleza del individuo en su estado de inocencia, esto es su juventud. A través de alegorías y semblanzas que se sesgan a la fantasía de una mente prematura, este sumario esbozara la paradoja de la minoría de edad.

    Retrato de juventud: Epígrafe sobre la minoría de edad.

    Tal y como la describe el instituido poeta William Butler Yeats en su poema: La rosa tendida sobre la cruz del tiempo (1), la vida se muestra como un tallo viril que trepa y se alza hendiéndose a través de una cruz que representa, dependiendo el punto de vista, la estructura, el instinto o institución de la naturaleza humana.

    Es definitivo aseverar aquí, la postura infundada pero no determinada de la vitalidad, que escala a voluntad, a “libero arbitrio” un monumento que ha sido enarbolado sin su propia disposición. La tenacidad que por el verde tallo impulsa la adusta rosa, al unísono debilita la raíz de la flor. La juventud se manifiesta aquí como una impetuosa y cegadora fuerza, que en sí misma es contraproducente, y a su
    vez ornamentada con la insurgente e insidiosa inocencia.

    Por este gasto profuso de vitalidad, en su próxima madurez la Rosa ha de doblarse, el invierno, el ocaso de la vida se desata por ese derroche de energía, que se despliega en la huida a la cima de esa cruz tan elevada. Vuelve la sangre a cera, el impulso del agua hacia las raíces se desangra en las rocas, lo único que queda de ello es solo ruido en la boca de las venas florecidas.

    La mano que arremolina el agua del estanque del valle, remueve la arena, pero jamás tocara las penumbras del fondo, y los labios del tiempo absorben del estanque lo que la belleza de la Rosa necesita. Una vez embellecida, envilece en su aterradora forma mustia, obteniendo de ella solo la impresión de su belleza intangible, dilucidando una vez más que la vida es tan solo un sueño, un deseo tendido sobre la cruz del tiempo.

    La paradoja es asimilable aquí, por el sesgo que toma la juventud en su inocencia. Es un sistema cíclico e inabordable, que parece que sigue su curso inalterable. Un error que oscila entre Escila y Caribdis, esto es, la malograda adolescencia. La adolescencia es un estado permeable, y naturalmente, uno de los mayores momentos de producción de vida, que nos hace situarnos justo en frente de la cruz del tiempo. En ella nos descubrimos como un ser con determinidad, nos descubrimos como un ser para la muerte, un ser con temporalidad. En la niñez no ocurre eso, porque claramente es incomprensible el tiempo, el tiempo como “curso” hacia la muerte, el tiempo como factor de dependencia absoluta de nuestros actos, es decir cómo ser independiente.

    En la adolescencia comenzamos a escalar esta “Cruz del tiempo”, como una especie de alpinismo que realizamos para que la Rosa florezca. El curso de nuestra vida ahora es uno solo, y este tiene como nombre el “Progreso”. El progreso es sinónimo, valga la redundancia, de sinonimia. Este es un estado que puede recibir la investidura que cada uno desee, pero que solo tiene una sola dirección, y esta es hacia arriba. El “hacia-arriba” es a lo que nos obliga la “Cruz del tiempo”, es el espacio, es el mundo circundante, el espíritu de la cultura.

    En este “hacia-arriba” es en donde se encuentra la paradoja y en donde enfatizare, porque la máxima categorial de ese “hacia-arriba” es: “Escala y muere en las alturas, o no escales y muere al pie, doblegado ante la Cruz del tiempo”. Esta máxima, parece sin lugar a refutaciones, una antinomia, demostrando dos opciones contrarias que en sí mismo son una esencia, una misma cosa dentro de los parámetros naturales. Por lo tanto si es una antinomia, claramente es un razonamiento falso: llega a la cima y muere, quédate en las profundidades y muere, ambas proposiciones contienen la misma conclusión, ergo el razonamiento es insostenible.

    En este momento de nuestras vidas, es en donde debemos comprender que esta Cruz, esta paradoja, puede ser removida, alterada o destruida, o por lo menos asir el conocimiento de que puede ser removida, alterada o destruida, antes de comenzar a escalarla. Comprender que el curso de la historia, es un producto humano, es alcanzar uno de los estados de mayor relevancia en la vitalidad, es comprendernos como hacedores, sujetos dadivosos y no receptores.

    Este es un pequeño texto que he delineado en muy poco tiempo en esta noche de domingo, a modo de introducción, de un tema muy extenso y que se despliega en varios ámbitos del pensamiento humano. Quizás por ello la apariencia del manifiesto asemeja a algo irresoluto o inconcluso, pero su verdadero fin en sí el desvelamiento de una problemática muy rica en contenido de debate.

    (1)

    ! To the Rose Upon the Rood of Time, William Butler Yeats (1865-1939)
    ! Red Rose, proud Rose, sad Rose of all my days!
    Come near me, while I sing the ancient ways;
    Cuchulain battling with the bitter tide;
    The Druid, grey, wood-nurtured, quiet-eyed,
    Who cast round Fergus dreams, and ruin untold;
    And thine own sadness, whereof stars, grown old
    in dancing silver sandalled on the sea,
    Sing in their high and lonely melody.
    ! Come near, that no more blinded by man´s fate.
    I find under the boughs of love and hate,
    In all poor foolish things that live a day,
    Eternal beauty wandering on her way.
    ! Come near, come near, come near. –Ah, leave me still
    A little space for the rosa-breath to fill!
    Lest I no more hear common things that crave;
    That weak worm hiding down in its small cave;
    The field mouse running by me in the grass,
    And heavy mortal hopes that toil and pass;
    But seek alone to hear the strange things said
    By God to the bright hearts of those long dead,
    And learn to chaunt a tongue men de not know.
    Come near; I would, before my time to go,
    Sing of old Eire and the ancient ways:
    Red Rose, proud Rose, sad Rose of all my days
    **



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