Libertar efimera La ultima confesion V



  • capitulo V
    (El caza-recompensas el encuentro)
    Camine bastante, hasta que un gran panteón de granito detuvo mi paso. En lo alto tenia una plancha de metal pulido, en el cual tenia grabado el nombre “ALAMIN”, por lo que no es dificultoso darse cuenta de quien estaba enterrado dentro. Volteé para ver que no haya nada extraño en los alrededores antes de entrar. La puerta estaba cerrada por dentro. No iba a dar media vuelta y marcharme exactamente, así que di una fuerte patada a la pesada puerta de Hierro justo en el medio de ella. Noté como la puerta se abría, se había destrabado por dentro.
    Baje las grandes escaleras de piedra caliza y note una gran hilera de antorchas en las paredes. Con un conjuro de fuego que me enseño mi padre, pude encender las antorchas, ni bien yo me acercaba a ellas. Maldecí al oír como la gran puerta de hierro se cerraba nuevamente, y esta vez por fuera; fue donde me di cuenta que no era suerte el que se halla destrabado tan fácilmente, por lo que seguí mas decidido que antes a cumplir mi labor de una vez por todas.

    La escalera finalizó en un tétrico lugar lleno de cráneos pútridos, esparcidos por todo el recinto. Caminar por ahí me daba asco y tuve que llevar un pañuelo a mi nariz. Me preguntaba porque en la tumba de una sola persona existirían tantos cadáveres, empecé a sospechar. Allí delante mió aparecía el ataúd del Joven Alamín; decidí perturbarlo por última vez para dar fe a que estaba allí, muerto.
    De repente, todas mis antorchas se apagaron repentinamente, dejándome solo con mi ungüento luminoso en el cuello. Al acercarme al ataúd pude notar dos pequeñas estelas de luz, y duros pasos metálicos que se hacían cada vez más fuertes… otros pequeños pasos de caracas viejas se oían tras de mí. Sonreí al oír que los pasos mas débiles se detuvieron justo detrás de mí, tomé mi espada y destruí a tres esqueletos caminantes de un golpe giratorio. Habían unos cuantos más, pero no desvié mi atención de las dos estelas rojas de luz que yacían en el final del templo. Decidí correr hacia las pequeñas estelas de luz delante cuidando de no tropezar.
    Con mi espada en mi mano, observé que las estelas de luz ya tenían forma de ojos. Tome mi espada y trate de cortar lo que se hallaba entre las estelas de luz y el suelo, pero solo puede hacer cantar al aire. Apareció entonces una espada de la nada, que corto mi ungüento de luz del cuello y trato de alejarme.
    Retrocedí y me batí a lucha en la oscuridad, solo guiado por los ojos del demonio y el pequeño ungüento que yacía dos metros delante de mí. Se trataba de Alamín, lo supuse por su destreza superior a los demás esqueletos. Sentí como el viento de la espada me raspaba por poco el brazo, las piernas y el cuerpo; realmente me encontraba en un día de suerte...

    [quinto capitulo, espero os guste :D]


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