Pensamiento de los Cinco Dedos.



  • Las noches en las tierras del sur son peculiares por demás, puedes ver montones de personas gritando a los cuatro vientos qué objetos tienen a la venta, incluso cuando casi no hay gente en las ciudades… siempre me ha llamado la atención ese tipo de gente; humanos -dice con tono soberbio-.
    Mientras ellos gritan y parlotean con los leñadores de la ciudad -aún no entiendo como el Rey deja deforestar árboles que le pertenecen-, suelo pasear por los rincones abandonados de ésta ciudad. Más de una vez la suerte me ha acompañado y me he topado con rarezas de las más costosas, espadas que cortan cabezas de dragones de cuajo, armaduras extravagantes que no podrías atravesar, también bolsas repletas de monedas… éstas últimas llaman mi atención. Quizá estén pagando algún soborno o quién sabe qué.
    En los años que he vagado por éstas hostiles tierras, también he encontrado buenas personas, gente honorable que no tiene problema de charlar un poco con un viejo zorro... aunque no recuerdo sus nombres pues; este enano aún tiene su barba empapada en cerveza, puedo decir que varios de ellos eran sirvientes del Rey.
    Es raro ¿Sabes? Pues aquellos que portan los estandartes de la legalidad y el buen oficio son los que más tiempo pasan bebiendo algo conmigo. Ambos sabemos que dichas charlas no podrían llevarse a cabo fuera de las ciudades… pero eso no interesa, es un tema a parte.

    Hace algunos días, Thinta, un guerrero alto de cabellos rojizos me explicó que partiría lejos de éstas tierras y ofreció dejarme la llave de su bóveda. Sin duda acepté, pues si algo no le puede faltar a un enano como quien les habla, es oro.
    Explicó que buscaría nuevos rumbos y aunque con tono triste y melancólico en su voz, supuse que no volvería a verle pues… este parecía el fin de sus días.
    Yo no soy el indicado para hablar de lo maravillosa que es la vida, ni de sus sorpresas y placeres, llevo largos años dedicándome a lo mismo y aunque me he ganado cientos de amigos, he ganado miles de enemigos...

    Perdón que me desvíe del tema, hace tiempo que no escribo y es lógico que tanto tiempo sin tomar una pluma uno ya no sepa cómo escribir adecuadamente. Prosigo.

    Al aceptar su llave -la de su bóveda- me pidió que quite todos los objetos de valor que tenía y los guarde en la mía, que tome todo el oro que había ahí guardado y lo lleve en mis bolsas sin tapujos; él ya había avisado en Finanzas Goliath que éste ser de escasa altura sería ahora el dueño de su lugar en el banco.

    Encontré colecciones de hachas plateadas, dagas afiladas, cascos, armaduras y escudos en cantidad. También había pociones cuidadosamente colocadas para que no se derramaran, con tantos colores como el arcoiris que por un momento supuse que todo era irreal. Aunque hablando de colores debo decir que sólo una cosa en esa bóveda repleta captó mi atención por completo. Una gema color verde.
    Había oído acerca de éstas piedras, las leyendas cuentan que conseguirlas todas da al portador un poder descomunal, aunque otras dicen que otorga sabiduría absoluta… eso no lo sabré con certeza ahora ni en un futuro cercano.

    Luego de todo esto mi bóveda rebalsa, los cajones de oro ya no caben y tuve que adquirir otro espacio adicional en el banco. Já, quién lo creería…

    Recuerdo viejas épocas con anhelo, donde repartíamos nuestra riqueza con aquellos que tuvieron menos suerte que nosotros, con toda esa gente que gritaba al unísono ¡Viva la cofradía! y los dioses o enviados de, debían poner orden para que no se altere la paz de la ciudad de Nix. Dorados años.
    Reconozco que hay muchos que no saben de ésto, pero si ves al enano mejor vestido, con un correcto léxico y portando el nombre de La Cofradía… no dudes en pedirle lo que necesites. Aunque ya no tenga hombros en quién apoyarme, te daré una mano. Aunque algunos de mis compañeros ya no caminan por estas tierras… y otros tantos han muerto, yo, Dedus, sigo con el espíritu de La Cofradía de los Cinco Dedos que tanto bien le hizo a la comunidad.

    (lo escribí en un ratito y está sin corregir, lo haré mientras lo vuelvo a leer)



  • ¿Cómo no recordar a Dedus en aquellos tiempos remotos? Cuando la ciudad rebosaba de comerciantes era habitual encontrarlo allí. Siempre dispuesto a intercambiar unas palabras y muy amablemente instaba a los demás a colaborar por causas justas. Por supuesto que esa bondad no le quitaba su condición de "ladrón", sin embargo me resultaba gratificante ayudarlo en lo que me era posible; después de todo los ideales de la Cofradía amparaban a los más necesitados. Me gustó el relato! 🙂


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