Valle de la calma [ Historias y Leyendas]


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    Bueno esta historia la saque de un blog que la verdad me gusto mucho, es entretenida, te atrapa la historia, esta bien redactada, y muy atrapante. La quiero compartir con ustedes la parte numero 1, otro dia con mas tiempo pongo la 2da que es mas corta gracias a dios xD.
    Disfrutenla.

    Prologo

    ! El hospital San Niño fue construido el 16 de julio del año 1860. Aunque se disputó mucho, ninguno de los doce arquitectos que trabajaron en el proyecto (que tardó casi una década en completarse) se pudo adjudicar la autoría definitiva de la obra. El interés de estos hombres por ser reconocidos estaba justificado; el San Niño, con una capacidad para atender a dos mil pacientes, sería el hospital más grande jamás construido no sólo en Argentina, sino en todo el sur del continente.
    Fue el último de los arquitectos, un inglés llamado sir Jonnathan Changstein, quien sin embargo tuvo el honor de recibir el mérito, y también el de colocar el nombre que llevaron las instalaciones hasta el último día de su existencia.
    Su construcción costó una fortuna a la Confederación liderada por Justo José de Urquiza quien, tras el sangriento combate de Cepeda y con miras a los últimos desenlaces de la guerra civil que eclipsaría la batalla de Pavón, consideró pertinente la edificación de un lugar estratégico al sur para atender y retirar a los soldados heridos, que se contaban por miles.
    Para 1900, cuando ya la Argentina era una república consagrada, el San Niño corrió peligro de ser clausurado debido a los altos costos de su mantenimiento; no en balde, ante el equipamiento y personal que exigiría cualquier otro hospital en grandes ciudades como Buenos Aires, el San Niño los duplicaba y a veces triplicaba. Era, en palabras de un ministro retirado del gobierno de Pellegrini, “un engendro”.
    Para los años que corrían, los titanes que no pertenecían a la clásica Europa estaban ávidos por mostrar al mundo su formidable poderío, preludio a un nuevo orden mundial que no tardaría muchos años en instaurarse, y para ello se valían de un presumido desfile monetario llevado a la palestra con tanto ahínco como si del tamaño de cierta cosa se tratara: no querían cerrar al San Niño, pues se trataba de un baluarte que representaba, con su enormidad, el tamaño del octavo país más grande del mundo.
    Pero no por ello iban a dejar de hacerlo de manera inteligente, una inteligencia que envidiarían muchos políticos de la Argentina moderna: no convertirían al San Niño en una ladilla gigante (qué peor pesadilla) así que al cabo de poco tiempo, se les ocurrió una mejor idea: gracias a su ubicación tan retirada de cualquier ciudad, -citando textualmente- “en el medio de la nada” el lugar sería un excelente centro de retiro (o pozo con candado) para burgueses de toda índole y/o sus numerosas ovejas negras.
    El propósito era estar alejados del mundo y, más importante aún (sobre todo en años consecuentes, cuando Hearst y Pulitzer se debatían el dudoso honor de haber convertido al periodismo en un arma de destrucción masiva con el amarillismo) de escándalos.
    La idea funcionó tan bien que unos pocos acaudalados no sólo sacaron al San Niño de los números rojos, sino que además decidieron que había que expandir la idea con un proyecto más interesante aún: crear un centro psiquiátrico, donde podía dejarse a las antiguas leyendas de la política (adentro y fuera del país), la milicia, uno que otro refugiado nazi y los grandes burgueses envejecer dignamente, sin exponer su senilidad.
    El psiquiátrico, el cual fue construido paralelo al hospital, tomó apenas tres años en completarse. La idea, en esta ocasión, sería simple: un edificio idéntico al primero.
    Se suponía que los costos del psiquiátrico serían mucho más bajos en esta oportunidad, porque al principio no era más que una extensión vacía del primer edificio. Sin embargo, eso cambiaría con el tiempo, cuando la primera estrella de cine escondiera a su hijo hidrocefálico, o la primera cantante italiana a su adolescente drogadicto para protegerlo de los largos brazos de la prensa Europea durante los años sesenta. Ellos fueron los pioneros para empezar a admitir toda clase de pacientes con problemas (siempre y cuando, desde luego, fueran lo suficientemente ricos para pagarlo).
    De ese modo, poco a poco, el psiquiátrico se volvió más próspero que el hospital, y se transformó en una pequeña comunidad cerrada que lo tenía todo.
    El doctor en jefe, quien tenía a su cargo las dos enormes instalaciones bautizadas bajo el mismo nombre, era para el centro lo que para un portaaviones su almirante.
    Su labor médica era incomparable frente al desempeño político y administrativo que el San Niño exigía.
    Este puesto recayó sobre los hombros de veintisiete personas, veintiséis de ellos mantuvieron a flote el largo proyecto. Sin embargo, fue el encargado número vigésimo séptimo quien, a partir de la segunda mitad del siglo XX, aumentó de forma exorbitante sus ganancias personales y las del San Niño, hasta cierta temporada, en el que tras salir a la luz una serie de hechos abominables, las instalaciones se clausuraron para siempre.
    Esta es la historia de esos últimos años.
    PREFACIO
    Abraham se despertó por la noche, sintiendo un intenso dolor.
    Sus testículos estaban perlados de una extraña humedad, las sábanas a su entorno se hallaban empapadas.
    Se sacudió dando manotazos, arrancó todo lo que tenía encima, se cayó por el costado de la cama, y se arrastró hasta el baño. En la oscuridad, palpó la pared durante tanto tiempo que el horror se hacía cada vez más grande en la corteza acalambrada de su cerebro, su mente era una licuadora de cosas malas.
    ! La luz de la bombilla parpadeó, iba y venía cada segundo.
    El dolor lo obligó a arquear su cuerpo.
    Deslizó una mano dentro de su pijama, y sintió algo caliente y suave en la piel ahí, de donde el dolor venía.
    Se llevó los dedos ante la cara, y vio que estaban mojados de sangre.
    Gimió y, con la mente desorbitada, colocó las manos alrededor de las cinturas, bajándose lentamente los pantalones, para ver qué cosa había ahí, donde nadie tenía derecho…
    ! I
    1
    Me desperté esta mañana con un dolor de cabeza tal, que pensé que el cráneo se me iba a partir en pedazos.
    Ha estado molestándome desde el primer día que llegué como enfermero suplente, pero hoy (al cuarto día) se ha vuelto poco menos que insoportable.
    Cualquiera diría que una de las ventajas de trabajar en un hospital es que se tienen al alcance todos los medicamentos habidos y por haber, entre ellos los que me servirían para aliviar mi jaqueca, sin embargo, nada es tan fácil como parece: soy un enfermero suplente, y creo que el puesto más bajo después del mío vendría a ser el del personal de limpieza.
    Si a eso le sumamos que soy nuevo, y que es mi primer empleo desde que puedo recordar (literalmente) entonces todo se resume a que no quiero ser percibido como una molestia para mis jefes.
    O más bien “no quise”… cuando despegué la cabeza de mi almohada, imaginé mi cráneo con varias grietas alrededor, abriéndose con el sonido pastoso que hace una muela al despegarse de la encía cuando un dentista la jala con uno de esos alicates... y esa fue la gota que rebasó el vaso. Apelaré a la compasión del médico de guardia.
    Mientras me colocaba mi bata de enfermero frente al espejo del baño, reflexioné que el clima aquí en Valle de la Calma es muy diferente al que me tenía acostumbrado Bahía Blanca. De hecho: todo es diferente. No puedo asomarme por la ventana sin sentirme atrapado en una inmensa cúpula de neblina que abarca ese esponjoso campo arbolado.
    La temperatura es gélida, la humedad bastante alta, pero la atmósfera y el estado de ánimo imperante son apacibles.
    Como sea, es lógico que no se pueda esperar otra cosa de un hospital convencional, y sin embargo, el San Niño no lo es.
    En fin, como siempre he querido ser escritor, voy a intentar poner a prueba mis habilidades haciendo el ejercicio de describir cómo es este lugar (quien sabe si en un futuro me inspire a escribir ese proyecto que tanto anhelo).
    “Al lado del edificio principal, conectados por un puente en el último piso y una plaza bajo el primero, se halla la segunda edificación, que es igual de larga, con el mismo aspecto colonial, su tejado verde, su sinfín de ventanas adornando la fachada, y sus chimeneas. Una construcción idéntica, sí, pero edificada con otro propósito: es un manicomio.
    Claro, que el personal médico del San Niño prefiere llamarlo “casa de reposo” o “retiro”, pero evidentemente, no son más que efímeras sutilezas en pos a resguardar un pudor obtuso, porque a los locos (supongo) las palabras o los tecnicismos no les hacen pupa.
    La primera noche esperé escuchar un concierto de gritos, aullidos y reclamos… todo lo que cabe esperar de un manicomio, pero confieso que sólo estaba influenciado mentalmente por un mediocre catálogo de películas de horror y cultura pop: el lugar es muy, muy tranquilo, bastante más que aquí en el hospital (que ya es decir). Visto desde el jardín de afuera, pareciera que las habitaciones tras las ventanas del manicomio estuvieran, incluso, vacías.
    Revisando mi rostro frente al espejo, leo la vieja calcomanía envejecida y rota que dice “CUERPO SANO, VIDA FELIZ”, vaya ironía pegar esa cosa en un lugar donde ni siquiera sirven desayuno para el personal.
    Pero una vez más me encuentro reflexionando e imponiéndome una suerte de auto-censura… porque al fin y al cabo, este es el mejor empleo que un chico como yo, en mis condiciones, podría llegar a tener.”
    2
    Abraham Castelblanch cerró su diario personal, marcando la última página escrita con una pluma de gaviota, regalo de una ex – novia (que tenía muy en cuenta su sueño de convertirse en escritor), y se sentó al borde de su cama, dándose un tiempo para meditar, acariciando, con su dedo, los pliegues en el cuero de la tapa.
    Visto con sus anteojos, su cabello negro un poco más largo de lo normal, que se derramaba en varias puntas a los lados de su cabeza, Abraham era alguien bien parecido.
    Su padre, quien por desgracia cayó y más nunca pudo volver a levantarse, ni económica ni moralmente, le había obsequiado una infancia muy cómoda, pero una madurez difícil, lo que, a la final, resultó más duro que lo otro.
    Para cuando su progenitor estaba tan acabado en la vida que siquiera podía mostrarle una erección a su esposa, día en que convirtió su auto en un taxi, los hermanos mayores sabían que tenía que coger cada uno por su lado y salir del nido… no hizo falta que mamá lo aclarase, los cachorros tenían el tacto de un artista.
    Así, pues, se acabaron las fiestas, las mujeres, la buena ropa, toda clase de lujo y, lo que era peor, una carrera universitaria cortada por la mitad.
    Abraham ya había tenido varios empleos, y a pesar de que le dolía en el corazón, trabajó con el temple de alguien que, más que a sí mismo, le demuestra a los demás que no tiene nada de malo dedicarse a algo siempre que sea digno, por lo que barrió, lavó y levantó mierda de perros. ¿A quién le importaba lo que él estuviera haciendo? A nadie, y si salía el primer ‘putazo’ a decir lo contrario, le iba a partir la cara.
    Había pasado por lugares malos en ciudades grandes, bares, pubs, locales inimaginables en calles negras y charcos profundos en los que nunca pensó que iría a poner pie (la falta de dinero patrocina bien ese tipo de aventuras), así que su última escala es en un pueblito que se llama Valle de la Calma, más precisamente el hospital San Niño, donde solicitaban personal para “empleo duradero y con posibilidades de ascenso en poco tiempo”. Aquél parecía ser un lugar bastante mejor que los anteriores…
    Se puso de pie y se dio media vuelta, dispuesto a tender la cama. Dejó las almohadas sobre la silla y colocó sus manos abiertas sobre las sábanas, alisándolas, pero se detuvo, pues se fijó en algo extraño; gotas de sangre haciendo circulos pequeños en el medio de la tela.
    Su mente fue, poco a poco, recobrando lucidez. Los recuerdos llegaron a su cabeza como un veneno.
    Algo había pasado anoche…
    Caminó hasta el cuarto de baño, y levantó el bote de basura: adentro estaban amontonados los trozos de papel higiénico manchados de rojo. Había por lo menos seis o siete trozos.
    <<¿Mis huevos?>>
    Sonaba tan ridículo como gracioso.
    <<no hay="" nada="" malo="" con="" mis="" huevos="">></no>
    Esa mañana se sentía bien, se sentía él… pero algo le decía que se revisara ahí abajo, cuidadosamente.
    Exhaló aire, ofuscado, y se desabotonó la bata, dejando al descubierto la hebilla del cinturón. Levantó el extremo de la correa y retiró la perilla del agujerillo.
    A continuación, se desabotonó los pantalones… el sonido del zipper le pareció más largo que nunca en la vida.
    Su ropa interior no tenía ninguna mancha. Debía recordar el momento en que se los colocó, en la mañana, pero para entonces, su mente estaba lejos de recordar o asociar nada con respecto al episodio de la noche anterior.
    La punzada en su mente fue más incómoda todavía, era como sentir que alguien –aparte de él- estaba en la habitación. Es esa presencia calambrosa que a veces se hace tan intensa, que obliga a levantar los ojos o girar la cabeza… la sensación de que no estamos solos. Por lo que, convenciéndose a sí mismo de que aquello no era más que una imbecilidad (pues la enclenque magia de la negación es lo único con lo que se puede amenazar al destino de que no puede hacernos algo malo, inesperado, o jalado por los cabellos), se bajó el calzoncillo, para revisarse.
    Pero alguien golpeó la puerta de su cuarto, y lo hizo tan fuerte, que Abraham dio un respingo, y por poco no pegó la cabeza contra el espejo que tenía en frente.
    <<carajo…>></carajo…>
    No iba a posponer algo tan importante como sus testículos sólo porque alguien llamaba la puerta, sería casi como el cliché tonto de una película de terror, por lo que, mientras iba en camino, palpó, al menos, sus partes nobles, en busca de una herida, una roncha, cualquier cosa.
    Aparte del tacto suave y delicado, no sintió nada desagradable, salvo sus dedos fríos.
    Se abrochó el botón y abrió la puerta.

    • Dime qué le dice un niño muerto a otro.
    • Buenos días.
    • Dime qué le dice un niño muerto a otro.
      Abraham se dio media vuelta para coger la llave de la pieza, que reposaba sobre la mesita de noche. El hombre robusto y moreno, de facciones itálicas y ojos verdes y enormes, como los de un sapo, lo miraba con una sonrisa obscena. Su bata de enfermero le confería a su voluminoso estómago el aspecto de un balón.
    • Me asustaste.
    • Bien, pero dime qué le dice un niño muerto a otro.
    • ¿Qué?
    • ¿Me das gusanitos?
      Contrajo el rostro y se empezó a reír como lo hacía el perro Patán.
      Abraham sonrió.
    • Dios mío, qué pelotudo puedes llegar a ser.
    • Pelotudo pero puntual: tú deberías hacer lo mismo, y me refiero a lo puntual, porque tu ronda empieza en cinco minutos.
      Gianluca Siffredo fue el primer (y ciertamente único) amigo que Abraham tenía en el hospital. Al principio, se sorprendió de lo simpático, abierto y bromista que era, de lo fácil que podía sacarle conversación. Sin embargo, en los días posteriores, descubrió que por desgracia consideraba ciertos comentarios antipáticos como bromas de buen gusto, y disfrutaba hacérselo especialmente en frente de otras personas. Esto había hecho que, justo antes de abrirse con sinceridad ante él, Abraham retrocediera unos pasos y se quedara a la mitad del camino entre los comentarios informales y una amistad a medias.
      Gianluca Siffredo llevaba ejerciendo tres años en el San Niño, así se lo había comentado durante una cena en el comedor, una noche que hacía un frío de los mil demonios.
      Al ser él su suplente, tenía que verlo como una especie de jefe. No se podía llamar de otra manera a una persona que siempre te da algo que hacer.
    • Hoy te toca barrer: del primero hasta el último, o del último hasta el primero… como tú quieras. Por cómo van las cosas hoy (aburrido, como siempre) creo que esa será toda tu jornada.
      Dicho esto, hizo sonar el manojo de llaves que tenía en la mano, y abrió la puerta de un pequeño compartimento oscuro en el que se hallaban un tobo y un coleto hundido en agua oscura.
      Abraham se acomodó los anteojos, el blanqueo mental que él mismo se imponía (ya con bastante práctica) prevenía dejar pasar los pensamientos de tristeza que pudieran saltar entre sus cansadas manos y esos utensilios. A veces se preguntaba por qué el personal de la limpieza no se encargaba de ese trabajo, pero no iba a preguntárselo a Gianluca.
      Cuando se inclinó para coger el tobo, el tipo, haciendo uso de su extraordinaria capacidad para humillar (porque ese talento, por desgracia, existe) le sonó el trasero con una nalgada a palma abierta.
    • Más te vale que dejes ese piso bien limpio, muñeco.
      Abraham se incorporó de inmediato observándolo con los labios apretados, mientras que el otro sacudía la espalda riéndose con esa misma carcajada flemática que venía de dentro de su pecho.
      Coleto en mano, decidió salir de ahí antes que un ciego relámpago de ira estallara.
      Mientras salía por la puerta doble, oyó a sus espaldas:
    • ¿Cuál es la diferencia entre un microondas y el sexo anal?
      Sin tener la cortesía de contestarle, pateó la puerta y se alejó.
    • ¡Que el microondas te deja la carne roja o negra, pero jamás marrón!
      3
      Decidió empezar desde el último piso.
      La forma como batía el coleto contra el suelo era reflejo de cómo se sentía por dentro. No había imaginado que golpeaba tantas veces a una persona desde que su hermano se la jugó una vez cuando llegó a la casa con el auto de papá chocado, después que éste se lo había confiado a él.
      Suspiró, viendo el inmenso pasillo que se abría ante él, provisto de puertas de derecha a izquierda.
      Volvió a remojar el coleto. Debía aprovechar que hoy podía salir libre más temprano, pues quería preguntar sobre la posible existencia de algún locutorio en el pueblo; tal vez hacer un par de llamadas lo consolara. Desde ahí, las rendijas de un auricular eran la única puerta al mundo.
      No podía quejarse, pues devolverse a casa de su padre no era una opción ni siquiera remotamente cercana. El viejo ya había hecho lo suficiente consiguiéndole un empleo en el San Niño, ya había hecho lo suficiente pagando un boleto en ómnibus para enviarlo hasta allá. Podía trabajar en casa con él, sí, tal vez podría hacerse cargo de unos asuntos aquí y allá, pero él necesitaba dinero, y no tenía el estómago de recibir sueldos de parte de su padre, así como tampoco podía perder la oportunidad de probarle a él –y sobre todo, a sí mismo, porque estar tan lejos de casa era todavía una novedad, después de todo- que podía arreglárselas solo en la vida.
      Cuando era más joven, se preguntaba (como esos temas recurrentes que le vienen a los chicos a la cabeza de pronto, sin previo aviso) qué edad se necesitaba tener para saber qué cómo era la vida. Por supuesto, tal pregunta era demasiado ambigua y la raza humana demasiado diversa, por lo que no fue sino hasta llegar a la madurez que se regaló a sí mismo una respuesta: podían haber sujetos de cuarenta años que no tenían la más mínima idea de qué tan dura era la vida, así como ya habían chicos de dieciséis que lo sabían bastante bien.
      <<¿Y yo lo sé, después de todo lo que me ha pasado?>>

      <<no tengo="" la="" menor="" idea="">></no>
      Pero en el fondo, quería saberlo, y quería saberlo porque no deseaba ser susceptible a las malas sorpresas. Abraham consideraba que, a sus veinticuatro años, ya había tenido suficiente de ellas. ¿Qué había gente que la había pasado bastante peor que él? Claro, eso era innegable, porque por eso existían los sujetos con cáncer; pero eso no justificaba que a él debía tratársele como a un punching ball.
      La larga cadena de ideas le hizo pensar finalmente en su última relación sexual. Tal vez sí era verdad aquello de que los hombres piensan en sexo cada 11 segundos. Además, había estado tan solo últimamente, ahí, en el sur del “orto del mundo”, como solía pensar, que los pensamientos eróticos habían aumentado bastante.
      Y en esta ocasión recordaba a una chica europea que se hallaba en un largo viaje, haciendo escala en Bahía Blanca para luego ir a conocer la Patagonia. Alguien un poco más joven que él, de tez blanca, abdomen plano, cabello negro, y piernas sensuales. El mejor sexo casual que había tenido en su vida, sin dudas, porque además de la disposición de ella de ir directo al grano, congeniaban perfectamente: cada comentario había sido atinado, y cada risa compartida. Le había hecho reflexionar, por un instante, lo cruel que puede ser la vida por colocarnos a las personas más interesantes tan lejos.
      La había llevado a su cama, y ahí la desvistió. Sus senos eran pequeños y firmes, podía sentir el contacto de sus pezones duros en la palma de las manos. Ella lo desnudó sin ningún miedo, lo condujo a la cama, y poco después su miembro se estaría deslizando dentro de ella.
      Y así, los recuerdos le impidieron darse cuenta que una puerta tras él se abría lentamente, y que de lo oscuro emergía algo pequeño, que empezó a acercársele lentamente…
      Se giró bruscamente cuando le pusieron una mano sobre la espalda. Comprobó que era un niño.
      Lo que lo sorprendió no fue su cara blanda y lechosa, sus ojeras húmedas, ni su pelo grasiento, sino que tenía los dedos aplastados.
      Una mueca de miedo surcó su rostro.
      El niño veía con interés su bata, con el índice (el cual parecía la extremidad de un tentáculo) acariciaba uno de los botones, como si fuese un borracho sacudiéndose el pene con una pared.
      Su cara tenía dejos de retardo mental. Abraham cayó en cuenta que era sólo un niño, sí, pero tenía todos los accesorios necesarios para atemorizar.
      Al verlo a directo a la cara, éste, con la cabeza ladeada y los ojos tan negros como los de un animal, bajó la vista para verse los dedos… y luego volvió a subirla, directo a la cara de Abraham, con mirada interrogativa, con esas que dicen “¿qué estás viendo?”.
      <<dios mío…="">></dios>
      Sus dedos estaban desprovistos de uñas, y los pliegues de las yemas, en vez de ser acolchados, parecían duros y uniformes, con un alambrado de várices juntándose sobre las puntas.
      <<oh, pero="" dios="" mío…="" ¿cómo="" es="" posible?="" ¡qué="" asco!="">></oh,>
      El chico, una vez más, volvía a observar su malograda extremidad, y luego de vuelta a los ojos de Abraham… el interés que mostraba éste hacia su mano le había provocado angustia, por lo que comenzó a gemir.
      Fue el momento en que él también se estaba asustando por darse cuenta de que <la había="" cagado="">cuando una monja salió repentinamente, como una mariposa enorme escapándose de un armario del mismo cuarto, y apretó al niño por los hombros, obligándole a dar media vuelta.</la>
      La mujer no se molestó en observar a Abraham un solo segundo, salvo antes de desaparecer tras el marco de la puerta.
      Él quedó ahí de pie por minutos enteros, pensando, antes de ponerse a pasar coleto otra vez.
      Meditaba lo que había visto, o –como quería él que así fuera- en lo que había creído ver: aquella mujer no tenía labios.

    Parte II

    ! 1
    Antes de que la aguja tocara las cuatro ya había terminado de limpiar las tres plantas del San Niño.
    Acabar con el último piso (lugar donde había empezado) le había tomado tan sólo la mitad del tiempo que los dos restantes, el por qué era sencillo: Abraham no se sentía a gusto ahí (ni se volvería a sentir más nunca) por no decir que, ya con la cabeza en frío, lamentaba haber asustado a ese niño.
    Una vez, atorado en una de esas interminables filas para pagar la suscripción del nuevo semestre en la universidad, se había sentido irritado al escuchar los comentarios de mal gusto de un grupo de estudiantes hacia una jovencita con un tumor en la glándula salival. Se trata de una enfermedad rara donde se forma una papada de aspecto hinchado a un costado del cuello que resulta cuando menos rocambolesco a la vista.
    Por lo menos los chistes que él alcanzó a escuchar se hicieron en voz baja, pero sin que faltaran las risitas por demás estúpidas de las mujercitas quienes los acompañaban. Ella pasó de largo sin escuchar nada (o pretender que no lo hacía, a Abraham no le cupo la menor duda de que ese había sido el caso muchas veces).
    En cambio él, en el momento y lugar imprevistos, no estuvo a la altura de su prédica moral; se había quedado viendo la mano del niño no como objeto de burla sino peor, con miedo.
    Pero no podía dejar de pensar que llevaba razón al sentirse abrumado por lo grotesco del cuadro. Aquello había sido varias veces peor que cualquier otra cosa que hubiera visto en su vida, o que esperaba ver trabajando en un hospital.
    Su apetito disminuyó bastante, así que se retiró directamente a su pieza, obviando el almuerzo, y se vistió para salir, decidido a despejar su mente.
    El clima era gélido y desde la ventana divisó un banco de neblina, por lo que aprovechó para utilizar su abrigo largo, el cual de lejos y gracias a su delgadez, estatura y porte, hacía parecer a Abraham como uno de esos peronajes de la famosa película Entrevista con el Vampiro basada en el libro de Anne Rice. Alguien se lo había hecho saber alguna vez, y eso lo había animado a usar aquella prenda todas las veces que podía, recientemente olvidando que la ilusión se haría polvo el primer minuto que su primera conquista le preguntase en qué trabajaba.
    Bajó a la recepción del San Niño, lugar de vitrales, con aspecto cálido y fachada de madera. Se acercó lentamente a la mesa, contando el dinero que llevaba en la cartera, por lo que no fue sino hasta que levantó la mirada para ver a la enfermera sentada tras el escritorio que abandonó cualquier idea de hacerle ninguna pregunta sobre bares o pubs con buena onda en Valle de la Calma.
    Lo observaba una anciana de aspecto descuidado, frías ojeras, piel cetrina y ojos como dos témpanos de hielo. Sus cabellos blanquigrises enmarcaban un rostro bastante hosco, malencarado. Si alguna persona piensa que los seres humanos no tienen semejanza con los animales, en especial a esa rara genealogía del "Gato Exótico", estaría –pensó en un relampagueo antes de dar los últimos pasos- absolutamente equivocado.

    • Buenas tardes. ¿Me puede decir a qué hora pasan los autobuses por el hospital?
      La mujer le sostuvo la mirada varios segundos antes de contestar. Parecía un monstruo viéndolo debajo de una máscara.
    • Siempre salen.
      Hacer una segunda pregunta le agudizó los nervios, como si aquello pudiera ser un detonante para hacerla gritar.
    • ¿Sabría decirme a qué hora llegan?
    • Espere afuera. Podrá coger alguno.
      Eso zanjó la conversación.
      Al empujar la puerta de vidrio, Abraham recibió un golpe de brisa tan helada que le obligó a cerrar los ojos.
      La espera no se prolongó mucho, porque un trueno fue el inicio de una lluvia que sólo necesitó de un intermedio breve para volverse torrencial. Tuvo que devolverse a toda prisa, con los hombros mojados.
      Desconsolado, colocó ambas manos sobre el vidrio, observando cómo la inclemente ráfaga empañaba el cristal.
      2
      De regreso a su habitación (en donde el nuevo plan no era otro que encender la estufa, buscar algo que leer y quedarse en la cama todo el día) notó algo particularmente extraño que le produjo malestar: había una mancha negra en la pared frente a la cabecera de su cama.
      Tenía una forma semicircular y grumosa, al tocarla, no pudo sentir ningún rastro o tacto de grasa. Intento rascarla con un bolígrafo, sin éxito.
      Se le fue el tiempo observándola… estaba absolutamente seguro de que aquello no estaba ahí en la mañana, de otro modo, se habría dado cuenta, la recordaría al menos.
      ¿O tal vez no?
      No, imposible: se habría fijado en ella ni bien llegó cargando su maleta en una mano y su mochila en la espalda cuando le echó el primer vistazo al cuarto. Si algo sabía de sí mismo es que era detallista: aquello era nuevo, y había aparecido mientras él no estaba.
      Le perturbaba la idea de que alguien sospechara que lo había hecho él. Por no decir que intentar explicarle a la mujer de la limpieza que tal cosa había aparecido mientras que él estuvo afuera por no más de veinte minutos era no sólo inverosímil sino además un maltrato a la inteligencia ajena. Sin embargo, si había una persona con la que podía hablar sobre ello, era, muy a su pesar, Gianluca Siffredo, pues dentro de todo era la única persona ante la que su credibilidad valía algo.
      Se quitó los anteojos y, sosteniéndolo cerca de la pared, aprovechó el aumento que proporcionaba el cristal para ver la mancha con más detalle.
      Cuando se cansó, decidió acostarse y leer un número viejo de Lazer.
      Habrían de pasar varios minutos antes que sus párpados se hicieran pesados y la revista temblara entre sus manos.
      3
      Se levantó gimiendo.
      No le tomó ni siquiera un segundo correr hacia la ventana y pegar la espalda contra el marco. Una luz racional muy pequeña le dijo, entre todo el hormigueo de terror que se había apoderado de su cabeza, que si seguía haciendo presión rompería el vidrio.
      Veía fijamente el baño, enardecido, con los ojos desorbitados. La puerta estaba entreabierta.
      Dejó escapar un gruñido, y buscó sus anteojos: estaban en la mesita de noche del otro lado de la cama, y para alcanzarlos, tendría que acercarse peligrosamente a la puerta del baño, en donde había algo, o por lo menos, había soñado que había algo.
      Cuando era niño, y se levantaba en la madrugada, Abraham solía tomar el control remoto y encender el televisor, para disponer de cierta iluminación. Cuando deseaba dormir colocaba el modo “sleep” en sesenta o ciento veinte minutos, mayor tiempo significaba mayor seguridad antes de alcanzar la salvedad del sueño.
      El problema es que ahí no tenía televisor y, aunque estaba a punto de anochecer, el cuarto se veía casi oscuro. Desde su punto ni siquiera la lámpara estaba cerca.
      El manto fláccido del sueño seguía apoderado de su cabeza, y por lo tanto su temor irracional no había disminuido, pero poco a poco cobraba conciencia, poco a poco la vigilia volvía. Su adultez recién adquirida le decía que sólo estaba haciendo el papel de estúpido, que había tenido un sueño y que ahora estaba asustado por nada.
      Cruzó la cama y encendió la lámpara, conteniendo la respiración, sin dejar de ver el resquicio negro de la puerta.
      La luz se hizo y los ojos le picaron. Sin embargo, su visión del baño era aún pobre. Podían escucharse goteras adentro.
      Caminó hasta la puerta conteniendo su aliento. Podía sentir el calor de la lámpara de la mesa de noche en su espalda como un aliento cálido.
      Alargó una mano por el resquicio de la puerta, palpando la pared, en busca del interuptor de la luz. No tardó mucho tiempo en notar algo raro: hacía frío dentro.
      <<maldita mierda="">></maldita>
      El interruptor no se dejaba encontrar. Abrió un poco más la puerta, y asomó la cabeza: ahí estaba, podía verlo como una sombra imposible de perder al tacto. Su irritación creció aún más.
      La luz parpadeó varias veces, antes de encenderse.
      Luchó contra sí mismo y se abrió paso dentro. El último retazo de miedo enervó sus sienes al verse repentinamente al espejo, pues quien está asustado espera encontrar algo raro reflejado en él, y Abraham no era la excepción. Los espejos son objetos magníficos para la sugestión. Por algo prescindían de ellos en los cuartos de los pacientes que luchaban contra la adicción a las drogas.
      Pero todo estaba en orden: su rostro no tenía nada raro, y ninguna figura pavorosa lo observaba a sus espaldas.
      No tardó en descubrir que las goteras provenían de la regadera. Sintió un alivio tremendo al ver que todo se debía a que la llave no estaba bien cerrada. Nuevamente, en su mente de adulto, la lógica triunfaba sobre la irracionalidad, como debía ser.
      Se aseguró de cerrar con fuerza la llave, tal vez incluso demasiada, y luego acudió al lavamanos para echarse agua en la cara.
      El liquen del sueño se despegaba al contacto de la humedad.
      Tenía mucha hambre. No era la hora de la cena todavía, pero sin dudas le gustaría revisar el menú de la cafetería.
      Suspiró de alivio, otra vez.
      Salió del cuarto de baño y cerró la puerta tras él, asegurándose que se mantuviera firme sobre el soporte.
      Sin embargo, cuando levantó la mirada, el corazón le dio un tumbo en el pecho: la mancha en la pared se había hecho dos veces más grande.

    ! Parte III

    ! Bajando las escaleras Abraham repasaba mentalmente las cosas que habían sucedido.
    Lo primero que hizo fue golpear la pared para saber si estaba hueca, posiblemente una cloaca detrás de ésta se hubiera roto y la mancha -con el perdón del francés- no fuera otra cosa que una acumulación mierda supurando desde el otro lado. Al fin y al cabo, el muro no era de concreto, sino de ese tipo de cartón piedra que utilizan las casas norteamericanas en los vecindarios de clase media y que parecen hechas con la esperanza de que les pase lo que a la cabaña de Dorothy Gale.
    Sin embargo, aquella explicación dejaba suelto un cabo, y uno particularmente grande: ¿y el hedor? La mancha no olía a nada.
    Otra teoría es que sencillamente el cartón piedra estaba reaccionando a la humedad, posiblemente la tubería no estuviera rota, sino simplemente goteando.
    Pero tampoco sintió humedad alguna al colocar la yema del dedo.
    Como fuere, ahora tenía una historia bastante más extraña para Gianluca, a quien deseó ver en la cafetería, sin éxito. La única persona atendiendo era una empleada detrás del mostrador, leyendo una vieja Selecciones.
    ! 2
    ! Al terminar de comer, a Abraham se le ocurrió dar un paseo por el hospital, pero las luces apagadas, los pasillos oscuros, las largas hileras de puertas dobles y la ausencia aparente de personas (no había siquiera enfermeras de turno) lo disuadió de la idea.
    Regresó a su habitación, lo que le resultó desolador.
    Le incomodaba la idea dormir con la cabeza debajo de esa cosa de aspecto erosionado que parecía hacerse cada vez mayor. Ya estaba por cumplir su cuarto día en el San Niño, el quinto comenzaría en lo que la aguja del reloj marcara las 12:00 am. Era primera vez en su vida que había pasado tanto tiempo dentro de un lugar sin salir, y ahora se hallaba meditando al respecto. <<siempre hay="" una="" primera="" vez="" para="" todo="">>. Ese era un pensamiento que le resultaba consolador. Había funcionado bien desde el día que asumió que era pobre.</siempre>
    Regresó a su habitación, pero antes de cerrar la puerta se detuvo en silencio, para observar el pasillo, fijándose en las demás puertas del ala. Su cabeza giró de derecha a izquierda por lo menos cuatro veces prestando atención al marco y pomo de cada una, sus ojos mágicos se perdían en la perspectiva de la mirada.
    Había un silencio tan espeso, tan sofocante, que se preguntó si él era la única persona ocupando un cuarto en esa ala del San Niño.
    Pensó en escribir sobre ello en su diario personal. Se agradecían las ideas que llegaban por casualidad, suelen ser las mejor aprovechadas por los escritores, pero aquello era algo más: ¿no se suponía que ahí mismo debía estar viviendo Gianluca, y las demás personas que había visto laburando en días anteriores? No se oía música, pasos, regaderas, nada, cosas extras para engordar los párrafos de su cuadernillo.
    Tal vez el San Niño estaba diseñado precisamente para eso: evitar colar los sonidos, tal vez, de hecho, las paredes tuvieran algún tipo de revestimiento aplicado especialmente para ello, era una posibilidad que cuajaba en sus humildes pensamientos, y de pocos ánimos se sentía ya para explicar esos inevitables <<peros>> cada vez que trataba de explicar últimamente las cosas, por lo que dejó pasar cómo es que entonces tampoco había luz debajo de las puertas.</peros>
    Decidió entrar a su recámara, la mancha seguía del mismo tamaño (gracias a Dios). Había sentido miedo en ese intervalo de tres segundos que le tomó empujar el interruptor de la luz. ¿Y si el telón se abría y la encontraba más grande aún? ¿Qué haría?
    Tenía que recodar preguntarle a Gianluca si sería prudente conseguir pintura blanca y tomar al toro por los cuernos, aún si el trabajo de brocha no fuera perfecto. Vista desde ahí parecía un tumor negro. Si el cáncer tuviera forma, sin dudas sería así.
    Se desvistió y arropó bajo las sábanas.
    En la oscuridad, pensó que su plan de turismo en Valle de la Calma no sólo se limitaría a conseguir un locutorio, sino un local donde pudiera hacerse con una radio barata y al menos escuchar música por la noche. Solía hacerlo cuando le había perdido el miedo a la oscuridad… quizá había cambiado la luz azulada del monitor por el cobijo de la voz de un locutor trasnochado. En ese momento, recordó que hubo un tiempo en el que él era aficionado de ciertos programas nocturnos de la FM.
    Activó la lucecilla de su reloj de pulsera… el tiempo pasaba tan lento como en el Relato de un Náufrago; Velasco en su balsa y él en una cama, ambos sin nada que hacer más que ponerse a pensar. Le hizo gracia que, de seguir así, al cabo de una semana le daría por pintar alguna obra de arte.
    La pintura no se le daba muy bien, sin embargo…
    <<escribir>></escribir>
    Cogió el diario y el lápiz, y encendió la luz.
    ! 3
    ! Hoy se cumple mi quinto día aquí, en el San Niño.
    Creo que es primera vez que no utilizo la luz del sol para escribir sobre este, mi libro de notas y único amigo presente… (Sugerencia: hacer este tipo de reflexiones me hace ver homosexual), sin embargo, considero que es válida: he dormido poco, parece que esta será una noche de insomnio, y no tengo nada más que hacer.
    Estuve dando vueltas en mi cama por Dios sabe cuánto, son los momentos cómo estos en los que agradezco no tener un reloj electrónico sobre la mesa… ver cómo pasan los minutos sólo lo haría insoportable.
    Hoy (o ayer) me di cuenta que cierta persona es un pobre imbécil que le gusta humillar a los demás. Pero no voy a perder el tiempo escribiendo sobre eso. No lo merece.
    Me han estado pasando cosas raras, pero sólo las considero como una racha de mala suerte. En las películas de suspenso me quejaba de cómo el protagonista reaccionaba de la forma más ridícula frente a esta o aquella situación, pero me doy cuenta de que en la vida real esas anécdotas que parecen tomadas por los pelos son otro juego: uno se queda de pie, asustado, sin hacer nada, como un gil. La vida no tiene guiones, y no te pinta situaciones de modo conveniente. La vida no te presenta los temores de manera genérica. ¡Yo, el Conde Drácula! ¡Yo, Sadako!
    Voy a enumerar estas cosas extrañas (quizá si lo pongo sobre el papel, si lo hago físico, algún agente de Cronos, de la Auditoría Suprema, se dé cuenta que la está cagando conmigo):
    _- Al llegar al San Niño, sufrí de una migraña espantosa, que por fortuna se ha estado limitando a molestarme cada mañana, cuando abro los ojos…

    • Al cuarto día, tuve una pesadilla... me desperté pensando que me salía sangre de los testículos. Sin embargo, ya me revisé, y no tengo ninguna herida, ninguna marca y ninguna picadura. En la papelera aparecieron retazos de papel higiénico manchados de sangre, y sé que es mía. Posiblemente la marca haya desaparecido, pero ¿qué pudo haberla provocado? ¿Una hormiga realmente grande? ¿La Reina ha decidido darme el honor de una visita (y algo más)?
    • Ha aparecido una mancha en mi pared, y parece hacerse más grande. Nunca he sido un pedante, pero si algo tengo es bastante cabeza; repasé las posibilidades más lógicas que pudieran haberla originado, pero nada es seguro, mañana le preguntaré a cierta persona si es conveniente pintarla (nadie me gana tomando decisiones drásticas ^_^)
    • Vi a un niño con los dedos deformes en el último piso del hospital, me tomó por sorpresa mientras trapeaba. ¿Cómo describirlo, y ser fiel a la verdad? ¡Fue horrible! ¿Cómo diablos podía tener los dedos tan achatados? ¡Si lo hubiese visto en una película, pensaría que se trataba de un efecto CGI barato! Pero no, yo estuve ahí, yo lo vi. Pobre niño. ¿Por qué no le amputan la mano? Suena duro, lo sé, pero es lo mejor que podrían hacer... quien opine lo contrario es un tonto. ¿Para qué dejarlo así?
    • La monja que fue a buscarlo... no me fijé en ella cuando caminaba hacia nosotros, porque estaba pendiente del chico, me declaro culpable de mi insensibilidad ruin (nota: no sabía que en el San Niño trabajasen monjas), pero me pareció ver que no tenía labios, que su dentadura seca se hallaba a la vista, ¿lo imaginé? Puede ser... pero ya no me siento cómodo escribiendo sobre esto..._

    ! Abraham dejó su diario, apagó la luz, y se recostó.
    Se forzó a sí mismo a dormir, cerrando los ojos, pero no lo logró.
    La quietud y el silencio sólo le sirvieron para rememorar momentos que creía ya olvidados. ¿De qué manera guarda el cerebro los recuerdos? De niño, solía verlo como un millar de metras microscópicas acumuladas en el interior del cráneo. No era precisamente ortodoxo, pero a decir verdad, ni siquiera los hombres de bata blanca tenían teorías coincidentes al respecto.
    Lo cierto es que, desde hacía tiempo, Abraham había descubierto la cosa más importante que separaba al cerebro humano del electrónico: la máquina borra información, la cabeza, en cambio, la guarda celosamente, y la relega hasta que considere el momento oportuno de levantar el telón, a veces durante los momentos más extraños.
    Meditaba sobre el poco control que uno tiene de su “centro de comando”. ¿Quieres dejar de escuchar un sonido desagradable que se repite? Es muy difícil. ¿Controlar los sueños durante la noche? Teoría audaz pero tonta, salvo para algunas personas que tienen el maravilloso don de saber conscientemente que están soñando mientras duermen. ¿Decidir olvidar los recuerdos tristes? Imposible. Si hubiera pastillas para eso se habrían vendido más que el Viagra y la Vitamina C.
    El cerebro trabaja hasta cierto punto al servicio de uno… de resto, es el único órgano que decide cuando firmar sus propios cheques. Lo mejor que podía obsequiarse era un nublado relax, hasta el amanecer.
    Para cuando finalmente fue la hora de abandonar la cama, Abraham entró al baño.
    Mientras hacía sus necesidades, de pie (sus propios prejuicios le impedían sentarse en un inodoro para otra cosa que no fuera hacer el número 2), vio de reojo algo reflejado en el espejo que le produjo sorpresa.
    Sus cejas se arquearon en el paroxismo de la incredulidad. Apuró lo que estaba haciendo, y, sin siquiera abotonarse, e importándole poco mancharse, salió corriendo del baño, observando la pared.
    Se trataba de la mancha; había desaparecido.
    Y aquello de lo que pensó haberse librado por no quedarse dormido lo sorprendió segundos después… El desesperante dolor de cabeza cundió de vuelta, como si alguien lo hubiera derramado con una taza sobre él.
    ! 4
    ! Esta vez no se contentó con actualizar el listado de cosas raras en su diario. La situación ya no lo dejaba perplejo, ahora comenzaba a molestarlo.
    En la adultez, el cerebro de uno deja de ser flexible para convertirse en un pequeño fascista que no acepta lo que con mucha decisión juzga como tonterías, y si no hay explicaciones lógicas, la reacción es el ofuscamiento inmediato.
    Se cepilló los dientes, se lavó la cara, cogió su bata de enfermero, se colocó los anteojos, se abotonó sin siquiera mirarse al espejo y salió del cuarto. Mientras caminaba por el pasillo Abraham pensó que, años atrás, arreglarse frente a su propia imagen le solía tomar veinte minutos, ahora sólo le bastaban 45 segundos para prepararse y salir. Estaba de mal humor.
    Como la lluvia comenzó tan pronto el reloj tocó las diez, y el manto grisáceo de nubes que databa del día en que había tratado de salir no tenía fin aún, supuso -y con razón- que visitar el pueblo volvería a ser imposible.
    Así que había decidido optar por algo que no podía fallarle, no si había justicia: que los teléfonos de moneda del hospital funcionaran.
    Pero debía escoger cuidadosamente a quien llamar… a Abraham nunca le faltaron amigos.
    Desde temprana edad, siempre tuvo el don de encajar bien en cualquier grupo. Fue uno de esos pocos adolescentes que tenían la envidiable cualidad de no tener que fingir una manera de ser para otros, y tampoco era víctima de esa terrorífica maldición juvenil de no tener nada que decir en grupos, o de no hallarse entre las muchachas.
    Mientras se hacía mayor, eso lo hizo más feliz, porque le dio todo lo que un chico podría haber deseado, desde amigos hasta amor, desde amor hasta sexo casual en muchas noches. Era un joven moreno, de rasgos finos, alto, delgado y concienzudo. No se podía pedir mucho más.
    El problema es que nadie es inmune a las tribulaciones de la vida, por ello, el declive comenzó cuando el “progenitor de sus días” tuvo su crisis y, por ende, el matrimonio de sus padres comenzó a derrumbarse lentamente. Era como si el “Gran Cabrón” hubiera visto que las cosas estaban demasiado bien y decidiera poner una montaña de mierda del otro lado de la balanza para poner las cosas a gusto.
    Un día, llegando en la madrugada, cansado, se detuvo frente al cuarto de su hermano, porque escuchó un gemido. El chico, ocho años menor que él, estaba llorando sobre la cama.
    En aquel entonces, no quiso hablar con él, ¿indiferencia? Tal vez. Pero en los días posteriores su actitud se más distante. Sus calificaciones comenzaron a bajar y su futuro escolar se vio comprometido. Su madre, que de todos era la que intentaba restar más importancia a la situación, había conseguido crear ese ambiente en que cada quien en la familia siente que lo que jamás debería pasar pasara, como cuando estamos hundiéndonos y ni siquiera la persona que creíamos más íntima tenderá una mano para salvarnos del estanque.
    Cuando Abraham aprendió a notar esto, decidió hacer uso de lo más noble que guardaba entre las entrañas y obligar a su hermano a que hablara con él.
    Y el niño le contó: había sorprendido a mamá en la cama, y no con papá.
    Nunca antes Abraham había sentido que caía por un abismo. Ahora la cosa no era simplemente que su madre no hacía gran cosa para ayudarlo, y encima evitaba que acudiera a alguien que realmente pudiera ayudar a su hijo, quizá la última barrera para evitar que perdiera el año escolar,. Ya no se trataba de indiferencia, sino de que las cosas encajaban de manera mórbida: hacía lo que hacía para evitar que alguien más se enterara. Lo que podía empeorar empeoró. Era lógico, desde luego, pero también indigno, monstruoso. Era el caos.
    Y fue a partir de ese punto que él explotó.
    Pero las circunstancias lo arrollaron, y fue así como aquel día se tiñó ante sus ojos como un punto final en su familia: resulta que su padre lo sabía.
    No se divorciaron, porque todavía existía el amor (o eso es lo que creyeron). Sin embargo, había quedado una de esas manchas oscuras que difícilmente se quitan, por no decir que, además, después de varios días, la señora se fue de la casa, para no volver.
    Lo que era tomado por los cabellos, lo que era imposible, lo que sólo pasaba en <esas>familias, lo que jamás concebimos que podría pasarnos a nosotros, habían sucedido en la casa Castelblanch. ¿Y cómo se sentía Abraham? La respuesta era tan simple como inusitada: sencillamente no se sentía. No podía decirlo con claridad, y tampoco es como si alguien se atreviera a preguntárselo.</esas>
    Por lo menos, la casa en que vivían no era un lugar rentado, así que los embates de la pobreza se hicieron sentir desde adentro, afuera, al menos, todo seguía pareciendo relativamente normal.
    Abraham siempre fue muy seguro ante sus amigos, pero ahora estaba en el otro lado de la mesa: ¿cómo contarles todo lo que había pasado? Por lo general, los acontecimientos suscitados en la familia eran sólo problema de los Castelblanch, pero algo tenía que decir cuando se viera obligado a cortar su carrera, abandonar la universidad y buscar un empleo, y uno donde fuera.
    ¿Y su hermano? Su hermano fue el que peor la pasó. Abandonó la secundaria, y ya se estaba haciendo demasiado mayor como para que pudiera ver clases en un bachillerato normal y no sentirse como ese retardado que tiene la estatura del profesor. Además, estaba engordando a pasos acelerados.
    Se había dado cuenta de que la mejor forma de lidiar con esa situación era, sencillamente, no pensar. Bloquearlo. Cerrar aquél episodio con candado. ¿Acaso era psicológicamente aceptable? ¿Era sano, siquiera? No lo sabía, porque había adoptado el método tan bien que él mismo no se había detenido a razonarlo. Parecía incluso irónico que él, quien solía ofrecer consejos, se retrajera así.
    Pero esa es la magia negra de la vida, el gran final, el despertar a la realidad.
    Y en comparación, la estúpida mancha se quedaba como sólo eso, una mancha, producto de una tubería llena de mierda sobre una pared de cartón piedra.
    Se detuvo frente a la oficina de recursos humanos sin ver a Gianluca, cosa rara, porque si este no lo buscaba directamente a su cuarto entonces lo esperaba ahí, con la asignación del día.
    Sin embargo, lo único que se veía al fondo era el trasero rimbombante de una enfermera que desaparecía a través de una puerta doble, empujando un carrito de limpieza. Cada vez veía menos al personal del hospital.
    Tras él, estaba la puerta de donde había sacado el tobo y el coleto. Giró el pomo, ambos utensilios estaban adentro, preparados. <<debes ser="" bastante="" estúpido="" para="" creer="" que="" el="" tipo="" estaba="" aquí="" adentro="">>, pensó fugazmente.</debes>
    Decidió sentarse sobre una de las sillas de la sala de espera.
    El tiempo pasó, así que fue sólo cuando decidió que ya había tenido suficiente que se puso de pie y buscó a alguien, Gianluca nunca se retrasaba, y él, por su parte, quería hacer méritos. “Mírenme, aquí estoy… mi jefe no ha venido ¿estará enfermo? ¿Se lo habrán comido los cocodrilos? ¡No sé ni me importa! ¡Pero hágame trabajar, por lo que más quieran!”.
    La primera persona que consiguió estaba tras un vitral, un doctor revisaba un historial médico.
    Abraham tocó la puerta cuidadosamente.
    El hombre salió de su mundo. Su único rasgo notable era un parche negro sobre el ojo derecho. Sus cejas pobladas se separaron, y una sonrisa afloró entre sus labios delgados.

    • Buenos días, doctor –saludó Abraham, lentamente- busco a Siffredo. Soy su ayudante, y lo necesito para saber cuál es la labor del día.
      El hombre giró el ojo rápidamente, registrando el nombre que acababa de escuchar. - Gianluca ya no está, pero yo puedo ayudarte.
      Se tocó la etiqueta sobre la bata que tenía cosido el apellido Murillo.
      Extendió una mano, la cual Abraham estrechó diligentemente.
    • Abraham Castelblanch.
      El hombre volvió a sonreír.
    • Ahora mismo no tengo nada para ti, pero dame una hora, y te daré qué hacer ¿te parece?

    ! 5
    ! De espaldas, observó su reloj, e hizo una estimación mental del tiempo que disponía. Era temprano, pero posiblemente fuera una ocasión idónea para realizar la llamada telefónica que tanto estaba anticipando.
    Los teléfonos públicos se hallaban en un largo pasillo conectado a las habitaciones del personal de limpieza, un lugar cuyo único bombillo parpadeaba de forma errática. Las paredes tenían un tapizado rojo de mal gusto.
    Cogió el auricular, y se lo colocó entre el oído y el hombro, mientras contaba las monedas que tenía en la mano. Realizaría una llamada a Buenos Aires, así que las necesitaría todas, las cuales había extraído aquella mañana, no sin dolor, de su cartera. Le producía una nostalgia gélida pensar que hacía pocos años, se había dado el lujo de hablar por teléfono cuarenta minutos con una amiga que estaba en Madrid.
    Su elección había sido Susana, ex – novia y ahora mejor amiga. ¿Quién lo diría? Habían roto un mito.
    Era sábado, por lo que no estaría en la universidad, sino durmiendo… la llamada la despertaría, pero al diablo con eso: ella se alegraría de escucharlo.
    Mientras el teléfono repicaba, levantó los ojos para observar con más atención el pasillo… era tan silencioso como el suyo.
    Llegó el quinto repique, todavía no atendía nadie.
    Respiró con más fuerza, nervioso. Si le salía la contestadora, entonces habría perdido las monedas. Valle de la Calma estaba lejos de todo.
    El resquicio de debajo de las puertas estaba negro, no se colaba siquiera un poco de luz amarilla o natural. Sus ventanas debían tener las persianas abajo.
    Eso lo hacía pensar…
    Octavo repique.
    Ya empezaba a ponerse de mal humor. Hacía calor… el sistema de ventilación del pasillo debía estar arruinado, y el tapizado de felpa no ayudaba tampoco. Se puso a pensar si dentro de las habitaciones también sería así, si había gente adentro.
    Cogieron el teléfono. Sintió su corazón invadido por una sensación similar al que produce la menta dentro de la boca.
    Era la señora Marceni, la madre de Susana. Se hizo la idea de que del otro lado de la línea debía haber un clima limpio, en un vecindario verde y bonito, donde servían un buen desayuno…

    • Buenos días… soy Abraham.
      Hubo un silencio expandido de varios segundos antes que la mujer expresara sorpresa.
    • ¿Abraham? ¿De verdad? ¡Se te oye diferente! Oh, cariño, ¿dónde estás? Oí que te habías ido de casa.
      Respondió las cinco primeras preguntas del cuestionario usual, hasta que consiguió colar con bastante sutileza que la llamada era a larga distancia. Con el auricular en la mano llamó a su hija. Se escucharon los golpes sonoros sobre la puerta de su habitación.
    • ¿Abraham?
    • Soy yo.
      Tal como lo había previsto, ella estaba recién despierta, su voz de garganta herida le trajo recuerdos placenteros, que pasaron por su mente como una película rápida.
    • Dios mío…
      El saludo fue tan efusivo como lo deseaba, y eso fue como una sopa caliente. Era la primera muestra de afecto en mucho tiempo… cada día en el San Niño parecía una semana.
      Apretaba con bastante fuerza el puñado de monedas que sostenía en la mano… en ese puñado de níquel estaba la magia del amor.
    • ¿Por qué no me llamaste? –le reprochó- Estabas perdido. ¿Dónde andabas?
    • Más lejos de lo que te imaginas –contestó, con gravedad- estoy trabajando en un hospital… de enfermero suplente. Me hallo en un lugar que se llama Valle de la Calma.
      Incluso ante ella, aquella confesión dolía. <enfermero suplente="">dolía.</enfermero>
    • ¿Y cuándo vas a regresar? ¿Todo está bien?
      Su interés atenuaba el dolor en más de una forma; no había repetido con dejo de desgano y signos de interrogación su actual oficio, parecía como si hiciera caso omiso a ello. Tal vez esos detalles le pasaban por alto, quizá atrapaba muy bien los balones y era cuidadosa como una maestra de Tai Chi para no herir sus sentimientos. Abraham se había convertido en un detector formidable para este tipo de cosas.
      <<dios, cómo="" te="" amo="">></dios,>
      Había cortado con ella por una razón tan extraña como ambigua, “hemos de darnos tiempo para conocer más cosas, más gente”, era una forma alterna de decir “quiero acostarme con más gente, y no herirte en el intento”.
    • Te estoy llamando desde el hospital –contestó- ¿cómo te va?
      Susana se quedó en silencio. Ella había hecho una pregunta primero… lo conocía lo suficiente como para saber que algo andaba mal: estaba deprimido, o estaba empezando a deprimirse, sabía que en Abraham, eso no era bueno.
    • ¿Qué pasa, chico? Háblame, ¿todo está bien?
    • No… lo siento mucho, no quería llamarte así. No es justo.
      Apretó los dientes.
    • No digas eso, porque para momentos así, es que me gusta más que me llames. Cuéntame, ¿qué pasa? ¿Es el trabajo?
    • Sí, es el trabajo. No me gusta…
    • Pero tienes que hacerlo, y lo sabes.
    • Lo sé, pero no es eso, es...
      Hubo varios segundos de silencio.
    • ¿Qué?
    • No es duro, no hacen que me parta el lomo.
    • ¿Tienes un número? Puedo llamarte yo.
      Había estado con muchas mujeres, tal vez demasiadas, pero la sensibilidad de ella era única.
      <<cómo te="" amo="">></cómo>
    • Te llamo desde un teléfono público.
    • Bien. ¿Qué me estabas diciendo?
    • Mira, no me cae bien la gente, mi jefe es… mi jefe directo es un idiota total. Si te cuento lo que pasó te reirías, pero no vale la pena, y tampoco es eso.
    • ¿Seguro?
    • Seguro, muchas gracias por escucharme.
    • No pierdas el tiempo agradeciéndome más, dime qué es lo que te trae mal.
    • No he salido de aquí en cinco días, Susana, me siento enclaustrado. El hospital es grande, pero...
    • ... es un hospital –interrumpió- al fin y al cabo, no es un lugar en el que quieres pasar siquiera un ratico.
    • Exacto.
    • ¿Qué pasa? ¿El contrato de trabajo no te deja salir hasta el fin de semana?
    • No, ni siquiera hubo contrato, todo fue muy informal, muy rápido. Es sólo que cuando intenté salir ayer, no pude, llovió con una fuerza que no te puedes imaginar. No has visto nada igual.
    • Pero hoy tratarás de salir otra vez, supongo.
    • Quizá en la noche.
    • ¿Dónde estás?
    • Un pueblo que se llama Valle de la Calma –repitió- de hecho, ni siquiera estoy en el pueblo, estoy en las afueras. No es algo que puedas encontrar fácilmente, ni siquiera si te pones a buscarlo en Google.
    • ¿Es un lugar pequeño? ¿Puedes salir a divertirte?
    • He escuchado que es pequeño, sí.
      “¿Puedes salir a divertirte?” Él recogía esos detalles. ¿Cómo podía haber dejado ir a alguien como ella? Sabía que todavía le daba celos imaginarlo con otras, pero él estaba primero que eso.
    • Siempre he pensado que tú eres una persona muy fuerte, lo has sido desde que comenzaron a suceder los problemas en casa. No vas a dejar que un mal empleo te arruine siquiera un día, ese no eres tú.
    • Lo sé, pero… hay cosas que han pasado.
      Tragó saliva. No iba a ser fácil hablar sobre sí mismo, eso le costaba, pero aquella era Susana, y era lo menos que merecía.
    • ¿Cosas que han pasado? Dime.
    • Es complicado, pero…
      En ese momento era difícil saber si ella estaba más asustada que él.
    • Entonces sácalo, y que no te quede nada por dentro.
    • Tú crees en mí, ¿verdad?
    • Sí.
    • Han estado pasando cosas raras en este hospital… no me gusta, en verdad que no me gusta...
    • ¿Qué cosas raras, Abraham?
    • ¿Por dónde empezar? Me he despertado en la noche, sintiendo cosas extrañas... ayer, por ejemplo, apareció una mancha en la pared que...
    • LAS COSAS QUE AQUÍ PASAN AQUÍ SE QUEDAN, MALDITO

    ! Abraham echó la cabeza para atrás, por un momento sintió una aversión más allá de lo comprensible, de lo humano, tan terrible, grotesco y repulsivo que su mente le dio un tirón, y arrojó el auricular.
    El teléfono quedó guindando en zigzag a pocos centímetros del suelo, tirado por el cordón metálico.
    Esa voz de hombre no era del papá de Susana, no podía ser, su mente daba vueltas, daba vueltas rápido. Abraham dejó salir un gemido.
    Tomó el auricular, se le resbaló. Volvió a tomarlo con ambas manos, y se lo pegó a la cabeza con todas las fuerzas que pudo reunir.

    • ¿Susana? ¿Me oyes?
      La llamada se había cortado

    ! Parte IV

    ! Abraham estaba demasiado turbado para hablar, meditar o incluso caminar derecho.
    No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que soltó el auricular y lo dejó guindando cerca del suelo. Mucho menos se animó a llamar de vuelta; estaba demasiado aterrado para ello.
    Arrojó el resto de las monedas en su holgado bolsillo y lo único que hizo, aparte de correr repentinamente, fue restregarse los ojos con la palma de las manos.
    No estaba pensando en nada, trataba de no hacerlo, y tal vez por ello, aún varias horas más tarde, no advirtió que el doctor Murillo lo llamó por tercera vez.

    • ¿Abraham? ¿Qué pasa?
      Le colocó una mano en el hombro y se acercó para verlo a los ojos lo suficientemente cerca como para incomodarlo. Por un momento otro miedo frío usurpó el terreno del otro: se le ocurrió que el tipo intentaba ver si había consumido drogas.
      ¿Cuántos años tendría Murillo? ¿Treinta y cinco, a lo sumo? Sólo once años mayor que él.
      Y a pesar de todo el contacto de su mano lo hizo sentir mejor, le hacía tener los pies ahí, en la tierra y no allá, en los pasillos de su imaginación. Que los males monstruosos podían verse contenidos por la presencia de alguien más. Posiblemente Murillo pudiera ser, en el futuro, lo que debió haber sido Siffredo.
      <<dios, qué="" desesperado="" estoy="">></dios,>
    • Lo siento.
      Se restregó los ojos de nuevo.
    • ¿Seguro?
    • Seguro, no se preocupe.
      Murillo observó su carpeta, y anotó algo con un bolígrafo.
    • Necesito un favor de ti.
    • Dígame.
      Le señaló una puerta doble al final del corredor que estaba abierta de par en par. Adentro estaba tan oscuro que nadie podría ver más allá de su nariz.
    • Ese es el laboratorio de radiología, y no hay luz.
    • ¿El foco se fundió?
    • No, es un lugar grande y entre el techo y las lámparas hay distribuidos no menos de doce bombillos. No pudieron fundirse todos.
    • Claro.
      Abraham pestañeó y se aclaró la garganta, frotando sus manos.
    • Todo esto quiere decir que la placa de ahorro eléctrico se desconfiguró. Aquí entre nos, te confieso que yo me cansé de decirle a Borguild que instalarla era una estupidez, pero no quiso escucharme, y supongo que el tiempo me dio la razón.
      Murillo se rascó una ceja.
    • Su intención era buena –repuso- porque permite que todas las luces del hospital se enciendan a las nueve en verano y a las seis en invierno, pero presumo que el sistema sirve mejor para una cárcel que un hospital, y menos uno de este tamaño. Fue mal programado y no ha hecho otra cosa que darnos problemas; este es uno de ellos. Necesito que consigas el panel de electricidad, lo abras, y actives el interruptor de luz del laboratorio.
      Giró una hoja de la carpeta.
    • Te digo que no es tan difícil, aunque quizá sea un insulto a tu inteligencia, pero tienes que entenderme, porque no sé nada de electricidad, así que no es mi intención. ¿Sabes? Cualquiera cree que un título de medicina te da conocimientos para todo.
      Bajó la mirada para leer:
    • Debes subir la palanquita que tiene escrito H2 encima. ¿Sí?
    • ¿Dónde se halla el generador?
    • Tendrás que tomar el elevador de personal.
      Murillo sacó el bolígrafo de su bolsillo para hacer otra anotación, y agregó
    • Está en la morgue.

    ! 2
    ! Muchas veces, durante los años felices, su padre le había dicho algo que iba más o menos entre las líneas de “no dejes nunca que nadie te obligue a hacer nada”.
    Camino al diminuto elevador, se daba cuenta que su tarea sería una de las más grandes excepciones en su vida.
    O quién sabe, tal vez era simplemente el umbral del desengaño…
    Sí, precisamente; aquél había sido un consejo ingenuo. ¿Con qué podría replicar? “Doc, aquí entre nos, justo –justo- ahora me caga tener que bajar a la morgue, ¿ok? Pídaselo a una enfermera. Sí, sí, lo sé, pero es que no puedo, y eso es eso. No lo entendería. Y ya que estamos ¿me daría el puesto que ocupa Siffredo si no se presenta a trabajar en un par de días más? ¿Me aumentarían el sueldo?”.
    El elevador se hallaba en la cocina del San Niño, que era un lugar inmenso, con un cuarto de refrigeración de dos plazas y un centenar de cuchillos e instrumentos colgados boca abajo sobre la hilera de hornillas. Las cajas apiladas y llenas de cartones de huevos le recordó las veces que, de niño, acompañaba a su madre al supermercado. Le encantaba que lo metieran dentro del carrito y lo hundieran en víveres. Una vez, al llegar a la caja registradora, ella le había preguntado a la empleada con solemnidad “¿cuánto vale éste muñeco?”, y él se había reído. ¿Por qué recordaba eso ahora?
    Cruzó un montículo de verduras, percibiendo el olor de las especias, de la carne cruda, los ajos y los quesos. No ayudó en nada ver que, sobre la mesa más larga, cercano a un fregadero que goteaba, se hallaba una enorme bandeja de hierro con un cerdo dentro.
    La sangre del animal inundaba sus pezuñas. Su cabeza abultada y rosa todavía tenía los ojos abiertos, con esa conocida expresión tan humana, tan atrozmente indiferente.
    Se introdujo dentro del elevador de personal. Le recordó a esos ascensores antiguos que había visto alguna vez en Buenos Aires. Cerró la rejilla, y marcó el botón negro que estaba al fondo de la pared.
    Tras varios crujidos y vueltas de perna, el aparato comenzó su descenso. La cocina desaparecía lentamente ante su mirada, posada aún sobre la cabeza del animal que, desde ahí, parecía devolverle la mirada, con los ojos en blanco. Su sonrisa animal fue lo último que vio antes de quedar a oscuras.
    No se iba a poner a pensar ahora en lo que pasó atrás con el teléfono, <<dejémoslo en="" que="" fue="" una="" broma="" pesada="">> lo consoló una voz muy profunda <<dejémoslo en="" que="" un="" imbécil="" se="" contagió="" de="" la="" estupidez="" gianluca="">>. Semejante humillación resultaba una bendición ante cualquier otra posibilidad.</dejémoslo></dejémoslo>
    Y ya, y eso fue todo, y no iba a pensar en más nada. No ahora <<especialmente ahora="">>.</especialmente>
    Pero su propia cabeza lo traicionó, como muchas otras veces, y lo hizo desde el principio: << ¿Cómo es posible que este agujero sea tan profundo? >>
    Más que ser una planta baja, parecía un piso subterráneo, lo que quería decir que el San Niño en realidad tenía cuatro niveles, no tres.
    Finalmente, empezó a ver una luz a la altura de sus zapatos, que se fue transformando, con una lentitud exasperante en un pasillo de baldosas blancas, en cuyo final se hallaba una puerta doble, sucia.
    El ascensor se detuvo con un golpe desagradable, y, para no perder el tiempo dejándose engañar ni dejar que su imaginación tomara demasiado terreno, abrió la rejilla, y se puso en marcha. Ahora envidiaba a esas personas que no pueden pensar y mascar goma al mismo tiempo.
    Veía a los lados, buscando algún indicio del panel eléctrico: sabía cómo eran porque, si su memoria no lo traicionaba, debía ser idéntico al de la casa, pero veinte veces más grande, lo suficiente para justificar una palanca llamada “H2”.
    Además, Enrique, el compadre de papá, les había enseñado un truco o dos para manipular la caja y que la cuenta de la luz no saliera tan cara… todas las buenas familias tienen siempre a un Enrique por ahí.
    Pero por más que recreaba su mente pensando en cumplir su misión, no la hallaba en ninguna esquina: al lado de cada baldosa sólo había otra, y, mientras más se acercaba a las puertas del fondo, más moho y mugre había entre los resquicios de cada una.
    Apretó y soltó los puños, una y otra, y otra vez, como una medida de relajación. Se detuvo y se sacó los lentes, para limpiarlos con la bata, pues los veía empañados.
    Se giró sobre los talones, con la esperanza (casi ridícula) de ver si no había dejado pasar algo de largo; una puerta convenientemente ubicada en una esquina, un sitio ideal, lo que fuera…
    Pero no apareció ni una cosa ni la otra.
    Así que ya era oficial: se tenía que meter dentro de la morgue, y con ello, la ira afloró. <<¿Quién coño, quién carajo, qué hijo de puta pone un generador eléctrico en la sala de los muertos?>> (o qué hijo de puta pone la morgue donde se instaló el generador eléctrico), el orden de los factores no altera el producto, y su molestia era válida.
    Cuando empujó las puertas (que eran bastante pesadas), escuchó el rechinar del gozne… el recibimiento estereotípico a la sala le hizo sonreír. El humor fue un elixir, y ayudaba a bloquear la inquietante oscuridad que tenía al frente.
    Hacía frío, lo sintió casi de inmediato. La refrigeración obviamente era alta.
    Dejó las puertas abiertas de par en par para aprovechar la luz de afuera: la sala estaba a oscuras, y tenía que buscar primero el suiche para encender las lámparas. Quizá fuera prohibitivo dejar escapar el frío, quizá fuera más prohibitivo aún dejar las puertas así, pero la verdad, para él, todos se podían chupar un huevo.
    Ante sus ojos aparecieron dos filas de camillas muy largas, que estaban distribuidas a la derecha y a la izquierda, las sábanas blancas arropaban cuerpos, cuyos relieves se podían contemplar bastante bien.
    Dio cinco pasos al frente y luego media vuelta, buscando el interruptor de electricidad: no estaba en ningún lado.
    Revisó incluso en las paredes contiguas, pero tampoco había nada.
    La suerte le estaba dando la espalda, otra vez: el interruptor de luz debía hallarse al final de la sala, tal vez inclusive al lado del panel. Otra incoherencia digna del San Niño.
    Respiró profundo, y se frotó la frente. El grave ruido del aire acondicionado era lo único que lo acompañaba, y por un momento, lo agradeció.
    Empezó a caminar firmemente, viendo hacia delante.
    ¿Que se le había ocurrido que en ese momento las puertas se podrían cerrar detrás de él? Por supuesto que sí. Después de todo, éstas ni siquiera tenían ojos de pescado, por lo que se quedaría completamente a oscuras. Pero no pasaría, porque eso sería estúpido, ¿verdad, Abraham?
    Pasaba una camilla, y después otra, y después otra, y mientras más caminaba, más se daba cuenta de lo largo que era el lugar y por ello supo que, dentro de poco, el alcance de la luz se agotaría, y se metería de lleno en lo negro.
    Abraham no cometió la estupidez de detenerse y mirar hacia atrás, aquello hubiera sido un error fatal que alimentaría su imaginación, tampoco se puso a pasear la mirada para observar las camillas y averiguar si un brazo se había salido de la sábana y guindaba a un costado de la cama, o si un dedo gordo se asomaba con una etiqueta amarrada. De repente esas cosas perdieron su natural humor negro.
    ¿Y si escuchaba algún ruido por ahí, en un costado, en algún lugar que él no podía alcanzar a ver? ¿Algo aproximándose?
    <<por dios,="" ya="" basta,="" está="" bueno="">></por>
    Visto así no hacía justicia a al tono iracundo de su conciencia. Abraham no sabía que realmente se estaba dedicando un regaño a sí mismo.
    Alguna voz muy extraña, algún remanso bastante maligno, un enemigo natural (de esos que uno no controla, sabes, y que te pueden cantar una canción que ni siquiera te gusta todo el día sin que la puedas hacer callar), le recordaba, casi cortésmente, lo del teléfono.
    Se alzaba una pregunta muda: ¿sucedería otra desagradable anécdota ahí y ahora? Abraham maldecía.
    Finalmente, la pared apareció: no porque pudiera verla, sino porque lo sentía: estiró el brazo y tocó la cerámica.
    Siguió moviéndose, palpando como un mimo. Se puso justo delante de la última camilla del lado izquierdo de la sala.
    Por fin escuchó un ruido hueco al poner los dedos sobre una compuerta de aluminio; echó mano a toda su calma para hacer su tarea con precisión alemana. Si la más mínima cosa sucedía ahí, estaba seguro que iba a sufrir un ataque de histeria, iba a gritar y a correr.
    Consiguió el suiche de la luz…
    Lentamente, las inmensas lámparas de hierro se encendieron, una por una, en fila.
    Tomó aire, y se dio media vuelta, encarando el lugar.
    Verlo con las luces encendidas no era un gran consuelo, pero por lo menos podía dominar mejor el lugar.
    Se giró para abrir la tapa del generador de luz.
    << H2, la palanquita H2>>
    Sólo la pudo encontrar siguiendo el orden alfabético: H2.
    Desde ahí, podía tener control de la electricidad el todo el San Niño. Si husmeaba por la noche tendría el poder de cometer una masacre: dejar sin funcionamiento pasillos enteros, cuyas paredes escondían tomacorrientes que alimentaban los respiradores, los electrocardiogramas, las luces de los quirófanos, las neveras, los contenedores: todo.
    Estiró el suiche: su labor estaba cumplida.
    Cuando se dio media vuelta, complacido (y no pensaba apagar la luz antes de irse, que se fuera a la mierda el tal Borguild del que le habían hablado y su cuenta de luz) observó algo que, si bien no lo aterrorizó instantáneamente, lo haría después: una niña lo estaba viendo.
    Yacía en la cama más cercana a él, con la cabeza destapada. Tenía la cara moteada con manchas de grasa, y su cabello sucio, rizado y lleno de caspa suelto cuan largo era sobre su frente. Posiblemente había muerto enferma, aunque desde ahí parecía que hubiera sufrido un caso grave de hipotermia ¿qué sabía él? El caso es que el cuerpo se estaba poniendo hediondo, y lo estaba viendo con sus ojos negros. Si intentaba meter el dedo entre las pestañas, posiblemente encontraría el globo ocular seco, como el de un pez. Su labio superior, retirado hacia arriba, mostraba una hilera de dientes beige y encías rojas.
    Hasta el nacimiento del pecho podía verse la cicatriz en forma de Y de la autopsia. El forense, obviamente, no se había molestado en taparla. ¿Para qué? Esos tipos desarrollaban un estómago de sapo, y les causa indiferencia comer albóndigas con salsa al lado de un muerto.
    Abraham bajó la cabeza y comenzó a caminar rápidamente. Desde ese momento, empezó a perder la batalla…
    Porque en cualquier momento, la niña empezaría a gritar enfurecida, se iba a bajar de la camilla, desnuda, e iba a comenzar a perseguirlo, y muy seguramente lo iba a alcanzar.
    Ya podía sentir su propio corazón como una pelota de tenis golpeando la pared del pecho, hacía eso que los niños llaman “corricaminar”, con los puños apretados y el ceño semi-fruncido.
    ! <<ya se="" está="" quitando="" la="" sábana="" y="" sentando="" sobre="" cama,="" te="" viendo="">></ya>
    ! Al fondo, se extendía el pasillo, en su opinión más largo que antes. Al fondo estaba el ascensor. Su interior se veía lejano y oscuro…
    ! <<rápido, que="" ya="" está="" poniendo="" los="" piecitos="" sobre="" el="" piso,="" se="" bajando="" de="" la="" cama…="">></rápido,>
    ! Abraham sabía que si se ponía a correr, iba a ser peor, pero eso era exactamente lo que quería hacer, lo que su instinto animal le urgía. Su cuerpo, sus músculos estaban cada vez más dedicados al temor.
    ! <<ya viene="" dando="" saltos="" hacia="" ti,="" rápido…="" rápido,="" joder,="" mira="" qué="" rápido="" se="" mueve.="" rrrrÁpido="">></ya>
    ! Lo peor era que, en efecto, sí podía escuchar que algo estaba caminando detrás de él: se le estaba acercando.
    Nunca supo por qué pero estiró los brazos y golpeó las puertas, y comenzó a caminar por el pasillo más rápido, y luego más, y luego más, hasta que se halló corriendo, batiendo las piernas, subiendo las rodillas, deslizando sus delgados brazos en el aire.
    Tras él, las puertas rechinaron.
    Pero fue por el empujón que tú mismo le diste, ¿o no, Abraham? ¿Alguien más las ACABA de abrir justo en este momento, verdad?
    ! <<ay, ya="" viene="" hacia="" ti,="" mírala="">></ay,>
    ! Llegó hasta el fondo, jaló bruscamente la reja del ascensor, y lo único que recibió fue un vacío de tierra, con un grueso cordón de titanio colgando frente a él. Asomó la cabeza y vio allá arriba el cuadro en relieve del aparato por la luz de la cocina.
    Dejó escapar un gemido grave, y se dio media vuelta para hacer lo único que le quedaba: gritar, gritar desde el fondo de sus pulmones y pelear. Su nuez de Adán subía y bajaba tras su garganta.
    Pero no había nadie. El espectro que lo seguía se difuminó en su imaginación.
    Golpeó el botón del ascensor varias veces, no temió dañarlo.

    • ¡COÑO, MANDEN EL ASCENSOR! –bramó, asomándose por el hueco-
      A la mierda si alguien allá arriba se ofendía. A la mierda si era al mismísimo Murillo a quien le había gritado, y a la mierda con el trabajo también, no lo necesitaba.
      El ascensor no tardó en bajar, podía escucharlo cada vez más cerca… los cables de hierro se agitaban.
      Cuando se introdujo en el aparato, y marcó el botón rojo, Abraham recostó la espalda a la pared, quitándose los anteojos.
      No pudo contenerse más, y empezó a llorar.

    ! Parte V
    ! >! DÍA 5: ODIO ESTE LUGAR Hoy me dejé llevar por mis miedos.
    Una vez le oí decir a un amigo que, cuando las cosas malas vienen, suelen hacerlo juntas, de golpe… creo que estoy pasando por una racha similar, o peor. Es como si los planetas se hubieran alineado.
    ¿Y Dios existe, acaso? ¿Qué hay con eso? ¿Por qué no responde? ¿Por qué no me ayuda? Muchas veces me cuestioné si existía o no, pero acabé por darme cuenta que no es que no creía en él, es que lo odiaba, y cuestionar su existencia es una manera de menospreciarlo, de insultarlo.
    De chico eso tenía sentido, hoy, a mis veinticuatro años, parezco un gil. No existe y punto. Pero de algún modo no lo termino de asimilar.
    Y es por eso que sigo creyendo que existe, porque de algún modo siempre lo nombro, lo invoco, es como un vicio, como una droga dañina, y es morboso pensar que a eso se reduce Dios.
    TE ODIO, ERES UN HIJO DE PUTA, ¡INÚTIL!
    Cada vez que amanecía vivo, después de irme de la casa y trabajar donde tuviera suerte, donde me dieran empleo, me sorprendía de eso mismo: estar vivo. No se trata de que mi vida haya sido tan terrible como para sorprenderme de abrir los ojos en la mañana, a pesar de todos los problemas, sino del simple y llano hecho de que la vida continúa.
    “Mira Abraham, han pasado cosas malas, pero sigues VIVO. Sigues vivo, y el mundo no se ha acabado; no has perdido las piernas, no te has quedado inválido… sigues vivo, sigues sano”. Por eso mismo, si pierdo este empleo, no importará, porque igualmente voy a seguir vivo…
    ! …voy a buscar algo diferente.
    ! Esto fue una anécdota más, una mala anécdota.
    Esperaré que me paguen la quincena, y estaré fuera de aquí más rápido que un ateo en una iglesia. No pienso ni siquiera avisarles. Me voy a ir así tenga que caminar con mis cosas hasta el pueblo.
    Que se joda el San Niño.
    ! Abraham cerró el cuaderno y lo dejó sobre la almohada. Levantó la cabeza: la mancha no había reaparecido (todavía, al menos).
    La puerta del baño estaba cerrada, al igual que el ropero. Aquél era un viejo truco que había aprendido de niño: como por la noche veía figuras raras formadas por los pliegues de la ropa, cerraba las puertas antes de meterse a la cama, eso le brindaba a su mente mayor tranquilidad.
    Había otra medida más interesante; estar en compañía la mayor cantidad de tiempo posible. Si se quedaba solo, a merced de la inefable <loca de="" la="" casa="">(su imaginación), lo más seguro es que volviera a ver algo extraño.</loca>
    Por lo menos, no descartaba que todo lo que había pasado fuera una producción casera de su máquina de ideas, de su sesera avanzada. <<la niña="" que="" te="" estaba="" persiguiendo="" en="" la="" morgue="" no="" era="" de="" verdad,="" ¿no,="" abraham?="" eran="" boludeces="" tuyas,="" como="" siempre="">>. ¿Por qué “como siempre”? No importa, pero le daba aplomo a su sermón.</la>
    Al fin y al cabo, había tenido pesadillas muy feas de joven, y un par de veces se levantó de la cama gritando, despavorido (terror nocturno)… ya tenía un historial que hablaba en su contra, y, como el San Niño no le gustaba por alguna mala razón que él no podía comprender (¿por qué de repente no le caemos bien a una persona, por qué de pronto una persona no nos cae bien?), entonces estaba invocando a sus propios demonios, sin darse cuenta de ello; no habían muerto, habían estado dormidos. El San Niño había hecho sonar el despertador, “buen día, muchachos, hora de trabajar, el descanso ha sido largo y bueno, así que confío que a sus veinticuatro años lo podrán hacer mejor que cuando él tenía doce...”.
    Eran las ocho de la noche.
    El manto oscuro todavía no arropaba el cielo, pero el azul se estaba dilatando cada vez más. Se percató de que ahí anochecía mucho más rápido que en su casa.
    Sentía cansancio, cansancio emocional. <<¿Intentaré salir hoy, o no?>>
    Con sólo imaginar que iba a tener que quedarse dormido en ese cuarto que empezaba a odiar cada vez más, no se lo pensó dos veces y se vistió: el objetivo sería comprar un radio a pilas. Lo que no le gustaba era tener que gastar dinero por una medida de alivio que sólo le duraría unos diez días más antes de marcharse.
    <<pero diez="" días="" son="" suficientes="">>, era un lujo que debía darse como ser humano.</pero>
    Se puso de pie, y se dispuso a encontrar un tomacorrientes, si podía conseguir una radio eléctrica, aunque fuese más cara, sería probablemente mejor… pensaba mantenerla encendida toda la noche, porque lo más posible sería que, dada su condición y necesidad de estar distraído, acabara por agotar las pilas rápidamente.
    Las entradas en forma de V vertical aparecieron detrás de la cama, en la “Pared de la Mancha”, como él mismo la había bautizado. La analogía con Cervantes no era brillante ni mucho menos, pero él se sentía humilde.
    ! 2
    ! No le tomó mucho tiempo ponerse ropa y bajar a la recepción del hospital.
    Salió a través de la puerta principal sin echar un segundo vistazo a la recepcionista y, tras un breve empujón se hallaba pisando la plaza que desembocaba a las escalinatas.
    La salida del San Niño se perdía de vista entre el camino blanco en medio de los pinos.
    Suspiró, y comenzó a hacer puños con los dedos.
    Era el único ser viviente ante el viejo edificio colonial, que parecía tener personalidad de titán cuando se le miraba a sus pies. A cada lado, el San Niño tenía dos torres circulares, con un techo de sombrero de bruja, que hacían sombras sobre el edificio principal, y que estaban coronadas por unas agujas de hierro erectas.
    Al parecer nadie salvo él tenía intenciones de salir, quizá el motivo por el que ningún chofer se animaba a cruzar el camino y dar la vuelta en la plaza de la entrada.
    Observó el reloj.
    Se contentaría con dar un paseo; tal vez, si cruzaba él mismo la arboleda y llegaba hasta el final de la calle, conseguiría la autopista, y desde ahí una parada de autobús, autobús que nunca se animaba a respetar la parada que había frente a la plaza del hospital.
    ¿Por qué no podía recordar nada con preciso detalle? Porque como muchos millones de otros seres humanos, no prestaba atención a su entorno, pero su situación actual lo demandaba; había llegado ahí hacía sólo cinco días, y no sabía lo que existía más allá del largo camino de los pinos. Nuevamente, estaba pagando el precio de ser un soñador distraído, ¿qué mejor que un viaje de veinte horas en autobús para poner incluso más peso a eso? No podía culparse a sí mismo. Trataba de hacer memoria en la medida de lo posible. <<recuerdo que="" había="" una="" larga="" calle,="" autopista,="" lleva="" al="" pueblo,="" pero="" en="" ella="" hay="" desviación,="" y="" esa="" desviación="" directamente="" hasta="" acá…="">>.</recuerdo>
    Levantó la cabeza para ver los pinos, que se mecían lentamente con una brisa gélida bajo el esponjoso cielo gris. Parecían inmensas brujas observándolo desde arriba.
    Se dio media vuelta para observar el hospital: todavía se veía muy grande, palpitante, casi vivo. No hacía falta rebuscar mucho para asignarle un equivalente a ojos y boca en su compleja arquitectura.
    Y es que por eso sintió al San Niño como el dueño, como su dueño, y él un perro, con una collar alrededor del pescuezo, extendiéndose hasta donde le placiera dejarlo ir. La idea le hizo sonreír cínicamente, pero procuró no adentrarse en ella.
    Las hojas se rompían debajo de sus botas, le gustaba el sonido. Llevarlas había sido un acierto, a pesar de todo; verlas en el interior de su valija fue un ejemplo perfecto de esas frivolidades que a mamá le disgusta. A ella le hubiera parecido que los zapatos elegantes habrían sido mucho mejor elección para un empleo en el hospital.
    <<…Y menos mal que no escuché esa voz>>
    Otro manojo de hojas secas cayó alrededor suyo, la brisa se acrecentó un poco, formando una pequeña oleada de desechos vegetales y ramillas que golpeó suavemente sus piernas.
    Si callaba la voz de sus pensamientos y prestaba atención, podía escuchar el sonido abisal de la brisa, el aliento del valle… ese ruido que es bastante similar al que sale de la concha de un caracol.
    Los pinos se hacían cada vez más mórbidos ante su frágil imaginación porque, siendo tan inmensos, era casi una tarjeta roja pensar que pudieran mantenerse en pie con troncos tan delgados. Debían ser una variedad diferente, del sur. A Abraham se le ocurrió que parecían zombis del mundo vegetal, repartidos alrededor de él, en dos filas militares.
    Sus copas terminaban en una larga rama seca y encorvada que manoseaba al árbol que estaba al frente, haciendo un arco a la mitad del camino.
    La brisa sopló otra vez, se sintió envuelto por una lluvia de ruidos secos; los árboles se golpeaban mutuamente con la nueva brisa.
    Ahora sí: estaba por llegar al final del camino, Abraham despedía aliento blanco. Se sentía, además, cansado, a pesar de que ni siquiera había apresurado el paso.
    Pero ahí estaba, por fin: el acceso a la calle.
    Siguió hasta que un nuevo resoplido de brisa, más fuerte que todos los anteriores, usó el manto de hojas secas para lastimarlo.
    Ahogó una maldición y se llevó la mano al ojo: tenía un raspón en el ante-párpado, se revisó la palma pero no había sangre. Era un corte de papel, y dolía como los mil demonios.
    La brisa atacó otra vez, las hojas pasaron con tanta fuerza alrededor de sus tobillos que las sintió como un colectivo de ratas corriendo en dirección contraria. Se dio media vuelta para usar su espalda como escudo, el viento se metió por sus oídos y le obligó a cerrar los ojos, una ramita consiguió abrirse camino hasta su boca; sintió el sabor seco y amargo, intentó escupirla torpemente, llenándose de saliva las botas.
    El siguiente golpe de brisa, aullando a través de los árboles, trajo consigo una nueva sorpresa: lluvia. Su espalda se mojó rápidamente, sintió el agua helada y sintió la urgencia de resguardarse.
    ¿La parada de autobús tendría techo? Si fuera como las que él conocía sí, y podría ponerse a resguardo… pero ni bien acababa una idea cuando algo, afuera, le respondía con un odio visceral; la lluvia empezó a arreciar, y su inevitable analogía fue que aquello era como si los ángeles hubieran quitado el colador del cielo y dejaran caer el agua libremente
    Emprendió su huida de vuelta al hospital.
    Sus cabellos se empaparon, y en poco tiempo su campo de visión se hizo deficiente; el agua rebotaba directo dentro de sus anteojos. Ante esa situación lo único que sabía era que tenía que seguir corriendo al frente. No parar. El San Niño se veía demasiado lejano todavía, la lluvia se había convertido en patadas de agua que lo empujaban hacia delante. Cubrió su cara con los brazos.
    No recordaba una lluvia tan fuerte desde esa exclusiva vez que había visitado Orlando con papá y mamá, viaje maravilloso que había sido truncado por un pequeño inconveniente: el huracán Andrew.
    El agua había llenado sus zapatos y empapado sus calcetines. Lo último que necesitaba era enfermarse. Tuvo que correr con todas sus fuerzas, sintiendo el peso de su abrigo empapado.
    Los golpetazos de las ramas de los árboles, batiéndose unas con otras, fracturándose y cayendo al suelo en un torbellino desordenado arañaban su piel, mientras los troncos se batían unos con otros, asqueando su olfato; el hedor de la madera podrida se estaba intensificando con el agua. El San Niño lo estaba esperando para darle refugio.
    Empujó la puerta con el hombro, y por poco no cayó como una cruz en medio del pasillo, dejando un rastro de agua que parecía el de un caracol.
    ! 3
    ! Susana estaba reunida con todos sus amigos (muchos de ellos también los de Abraham) en el living de la casa. Se hallaba sentada en el suelo, con medias, y una gigantesca guía de páginas azules sobre sus piernas cruzadas.
    Ella misma los había convocado, pues pretendía comunicarse con el San Niño, poner a Abraham al teléfono, colocar el manos libres, y darle una sorpresa.
    Habían accedido a ir porque ella se los había pedido, pero también porque se trataba de Abraham; todavía lo querían, a pesar de los años de ausencia. Las buenas anécdotas son una de las pocas cosas que quedan cuando uno ya no tiene tiempo para nada.
    A Susana le había costado olvidarse de Abraham (olvidarse en el sentido de no seguirlo amando, de no estar más enamorada de él), y ella mejor que nadie sabía lo difícil que había sido. Cuando recibió el aviso de su madre no lo había podido creer. Fue como una de esas pocas sorpresas que quedan por siempre en el recuerdo. Aquello había sido mucho más sorpresivo que verlo aparecer en el mensajero de Hotmail dos semanas después de que se había marchado de Bahía Blanca.
    Pero tenía su contra; ahora sentía que había vuelto a caer en el círculo vicioso otra vez. ¿Quién dice que el amor siempre es bueno?
    Era una niña inteligente, Dios sabía muy bien que no era cabecita vacía; las mujeres son una raza extrema porque pocas veces hay intermedios: las hay brillantes, o las hay que no sirven para mucho más que acariciar el concepto de que a los pedos hay que dejarlos salir disimulando.
    Por fortuna, ella pertenecía a la primera clase, discordar frecuentemente con su carrera universitaria se debía a su dulzura, no porque fuera demasiado estúpida para estudiar Derecho.
    Y por eso mismo no podía evitar hacerse esa pregunta, mucho más conscientemente de lo que muchas se atreven a hacérsela a sí mismas; ¿por qué estaba haciendo todo esto?
    Porque estaba enamorada. En el fondo lo reconocía, esa era la excusa oficial. La extra oficial era que simplemente trataba de ser una buena amiga.
    La gente, mientras tanto, hablaba con animosidad sobre el pasado. La reunión estaba viva y ella podía estar concentrada en lo suyo, por lo menos hasta que Carmen se le sentó al frente para revisar cómo iba la búsqueda telefónica. Era una gordita pecosa que intentaba disimular el bulto que hacía el inhalador que llevaba en el bolsillo del pantalón.
    Poco más podía decir salvo que Abraham se hallaba en un hospital en Valle de la Calma (no le había alcanzado a decir el nombre del lugar), el problema es que ni en las páginas azules salía el número de ningún hospital que se hallara ahí.

    • Déjame ir a tu computadora, lo puedo conseguir ahí…
    • Fue lo primero que intenté cuando la llamada se cortó esta mañana –contestó, desconcertada- esto es extraño.
    • ¿Acaso no tienes identificador de llamadas? –sugirió un chico de aspecto descuidado, que hacía sonar el hielo en su vaso-
      Todo el mundo se le quedó viendo.
    • ¿Acaso no sale ahí?
      La idea era innegablemente buena, e innegablemente debió sentir una vergüenza que no le correspondía porque decir que se le había ocurrido mucho antes sonaría pretencioso de su parte.
      Pero la solución ya estaba puesta sobre la mesa y no había marcha atrás. El número no se dejaría encontrar sino desde el teléfono inalámbrico de la pieza de sus padres, y la única manera que se le había ocurrido para acceder a la pieza –cosa que detestaría hacer- fue con una horqueta (tenían un sentido de la privacidad temerario, lo que no tenían idea es que Susana ya sabía por qué), era irónico que ella ni siquiera fumara cigarrillos cuando a ellos les gustaba chupar cannabis ocasionalmente. No era un caso extraordinario, pero sin dudas su caso sí era un ejemplo de mundo al revés. Los matices cómicos del asunto le ayudaban a sobrellevarlo bastante.
      Media hora y muchas historias más tarde, se hallaría marcando el número del hospital San Niño.
      Mientras sostenía el auricular en la mano, el corazón le palpitó con renovada fuerza; se sentía nerviosa, y estaba consciente del motivo: iba a escuchar la voz, <su voz="">otra vez.</su>
      Maldita sea, sí seguía enamorada; la forma en que los repiques de la línea alteraban su adrenalina se lo hacían saber cada vez más.
      No podía ocultar la sonrisa. ¿Sus pupilas estarían dilatadas nada más de recordar su rostro? ¿Su cuerpo?
      Además, quería oír su reacción cuando escuchara su voz, saber cuál era el estatus actual de sí misma dentro del corazón de él. Se estaba apresurando otra vez, y todo empezaría de nuevo cuando volviera a hablar regularmente con él, entre días para que no se sintiera solo, y también…
      Alguien levantó el teléfono del otro lado.
    • ¿Hola? ¿Buenas noches?
      Volvió a sonreír, excitada. La gente se inclinó hacia ella, preparándose para gritar “sorpresa”.
      Pero nadie le contestaba.
    • Hola, ¿bueno?
      Con los ojos, repasaba lentamente la cara de todos.
      Sabía muy bien que alguien la escuchaba; era más instinto que estar segura de haber oído el sonido que hace un auricular cuando se levanta del aparato.
    • ¿Hola?
    • Hola…
      La respuesta le provocó enardecimiento. Giró los ojos varias veces antes de responder, intentando resolver ese nudo que, de pronto, se le había hecho en la garganta.
    • Hola, buenas noches –repitió, sorprendida-
      Tenía una buena razón para ello; la voz del otro lado de la línea pertenecía a una niña.
    • Disculpa ¿es ése el hospital?
    • Sí, ¿quién eres?
    • Disculpa otra vez, pero estoy llamando desde lejos, busco a un empleado.
    • ¿A quién?
    • Abraham Castelblanch, ¿hay un número directo donde pueda comunicarme con él? No quiero molestar.
    • Yo vi a Abraham esta mañana…
      Susana se quedó en silencio. Nuevamente, el enardecimiento volvió a cosquillearle las sienes, era una sensación casi eléctrica, y poco o nada tenía que ver esta vez con recordar a Abraham.
    • ¿En serio? ¿Sabes dónde está ahora?
    • Regresó no hace mucho.
    • ¿Podría hablar con él?
      Hubo silencio.
    • ¿Hola?
    • El Doctor Borguild quiere tener unas palabras contigo.
      Hubo una breve pausa. A Susana le sorprendió la voz lánguida de la pequeña. Sintió que el teléfono cambiaba de manos. Podía escuchar el sonido de fondo del hospital, los ecos del lugar.
      Sus compañeros estaban sumidos en una feliz expectativa. Expectativa que, de pronto, se hizo polvo cuando la frente de Susana se convirtió en un rarísimo concierto de arrugas, su cuerpo empezó a sacudirse, y de las entrepiernas de su pantalón se formó un penoso círculo húmedo que se extendía rápidamente sobre sus muslos.
      Carmen pegó un brinco, asqueada y sorprendida a la vez, mientras contemplaba como su amiga se echaba al suelo hecha un ovillo, con los ojos en blanco.
      Una flor de personas la rodeó rápidamente…

    Parte VI

    ! Abraham se abrazaba a sí mismo.
    Miraba a través del cristal, sin dar crédito al chaparrón de agua que asolaba afuera.
    Entre sus labios lastimados exhalaba vapor blanco, se hallaba mojado y miserable, los dedos de sus pies estaban demasiado fríos para sentirlos, los tobillos le dolían y sus uñas se hallaban tan moradas que, en cualquier otro momento le hubiera preocupado.
    Intentaba respirar profundo, ganar ese poco más de oxígeno durante la respiración que hace una diferencia tan grande. Hubiera dado lo que fuera por tener un inhalador. Se le olvidaba que estaba en un hospital, e ignoraba, en ese orden, que peligraba por no buscar un lugar con calefacción.
    ¿O quizá, más bien, no le importaba? Su rostro era inescrutable.
    Una mano gruesa se posó sobre su hombro.
    Se giró sobre la silla con brusquedad como un gato acorralado, levantando los puños. El doctor Murillo retrocedió un paso, sorprendido. Su único ojo parecía un círculo agitado.

    • Disculpe –se lamentó-
      Descubrió que su voz temblaba.
      Sí, ultimadamente, su falta de cuidado por pescar algo tres veces peor que una gripe era el hecho que ya poco le importaba nada; descubrió que en cualquier otro momento hablar ante otro hombre con voz temblorosa le habría avergonzado. Ahora, sin embargo, no.
      La oscuridad bajaba del cielo y no habían encendido las luces aún, lo que quería decir que la tormenta era muy densa, y no que el sistema eléctrico del hospital se hubiera averiado otra vez, como se aferró a pensar amargadamente por treinta minutos. Abraham no veía otra cosa que siluetas lamentables en todos los objetos de la recepción y el pasillo.
    • Estás helado… –dijo suavemente, frotando su propia mano-
    • Sí –contestó, siseando- me sorprendió la lluvia, lamento haberlo asustado.
    • Lamento haberte asustado yo a ti, ¿qué te pasa?
    • Es sólo... me asustó... –meneó la cabeza, enfadado por su pérdida de palabras, decidió que Murillo tendría que arreglárselas para atar cabos- vine corriendo de afuera.
    • No debiste salir con una acumulación de nubes grises tan peligrosa en el cielo; las tormentas australes son especialmente peligrosas. Deberías ir a darte una ducha caliente, ahora. Estar sentado ahí no te va a resolver ningún problema, si es que tienes uno.
      Abraham asintió casi de forma patética.
    • ¿Cenaste ya?
    • No.
      El hombre se quitó el estetoscopio, y usó su mano como soporte para enrollarlo.
    • ¿Te interesaría tener compañía? –Preguntó, introduciendo con cuidado el instrumento en el holgado bolsillo de la bata- no me gusta cenar solo.
      Abraham volvió a asentir, exhalando vapor blanco.

    ! 2
    ! Ya más tranquilo, le agradaba la idea de cenar acompañado.
    Una cosa mala traía otra buena; no había mejor momento para ganarse la confianza del Murillo (¿pero valía la pena, si estaba dispuesto a irse pasada la primera quincena?) Sí, porque lo más importante es que ahora podía tener lo que necesitaba; un amigo, o cuando menos –porque Abraham se sentía como un niño- alguien con quien hablar, alguien con quien hacer un chequeo de realidad. Si estaba dispuesto el buen doctor ocuparía el puesto de la radio, por lo menos hasta que fuera la hora de dormir.
    Apenas llegó a su habitación se quitó la camisa y dejó una caravana de ropa hasta la puerta del baño.
    Se metió en la regadera, y dejó salir el agua caliente.
    <<no me="" he="" fijado="" en="" la="" pared,="" ¿la="" mancha="" se="" habrá="" hecho="" más="" grande="" ahora?="">></no>
    Observó a través de la cortina mojada a la puerta entreabierta, el vapor ascendía lentamente.
    <<¿Debo contárselo?>>
    Se apartó un mechón de pelo de la frente y se frotó los ojos con el pulpejo de sus manos.
    <<sabré si="" es="" apropiado="" sólo="" cuando="" le="" saque="" conversación="">></sabré>
    Ahí, desnudo, se sentía oscuro, enfermizo, acabado. Abraham siempre había estado muy contento con su cuerpo, con su desnudez. Pero algo había cambiado, y lo insoportable de la idea es que algo había cambiado ahí, en el San Niño. Quizá era como poner una llaga en remojo, o a un viejo al que le dan un baño, pero consideró que el calor que le proporcionaba el agua caliente fue sin dudas lo mejor que le había pasado en mucho tiempo, quizá de la misma forma que los alimentos saben mucho mejor cuando uno está hambriento.
    Tan simple, barato, y bueno. Ya no disponía de aquella costosa y por lo general inútil máquina de hacer masajes que su madre se había regalado después de ver una de esas telecompras de cuarenta y cinco minutos por la noche. Él se había reído bastante cuando ella le dijo que el truco no estaba en realizar que la publicidad era una burda trampa cazabobos, sino en resistir la tentación de satisfacer una frivolidad de cuando en cuando. De desconectar el cerebro y creer de cuando en cuando.
    Ahí, en esa humilde ducha de baldosas sucias, él no disponía de los lujos de antes, ni de las frivolidades que muchas veces se traducen en lujos. Sin embargo, el agua caliente se la recordaba, porque no tenía memoria de lo que era sentirse tan bien, aún si todo aquello no fuera sino un ejemplo brutal de cómo el Abraham de hoy se tenía que conforman con la mitad de la mitad que el de ayer. Se dejó estar frente a la regadera por varios minutos, de pie, sin hacer nada, con los ojos cerrados. Las ideas comenzaron a flotar, y por primera vez no como gérmenes.
    <<qué mala="" pata="" tienes,="" abraham…="" pero="" no="" importa,="" mañana="" vas="" a="" salir,="" la="" misma="" cosa="" pasa="" tres="" veces="" ¿verdad?="">></qué>
    Cuando uno es de esas personas maravillosas que no caen dos veces en la misma trampa, la vida, Dios, el destino, <<alguien>> se las arregla para cambiar el tablero arbitrariamente y equilibrar las cosas. En su caso, era ponerle obstáculos de los que él no tenía ningún control en lo absoluto.</alguien>
    Y por supuesto, verlo de esa forma, tener esa idea, le producía una ira que amenazaba con convertirse en un pantano macabro con los años.
    Al momento de secarse, tuvo miedo de desempañar el espejo; esperaba ver algo detrás de él. Se le había ocurrido así de repente. No un monstruo burdo, pero sí algo raro, un “vuelve-mierda-la-mente”. Por el amor de Jesús, estaba cansado ya de eso.
    Es el momento crucial en que el director de la película mete una “puñalada” al público, mostrando que el asesino / monstruo / hombre lobo se ha metido en la habitación del (por lo general La) protagonista, tomándole por sorpresa. Aquellos miedos cobraban mucha más fuerza en la vida real, por supuesto… de hecho, semejante idea, aunque trillada, es extraordinaria si se le llega a considerar posible en la vida real. Quizá lo que haga falta son directores más competentes, o anécdotas realmente desafortunadas para darse cuenta de ello.
    Se vistió y preparó para la cena como si estuviese por acudir a su segunda Primera Comunión, y salió del cuarto.
    Nuevamente, se le olvidó fijarse en la pared…
    ! 3
    ! Al llegar al restaurante, se encontró con que el doctor estaba sentado, de espaldas, leyendo una vieja revista de medicina. No sabía que en el mundo médico aplicaban las mismas publicaciones de utilidad poco aparente que uno consigue en el reverso del asiento delantero de los aviones.
    Desde ahí, podía verse la cuerda negra que sujetaba el parche hundirse en su cabello. Abraham sintió arrepentimiento por lo que había sucedido en la recepción; Murillo no merecía que le hubiera alzado la mano, siquiera como un accidente. No era la primera vez que sucedía algo así: de joven era mucho más estúpido; al verse asustado habría asestado el golpe, y no sólo como accidente sino por la casual osadía de haberle tomado desprevenido de esa manera. Había llegado a ser un muchacho rebelde, pero por fortuna eso se había acabado y el karma se había encargado de castigarlo, si es que eso tenía que ver con la quiebra económica de la familia, y si bien el doctor era tan alto como él (que ya era decir), y tenía los hombros anchos, no poseía, en lo más mínimo la apariencia de un sujeto que le hace mal a nadie.
    Desafortunadamente aquello fue un pensamiento que castigaría a Abraham más adelante…

    • Espero no haberlo hecho esperar.
      El hombre giró la cabeza.
    • No, por favor; llegas quince minutos temprano.
      Abraham notó un dejo citadino en su voz, un dejo que debía haber desaparecido hace mucho, quizá cuando, de joven, el futuro galeno cambió de hogar. Ese acento le había sonado porteño.
      Levantó el brazo, viendo el reloj, asintiendo, con una sonrisa en los labios.
    • Sí, quince minutos –recalcó-
      Abraham tomó asiento.
    • Vaya que te sorprendió el aguacero…
    • Sí.
    • ¿Querías conocer el pueblo?
    • A decir verdad, busco un lugar en el que pudiera conseguir una radio modesta –repuso- quisiera tener una para la noche.
    • Entiendo… claro. En los cuartos de enfermeros no hay ni siquiera televisores. ¿Sabes? Yo tengo una, y no la uso, si quieres, la puedes tener. Es un modelo muy bonito, art decó.
      Una explosión de alegría y culpabilidad hicieron un hongo dentro de su cabeza. A Abraham siempre se le hacía demasiado difícil expresar la <justa>gratitud, y al menos era algo darse cuenta que en ese momento su rostro era varias veces más expresivo de lo que debía.</justa>
    • Muchísimas gracias, no quiero molestar –replicó, esforzándose por no bajar la cabeza-
    • No lo haces. Puedes tomarla si quieres.
      Dicho esto, tomó el menú, y se puso a revisar el listado de alimentos. Era casi gracioso ver que el doctor le restaba importancia a una cosa y mostrara un interés enorme por su comida. Era más gracioso aún <maravilloso>que ahora tenía todas las herramientas para lo que muy en el fondo él consideraba sobrevivir.</maravilloso>
    • ¿Qué vas a pedir tú? Yo le estoy poniendo el ojo al emparedado de pollo.
      Abraham tuvo que morderse el labio para no volver a sonreír. Era estúpido, pero por tan poco se puso feliz.
    • ¿Te gusta trabajar aquí, en el San Niño?
    • Sí –mintió- es un lugar tranquilo.
      Levantó la cabeza del menú, y observó a la mesera, quien, al notar la mirada del doctor, fue diligentemente hasta la mesa.
      Murillo señaló la fotografía en la carta con una sonrisa. Abraham se decidió por la milanesa a la napolitana.
    • ¿Qué te pasó ésta tarde, entonces?
    • Oh, si se refiere a cuando llovía, yo…
    • No, me refiero a cuando regresaste por el ascensor de la cocina. Te oí armar un escándalo allá abajo. Yo hubiese dicho que explotaste por nada; el ascensor no estaba ahí esperándote, si entendí bien, ¿no es así? Como hemos tenido una conversación cordial, y no me arrojado un solo grito, veo que eres una persona bastante normal. ¿Qué pasó?
      Abraham bajó la cabeza, y entrelazó los dedos de las manos. Solía hacerlo cuando estaba nervioso. Pensaba que las buenas intenciones de Murillo se mezclaban hasta cierto punto con una de esas charlas que tiene el personal administrativo con los empleados.
    • Confieso que me asusté. Es todo.
      El hombre se le quedó viendo un rato antes de contestar.
    • Te asustaron los muertos…
    • Sí.
    • Claro –repuso- debí haberlo supuesto, bastante obvio, la verdad.
      Cogió la coca cola y bebió a través de la pajilla, con rostro pensativo, girando su único ojo.
    • ¿Te afecta? El tema de los muertos, por lo general ¿te afecta?
    • No, por supuesto que no –se apresuró, echando mano a lo poco que restaba para no quedar como un estúpido- no me acobardo con facilidad, pero allá abajo me dominó.
      Murillo lo observaba con atención.
    • Tampoco estoy intentando defender mi hombría, no se trata de ello, pero es la verdad; no soy sensible a esas cosas, nunca lo he sido.
    • Pero –se aventuró- no esperabas que fuera tan diferente en persona, ¿verdad? Nada es tan cruel como el olfato.
    • Correcto –admitió- los ojos y la nariz hacen equipo y todo cambia.
      El hombre frotó sus manos, como si el tema le produjera cierto placer.
    • Te voy a contar una anécdota: cuando me gradué de la escuela de medicina de la UBA, tuve que trabajar en el laboratorio forense, como asistente de autopsia, ¿tienes idea de cuántas veces se me revolvió el estómago? Cuando abres una panza con el bisturí, y separas las lonjas de carne, empiezas a ver esa acumulación amarilla de comida descompuesta, líquidos, coágulos, etcétera; esos grumos de carne roja y blanda flotando entre la miasma, que no se conforman con atormentar tus ojos sino tu olfato: el olor a vómito directo desde adentro, y eventualmente, a podrido, y todo mezclándose… no es una conversación muy amena para antes de la cena, lo sé, pero lo interesante es que, al cabo de un año, podía tomar mi almuerzo al lado de un cadáver a medio terminar, ¿entiendes a lo que quiero llegar?
      Quizá en otro tiempo Abraham hubiera hecho una pequeña sátira mental de la despreocupación del doctor entre semejante tema y su salud mental, pero no estaba de humor para ello, no estaba de humor ni siquiera para sus propias tonterías; en ese momento podía hablar hasta de culos y flores margarita con una seriedad teológica.
    • Uno acaba acostumbrándose –completó-
    • Exacto.
      Murillo asintió suavemente, complacido.
    • El hospital ha estado afectándome un poco…
    • ¿Visiones parecidas a las de la morgue?
    • Sí, parecidas...
      Volvió a beber por la pajilla, y se lamió los labios:
    • ¿Crees en Dios, Abraham?
      La pregunta lo cogió por sorpresa. Pero tenía una respuesta pregrabada para la situación, una que ya había tenido la oportunidad de recitar al menos un millón de veces, cocinada especialmente en la época en que era un jovencito de 16 años que buscaba incansablemente revolver temas que no tenían respuesta.
    • No creo en ninguna religión, nací católico, pero dejé de creer en ello hace tiempo, sin embargo, sí creo en un Dios, más no en la Virgen o el Espíritu Santo.
    • Ya veo, cada vez es más gente joven la que dice algo parecido. El problema es que las personas que creen en Dios son los más susceptibles a darle crédito a lo paranormal, al más allá. Si ya crees en Dios, entonces es mucho más fácil creer en el espíritu (y la degeneración del mismo, llámese fantasma).
    • Es cierto.
    • Bien. Abraham, no hay nadie que te pueda discutir si existe o no un Dios, ni siquiera el ateo más brillante. Pero es diferente cuando hablamos de fantasmas. Tienes que recordar, por sobre todas las cosas, que todo eso, todo lo que representa, todo lo que es, se halla allá arriba, en tu cerebro, no aquí afuera, con nosotros ¿me entiendes? Sólo hay una persona en el mundo que sabe qué es lo que más te aterroriza: y ese eres tú. Tal vez, ahora mismo, no podrías decir qué, pero algún lugar, en tu subconsciente, lo sabe… Abraham: no dejes que tu mente te domine.
      El chico asintió repetidamente, como un pobre diablo.
    • Tiene razón.
    • No dejes que te domine en ningún momento de tu vida, en ningún lugar del mundo, pero por sobre todas las cosas, jamás deje que lo haga aquí, en el San Niño, nunca.
    • Muchas gracias.
      Abraham hablaba en serio, no estaba echando mano de su considerable inteligencia emocional para hacer sentir bienvenidos los consejos sinceros de un tipo, y eso era nuevo en él; no estaba siendo el felino astuto. Estaba siendo plenamente sincero.
    • Cuando vuelvas a vértelas ante una situación así, sólo quédate quieto, e intenta respirar profundo. Piensa en esas presencias que te atormentan, y transfórmalas en amigos tuyos, que sólo vienen a estar contigo. Amigos que no te quieren molestar.
    • ¿Es lo que usted hacía?
    • ¿Yo? para serte franco no lo he hecho, pero si vuelve a darme miedo, lo haré. Haré lo que pocos hacen: voy a seguir mi propio consejo.
    • Amigos…

    ! 4
    ! Ya habían pasado varias horas de la cena, y seguía recordando al doctor. En su interior, se había despertado una luz de agradecimiento enorme por aquél hombre.
    Para los efectos, él era un tipo sin miedo (¿acaso ser doctor procuraba esa enorme ventaja?), lo importante era que había atinado en pleno: estar un rato con él le había servido para hacer un chequeo de realidad.
    Se desvistió y se acostó en su cama. La plática había sedado tanto sus propios miedos, que no se tomó la molestia, al recordarlo súbitamente, de encender la luz y revisar la mancha. No le importaba si esta, por alguna razón que sería perfectamente explicable, volvía a emerger ahí, en la oscuridad.
    Se acostó, y se puso a reflexionar con la duradera y preciada resaca de paz aún en su aura. Fue la única noche en la que el contacto de sus genitales y las sábanas no le hicieron pensar instintivamente en lo que cada hombre tiene derecho entre las paredes de su imaginación.
    Así que los párpados le pesaron, y se quedó dormido en poco tiempo.
    ! 5
    ! Estaba soñando cosas raras cuando se despertó. Era una secuencia blanquinegra de imágenes sin sentido, pero que de algún modo conocía… su mente las olvidaba rápidamente, siempre era así.
    ¿Qué hora era? No tenía cómo saberlo, pero el ambiente estaba pesado, pesado como un lugar donde no se abren las ventanas por mucho tiempo. Debía ser muy tarde.
    Un millón de ideas sin forma pasaron por su corteza cerebral con la velocidad de un relámpago. Los elementos pequeños del sueño, del recién despierto, se difuminaron para darle entrada a los grandes, a lo que estaba sucediendo ahora mismo en el piso de abajo del hospital, la razón de que estuviera despierto: había ruido, muchísimo ruido.
    Era un zaperoco horrible, que retiraba su pegajosa membrana de sueño y lo despabilaba cada vez con mayor rapidez. Su pesimismo entró en acción al instante; <<lo que="" sea="" esta="" vez,="" no="" lo="" estoy="" soñando="">>.</lo>
    Se escuchaban golpes, pisotadas, trancazos contra una puerta. Una y otra vez, con fuerza. Alguien estaba arrojando cosas muy pesadas, y lo hacía con un ritmo concordante, que alimentaba la imaginación.
    <<¿Pero qué carajo está pasando?>>
    Estiró la mano rápidamente buscando la lámpara, tuvo que darle varias vueltas a la rosca para que el bombillo encendiera, al mismo tiempo que batía las piernas para deshacerse de la sábana.
    El ruido aumentó.
    Golpes, estridencia, pasos, cosas volcándose por el suelo, no sólo instrumentos, sino objetos pesados. Pensó en onomatopeyas: STOMP, STOMP, STOMP.
    ! Se puso de pie, nervioso. Sintió cosquilleo alrededor de sus sienes. Se colocó sus anteojos.
    Caminó hasta la entrada del cuarto, quitó el seguro, y abrió la puerta, lentamente.
    No había nadie en el pasillo <<¿pero cómo es posible?>> el ruido se escuchaba ahora con mayor fuerza: venía de otra parte, se colaba desde el piso de abajo.

    • ¡HOLA! –Gritó irritado, hacia el ala larga del pasillo, en espera de la respuesta de algún otro empleado en pijamas.-

    ! Todas las puertas se hallaban cerradas, inmunes al exterior, concentradas sólo en su dimensión interna, en su perpetuo autismo. Él era la única persona ahí, el único que había abierto su puerta, el único que parecía inmutarse. El único al que “algo” hubiera visto de haber subido las escaleras del final del pasillo.
    Caminó, sintió el tacto de la alfombra bajo sus pies descalzos. El ruido era horrible: alguien –o muchos- debían estar matándose allá abajo. No había voces ni gritos, pero el sonido lo producían personas, personas o bien desesperadas, o bien en una danza enloquecida.
    Abraham abrió las puertas dobles que conducían a las escaleras que todas las mañanas bajaba para ir a la planta inferior, a la recepción, esperando en cada momento caer presa del terror ante un nuevo escenario. Colocó un pie sobre la fría escalera de granizo, y ahí se quedó, atento, frotándose un lado de la cabeza.
    Se estremeció al pensar que la masa de ruidos se estaba moviendo: que era un gran organismo viviente, arrastrándose como un gusano… y que estaba acercándose a su dirección: lo ha olido… ha olido a alguien despierto, ha alguien de pie, y mejor aún, a alguien que está fuera de su habitación ¡viene hacia aquí!
    Los músculos comenzaron a agarrotársele.
    Arqueó el cuerpo, para ver por el resquicio de las escaleras: esperó observar aquello que producía el ruido, a la masa, a la cosa… derrumbando la puerta y zumbándose escaleras arriba en pos suyo.
    Pero no, no había nada: “aquello” venía de otro lugar. Por cada paso se le facilitaba dar con el origen del ruido dentro de su mapa mental del hospital.
    Pensó en bajar las escaleras… cruzó su mente como algo disparatado, pero posible. Abraham tenía los ojos bien abiertos. Le resultaba increíble pensar que hacía poco menos de tres minutos estaba dormido, y además, ¿qué había pasado? ¿Qué demonios había pasado con su paz mental, con su calma espiritual? ¿Ya? ¿Ya se había hecho mierda? ¡Maldita sea!
    Bajó un escalón, asomó la cabeza por el resquicio, el labio inferior le temblaba involuntariamente: el ruido se hacía mayor, o mejor dicho, mayor no: peor.
    Cosas giraban por el suelo… ¿eran mesas? No, porque sabía que tenían ruedas, las escuchaba; eran camillas, y se reiteró: el ruido era hecho por personas.
    Empezó a bajar los escalones, con los oídos cada vez más llenos, respirando con fuerza, y el frío mordiendo sus costillas.
    <<dios mío,="" ¿qué="" es="" ésto?="">></dios>
    Aquello le pareció una eternidad, bajar cada escalón representaba tener que percibir primero que el terreno debajo de las escaleras seguiría siendo un lugar a salvo.
    Así, poco a poco, llegó hasta el último peldaño, y cruzó la puerta doble de la recepción.
    Aún ahí, no había nadie.
    Era como si nadie en todo el hospital pudiera escucharlo, ¡y aquello daba incluso como para despertar a los del manicomio, al lado del hospital!
    <<¿Dónde están los guardias, dónde están los doctores?>>
    ! - ¡HOLA! –Chilló-
    ! El monstruoso maremoto de ruido no venía de la recepción tampoco, sino del profundo pasillo del costado, más allá de la puerta del laboratorio de pediatría.
    ¿De la cocina? ¿Todo estaba sucediendo en la cocina? No… era más abajo.
    Abraham torció la boca, con horror.
    El ruido provenía de la morgue.
    Algo estaba pasando allá abajo, algo horrible, que hacía que se le hinchara el corazón de pánico… el ruido se hizo todavía más fuerte, y más, y más, y más, como una ola acercándose a la costa, como si pudiera percibir una presencia intrusa y no deseada, ¡como si alguien estuviera subiendo por el ascensor! ¡Ese era el sonido que se colaba a sus oídos, entre el bullicio! En cualquier momento el ascensor subiría hasta la cocina, se abriría, y lo vería a él, al final del pasillo, y en lo que lo viera, comenzaría a perseguirlo hasta alcanzarlo, y no era broma, porque sí: mezclado entre todo el desastre, podía escuchar los cables del ascensor funcionando. Se había puesto en marcha ya…
    Corrió, corrió desesperadamente, saltando cuatro escalones de por medio, se arrojó a sí mismo a través del pasillo y cruzó la puerta de su cuarto, la arrojó sin pensar en las consecuencias, en el ruido, su propio ruido que podría hacerlo rastreable, y ahí se encerró. Sentado sobre la cama, con los brazos rodeando sus rodillas.

    Parte VII

    ! Cuando despertó, temprano por la mañana, se sentó de golpe sobre el revoltijo de sábanas.
    No tenía idea de cómo se había dormido: la luz de la lámpara seguía encendida, era de día.
    Desde luego, recordaba el incidente de la noche, fue lo primero que se le vino a la mente apenas abrió los ojos, como si fuese un jeroglífico tallado en sus sesos, que no decidió darle esos tres segundos de alivio que preceden de no recordar nada al despertar. Se extrañó de que no hubiese tenido pesadillas. Ahora, todo estaba calmo, calmo como una buena mañana. Sentía un dolor de cabeza espantoso, la migraña había vuelto, pero al menos estaba justificada.
    Quería encontrar a Murillo y preguntar sobre el escándalo. Era obvio que alguien tendría algo que decir (Abraham temía lo contrario, muy en el fondo, lo temía) pero aquello era una posibilidad remota y demencial: la gente tenía que haber escuchado el pandemonio de anoche.
    Se sentó al borde de la cama, y se frotó la frente con pesadez.
    Al cabo de cinco minutos se había aseado y vestido; nunca le había costado tanto abrocharse los botones de la bata.
    Salió al pasillo, encontrándolo tal como siempre: no había una sola presencia, aparte de la propia.
    <<la misma="" mierda="" de="" siempre="">> pensó con una amargura sin precedentes.</la>
    Bajó por las escaleras y cruzó la puerta: la recepción estaba ocupada por la misma enfermera de cabellos grises, con su acostumbrada y amarga mirada de <<pajarraca mal="" cogida="">> que él tan odiosamente juzgaba.</pajarraca>
    Pero por lo menos, era una presencia que lo consolaba. Era alguien más, y es que ante lo innombrable, ante lo descabellado, los humanos hacen manada por naturaleza.
    Más allá, en el pasillo del lado extremo, las enfermas se movían con sus carritos lentamente, como si fuera un baile personal, un ritmo propio, <<meneando sus="" gordos="" culos="" de="" aquí="" para="" allá="" y="" acá="">>. Todo parecía normal “¿Ruidos por la noche? ¿Aquí? Qué bah, qué bah…”. Abraham se enojaba cada vez más.</meneando>
    Cruzó la sala, paseando la vista por las oficinas, la sala de maternidad, por las incubadoras (todos vacías), buscaba a Murillo con la vista, y lo consiguió finalmente sentado a espaldas suyas, ajeno al mundo, escribiendo algo en una carpeta médica.
    <<¿Será prudente molestarlo ahora?>>
    Abraham no se cuestionaba las cosas con la misma tozudez que normalmente hubiese sido propia de él si, la noche anterior, las malas noticias no hubieran vuelto a hacerle una visita. Malas noticias que provenían de la <<maldita>> morgue, y que lo había tenido despierto toda la <<maldita>> noche.</maldita></maldita>
    ¿En algún momento a Abraham se le cruzó por la cabeza que se estaba volviendo loco? ¿Qué estaba perdiendo la razón? Nunca. Y tenía derecho a ello, porque era la verdad, y él lo sabía: no estaba loco, no estaba alucinando, no estaba imaginando nada.
    Su mente era una ensalada de odio, pero no por ello dejaba de pensar con propiedad, era como un borracho inteligente, que sabe cuál es su condición: tenía la intención de hablar con Murillo al respecto, y tenía la intención de pedir explicaciones. Eso ya se había convertido en algo con igual derecho de propiedad a como si estuviera reclamando por un vuelto justo. Abraham buscaba una respuesta lógica a todo, algo que acabase con sus miedos, estaba hambriento de explicaciones.
    Tocó la puerta con los nudillos, Murillo se giró sobre la silla y lo observó con su único ojo. Le hizo un gesto con la mano para que esperara.
    Aquellos cinco minutos se le hicieron eternos: los supo reconocer como los más largos, como los más irritantes de toda su vida, y su mente inquieta le hizo ponderar si era posible que, en treinta años, siguiera recordando esa justa escena cuando le tocara esperar por cualquier otra cosa estando enojado. Ese sería su punto de apoyo para el futuro. Es un alivio saber, cuando se tienen problemas, que uno ha pasado por cosas peores, pero el sentimiento se revierte cuando uno reconoce que lo presente es el peor problema que se ha tenido en la vida. <<en la="" maldita,="" maldita="" vida="">> gritó en la caverna de su mente, con dolor.</en>

    • Buenos días, Abraham.
    • Buenos días doctor. Perdone la molestia, quiero hablar con usted.
      El hombre lo inspeccionó con el ceño semi-fruncido.
    • ¿Sí?
    • ¿Anoche no hubo ruidos?
    • ¿Ruidos? ¿Qué ruidos?
      Sintió un estacazo en el corazón. Si una vez pensó que de ser esa la respuesta podía agarrar al doctor por el pescuezo y demandar explicaciones, a la hora de la verdad, su valor se disipó.
    • Ruidos, sí…
      Murillo se rascó la nuca, y miró al suelo.
    • No dormí anoche aquí, Abraham, creo que te lo dije ayer en la cena.
      Lo recordó casi de inmediato. Era cierto, él se lo había dicho. El pulso se le aceleraba. Había perdido el tiempo…
    • Te noto asustado.
    • Es en relación a lo que hablamos ayer, yo siento mucho tener que importunarlo con…
    • Tal vez no sea el mejor momento –interrumpió, con pesadez- pero yo también tengo una pregunta que hacerte.
      Algo malo iba a venir, lo presentía… algún sitio en su conciencia temía que no estar en disposición de ocultar la mala cara que ponía.
    • ¿Sí?
    • ¿Tú dejaste la luz de la sala de la morgue encendida?
      Respiró por la boca, viendo a Murillo al ojo. Sentía la lengua seca.
    • Sí, cometí ese descuido. Me fui corriendo de ahí.
    • Recibí quejas por ello…
    • Lo siento mucho.
      Oh Dios, lo sabía, lo sabía tan pronto las palabras salieron de los labios del tipo. Lo sabía bien, lo sabía, lo sabía, lo sabía… sabía que algo horrible, indecible había ahí, en esa relación de ideas, en ese atar de cabos a medias que tenía en la mente, del que quería distraerse con desesperación, porque el terror iba a subir como un vómito incontrolable: “dejaste la luz de la morgue encendida”, “recibí quejas por ello”, “gritos en la morgue”, “se levantan y gritan”, “quejas por ello, quejas por ello”, Dios por favor no, no quiero pensar en eso, no… “recibí quejas por ello”. ¿De quién las recibiste, maldito tuerto subnormal, de quién recibiste esas quejas, hijo de mil putas? ¿En qué estás metido, en qué?
      Murillo asintió varias veces, y apretó los labios.
    • ¿Te puedo ayudar en algo más?
    • No, doctor, gracias.
      Al darse media vuelta, y alejarse por el pasillo, se puso a pensar copiosamente en imágenes que le venían a la cabeza como un torbellino, mientras veía la lluvia caer, tras el vitral de la recepción.
      Hasta entonces, había sido el peor negocio, había sido la peor apuesta de toda su vida, pero sí, tenía que seguir abrazando el sentido común, tenían que seguir habiendo respuestas lógicas.
      De pronto, la alianza con Murillo, el nexo, se había hecho polvo.
      <<dios mío,="" por="" favor="">></dios>
      <<dios mío,="" por="" favor="">></dios>

    ! 2
    ! Hubo una vez una película que se llamaba Forrest Gump (le tomó tiempo recordar el nombre), en la cual había una parte, en plena guerra de Vietnam, donde llovía por un tiempo indefinido (¿un mes, acaso? ¿La peli había dicho que en Vietnam llovía por todo un mes? ¿O tres meses?). Abraham lo recordaba mientras veía la ventana ahí, donde estaba sentado.
    Todavía eran las diez de la mañana, pero el día se hallaba sumido en un eterno anochecer.
    Se hallaba sentado en una silla pegada a la pared, de esas que se ven en las salas de espera de los consultorios, con las manos juntas, la bata cayendo de forma casi gótica por los costados del asiento, y el cristal de sus anteojos aprovechando los poquísimos destellos de luz que entraban por un resquicio cercano al techo, una pequeña ventana de utilidad ambigua.
    ¿Dónde se hallaba Gianluigi, el gordo estúpido ése? ¿Estaría de vacaciones? Eso no importaba, porque no estaba pensando mucho en él últimamente.
    Aquél sería un momento perfecto para buscar su diario personal y ponerse a escribir, pero para ello tendría que regresar a su cuarto y buscarlo, y no quería hacerlo, no quería moverse. Se hallaba en uno de esos momentos que uno suele creer que son para reflexionar, pero que en realidad sólo se utilizan para no hacer nada y dejar caer la mente por una cueva de soledad.
    Su mirada perdida, que se deslizaba por la mesita con revistas viejas que frente a él, lucía confundida, y eso tal vez se debía a que, muy en el fondo, contemplaba sus problemas con el San Niño, pero no reflexionaba realmente, no le buscaba una solución a la situación.
    “Y ahí es cuando los leones del zoológico pierden <esa>mirada”</esa>
    Suspiró.
    Se acordó de un perro que había tenido de niño, Luke, nombrado así por el padre de Abraham tras el otrora héroe de la famosa película del espacio. El animal a veces recostaba la mandíbula en su cama, rumiando por una caricia. Era un manipulador profesional, como los perros más listos.
    Días felices, aquellos eran días más felices.
    Un pensamiento que lo deprimió bastante, cuando su hermano le había contado el desliz que la madre había tenido con otro hombre, en el propio lecho que compartía con su marido, fue que si hay algo peor que nacer miserable, es estar bien, tener una infancia linda, próspera y de pronto, caer… porque recuerdas a menudo las cosas buenas, lo que perdiste, lo que te estás perdiendo. Uno que ya nace miserable no sabe cómo es estar feliz, o mejor dicho: encuentra sus pequeños momentos de felicidad dentro de la miseria.
    Ese era el momento en el que, silenciosamente, se dejaba abrazar por un sentimiento nuevo: odiaba a todo el mundo. De adolescente, esas cosas son pequeñas bestias infantiles, pero ya en su adultez los pensamientos son mucho más dañinos, y se convierten en monstruos de siete cabezas.
    <<maldita seas,="" mamá,="" maldito="" papá,="" seas="" dios,="">></maldita>
    Cada vez que lo pensaba, era como si diese martillazos contra algo que no estaba ahí, y lejos de calmar su rabia, la alimentaba.
    Quería irse. Cuanto antes.
    ! 3
    ! Susana abrió los ojos.
    Mientras las imágenes cobraban nitidez con espantosa lentitud en sus ojos lechosos, se dio cuenta de que no estaba en su propia alcoba.
    El electrocardiograma que se asomaba a un lado de su cama como la cabeza de un enano le hizo sentirse confundida. La línea quebradiza y palpitante que saltaba tras la pantalla negra era similar a una enorme sonrisa.
    <<hospital… abraham...="" hospital...="" hospital.="">></hospital…>
    ! Se trató de frotar las ojos, pero el dolor le hizo pensar que tenía los brazos abiertos en carne viva; había un extraño hormigueo en sus huesos. Lo único que llevaba encima era el sujetador plástico del electrocardiograma, y una vendita redonda colocada en el antebrazo… le habían sacado sangre.
    Por lo general, en las películas, la familia de la víctima o el héroe en cuestión llega al momento exacto en que éste se despierta: pero en la realidad no ocurre lo mismo. La habitación estaba a oscuras, las sombras dibujaban figuras raras contra la pared posterior a su cama, y el olor a alcohol le resultaba especialmente desagradable. Venía de un frasco destapado en una mesita al lado de su cama, el algodón con sangre reposaba a un costado: no eran visiones muy tranquilizadoras después de un letargo, su mente palpitaba… tenía una necesidad tremenda de ir al baño, la vejiga le ardía.
    Mientras sus sentidos se despertaban (su conciencia ya estaba en funcionamiento, pero –en términos de Cosby- los enanitos que ponen a trabajar el resto de las funciones del cerebro apenas estaban llegando a la fábrica) sentía algo nuevo que no le agradaba: tenía la lengua seca, y el interior de la garganta era algo así como un estropajo.
    La frase “debo estar hecha un asco” surcó su mente como un gusano.
    <<abraham>></abraham>
    ! Su rostro estaba cincelado en su imaginación.
    ¿Qué estaba pasando? Haciendo una asociación de ideas, consiguió llegar hasta el último momento que recordaba: su casa, en el living, con los amigos, sentada en el suelo, estaba sosteniendo el auricular, y del otro lado de la línea se hallaba alguien… ella estaba hablando con ese alguien, pero ¿quién? No lo recordaba, pero desde ahí, se sentía como la resaca de un terror nocturno.
    Todo se había desvanecido después de eso, y había sido tan repentino que su mente ni siquiera tuvo conciencia de qué estaba pasando, fue como si alguien hubiese colocado el suiche del lado “OFF” en su cabeza… ¿y si le volvía a pasar? Tal como había ocurrido la primera vez, aquello podía volver a repetirse, en cualquier momento.
    Movió su cabeza, como si con ello se pudiera deshacer de las malas ideas.
    Observó el botón del timbre: con ello podía llamar a la enfermera.
    Consiguió estirar un brazo, y tuvo que reprimir un grito: la sensación de dolor enervó sus tendones como si un animal los estuviera mordiendo. Imaginó a un gato con los dientes como las sierras de un cuchillo, desordenadas, amontonadas, bañadas en sangre, y nervios blandos colgando.
    Presionó el interruptor varias veces.
    No sabía todavía cómo iba a expresar sus ideas, ya que estaba muda, pero la enfermera tendría que asistirla para orinar, y luego su madre o su padre le tendrían que explicar qué es lo que estaba sucediendo, y por qué.
    ! 4
    ! La recepcionista del San Niño estaba de pie frente a Abraham, leyendo una carpeta. Sus cabellos grises, sostenidos por una cinta, hacían ver su cara arrugada como si le hubiesen hecho la antítesis a una cirugía plástica.

    • Buenos días.
    • Buenos días, señora.
    • Te daré yo las asignaciones del día de hoy, ¿está claro?
      Abraham se hallaba realmente indispuesto por su situación, y también por la mala vida que había venido teniendo los últimos cinco años, por lo que no era propenso a tolerar la mala educación de nadie, aún cuando él fuera muy joven, y la otra persona muy vieja. No contestó a la mujer, sino que en cambio, se le quedó viendo, desde su silla.
    • ¿Qué has hecho hoy?
    • Nada.
    • ¿Nada?
    • El Doctor Murillo no me ha dado asignaciones.
    • El Doctor Murillo no es quien te da las asignaciones, quien te da las asignaciones ahora soy yo.
      Sintió una cuchillada en el estómago, y con ello la necesidad de decir algo, pero no lo hizo, no tenía palabras para hacerlo. Seguía leyendo la carpeta.
    • Dejaste las luces de la morgue encendida… –repuso -
      Nuevamente, optó por no contestarle, no había nada que decir al respecto.
    • ¿Por qué?
    • Porque se me olvidó apagarlas.
    • ¿Ah, sí? ¿A ti nunca te enseñaron a apagarlas, en casa?
      Una vez, un amigo le había dicho algo que le resultó muy gracioso, y estaba a punto de utilizarlo como arma, como puñal. Normalmente no lo hubiera hecho, pero ahí nada se regía por la normalidad.
    • Ahora vas a bajar a apagarlas.
    • Espere un momento.
      Abraham se puso de pie.
      Bajó la carpeta con hastío, y se colocó las manos en las cinturas, observándolo con los ojos bien abiertos.
    • ¿Acaso nadie apagó las luces ya?
    • Ese no es tu problema, vas a bajar a la morgue y te vas a disculpar, ¿ha quedado claro, señor…?
    • No –la interrumpió-
      <<¿Disculpar?>> Abraham echó mano de un lugar muy profundo en su mente, quizá demasiado, para dejar pasar eso. Era un mecanismo de defensa natural.
      La mujer puso rostro rígido, y frunció el ceño, abriendo la boca… una hilera de dientes color café se asomó detrás de sus labios.
    • ¿Para qué me quiere hacer bajar usted otra vez? No tiene sentido.
      Al momento que la mujer se disponía a contestar ensanchando las cejas, cosa que lo irritó aún más, Abraham dio un paso al frente y se le plantó.
    • YO NO VOY A BAJAR A LA MORGUE, VIEJA MAL COGIDA –gritó-
      He ahí, el puñal. Vieja arrugada había sido su toque personal, el resto se lo habían enseñado.
      La enfermera lo observó fijamente, moviendo sus pupilas de forma circular, contemplando el rostro del muchacho.
    • No voy a bajar a la morgue otra vez –repitió, con más calma- chille, grite… haga uso de todas sus herramientas de vieja histérica, mal educada y mal cogida: pero no voy a bajar a la morgue, no pierda el tiempo conmigo, señora.
      Pero todavía faltaba poner la cereza sobre el pastel:
    • Métase su empleo por el orto, si es que está pensando amenazarme con eso.
      Lo que quedaba ahora era la resaca del temor, un sentimiento de niño que aún seguía arrastrando desde la escuela, algo así como colocarse los brazos alrededor de la cara (porque en todo caso, eso era lo que provocaba hacer, ya que uno quedaba con la sensación de recibir un golpe en cualquier momento) y sobrellevar de ese modo la reacción que pudiera tener aquella mujer. Se quedó de pie, desde luego, porque sólo eran sentimientos, y nada más… en la vida real, la vieja muy probablemente estaría ya asustada, retrocedería, y lo miraría de forma afectada.
      Pero no pasó ni una cosa ni la otra. Ni le pegó una cachetada, ni tampoco se asustó.
      En cambio, ocurrió algo que Abraham consideró, sin dudas, una de las cosas más anormales que le había pasado hasta el momento en el San Niño: empezó a sonreír.
      El liquen de saliva de sus labios hacía brillar sus dientes marrones, todos diminutos. Y para cuando la sonrisa se hizo tan grande que era obscena, las encías oscuras aparecieron debajo de sus labios.
      Aquella expresión tenía voz propia, claro, porque ellas siempre quieren decir algo, y lo consiguió perfectamente sin pronunciar una sola palabra: “estás acabado aquí”.
      Abraham era visiblemente más alto, pero eso no importaba, realmente. Ahí y en ese momento, no. Ella tenía más años que él, sabía un par de cosas más también, y había mal interpretado sus palabras: creyó erróneamente que lo último que ella había dicho se refería a perder su empleo.
    • Limpia el piso.
      Torció los labios, y dejó salir un escupitajo largo, baboso y amarillento, que se estiró hasta el piso, y se derramó lentamente, formando un pequeño charquito.
    • Limpia el piso –repitió, antes de marcharse-.
      Por lo general, uno se siente bien (a veces culpable) cada vez que gana el round… la rabia de Abraham se vio disipada por sus propios insultos. Sin embargo, no se sentía ni bien ni culpable: estaba impresionado.
      Se quedó solo en la sala, escuchando la lluvia, observando fijamente el escupitajo espumoso en el suelo.

    ! 5
    ! Había cogido el tobo y el coleto tras aquella puertecilla que Gianluca Siffredo le había mostrado. Los dos instrumentos estaban ya preparados para él: el tobo se hallaba lleno de agua mezclada con esencia para limpiar piso.
    Se habría puesto a pensar en él, de no ser porque su cabeza no podía soltar todavía el cruce de palabras con la enfermera tras el mostrador del hospital (quien, ahora que lo pensaba, había dejado solo el mostrador). Durante los próximos minutos no se molestaría en pensar en otra cosa. Él no limpiaría el piso de la recepción, y ese sería el inicio de su rebeldía; el escupitajo se quedaría ahí, en el suelo, como un testimonio.
    Subiendo lentamente por las escaleras, cargando el tobo y el coleto en cada mano, se puso a pensar si la vieja cretina no sería de casualidad hermana de aquella monja sin labios que le había parecido ver el otro día. No había ningún fundamento lógico para ello, pero ambas eran casi igual de horrorosas para él. Sea como fuere, había perdido sin remedio un juego cuyo único desenlace era un final malo: no estaba camino a la morgue, pero sí a donde, aquella vez, había visto al niño con los dedos aplastados: el tercer piso.
    ¿Se le volvería a aparecer? Por cómo iba su suerte últimamente, lo más seguro es que sí. Tal vez incluso esta vez le metiera los dedos directamente por la garganta y lo viera con los ojos rojos. No había un límite para lo que podía llegar a pasarle.
    De chico, Abraham creía fervientemente en el destino, y prueba de ello es que invirtió buena parte de su infancia pensando en un tal Murphy, y su rutilante juego de leyes en las que uno salía, sin dudas, mal parado.
    <<mamá>></mamá>
    La figura de su madre apareció en su cine mental, como si fuese una fotografía vieja de colores pasteles.
    La asociación era sencilla: ella fue la primera persona que le habló de la Ley de Murphy, en algún día perdido del pasado, mientras intentaba mantener el buen humor en un tráfico infernal.
    Le había pedido que le contara más al respecto, y ella le citó una serie de ejemplos divertidos, que para él fueron algo así como la prueba inequívoca de que, después de todo, el mundo sí estaba gobernado por leyes superiores.
    Una cálida sensación de pena y amor lo invadió repentinamente.
    Le costaba pensar en su mamá porque lo único que sobrevenía a ello era rencor, y cuando se veía ante aquellas raras situaciones en las que mezclaba los recuerdos y el amor, él se ponía melancólico. Cualquier otro ni siquiera hubiera tenido la inteligencia para reconocer semejante emoción.
    Ante él se levantaba el enorme número “3” pintado en negro en la pared… había llegado ya.
    Cruzó la puerta doble, abriéndola con el hombro, y encaró el pasillo.
    Puertas a la derecha y a la izquierda, y siempre en silencio, como era de esperarse.
    ¿Desde cuál había salido el niño de los dedos chatos? No lo recordaba (y tal vez fuera mejor así), ¿había visto el número, tan siquiera? Estuvo un buen rato intentando recordarlo.
    Irguiéndose para ver el final del pasillo, se imaginó a la niña de la morgue del otro lado, con la cicatriz en forma de Y atravesando su cuerpo desnudo, caminando hacia él.
    La imaginación era un arma muy poderosa.
    Y de pronto, un pensamiento de distracción que debió ser un alivio, pero no lo fue: recordó el manicomio, al lado del San Niño.
    <<¿Así es como lo ven ellos, los locos? ¿Fantasías que no pueden controlar? ¿Que no pueden dejar de ver? ¿Qué harían ante una situación así, en la que la niña no desaparezca?>>
    Él mismo no tardó en responder su propia pregunta, con una “voz de pensamiento” amarga:
    <<retorcerse y="" gritar="" en="" un="" cuarto="" lleno="" de="" colchas,="" eso="" es="" lo="" que="" hacen="">></retorcerse>
    Su cabeza volvió al tema de su madre.
    ¿Había que tenerle lástima? ¿Compasión? Aquellas palabras se fundían en una pregunta mucho más grande: ¿debería seguir amándola? Tres días después de que él supo lo de su affaire, con un tipo más feo que la mierda y de aspecto destartalado (y que hacía la infidelidad de por sí peor), no se le volvió a ver más. La señora había hecho sus maletas, y se había ido de la casa. ¿Vergüenza? Posiblemente. Tenía razones para ello.
    El hermano había aguantado varias semanas con aquél navajazo en el pecho, y la mujer, en uno de esos momentos en los que la gente dice “¿pero qué carajo tenía en la cabeza?”, cruzaba los dedos para que el secreto no saliera de ahí, de la cabeza del niño.
    No, tal vez no debía amarla más.
    Había momentos muy sutiles e íntimos en los que él se ponía a pensar que, cada vez que su madre venía a su mente, era porque, a su vez, ella estaba pensando en él.
    Ahora no podía permitirse esa resaca. Comenzó a coletear.
    ! 6
    ! Susana estaba saliendo del hospital, ayudada por sus padres.
    Cada uno la sostenía con una mano por debajo de la axila, sentía dolor al contacto de sus dedos.
    El sol le picó en los ojos, y lo resintió en la piel. Era como si tuviera una alergia a la luz. Susana era blanca, pero eso no quería decir que no pudiera soportar bien el sol, de hecho, estaba acostumbrada a broncearse de cuando en cuando.
    Ahora, sin embargo, algo había cambiado…
    El calor del coche la agobió tanto, que le provocó dormir, a pesar de que no había estado haciendo otra cosa durante las últimas veinticuatro horas.
    Había despertado con ganas de alguna explicación, y todo lo que había recibido la dejó con más dudas: sencillamente había tenido un ataque, eso es lo que había dicho el doctor, (aderezado con un par de palabras técnicas que no le habían gustado nada, no por su siniestra etimología sino por su peste a muletilla), todo apuntaba a que ni siquiera el tipo sabía qué era lo que había pasado.
    Susana era una chica tan buena que papá y mamá podían jurar a pies juntillas sobre su buen haber, y eso incluía a todas las preguntas maliciosas que el médico hacía con un largo cuestionario en la mano y un bolígrafo rojo en la otra: no, no se drogaba, no estaba utilizando pastillas, no iba a fiestas raras, no se pinchaba, no esto y no lo otro… tampoco había tenido relaciones sexuales en mucho tiempo. El doctor era escéptico, ya había visto casos así, de padres tontos del culo que se creen que la niña es incapaz de tirarse un pedo, pero el hecho era que Susana honraba sus palabras: ella no era drogata, no era estúpida, y, como patada a su orgullo, tampoco tenía una vida sexual activa.
    El examen estomacal no reveló nada, tampoco estaba embarazada, no tenía síntomas de enfermedades venéreas. Otros resultados estaban por llegar, sí, pero algo le decía que no conducirían a nada.
    Y ahí estaba ahora, camino a casa, con la frente apoyada al vidrio del auto.
    Algo tenía claro: quería hablar con Abraham, quería decirle algo… ¿posiblemente él supiera cómo hacerla sentir mejor? No, no era por eso.
    Tenía que hablar con él, simplemente tenía que hacerlo… no sabía exactamente por qué, pero no era un capricho, era una misión.
    ! 7
    ! Cuando se giraba para ver el pasillo, comparaba la mitad que había limpiado con la que le faltaba por limpiar: impecable y sucio.
    Eso le gustaba…
    Nunca en su vida consideró nacer para ser trapeador, pero daba igual, porque disfrutaba ver lo que estaba haciendo, y que lo estaba haciendo bien. La parte más cínica de su conciencia se divirtió con la idea de que, cuando alguien de sus ambiciones se emocionaba por ver que hacía bien un trabajo como ese, es porque la vida no le estaba dando muchos frutos. Pero no le hacía daño. El cinismo podía ser divertido, e incluso, un alivio. Cada vez se conformaba con menos, por lo menos hasta que pudiera irse de ahí.
    Pensaba sobre ello hasta hacía sólo cinco minutos, de lo más distraído, hasta que se había dado cuenta de que una de las puertas más inmediatas estaba abierta.
    Lo primero que sintió fue un pequeño retumbo en el corazón, algo similar a cuando alguien recibe muy malas noticias. Después, se puso a pensar si alguien la acababa de abrir desde adentro, o si ya estaba así desde antes que él llegase…
    Le atormentaba no recordarlo. Las vacaciones se habían acabado: su mente tenía que aterrizar, y empezar el doloroso proceso del miedo, y de que algo nuevo estaba por ocurrir.
    Siguió trapeando, pero sin poder quitarle el ojo al resquicio oscuro entreabierto, procurando no estar de espaldas. Su imaginación le decía que en cualquier momento algo iba a salir de ahí, y se le iba a aproximar, y no quería que ese “algo” tuviera la comodidad de encontrarlo distraído.
    Respiró con fuerza, batiendo el coleto contra el suelo, con la mirada levantada, a la expectativa. Algún lugar de la zona racional de su cerebro pensó en que era el colmo tener que estar atento hasta en la más mínima variación en el ambiente, y aún cuando se hallaba en una edad salva para los embates cardíacos, sentir tanto miedo no le hacía bien…ni a él, ni tampoco a nadie que fuera varias veces más fuerte que él.
    Limpiando y limpiando se aproximó más a la puerta, y empezó a distinguir cosas tras el resquicio.
    <<por dios,="" que="" no="" vea="" un="" rostro="" pálido="" observándome="" desde="" el="" espacio="" hay="" entre="" marco="" y="" la="" puerta…="" con="" ojos="" grises="">></por>
    Pero no había tal cosa, sino un pasillo muy corto, que llevaba hasta una cama, donde había alguien arropado. Estaba muy oscuro.
    <<¿Quién está adentro?>>
    Pregunta estúpida, desde luego –así lo reconoció él mismo-. Se inclinó para asomar la cabeza por el resquicio, ver más de cerca.
    <<qué imbécil="" eres,="" abraham,="" estás="" buscando="" líos,="" líos="" al="" destino="">>. Destino era una palabra muy cursi, así lo habría juzgado él ni bien lo hubiese leído de su propio diario, pero mientras los latidos de su corazón aumentaba aceleradamente, las palabras no importaban.</qué>
    Se escuchaba una respiración larga, profunda y lenta, como de un enorme animal. De pronto le parecía que se hacían más fuertes.
    Los pies no se movían, las sábanas creaban numerosas arrugas alrededor de sus piernas.

    • Disculpe…
      Abraham se irguió y se dio media vuelta ante la presencia que tenía detrás suya, no se había asustado (cosa que él mismo reconoció como extraordinaria), pero sí estaba visiblemente sorprendido.
      Una niña estaba hablándole desde abajo.
      Tenía el cabello dorado pero sucio, le caía libremente por los hombros, y sus ojos, grandísimos, eran verdes. Vestía un pijama.
      Lo que quería es que él se apartase de la puerta, para poder cruzar el pequeño pasillo.
      Abraham no hubiese hallado las palabras para hacerle pensar que no estaba husmeando… pero aquello no importaba ahora. Sólo sostenía el palo del coleto con una fuerza descomunal, y tenía los dientes apretados entre sí. Intentaba entender lo que estaba viendo.
      Al apartarse, la niña se puso en marcha: la muleta de la mano izquierda se movía hacia adelante, se apoyaba bien al suelo, y luego arrastraba la muleta derecha, se detenía por pocos segundos, y repetía la operación… así era como caminaba; porque tenía los pies amputados, y parecía demasiado pobre para tener una silla de ruedas. O quizá, simplemente, las muletas eran un acto de crueldad. Alguien en el hospital desaprobaba que un niño pudiera moverse rápidamente.
      Su pijama se arrastraba por el suelo, parecía como la cola blanca de un vestido de matrimonio, que se mueve lentamente, metiéndose en la habitación. El sonido de las muletas era monótono y se afirmaba con fuerza en el suelo a cada movimiento.
      Se detuvo pocos segundos frente a la cama, y después se aproximó hasta una silla. Se puso de espaldas a ella, y haciendo fuerza con los brazos, se posó sobre ella.
      Se acomodó y colocó las muletas a un lado, descansando al fin, respirando profundamente, alisándose el vestido con sus manos pequeñas, viendo a Abraham.
    • Pasa, por favor –le pidió, en voz alta-
      Él no dijo nada, pero la niña lo estaba observando.
    • Él quiere hablar contigo –repuso, señalando con su pequeña mano en dirección a la cama- sabe lo que estabas haciendo.
      Sin decir nada, dejó el coleto apoyado a la pared, y pasó adelante.
      En aquel momento, Abraham no estaba pensando en nada, su cerebro era como un tubo sellado. Estaba haciendo lo que estaba haciendo sin saber por qué: sencillamente pasó, como hipnotizado.
      Poco a poco su campo de visión dominaba la cama. La luz encendida sobre la mesita era apenas una cortesía. Lo que estaba acostado y arropado ahí resultó ser un enorme oso de peluche, con una sonrisa en el hocico.
      No tenía ojos de botón, pero sí pintados con un marcador negro, dos círculos desinformes resaltaban sobre la tela marrón oscura, uno era ligeramente más grande que el otro.
      En un brazo, tenía una jeringa hundida, anudada a un delgado tubo que serpenteaba alrededor del perchero donde guinda la bolsa con suero.
      Abraham observó a la niña, quien a su vez lo veía a él, mientras acariciaba sus muletas.
    • ¿Qué es esto?
    • ¿Qué cosa?
      Señaló al peluche con la mano.
    • ¿Por qué lo pusiste ahí?
    • Para que me haga compañía.
      Había demasiadas preguntas acumulándose en su cabeza, como un burbujeo, y vista desde ahí, la niña parecía tres veces más adulta que él.
    • ¿Cómo te llamas?
    • Victoria.
    • Victoria, ¿quién estaba en ésta cama?
    • ¿Estás enfadado?
    • Siento haberte dado esa impresión, no estoy enfadado, pero…
    • Aquí estaba mi mamá.
      Abraham no pudo evitar observar instintivamente a la puerta del baño, que estaba entreabierta: ¿ahí dentro había alguien? Le parecía que sí.
    • ¿Dónde está tu mamá? –Dijo, sin desviar la mirada-
    • Se la llevaron… la están operando.
      <<hay alguien="" dentro="" del="" baño,="" cuidado="">></hay>
      Abraham observó las muletas, el pijama sucio de la niña, y luego rápidamente su cara.
    • ¿Sabes el nombre del doctor que la está operando?
      Negó con su cabeza.
    • Espero que la traigan pronto –repuso- Me siento cansada de esperar.
      <<el baño="" abraham,="" el="" baño,="" baño…="">></el>
    • Victoria –repitió, tragando saliva- la van a traer.
    • Yo no estoy tan segura de eso –contestó, con cierta aspereza-
      Su vestido guindaba como una cola fantasmal por la caída de la silla.
    • Lo siento, lo siento…
      Se retiró, y se fue, cerrando la puerta tras de sí.
      Abraham cogió el tobo y el coleto, y se apresuró a salir del tercer piso. A cada paso, no podía evitar mirar hacia atrás.

    ! 8
    ! Entró corriendo a su cuarto, cerró la puerta de golpe.
    Abrió el closet, las gavetas, las cajas: cualquier lugar donde tuviera ropa.
    Arrojó su maleta sobre la cama y empezó a echarlo todo adentro.
    Se desabotonó la bata, y la arrojó al suelo… se iría con la franela blanca, los zapatos de goma y los pantalones que llevaba puestos.
    Transpirando, agitado, revisó su cartera personal, y empezó a contar el dinero que le quedaba: había lo suficiente como para conseguir un pasaje de autobús ¿a dónde? Eso no importaba, lo vería en el terminal… llegaría hasta el lugar más cercano a la Bahía Azul, su hogar, y desde ahí haría auto-stop.
    Se marcharía sin dar explicaciones, no se detendría ni aunque alguien le hablara, no se pondría a contarle a nadie lo que había pasado… su imaginación era terrible cuando se oponía a él, sí, pero la realidad del San Niño la sobrepasaba, y no pasaría otra noche ahí, por nada del mundo. Tal vez, si fuese un poco más testarudo (y más testarudo que Abraham era difícil) estaría dispuesto a pasarse un par de días más a ver “qué pasaba”, a probar suerte... pero no, ya habían sucedido suficientes cosas. Farsantes o no, a la familia Lutz le tomó casi un mes abandonar la 111 del Ocean Avenue... pero él ya había tenido suficiente del San Niño. Más nunca volvería a poner un pie ahí.
    <<¿Y las respiraciones que escuchaste? ¿De dónde venían las respiraciones cuando estabas en el pasillo?>>
    Veinticuatro horas atrás, o incluso la noche que escuchó el barullo en la morgue, a Abraham le hubiera dolido marcharse sin cobrar su quincena, pero nada de eso tenía importancia ahora, el dinero no era lo suficiente como para poner su… ¿su qué? ¿Su vida? ¿Su cordura en juego? ¿La resistencia de los músculos del corazón?
    Se puso en marcha por el pasillo, con la maleta en una mano y la mochila en la espalda: no se había tomado la molestia de cerrar la puerta de su cuarto, podía escuchar el cepillo de dientes y el cortaúñas haciendo ruido dentro de su maleta, cayendo entre los utensilios de baño.
    Le dio una patada a la puerta doble.
    <<váyanse a="" la="" mierda="">></váyanse>
    Antes de llegar a la recepción, antes de ver lo que había afuera, a través del vidrio, Abraham ya estaba empezando a sentirse mal.
    ¿Cómo llamarlo? Hay veces en que uno presiente un evento segundos antes de que pase, suele suceder durante la vida… a la mayoría de las personas les pasa cuando están viendo un partido de fútbol por la televisión y lo dicen antes de que el atacante esté en la mitad de la cancha “van a meter gol, van a meter gol”, pero lo importante es que siempre sobreviene con un ardor que empieza en la cabeza, una especie de cosquilleo similar al enardecimiento. Eso era lo que estaba sintiendo, pero de manera prolongada, sostenida, y ya tan fuerte, que era como si al Señor que controla la maquinaria del Universo se le hubiera olvidado bajar el volumen para que “ese tonto” no se viera sometido a fenómenos que no podía entender.
    Ya estaba en la recepción, de pie, viendo hacia fuera, la enfermera vieja del mostrador lo observaba, interesada.
    De tener una mano libre, le hubiese enseñado el medio dedo con un placer innegable. Decidió seguir caminando hasta la puerta de entrada, dispuesto a darle una patada.
    Sin embargo, se detuvo poco a poco, en una especie de parodia mórbida, hasta estar a punto de pegar la frente al vidrio helado de la recepción.
    Pasmado, con el corazón latiendo demasiado rápido, abrió la boca, como una O.
    Estaba nevando.

    • ¿Te estás robando algo del hospital? ¡Oh Dios mío! ¡Te estás robando algo del hospital! –exclamó la mujer, colocándose las manos al pecho, saliendo de detrás del mostrador, corriendo pasillo abajo.
      Abraham presionó la manilla de la maleta con tanta fuerza que el hierro crujió bajo su mano, empujó la puerta y salió afuera.
      El frío de invierno caló en su piel con tanta rapidez que, de inmediato, supo que sería imposible caminar.
      Estaba aterrorizado, su cerebro era un manojo de nervios convulso, pero su parte irracional se aplacó como una fiera sedada.
      La nieve rodeaba sus tobillos, pesadamente.
      <<si sales,="" te="" mueres="">>.</si>
      Nunca antes le había parecido la calle de salida, rodeada de árboles, tan lejana.
      Los copos estaban alfombrando rápidamente el camino, ¡y la nieve sólo había empezado de un minuto para otro! ¿Acaso había comenzado cuando estaba allá arriba, en su cuarto, empacando las cosas? ¿Acaso no era un día despejado? Era distraído pero esta vez lo recordaba, sí, lo recordaba bien.
    • Ay, Dios mío –gimió en voz baja e insulsa- ay, Dios mío.
      Su lengua se pegó dolorosamente al paladar, sentía el cuello frío. Tragó saliva.
      Ni aún con su sobretodo, el que le llegaba hasta las rodillas, podría hacer frente a la temperatura, no era la vestimenta adecuada para ello: no tenía bufanda, no tenía una remera lo suficientemente gruesa debajo, y tampoco llevaba calcetines de lana… en poco tiempo, la humedad entraría en las botas, y mojaría su pie: menos 15 grados y un pie mojado son muy mala combinación.
      Valle de la Calma era un lugar muy frío, lo sabía desde que llegó, lo sabía, de hecho, desde antes de llegar, porque estaba consciente de que iba en dirección al sur. Pero la nieve fue inesperada, y lo que es peor, la brisa aumentaba poco a poco, como una amenaza.
      Su mente se debatía en un tornado de tribulaciones.
      La puerta tras de él se abrió, justo al momento que sintió una manaza pesada caerle sobre el hombro.
    • Oye, papá… si de verdad te quieres suicidar, tenemos un bisturí adentro y te juro que sufrirías menos. Con el frío de aquí no se jode.
      Se fue dando la vuelta poco a poco, el gorilón tenía, al menos, una sonrisa jovial.
    • Vamos, entra.

    Parte VIII

    ! Cuando la aguja del reloj marcó dos horas después del último momento, contrariado y con demasiado en qué pensar como para aplicar la suficiente cantidad de lógica para cada problema que tenía, Abraham no sabía qué era más impresionante: que nevara “justo” aquel día, “justo” aquella hora, “justo” en aquél momento (por más época de ello que fuera, era la primera vez que nevaba desde que él había estado ahí, y era imposible no sentirlo como un ataque de mala suerte) o que nadie todavía se había acercado para hablar sobre su repentina decisión de marcharse.
    El doctor Murillo no se apareció, así como ningún vejete que jugara las de director en el cuerpo de doctores según como Abraham lo imaginaba, ni que decir de charlar un rato sobre su pelea con la enfermera, y no sólo eso; un par de vistazos lo convencieron de que todo lucía como si nada hubiera pasado, como si el ambiente no se hubiera alterado esa mañana. El enfermero se limitó a dejarlo sentado en la recepción y, tan rápido como vino, se marchó.
    Afuera el manto de nieve ya arropaba por completo el suelo, y eso era lo único que no permanecía inmutable: al final de la larga arboleda que daba fin a los predios del San Niño se veía una luz muy linda, muy tenue, que era tapada constantemente por la cortina de brisa y nieve.
    Abraham la observaba sentado, con las manos apoyadas a los lados de la cabeza. Salir caminando hasta allá sería un error casi mortal, ¿a cuánto había bajado la temperatura? No tenía ganas de averiguarlo, pero sus conocimientos en meteorología eran lo suficientemente grandes para saber calcular que había sido mucho. Quizá lo suficiente para darle un susto numérico.
    <<si salgo="" caminando,="" si="" llego="" hasta="" el="" final="" con="" mis="" cosas,="" me="" robo="" una="" manta="" y="" la="" pongo="" sobre="" abrigo="" ¿qué="" pasará?="" ¿encontraré="" calle?="" parada="" de="" autobuses?="">></si>
    Su mente trabajaba con rapidez. Muchas veces, durante su adolescencia, se sorprendió a sí mismo al descubrir que los momentos donde más brillaba eran aquellos en los que se hallaba bajo presión. Eso lo había salvado de reprobar un par de exámenes. Dios y él sabían mejor que nadie que tenía que echar mano de esas viejas experiencias, pero detestaba hacerlo en un punto de su vida que no tenía precedentes: nunca le había pasado algo tan malo, algo tan extraño como hasta ahora.
    <<¿Habrá una parada de autobús? ¿Por qué no recuerdo?>>
    De pronto se dio cuenta de un detalle que cayó sobre la olla de su cabeza con un ruido lo suficientemente grande para tapar su maraña de pensamientos, y cuyo horror y sorpresa lo resintió -por primera vez en su vida- en el músculo del corazón:
    <<¡No recuerdo hace cuántos días llegué!>>
    Abraham se levantó de golpe.
    El pensamiento se vertía sobre él con una sensación igual a la de alguien que sabe que acaba de cometer un error fatal.
    <<¿Por qué? Espera, no, no, espera… tengo que acordarme ¿hace cuánto llegué?>>

    • Hace cuánto llegué –musitó, lastimosamente- hacecuántollegué… hacecuanto…
      <<hace como="" siete="" días,="" hace="" días="" más="" o="" menos="">></hace>
      Él detestaba a las personas que decían que, tratando de ordenar el día desde la mañana a la noche, como si fuera una agenda, uno logra recordar las cosas, desde dónde dejó algo hasta un compromiso importante… lo odiaba en primer lugar porque jamás funcionaba, y en segundo porque era un método estúpido. Los humanos son humanos, no grabadoras. El método parecía bonito, bonito para una máquina de hacer cálculos, pero en la práctica era imposible para la mayoría. Sin embargo trataba de hacerlo…
      <<piensa, hijo="" de="" puta,="" piensa="">></piensa,>
      ¿Qué podía recordar? ¿Las cosas que lo asustaron? La mancha en la pared volvía a su mente una y otra vez, no porque tuviera alguna simbología especial, sino porque sus ideas eran un manojo encaprichados que saltaban sin orden.
      <<¿Qué más? ¿Qué pasó ANTES de eso?>>
      El día que se despertó, pensando que le sangraban los testículos.
      De pronto, todos sus pensamientos se ordenaron, lentamente: por fin, la inteligencia comenzaba a intervenir como una luz entre la rabia ciega y el miedo.
      <<mi diario,="" mi="" diario="" personal…="" ahí="" están="" las="" fechas="">></mi>
      Atravesó la puerta del corredor escaleras arriba. Estaría dentro de la gaveta, y por un momento sintió una culpabilidad fugaz que lo avergonzó, porque si hubiera tenido éxito en escapar del San Niño, lo hubiera dejado olvidado ahí en su cuarto, para siempre.
      La llave de la puerta salpicó de su bolsillo al momento que introdujo una mano temblorosa dentro, <<¿acaso no la dejé abierta? ¿Por qué ahora está cerrada?>> Se agachó y en poco tiempo la estaba introduciendo sobre el cerrojo, en cuclillas, girando el pomo bruscamente. Se precipitó adentro, se sentó sobre su cama y abrió la gaveta de la mesita.
      No estaba ahí.
      Se llevó las manos a la cabeza, clavando las uñas entre su cabello. Jaló la gaveta y la dejó caer al suelo, y luego la de abajo, y la de abajo.
      No aparecía.
    • ¡Yo siempre lo dejo aquí! ¡Hijo de puta! –gritó, viendo hacia el cielo, a través de la ventana- ¡Yo siempre lo dejo aquí, no me lo escondas!
      Se echó al suelo y buscó debajo de la cama: era oscuro y polvoriento, no había nada más que un pedazo de papel al fondo.
      Se puso de pie, y buscó frente a la cama, en el mueble donde guardaba las ropas: abrió el estante derecho e izquierdo: vacíos.
      Bajó a la recepción, recuperó su maleta y su mochila (por lo menos no se las habían robado, durante el trayecto y sobre todo, corriendo escaleras abajo, esa idea lo aterrorizó). Al retorno las echó sobre la cama y las abrió, vaciando todo el contenido sobre el cobertor.
      Nada.
      Apoyó la espalda sobre la pared, llevándose las manos a la cara.
      Su mente era como un tendón eléctrico, y su mandíbula estaba cerrada con tanta fuerza que hubiese podido triturar una nuez. Las encías le iban a doler mucho esa noche, pero el lado que se lo recordaba amablemente era demasiado pequeño como para que Abraham le diera importancia alguna entre el maremoto de rabia, confusión, y más rabia.
      De haber tenido cinco años menos, habría empezado a golpear la pared y a zumbar patadas a las cosas… pero ahora era un hombre, no un adolescente, y… ¿acaso eso importaba? ¿Por qué una parte de él lo imaginaba?
      <<¿Quién se llevó mi diario?>>
      La manzana podrida; la enfermera y recepcionista en el piso de abajo fue lo primero que cruzó su cabeza, como un clavo. Esa, esa con la que había discutido hacía sólo un rato.
      Ya lo podía ver: él estaba en el tercer piso, limpiando, y ella había cogido la llave maestra, viendo de aquí para allá con su expresión orgullosa de harpía, asomándose por la puerta, entrando a su cuarto, hurgando sus cosas, revisando, viendo, jactándose de estar donde no tenía derecho. Se había llevado su posesión.
      ¿Qué haría ahora? No podía bajar como una tromba y estrangularla, además –y aquí es donde la parte más pequeña de la tormenta parecía entrar en efecto antes de que cometiera un error que sabía que lamentaría- tampoco podía probar que ella lo había hecho, ¿y lo había hecho, si quiera? ¿Por qué? Ya era demasiado tarde para demostrarlo, él mismo removió cualquier evidencia, cosa de por sí inútil porque Abraham jamás hubiese estado en condiciones de asegurar si alguien había movido esto o aquello tampoco, menos con el desastre que acababa de hacer.
      Se sentó sobre la cama, meditando, o al menos, penosamente, imitando la labor más parecida a meditar, mientras se acunaba a sí mismo.
      <<no recuerdo="" qué="" día="" llegué="">>.</no>
      Todo era un lapsus mental, un estúpido lapsus mental, y Murillo lo ayudaría a resolverlo. Se aferraba a él, a la idea de su existencia.
      <<pero llevo="" aquí="" seis="" o="" siete="" días,="" no="" más…="" más="">></pero>
      Seis o siete días, seis o siete días, seis o siete días, y si fuera cierto entonces puede decirse que toda tu vida se fue a la mierda en seis o siete días, Abraham, por Dios.
      Se puso de pie otra vez, sintió un hormigueo en su cabeza, producto de la sangre, o de un enardecimiento repentino, parecía un mal orgasmo. Estaba empezando a sentirse mal.
      Salió de su cuarto, sin molestarse en cerrar la puerta, con la ira presionando las sienes de su conciencia. Instintivamente tuvo que abrazarse a sí mismo, porque quizá Abraham estaba demasiado enojado como para percatarse que hacía un frío infernal. La niñita sin piernas cruzó su mente, intentó alejarla como si fuera una mosca.
      <<¿Hace cuánto llegué?>>, <<enfermera hija="" de="" puta="">></enfermera>
      Al abrir la doble puerta, giró la cabeza para echarle una mirada a su enemiga jurada, quien estaba detrás del puesto de la recepción, tranquila, leyendo una revista, ajena al mundo.
      Caminó a través del pasillo y no tardó en centrar toda su fuerza sobre la primera presa que cruzó su vista; una gordita que se ayudaba con el trasero para abrir la puerta, empujando el carrito que llevaba.
    • ¿Dónde se encuentra Murillo? –Preguntó, con la respiración agitada- disculpa, corazón, pero es una emergencia. Es el doctor con un parche en el ojo.
      La joven se le quedó viendo, con las mejillas rojas.
    • Hoy no está… lo lamento.
      Seguramente no se hubiese tomado la molestia de decir “lo lamento” de no ser porque la cara de Abraham era una olla convulsa a punto de explotar. Quizá quien lo lamentaba realmente era ella, no él.
    • No está –remedó él, lentamente- ¿y cuándo llega?
    • No lo sé –balbuceó- lo siento en verdad… pero los doctores no tienen horarios permanentes, aquí no pasan muchas cosas ¿sabes?
      Abraham dio dos pasos adelante para observar el pasillo del ala este, el más largo de todos los que había en la Planta Baja, el lugar donde Murillo tenía su oficina, y donde probablemente los demás doctores tendrían las suyas. Al final, había una enorme puerta doble con detalles y adornos sobre la superficie de madera.
    • Sé que te parece extraño, pero así funcionan las cosas –repuso, a espaldas suyas- el pueblo queda cerca, así que figúrate, con una llamada ellos pueden… oye, ¿cuál es tu nombre? Yo soy Lily
      Abraham la dejó en el sitio y se puso a correr; abrió la puerta doble y entró a la oficina del final del pasillo sin resquemor alguno.
      Ante él apareció una oficina forrada por completo con un tapete rojo. Era un festival de mal gusto. El inmenso escritorio de madera y el mueble que estaban del otro extremo reposaban inmóviles.
      Lily, desde donde lo veía, estaba demasiado impresionada para hablar, con un dejo de idiotez supina y excitación sexual surcándole el rostro.
      Abraham tenía la esperanza de conseguir su memo, la carpeta donde estuviera archivado su currículum, sus datos personales, su día de llegada.
      Pero había demasiados archivos apilados en el mueble, y si cada carpeta no correspondía a un empleado sino que estaban, de hecho, llenas de hojas que correspondían a cada uno, entonces el San Niño tenía más empleados de los que él había imaginado, o no más de los que había imaginado; sino más de los que él había visto trabajar. Su irrupción a la oficina había sido exagerada… ¿perder el trabajo? El trabajo se lo podían meter tres millas dentro del culo, el problema era otro, el problema era que el enfermero-gorilón podía estar en camino. Su mente daba vueltas, muchas vueltas, y de un tema pasaba a otro. No lo estaba ayudando, y tampoco lo ayudaría lo que estaba por suceder…
    • ¡Es un maldito! ¡Un ratero de mierda y un hijo de puta! –chilló la vieja enfer,era, desde afuera del pasillo-
      Lily la miraba con expresión horrorizada.
    • ¡Un inmundo, una rata!
      Intentó tranquilizarla, pero todo lo que ganó fue un empujón violento en el pecho, el brazo delgado y nervudo de la anciana cayó en su busto como una garra de buitre.
    • ¡Sal de ahí! ¡No te han enseñado educación porque tu mamá es una puta! ¡Sal de ahí! ¡Sal, sal!
      Abraham tenía demasiadas hormigas en la cabeza como para darle paso a otra emoción que no fuera, sencillamente, el caos. No iba a dar batalla, no podía. Sencillamente, quería que lo dejaran en paz. Era impresionante darse cuenta que ese era el próximo sentimiento en la fila y no arrojar un puñetazo en la quijada de aquella mujer.
      Salió de la oficina.
      La mujer empezó a perseguirlo, pero como un perro que persigue carros se alejó lo suficiente como para poder escapar a tiempo en caso que él se volteara e intentara arrojarle un manotazo… tal vez otra persona ya lo había intentado antes.
    • ¡Deja lo que te llevaste! ¡No vas a trabajar nunca más! ¡Hijo de puta!
      Abraham corrió por las escaleras.

    ! 2
    ! Sin Gianluigi ni Murillo estaba solo.
    Se hallaba acostado en su cama, viendo el techo.
    Se hacía de noche y todavía nevaba, había tenido que ponerse dos franelas debajo de la remera, pero era inútil porque aún sentía frío. A las temperaturas de menos cero no se les hace frente con tan poco. Los norteños siempre cometen la equivocación de subestimar las temperaturas heladas, algunos incluso llegan a la estupidez de pensar que el calor es peor. Abraham conocía el frío, el frío porteño y también el frío de Bahía Blanca, pero algo que llegase a los menos quince grados sin estar preparado para hacerle frente daba miedo, daba miedo de la misma forma que perder el control en una autopista, sólo que era más lento, pero el resultado final era igual de seguro.
    Y lo que era más: tenía que pasar otra noche en el hospital. Eso era lo que orbitaba su mente dando mayores tumbos.
    <<¿Y la radio que me prometió el doctor? ¿En qué quedó?>>
    Sintió rabia. Ya no era extraño.
    Otra noche más en aquel lugar, y sin nada más que su propia respiración para acompañarlo. Todavía tenía que abrir el closet para ver si, al menos, habían cobertores extras para pasar la noche (por fortuna, los hubo).
    Quería que las horas pasaran rápidamente, que ya fuera mañana ¿qué haría? ¿Lograría un avance un poco más fructífero para salir de ahí? No lo sabía… si analizaba todas las cosas que habían pasado hoy, habría caído en cuenta de que él mismo, Abraham Castelblanch, era muy fácil de derrotar. ¿Qué de bueno tendría mañana, entonces? “No lo sé” –se decía-, pero guardaba esperanzas. Se aferraba a ellas sin saberlo. Si bien no quería ni pensar en eso, lo cierto es que estaba asustado, asustado como nunca antes en su vida.
    En la oscuridad, imaginó que un vapor blanco estaría saliendo de su boca en cada exhalación.
    Durante su infancia se preguntaba “¿qué pasaría si hago ésta estupidez o aquella ridiculez, por más bochornosas que pudieran parecer?“ Ahora se hallaba en la misma diatriba: si fuera un hombre de más corazón, seguramente se levantaría, saldría del cuarto, bajaría las escaleras, y encararía a la mujer de la recepción. Al hacerlo, le quitaría poder a ella. Al hacerlo de hecho, podría encontrar una solución… una solución que era factible aún si le zumbara una patada por el vientre y la dejara en el sitio. ¿Acudiría gente a por ella? ¿Lo sacarían del hospital, así sea para meterlo en una celda? Seguro que sí; era una solución, pero faltaban huevos para que lo hiciera o, quizá, sólo faltaba estar más desesperado.
    Una fuerza lo retenía en la cama. ¿Algún espíritu maligno? ¿Una presencia negativa? Nada de eso: se trataba de sí mismo.
    <<yo sólo="" quiero="" irme="" de="" aquí="">></yo>
    Apartó todos los cobertores que llevaba encima y se sentó en la cama, observando a través de la ventana; el vidrio estaba tan empañado que no podía ver nada, pero estaba claro que todavía nevaba porque el montículo blanco alrededor del alféizar crecía. Si seguía así, la nieve ya habría cubierto buena parte de la pared de afuera de la primera planta al amanecer. Eso restaba a su ya complicado plan de escape.
    Se dio media vuelta, y se puso boca abajo, hundiendo la cara en la almohada.
    Respiró hondo, sintiendo como los bordes apretados del pantalón le mordía la carne alrededor de las cinturas. Abraham era bastante delgado, pero en los últimos meses, gracias a un gradual cambio en su metabolismo, había conseguido subir un poco de peso, la ropa le quedaba más ajustada. Lo peor era que, de algún modo, sentía los testículos bastante apretados dentro de la ropa interior. Sin embargo, en ese momento, lejos de incomodarlo, le estaba recordando que tenía partes íntimas, y se estaba excitando, lentamente.
    El lado racional se entrometió casi de inmediato <<dios, cállate="">> se dijo a sí mismo, en sus pensamientos. Mandaba a callar a su propio sexo.</dios,>
    Hacía mucho que no tenía contacto sexual con alguien ¿cuánto? Parecía recordarlo con muchísima más nitidez que el momento exacto de su llegada al San Niño. Su mente se ablandó, despegándose poco a poco de sus problemas, y empezó a pensar en imágenes más agradables, hasta que el sorteo de fantasías lo llevó a una persona: Susana.
    Y una vez que pescó no la pudo dejar más, aún cuando la erección se hizo fláccida, y a través del tiempo el deseo sexual se desvanecía lentamente.
    <<susana>></susana>
    La había sacado de sus fantasías sexuales desde hacía ya mucho, incluso semanas antes que terminara su relación con ella, recordaba muy bien que era una de las razones por las que Abraham no quería ligarse en un noviazgo muy serio después: su testosterona seguía alta, más que nunca, de hecho, y gracias a ello, gracias al demonio casi irracional que lo gobernaba cuando se excitaba, es que cometió el error de serle infiel, algo que ella, hasta el día de hoy, no sabía. Lo hizo sólo una vez.
    <<susana…>></susana…>
    ! 3
    ! Ella se despertó, y descubrió que tenía un extraño dolor de estómago. Era desagradable, como si la comida se estuviera removiendo.
    Había estado soñando con algo extraño antes de despertarse; parecía como un gusano, o el esqueleto de un gusano (por más inverosímil que aquello fuera cuando lo trataba de poner en pensamientos racionales).
    Se frotó los ojos en la oscuridad, era de noche, y el aire olía a comida… había movimiento abajo, en la cocina de la casa. Giró la cabeza para observar el reloj de Garfield sobre su mesa:
    !
    ! Se removió en su cama, entre las sábanas y el cobertor. Sentía calor. El cansancio y el malestar la disuadieron de darse un duchazo, así que aligeró carga removiendo todo lo que la tapaba con los pies.
    Escuchó el timbre de la casa, a su padre abriendo la puerta… sabía que era él, tenía su manera particular, fuerte de hacerlo todo, de producir sus sonidos. Escuchó luego su voz, supo que una amiga (¿o amigo?) había venido a visitarla, para saber cómo estaba, cómo seguía, para enterarse de qué había pasado.
    El padre lo despachó rápidamente, de esa forma brusca, un poco tosca, que no se veía menoscabada ni siquiera por las buenas intenciones del prójimo. Eso le había hecho recordar lo mucho que lo odiaba a veces, lo mucho que en ocasiones podía llegar a parecerse a una maldita morsa dominante, una a la que nunca le llegó a agradar Abraham, pero tampoco ningún otro novio que ella hubiera tenido… pero si algo se podía decir en su defensa es que Susana no había tenido casi ninguno, tampoco.
    Se hallaba rendida, su lengua estaba seca, no soportaba tener mal aliento… ¿cómo era posible? Estaba tan sana, tan rozagante un día, y ahora se hallaba así, en ese estado, tan cansada, enferma ¿por qué? Tenía razones para sentirse deprimida: esa manera de sentirse marchita no tenía precedentes, nunca se había sentido tan mal.
    Observó el teléfono de la mesa, pensando en Abraham. ¿Qué estaría haciendo él ahora?
    Por lo general, su padre no gustaba de ninguna llamada recibidas o efectuada después de las 9:00 pm, pero eso no se valía: ella estaba enferma, y se lo merecía, se merecía ese premio, se merecía un mínimo de condescendencia. Cogió el teléfono.
    Si en algo era buena, (y más que buena, fenomenal) era en recordar cosas con un detallismo impecable. Según su madre, aquello era un don heredado de la abuela… no tuvo problemas para recordar el número del San Niño, sólo le tomó diez segundos de asociación, porque ese era su truco.
    Cuando marcó el número, lentamente, palpando los botones en la oscuridad, se preguntó si su voz sonaría demasiado enferma… Abraham no sería el único que tendría malas noticias esta vez. Además, lo que en otro tiempo hubiera importado ahora ya no tenía razón de ser; lo estaba llamando por algo, algo más fundamental que un capricho de niña. Recordó eso, también.
    El número era largo, tenía que marcar primero el código de área.
    <<¿Cuál era?>>, <<la edad="" de="" abraham,="" 24…="">></la>
    “0242”.
    Sus dedos se deslizaron por los botones, cada vez que hundía la yema sobre el plástico sentía un dolor llano entre las uñas, que se quedaba ahí por un rato. Eso le sirvió como recordatorio; la frase <<estoy destruida="">> dio vueltas en su mente como un anuncio electrónico.</estoy>
    El timbre de espera empezó a repicar.
    Observaba el techo mientras esperaba, con la mente en blanco…
    Repicó otra vez.
    Cuando empezó a temer que nadie contestara, alguien cogió el teléfono, pero daba lo mismo, porque sea quien fuere no habló. Sólo se escuchaba la diminuta interferencia eléctrica suavizada al fondo, esa contaminación sonora típica de las líneas telefónicas.
    Sabía, sin embargo que alguien había levantado el tubo, lo había escuchado, era inconfundible.

    • ¿Hola?
      Se sintió extraña, hablando en la oscuridad de su cuarto. Un lugar muy hondo en su mente le había dicho que tenía que ser muy valiente para hacer lo que estaba haciendo, y no fue sino hasta que realizó ese pensamiento que su corazón empezó a latir con fuerza, y se dio cuenta que había cometido un error grave.
      La interferencia continuaba, Susana la percibía con especial claridad… su interlocutor no contestaba, pero la estaba escuchando, ella lo sabía.
    • ¿Hospital San Niño?
      Se calló, tratando de captar la más mínima respuesta, sin éxito.
      Aclaró su garganta.
    • ¿Hospital San Niño? ¿Buenas? Por favor, necesito hablar con Abraham Castelblanch.
      Giró los ojos para acá y para allá. Maldijo en sus adentros pensando que tal vez había cometido un error al mencionar su nombre.
    • ¿Hola? ¿Hay alguien?
      No respondían. En cualquier otro caso habría sospechado que aquello era una broma odiosa, pero no lo sentía así: esta vez no era una niña del otro lado del auricular, como la otra vez, era…
    • ¿Hola?
      Abrió la boca, Susan sintió que del otro lado del auricular alguien abrió la boca, era inmensa… empezaba a tomar aire, profundo, ¿para qué? Para empezar a… oh, Dios.
      Un hórrido y atronador chillido de cerdo la hizo temblar como si fuera una descarga eléctrica. Su primer instinto de deducción fue ese; era un cerdo, un cerdo muriendo patas arriba. era un grito horrido, sobrehumano por lo prolongado, y espantosamente parecido al de un niño.
      <<oh dios="" mío,="" oh="" mío="">> ¡se había transformado en un lloro insoportable! ¡Y cada vez era más duro, se estaba acercando! ¡Se estaba acercando a través de la línea!</oh>
      Un millón de imágenes cruzaron sus ojos. Su cabeza era como un termo de agua cayendo por escaleras.
      <<abrahamcastelblanchpapá enfermeniñosniñosfermedad="" enfermedadenfermedad="">></abrahamcastelblanchpapá>
      Susana gritó incluso mucho después de que escuchara a su padre corriendo por las escaleras, y siguió haciéndolo con el auricular sobre su regazo, mucho después de que incluso, perdiera la conciencia.

    ! 4
    ! Era la una de la madrugada y Abraham todavía no tenía sueño.
    Cuando era un niño y Luke (el perro de la familia) vivía, lo llevaba a dormir en el cuarto en las noches que tenía miedo.
    Abraham jamás fue un niñito cobarde, y eso era algo de lo que secretamente se enorgullecía su padre: hacía falta más que las películas de Pesadilla en la Calle Elm para hacer mella en sus nervios.
    Sin embargo, hubo una vez una película (la primera y única) que lo asustó verdaderamente, y era La Bruja de Blair. A Abraham le asustaba la idea de tener que vivir esa situación, la situación de encontrarse perdido, perdido y sin ayuda. Eso era lo que más le había afectado del film.
    Además, sabía algo que pocas personas saben: todos los seres humanos tienen algo que es capaz de empujarlos hasta el abismo del horror, aún cuando uno no tenga la más mínima idea de qué forma viene, cuántas patas posee, o cómo luce. Siempre hay algo. Siempre. Es un axioma.
    En su caso personal, era no poder salir del San Niño. Ya eran las 1:05.
    Apagó la lámpara de la mesa de noche, y cerró los ojos, intentando, una vez más, retomar el consejo de su padre, porque las buenas intenciones recibidas en los días de desidia eran lo único que le quedaba: hizo pasar ante su mente un desfile de pensamientos buenos, de recuerdos gratos, de mujeres que le gustaban…
    4
    Se había quedado dormido. Sentía frío, con todo y los cobertores extra, sentía mucho frío, y era natural, porque a esa temperatura debía estar acompañado de una estufa de gas al menos, pero podía controlarse, podía soportarlo, al menos su cuerpo secretamente le comunicaba eso.
    El sueño no era profundo, más bien se hallaba dormitando, con la mente obnubilada, y los ojos entornados, respirando acompasadamente.
    Cambió de posición, doblando la almohada bajo su cabeza, viendo hacia la ventana: seguía empañada, y lo más probable es que todavía nevara. Su mente se apagó un poquito más.
    Se frotó la cara, y volvió a cambiar de posición; quería recuperar el sueño, el amanecer posiblemente estaba a pocas horas, el nuevo día: justo lo que estaba deseando. Se hallaba dormitando, sí, pero su subconsciente no había tomado terreno aún, su mente racional todavía pensaba, aunque en voz muy baja. Intentó dejarla a un lado, hacer que perdiera el equilibrio en la oscuridad… tenía que descansar.
    Bostezó con gusto, y respiró profundamente.
    Aún en las horas siguientes, Abraham no supo nunca por qué en aquél momento abrió los ojos, pues no hubo razón alguna para ello, sencillamente, sintió la necesidad de hacerlo, como por consejo de su alma.
    Quizá, de hecho, sencillamente fue porque sintió que alguien lo estaba mirando.
    La puerta del baño estaba entreabierta, dentro, todo estaba negro. al menos al principio…
    Había algo.
    Y ese algo cobró poco a poco la forma de una persona muy delgada, que lo estaba mirando con atención a través de la puerta.
    Abraham empezó a abrir la boca, los párpados, se incorporó en la cama de golpe: sí, alguien estaba sentado en el inodoro de su baño. La mente empezó a encendérsele, las sienes se erizaron. Pronto, todo se encandiló en una pesadilla, pero una pesadilla real, un terror nocturno. Sí, estaba despierto, estaba bien despierto.
    Gritó con todas sus fuerzas: aquello no se iba, no se iba para nada, seguía ahí, estaba ahí, ya estaba seguro de ello. Su imaginación no le estaba jugando una mala pasada, es como cuando sabemos distinguir lo que ven los ojos reales y aquello que fue sólo la imaginación, y <<eso>> era real, a pesar de su aspecto: había alguien dentro del baño. Gritó más.</eso>
    Se arrojó fuera de la cama y abrió la puerta del cuarto de golpe. Salió disparado contra la pared del pasillo, a la salvedad de la luz de los bombillos.
    Aún en estado de pánico, y a pesar de que no podía seguir viéndola directamente, la figura no se iba de su cabeza, estaba fresca: parecía como… le daba vergüenza, le daba vergüenza siquiera pensarlo, y eso lo empujó a la desesperación.
    Gritó otra vez, sentado, con la espalda contra la pared, perdido completamente en sus cabales, con el único pensamiento racional fijo en espera de que <<aquello>> saliera del cuarto a su encuentro.</aquello>
    Y así, sin nadie que acudiera a él, se quedó ahí, en el suelo, hasta que amaneció.
    Nadie abrió una sola puerta en el pasillo, ni nadie acudió a su ayuda a pesar de los gritos posteriores.
    Había visto a un hombre sin piel.

    Parte IX

    ! Alguna vez en la vida nos cuestionamos cosas sobre nosotros.
    ¿Cómo reaccionaríamos ante ésta o aquella situación?
    Muy pocos son los que tienen el coraje suficiente para hacer una previsión real de sus respuestas ante escenarios difíciles, aunque a decir verdad eso viene con la madurez; la mayoría se hace burbujas de ilusiones, para luego abrumarse por lo cobarde, torpe o incompetente que resultó ser ante la contrariedad más sencilla.
    Algo así podía haber sido el caso de Abraham Castelblanch.
    Él había pensado muchas ‘cosas’ en su infancia, ‘cosas’ que a decir verdad son comunes en toda persona, axiomas, quizá: “¿por qué el cielo es azul?” ¿La gente del polo sur no caerá al vacío ya que están boca-abajo?”, “faltan poco que termine mi programa… la situación es muy complicada ¿cómo van a resolverlo en cinco minutos? ¿Qué hará Donatello?”, y luego la infaltable: “¿qué haría yo si se me apareciera un fantasma, o un monstruo?” Muchas cosas surcaron su mente en aquel entonces, pero ni una de ellas contemplaba echarse al suelo y gritar y llorar.
    Y la verdad es que aunque parecía patético, estaba bien, estaba muy, pero muy bien. Nadie debía culparlo. Ninguna de esas poquísimas, desconocidas personas en la historia que hubiese pasado por situaciones iguales a la suya lo hubiera hecho tampoco. Esas cosas no se supone que pasen.
    En su reciente adultez, la mente de Abraham se tornó mucho más compleja, más que la de los jóvenes de su edad, puesto que él era verdaderamente inteligente, o más que eso, él era sensible, sensible ante su entorno, ante el mundo real, y por ende, exitoso con la gente, así que los monstruos y los fantasmas quedaron relegados a su niñez. Él fue un chico que a los trece años ya sabía decir que los monstruos no eran fantasmas, eran personas, personas muy reales, sin saber, como el resto de los adultos, como los hombres de veinte años y más, como cualquier otro que sí, estaba equivocado; sí había otro tipo de monstruos, después de todo. ¡Aleluya! Los idiotas y los que se lo creen todo habían pegado una, finalmente ¿no es el mundo un sitio interesante?
    “¿Qué voy a hacer si me vuelve a pasar? ¿Qué voy a hacer si hoy no puedo salir de éste lugar?”
    Y no recordaba haber tenido una preocupación tan grande desde que los problemas financieros de su familia comenzaron a aparecer, uno tras otro, amenazando su estilo de vida. ¿Por qué recordaba eso ahora, de todos modos? Oh sí, tal vez porque al estar sumido en una situación tan negra <<no puedo="" escapar="" de="" aquí…="">> su mente empezó a repasar lo que se sentía una desgracia. Estaba recordándolo, de hecho, pero para su preocupación adicional el presente caso era mucho, pero mucho peor. Mucho peor porque Abraham sabía, de hecho, que no estaba loco. No estaba imaginando cosas.</no>
    Al ver la figura humanoide sentada en el inodoro (y el hecho de que estuviera sentada ahí lo hacía más mórbido, parecía una pintura de Leonardo DaVinci cambiando un pedestal por un retrete), parte de su reacción se debió quizá a que no estaba del todo despierto y eso, mezclado con lo obvio, contribuyeron a convertir su cerebro en un corto-circuito.
    Ante esas malditas situaciones que al parecer sólo le ha sucedido a un pequeño grupo de anónimos en algún cuando y algún donde, el antítesis total de una élite, se podía hacer un experimento en el que con toda seguridad se hubiera concluido que los niños reaccionan con horror ante lo innombrable, pero los adultos con locura. Ahí estaba la diferencia.
    No soportó estar en un lugar oscuro, como su habitación, y tampoco se animó a entrar para encender la lámpara (que estaba en la mesita más cercana al baño), por lo que pasó el resto de la noche en el pasillo, bajo el amparo de las luces blancas.
    Tardó en recomponer su mente, y llevarla a la normalidad, o a la relativa normalidad (porque seguía temblando). Estaba sentado en la pared frente al pasillo de su cuarto, con los brazos alrededor de sus rodillas, cubriendo la mitad de su cara, viendo atentamente a la puerta abierta… esperando la manifestación de algo, ahí adentro, y recordando al mismo tiempo una ocasión en que le tocó ayudar a un compañero de clases que había entrado en estado de shock por romperle la espalda accidentalmente a un compañero durante un partido de fútbol. Ahora él estaba en estado de shock, lo estaba experimentando, y no había nadie que lo ayudara.
    Hacía frío, por ello sabía que seguía nevando, pero eso no importaba, no ahora, sin embargo, había algún lugar de su mente que llevaba nota de esas cosas.
    Para cuando amaneció, Abraham, milagrosamente, se había quedado dormido. Cuando levantó la cabeza para ver alrededor, las luces fluorescentes estaban apagadas, y había claridad. La variante más importante, sin embargo, no había cambiado: seguía desierto.
    Se puso de pie rápidamente, su mente retomó el hilo de los acontecimientos en pocos segundos… la puerta de su habitación permanecía abierta.
    <<no vino="" nadie="" por="" mí,="" salió="" de="" su="" habitación="" y="" me="" vio="" en="" el="" suelo,="" nadie…="">></no>
    Se disponía a entrar a su cuarto, pero justo en el marco de la puerta se detuvo en seco:
    El “señor del inodoro” volvió a recaer sobre su mente como un pesado ladrillo. Su corazón dio un respingo.
    Podía ver la mitad de su cama desde ahí, desordenada… las sábanas despatarradas sobre la colcha, y la ventana en el fondo, empañada.
    Caminó lentamente, hacia delante.
    <<oh, dios…="" cuánto="" te="" odio="">></oh,>
    Cualquier indicio de un evento extraño, cualquier movimiento atípico, lo haría saltar otra vez.
    <<estás solo="" en="" esta="" sección="" del="" hospital,="" abraham,="" recuérdalo="" antes="" de="" dar="" otro="" paso="">></estás>
    Pero seguía haciéndolo, de todas formas.
    <<soy un="" estúpido,="" soy="" estúpido="" buscapleitos="">></soy>
    En ese momento, se hallaba apostando, apostando contra su suerte. Muy pocas veces en su vida le había resultado bien, pero seguía haciéndolo. Estaba diluido en su sangre.
    “¿Habrá algo más? ¿Me saltará encima apenas llegue a la cama? Te las estás buscando”. Los monstruos son las criaturas más pacientes que hay. No supo por qué lo pensó, pero lo pensó.
    Ya tenía una visión completa de su cama… y apenas un poco de la puerta abierta del baño: podía ver las baldosas de la pared.
    Abraham se subió a la cama de un brinco, y comenzó a deslizar los pies de lado, viendo cada vez más adentro de la puerta.
    La puerta seguía exactamente como la vio ayer… el inodoro estaba vacío: no había nadie.
    Sintió alivio, alivio como nunca antes en su vida, y no hubo tal cosa como “Dios, fue tan sólo mi imaginación”: lo que sea que estaba sentado ahí, se había ido. Eso lo tenía muy claro.
    Empezó a recordar a su madre, a su padre, a Susana… no era un buen momento para que aparecieran en su mente.
    Cerró la puerta del baño de golpe, y se sentó en la cama, viendo al frente, esperando, atento, que algo, una fuerza desde adentro la abriera, o si quiera hiciera girar el picaporte, para así salir corriendo otra vez. Su cabeza ya no tendría descanso, y cada probabilidad era una puñalada a flor de piel.
    La maleta y la mochila estaban al pie de la cama, esperando por él. Nunca antes un objeto inanimado le había hablado tan claro, nunca antes había podido ver siquiera algo parecido a un rostro en la tela, pero ahora estaba tan claro: ¿qué estás esperando, pelotudo? ¡Vámonos de aquí!
    La situación en el San Niño era ya oficialmente extraña. Era un hecho, la teoría “coincidental” había quedado enterrada. Nadie venía a buscarlo, ni nadie vendría a reclamarle su ausencia, su desdén por las labores que, se suponía, debía estar desempeñando hacía más de dos horas. <<¿Y si algo me pasa, y grito? ¿Nadie va a venir?>>
    La pregunta se contestó por sí sola: no.
    En ese momento, se le ocurría coger una mandarria y empezar a destrozar las paredes, los vidrios, las puertas, algo que ocasionara que el clima sedado en el hospital (mientras fuera de día) se viera roto, perturbado… pero todo eso quedaba todavía en un rincón demasiado alejado de su mente.
    Una cosa llevó a la otra…
    Se tapó los ojos, revolcándose en la cama.
    <<no, no="" puede="" estarme="" pasando="" esto,="" no,="" no…="">></no,>

    • ¡NO! –gritó- ¡NO! ¡NO!
      Agarró la lámpara de su mesa de noche y la arrojó contra la pared del frente.
    • ¡NO! –chilló, golpeando la colcha-
      <<muy bien,="" cretino,="" ahora="" te="" has="" quedado="" sin="" lámpara="">></muy>
      Los sentimientos fluían en sus venas con gran rapidez, la etapa final del círculo cruel de sus pensamientos se hacía latente: tenía que salir del San Niño, y tenía que hacerlo hoy.
      Corrió fuera de la habitación, con toda la rapidez que pudo. Pateó la puerta doble, bajó las escaleras.
      Cayó en la recepción; la enfermera vieja y amarga lo estaba observando ya, como si supiera de antemano lo que pretendía hacer. Estaba sentada detrás del mostrador, con una mano apoyada en su mentón. Las arrugas que aparecían entre su puño y mejilla eran grotescas, y lo sabía, sin dudas que lo sabía, y sin dudas también que disfrutaba causar ese efecto de asco en la gente.
      Abraham se acercó a la puerta, viendo, con el corazón palpitante, como la nieve cubría al menos metro y medio de la puerta, y que daba la impresión, haciendo una analogía mucho más alegre, de estar sumergida en una piscina de leche.
      Su mente se electrizaba cada vez más.
      Se dio media vuelta, encarando a la mujer.
      Ésta lo observaba con ojos grandes y melancólicos, las ojeras y los orzuelos le surcaban el rostro como si hubiera ingerido veneno.
    • Me pone triste la nieve –musitó- siempre lo hace.
      Abraham la observaba, atento, como un gato que espera que le den una patada.
    • Me hace recordar a cuando yo era una niña –repuso- de eso hace mucho tiempo. Mi mamá ordeñaba vacas… la recuerdo haciéndolo, sí. Pero son imágenes rotas, ¿entiendes lo que te quiero decir? Durante el golpe tuvimos problemas, ¿sabes lo que fue, el de 1930? Hubo crisis, crisis bien bien jodida. Casi todas las vacas se nos murieron, y la que quedaba estaba tan flaca que daba pena, si golpeabas su culo, lo más probable es que te lastimaras los nudillos.
      Sus labios opacos se estiraban hacia abajo, como si fuera el remedo de una caricatura.
    • Yo una vez traté de ordeñar una vaca muerta… era una niña. ¿Te puedes imaginar eso, negro? A ver si quedaba algo de leche en las ubres.... quería dejar más leche en la nevera para darle una sorpresa a papá cuando viniera. Mi mamá me vio, y gritó “Margoth, Margoth, ¿qué haces? ¿Qué haces?, niña lerda, niña lerda de mierda, tú y tu hermano, son unos niños lerdos”. Y después nos cayó a patadas en el culo.
      Observó a Abraham de arriba abajo, su mirada se sentía como un trapo frío y húmedo.
    • ¿Quieres salir del hospital?
      No se iba a tomar su buen tono de voz con buen talante. Él no era así, no era del tipo de persona que se contentaba con una caricia. Durante su vida (y acentuado por la pobreza) Abraham tenía el defecto (señalado bastantes veces por Susana) de guardar rencores con bastante mano izquierda. Y muchas veces, gracias a su popularidad, le enseñó que ser muy bueno estaba bien, pero demasiado bueno era un problema.
      Estar con sus amigos también le enseñó un par de trucos malos, unos que seguiría aplicando más adelante. Abraham tenía una conciencia, desde luego, una que a veces era demasiado grande, pero cuando se enojaba, dejaba de ser esa persona especial, para convertirse en el niño, en el ser infantil.
      Ahora sucedía lo mismo, o más bien quería suceder, pero había algo extraordinario de por medio: sentía deseos de dar su brazo a torcer. ¿A qué se debía? Sencillo: miedo. Ella era más poderosa que él. Aún con sus desvaríos, aún con su locura, aún con su aspecto, ella era más poderosa que él.
      La necesitaba. No estaba Murillo, no estaba Gianluigi: estaba ella.
    • Sí, quiero salir del hospital.
      La mujer se le quedó viendo. Cada vez que pestañeaba, sus párpados parecían una mariposa muriendo.
    • Yo también –concluyó, tras un largo suspiro–.
      De no ser porque resentía tras el pecho cada vez que veía esfumarse un poco más la posibilidad de salir del hospital, aquello hubiese sido incluso gracioso. Un chiste de mal gusto.
    • ¿Dónde está Murillo?
    • ¿Para qué necesitas saber dónde está?
    • Quiero hablar con él, es urgente… por favor.
      Nuevamente, se le quedó viendo, su rostro perdido y estúpido comenzaba a arrugarse otra vez, como el día que lo acusó de ladrón. La mujer volvía lentamente a su espantosa normalidad, como una araña tejiendo.
    • ¿Quieres saber dónde está?
    • Sí, por favor, señora Margoth, quiero saber dónde está.
      La mujer ladeó la cabeza, torciendo los labios.
    • Yo no soy una señora.
    • Señorita…
    • No seas idiota. ¿Por qué buscas a Murillo?
    • Tengo planeado que me dé un aventón a la parada más cercana.
    • ¿Y para qué quieres un aventón?
      Abraham perdía la paciencia, era como si la voz de ella fuera una tijera cortando un hilo sensible.
    • Porque quiero dejar de trabajar en el San Niño.
    • ¿Es esa la excusa que me vas a dar?
    • ¿Excusa? ¿Qué excusa?
    • Que estás flirteando con él, que lo que estás buscando es darle una buena chupada de pija.
      La sonrisa fue tan amplia que Abraham pudo sentir, por un momento, el sabor de sus dientes oscuros.
    • Lástima que esté casado.
    • Invenciones de una pobre vieja enferma –contraatacó, tratando de ocultar que le temblaban las manos- por favor, si sabe dónde está, dígamelo, que debo hablar con él.
      Margoth usaba una mano para acariciarse un brazo, suavemente.
    • Él ya no está en el San Niño.
    • ¿Por qué?
    • ¿Y qué sé yo?
    • ¿Dónde se encuentra Gianluigi? El que era jefe de enfermeros…
    • Sé quien es Gianluigi, flor de puto.
    • ¿Dónde está?
    • Un monstruo le metió un puño por el culo y le empezó a dar vueltas como un molinete.
    • Margot, entienda que sus juegos son patéticos, usted no hace sino dar una impresión bastante lamentable de su persona, yo…
    • No, es en serio, chico, es... es en serio. Él estaba caminando una noche por un pasillo, y se le apareció un bicho muy, muy jodido... desde ese entonces, no lo hemos visto más. Fue horrible. Dios mío...
      Abraham cerró la boca, viéndola a los ojos, y ella hizo a su vez lo mismo, con una seriedad espectral.
      Sintió de pronto que las piernas le temblaban.
      <<dios mío,="" ¿por="" qué="" me="" haces="" esto?="">></dios>
      Para cuando abrió la boca, con la intención de decir algo nuevo, Margoth rompió en carcajadas, como una hiena.
    • ¿Ves que eres un conchudo?
      Decidió no perder más tiempo, por lo que, equipaje en mano (no quería dejarlo cerca de ella) caminó por el pasillo, dispuesto a echar abajo todas las puertas de todas las oficinas… después de aquella introducción con Margoth no importaría demasiado, a su modo de ver, si se ponía a romper unas cuantas cosas.
      Había raros momentos en los que no recordara que odiaba a su madre, en los que recordarla no dolía tanto. Esos eran los momentos en los que se revelaba un pozo oscuro en sus psique donde seguía existiendo amor, y una de las secciones de aquel pozo era su admiración por ella, por como resolvía problemas y conseguía, por lo general, todo lo que quería, cuando lo quería. La forma cómo lo llevaba de la mano a la tienda para reclamar un mal vuelto, la forma cómo se quedaba viendo al infractor desde su carro, con el vidrio abajo, la forma como le regateaba al señor de la tienda, haciéndolo bajar el precio hasta la mitad del costo inicial, la forma cómo era capaz de poner en su lugar a un aprovechado en una larga fila. Ahora, de grande, entendía que para esa lista de cosas simples se necesitaban huevos, huevos que la mayoría no tenía, huevos que él también debía que tener.
      La recordaba, e iba a hacer lo mismo, Abraham iba a hacer exactamente lo mismo: poner las cosas en su lugar, y resolver su problema. Iba a conseguir a un doctor, y lo iba a obligar a sacarlo del San Niño.
      Dejó sus maletas en la primera desviación del pasillo, desde donde pudiera echarles un vistazo. Abrió la primera puerta de oficina: no había nadie, las luces estaban apagadas. Sin molestarse en cerrarla abrió la siguiente: nada.
      Se disponía a seguir cuando se dio un encontronazo con alguien que ya conocía: era la gordita, la gordita de aquella vez, con su bata de enfermera.
      La chica lo vio, ruborizada, abriendo la boca.
    • Disculpa, disculpa, me he atravesado y yo…
      Si no la hubiera detenido podía ponerse a hacer un monólogo de veinte minutos. A leguas se veía que ella era de ese tipo de persona que parece una máquina, una máquina más parecida a un insecto que a algo superior… que puede hablar sin darse cuenta por cuarenta minutos, aislada en su mundo. Parte de su bata estaba manchada con mostaza, y lo peor es que era más fácil olerlo que verlo.
      Decidió hacer una movida brillante sujetándola firmemente por los hombros, y acercando su cara.
    • ¿Dónde está el doctor Murillo? O cualquier otro, por favor…
      La treta surtió efecto. Sus labios se estiraron hasta el punto en que podía vérsele su blanda y pequeña campanilla temblando en el fondo, sus pupilas se dilataron como las de un gato… iba a tartamudear, pero Abraham tenía que soportar su estupidez, mientras pudiera ayudarlo.
    • Yo… yo... Murillo... el doctor… oh, lo siento, Abraham –rogó- no sabes cuánto lo siento, no sabes cuánto...
    • ¿Qué? ¿Qué pasa? –Preguntó, sin poder evitar moderar su tono de voz-
      La chica negó con la cabeza lentamente, observándolo como si fuese un niño lastimado.
    • No está hoy. No le toca.
    • Entonces otro ¡necesito un doctor!
    • ¿Estás lastimado? –preguntó, con vehemencia, intentando asirlo de las manos con sus fríos dedos- Dímelo, por favor, oh, oh Dios mío, Dios y Jesucristo.-
    • No, no, no… sólo quiero un doctor, ¡quiero salir de aquí!
      Al ver su cara de sorpresa y dolor, supo que cometió un error fatal.
    • ¿T-te quieres? ¿Te quie- tú…?
      Parecía como si le hubieran dado un martillazo en pie, sus sienes comenzaban a brillar por el sudor.
      La volvió a coger con firmeza por los hombros.
    • Mira… yo, necesito irme ¿bien? Por favor, necesito que me comuniques con un doctor, ahora. Necesito alguien que tenga un carro ¿tú tienes uno? ¿Tienes uno...?
    • ¿No te acuerdas de mi nombre?
      La cara de Abraham se desfiguró en un amasijo de furia y dolor.
    • Lily, soy Lily.
    • Lily, por favor. ¿Tienes un carro?
      Meneó la cabeza.
      La empujó a un lado y siguió adelante.
      Abrió todas las puertas que estaban cerradas, de un lado y del otro, pero no había nadie. Era como si en todo el lugar sólo hubieran tres personas, número que por supuesto lo incluía. El vacío, la ausencia, el mutismo le pegaban a Abraham en la cara como una bofetada oficina tras oficina.
      Se dio media vuelta y empezó a correr pasillo arriba. Saltó sobre una puerta doble y se metió por otro corredor, surcado por ventanas alargadas con persianas amarillas, que dejaban entrar una luz opacada.
      La inmensa puerta doble del fondo, con sus ojos de pescado y líneas amarillas y sucias era la puerta trasera del San Niño, la única salida adicional a la recepción.
      Finalmente la empujó con el hombro, y sólo se detuvo cuando la baranda de metal lo detuvo por el vientre. Gimió. Los pesados copos de nieve manchaban su cabello negro.
      Su cara de sorpresa se fue tornando, lentamente, en una arrugada melancolía: el estacionamiento trasero estaba completamente vacío. No había ni un carro. En su lugar, se hallaba un largo manto de nieve.
      Y más allá, sólo había árboles.

    ! 2
    1
    No tardó en comprobar que tampoco había nadie atendiendo la cafetería. Aquello era quizá peor por sentir hambre que por no tener nadie a quien acudir.
    Sentado, cerca de su equipaje, Abraham pensaba en cosas de niños. ¿Por qué no hacerlo? La otra opción no sólo no le había brindado solución alguna sino, además, le trajo problemas.
    <<tal vez,="" si="" hubiese="" bajado="" como="" cualquier="" otro="" día,="" no="" pensado="" en="" irme="" del="" san="" niño,="" ocultado="" mis="" intenciones="" de="" escapar,="" murillo="" hubiera="" estado="" su="" oficina,="" leyendo="" un="" memo,="" los="" camareros="" y="" cocineros="" estuvieran="" haciendo="" trabajo,="" la="" cocina,="" nieve="" sería="" reemplazada="" por="" esplendoroso="" cielo="" azul,="" el="" día="">>.</tal>
    Pero su propia lógica de niño carecía de eso mismo, lógica: ¿cómo poder ocultarle algo al hospital?
    Era divertido citar a cierto personaje que decía “el miedo lleva a la rabia, la rabia lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento”, el hombrecito verde tenía razón, sin dudas… su padre, eminente fanático podía asegurárselo a pies juntillas; lástima que no hiciera hincapié en lo imposible que era no sentir miedo cuando, en el mundo real, las cosas se le salen de control a una persona que está en su sano juicio, y más si es a un adulto, uno que debe valerse por sí mismo. ¿Después de todo quién mejor que su propio papá, para asegurarlo? Él lo había dejado a la deriva, no era el hijo modelo.
    <<maldito sea="" este="" hospital="">></maldito>
    Su mente era un remolino demasiado rápido para prestar adecuada atención a cualquier cosa por mucho tiempo, sin embargo, un detalle, que lo venía cautivando desde hace mucho, regresó, y esta vez para quedarse: el San Niño parecía estar confeccionado casi enteramente de pasillos.
    De hecho, no podía ir a ninguna parte sin que hubiera un corredor. ¿Era normal? El San Niño no era el primer hospital en el que Abraham había estado, desde luego, pero tampoco podía recordar con precisión. Los hospitales cuentan con muchos corredores, sí, pero el San Niño parecía un laberinto…
    Su corazón empezó a palpitar desbocadamente cuando, luego de esos tres puntos, que en su mente sólo eran un espacio vacío, vino una conclusión que le sentó como un golpe al alma:
    Se está empezando a parecer a un laberinto, cada vez más
    Y luego surgió una idea que se sintió como un tumor:
    <<¿Y si vuelvo al tercer piso? Ahí hay gente…>>
    La monja sin labios, el niño con los dedos aplastados… la niña, oh Dios... aquella niña sin piernas. Su estómago le dio una punzada, y el miedo llegó incluso a su trasero.
    <<¿Y de qué te van a servir? Va a ser peor que Margoth, va a ser mucho peor ¿y acaso no hay otras monjas…>>
    Fue entonces cuando el manicomio apareció en su mente.
    <<el manicomio,="" que="" está="" al="" lado="" del="" hospital…="" ¿habrá="" alguien="" ahí?="" ¿conseguiría="" ayuda,="" si="" voy?="">></el>
    Aquel lugar ni siquiera tenía un estacionamiento trasero, porque el del hospital era lo suficientemente grande para albergar a todos los coches, y a simple vista se veía todavía más siniestro que el hospital en sí, y eso ya era decir algo. Hace una semana esa idea hubiera sido tan estúpida que se habría avergonzado de pensarla, se habría sentido como un tonto, como un boludo, como un gallo… pero ahora, ese tipo de detalles eran especialmente importantes. De ellos dependía mucho.
    Él mismo sonrió en sus adentros, presa de un humor demencial, porque, sin quererlo, sin darse cuenta, se sintió como estar cayendo en una de esas trampas que en las películas parecen obvias.
    <<manicomio… por="" dios,="" es="" el="" último="" lugar="" en="" mundo="" que="" quisiera="" estar,="" un="" maldito="" manicomio...="" tú="" pensando="" estas="" cosas,="" y="" yendo="" a="" manicomio="">></manicomio…>
    Abraham se frotó los ojos con el pulpejo de las manos, y fue entonces cuando otra oleada de amargura y depresión erosionó su espíritu: cada vez que intentaba darle un descanso al cerebro, cada vez que se resignaba a dejar fluir las cosas, era como si no pudiera evitar tener que pasar otra noche ahí, y eso no le gustaba… no le gustaba para nada.
    <<¿Dónde carajo voy a dormir? ¡Por Dios, ésta es mi vida en juego!>>
    ¿En su cuarto? No, estaba claro que no.
    ¿En el pasillo? ¿En la recepción? ¿En el tercer piso? Todos parecían “zonas rojas”. Parecía una parodia real del personaje Alan Parrish en Jumanji en una situación veinte veces peor.
    <<pero algo="" te="" va="" a="" pasar,="" abraham…="" todos="" los="" días="" pasa="" horrible="" aquí...="" y="" éste="" no="" será="" la="" excepción,="" ya="" lo="" verás="">></pero>

    • Quiero dormir.
      Había musitado aquellas dos palabras más como un pensamiento difuso que como dos verbos. Y sin embargo, a pesar de que en verdad tenía sueño, sabía que no podía darse el lujo, no podría dormir ni aun si quisiera, no mientras siguiera metido en el San Niño.
      Había descansado sólo un par de horas, anoche. <<maldita sea,="" ¿cómo="" es="" posible="" que="" esté="" metido="" en="" esto?="" ¿por="" quÉ?="">> Aquello era como enterarse de tener una enfermedad venérea mortal… uno se halla devastado, pero a la vez, con el transcurso de los días, tal vez de los meses, se recuerda de eso varias veces al día, y el solo recuerdo es capaz de arruinar cualquier momento no de felicidad, sino peor aún: de tranquilidad, de cordura. Así se sentía Abraham.</maldita>
      Había llegado a una decisión: si para cuando la aguja tocara las 4:00 pm no encontraba a Murillo, o a cualquier otra persona con coche, se iría por sus propios medios. Tendría que aguantar el frío, al precio que fuera, inclusive de su propia vida.
      La suerte estaba echada.
      Regresó a su habitación.

    ! 3
    ! Dejó su maleta y la mochila al pie de la cama. La puerta del baño estaba cerrada, y así seguiría hasta que sucediera algún otro evento indeseable. Abraham cogió hilo de sutura (ya se había tomado la libertad de robar algo de una de los carritos de enfermería) y lo enredó alrededor del pomo de la puerta, amarrando el otro extremo a la pequeña mesa que estaba próxima a su cama, la cual –según comprobó- estaba fija en el suelo con algún tipo de pegamento, de modo que quien quisiera abrirla tendría que tener una fuerza tremenda.
    Se echó a la cama para meditar. Los párpados le pesaban. Sabía muy bien que no podía darse el lujo de quedarse dormido.
    El reloj marcaba las 12:00 pm.
    <<estoy metido="" en="" una="" situación="" de="" mierda="">></estoy>
    Pero evitaba pensar en la raíz cuadrada de todo. ¿Que el hospital parecía abandonado? ¿Qué no había nadie? ¿Qué nada estaba en orden? No importa: no iba a pensar en ello, no podía, porque no había ningún punto de partida lógico, así que a <<tomar por="" el="" culo.="">></tomar>
    Algo le picó en la cabeza… una idea.
    “mira debajo de la cama”.
    ¿Qué había pasado la última vez que había echado un vistazo ahí? Había polvo, mucho polvo, y algo más.
    ¿Qué estaba buscando en aquella ocasión? Su diario, sí, estaba buscando su diario perdido.
    “Mira debajo de la cama”.
    <<¿Qué había debajo de ella? Un papel… un...>>
    Abraham se levantó de la colcha, y se puso de pie. Respiró profundo.
    Se arrodilló en el suelo, y recostó su cabeza en la alfombra.
    El pedazo de papel oscuro, doblado en dos, seguía ahí. Antes parecía sólo basura, ahora tenía una connotación totalmente distinta porque le estaba prestando atención.
    Tendría que meter todo el brazo por la hendidura… quizá hasta el hombro, pero podría alcanzarlo.
    Sintió como el polvo pastoso se acumulaba en su mano… tanteó un poco, pero finalmente, sintió el tacto sedoso y sucio.
    Se sentó de espaldas a la cama: la hoja estaba inmunda, como si hubiera llevado años ahí, y olía a papel viejo, rancio.
    Lo desdobló.
    ! SI YO FUERA TÚ, LLAMARÍA A SUSANA DE INMEDIATO…
    ! 4

    ! Cuando Susana se halló despierta otra vez en el hospital, a oscuras, pensó que su corazón se daría por vencido.
    Estaba de vuelta, en aquel lugar, y se sentía todavía peor que antes, su cerebro era una masa de nubes agrias, y en el fondo estaba su conciencia, despierta y atontada, pero atando cabos.
    Había algo malo acercándose por el túnel de sus recuerdos… estaba empezando a rememorar exactamente lo que había pasado diez segundos antes de caer desmayada…
    ! 5
    ! El matrimonio Marceni, compuesto por los esposos Inés e Ignacio, le había hecho pensar innumerables veces a su hija, Susana, que era muy romántica la idea de que el nombre de sus padres comenzaran con la misma letra. Se preguntó si algún día se casaría con alguien cuyo nombre comenzara por S, pero lo cierto es que era endemoniadamente difícil encontrar a un hombre cuyo nombre comenzara por la letra S. En cambio, había encontrado a Abraham.
    Ignacio Marceni no hacía justicia a su nombre, uno cabe esperar en Ignacio a un tipo sensible, porque Ignacio es nombre de tipo sensible… pero él no lo era. Sin embargo, ahora tenía que quedarse bien callado, tragarse su mal carácter y apretar los nervios, porque el doctor estaba sentenciando, y el único apoyo que tenía para mantener los pies en la tierra era el brazo de su mujer.
    El galeno examinaba unas láminas que estaban colocadas sobre la pantalla de luz. Ya sabía qué era lo que estaba sucediendo, y eso fue gracias a un sinnúmero de radiografías más que a su propia experticia. Finalmente lo había encontrado: el mal de Susana estaba en la cabeza.

    • Tiene un tumor –explicó-
    • ¿Pero por qué tiene un tumor? ¿A qué se debe?
      El hombre observó de vuelta las radiografías, y se encogió de hombros.
    • Si me pusiera a especular ahora, no estaría haciendo otra cosa que ponerme en línea para decir puras boludeces –se quedó varios segundos en silencio, examinando gravemente a la pareja-. Sé que no es un hombre paciente, señor Marceni, pero si quiere a un médico joven y arrogante que se ponga a decirle cualquier cosa menos lo que en verdad está pasando, puedo buscárselo ahora, y lavarme las manos. Yo en cambio le digo que no lo sé. Pero lo vamos a estudiar a fondo, y le garantizo que sea lo que sea, lo voy a conseguir.
      Los médicos viejos siempre tienen esa cualidad intrínseca que sólo parecen tener las azafatas. Al matrimonio no le quedó de otra que fijarse en el parietal del cráneo de su hija, expuesto en blanco brillante, impecablemente afeitado, como si con ello lograran exprimir alguna explicación lógica, o, por lo menos, una esperanza.
    • ¿Puede al menos decirnos por qué? ¿Cómo es posible que le haya salido un tumor a una niña tan joven?
      El doctor miró a la mujer por encima de sus lentes
    • No tiene que ver la edad. Los tumores salen sin aviso: puede pasarle a cualquiera. Todo lo que puede hacer es pedirle al médico de cabecera de Susana que os provea con su historial médico, sobre todo el de los últimos seis años. Si lo llevo a investigación, es posible que alguien halle un síntoma pasajero desde el cual podamos empezar a deducir la historia del tumor, porque los tumores a veces vienen predichos por síntomas inofensivos ¿sabe? Eso es lo más peligroso.
      Inés Marceni no esperó más para desprenderse de su marido y ponerse manos a la obra.

    ! 6
    ! Abraham se había guardado el papel en el bolsillo, no permitiría que nadie se lo robara, cuanto y menos perderlo, aquella era la prueba que él necesitaba para saber qué estaba pasando. Aquella era, también, una prueba perfecta para aferrarse con mayor fuerza a lo que ya sabía: no estaba loco, y lo que pasaba a su alrededor era real.
    ¿Eventos paranormales? <<“¿O más bien alguien está jodiendo conmigo, haciéndome la broma más pesada del mundo?”>> Dios, que alivio si fuera eso último ¿verdad? Pero era imposible, irónicamente, de cara al pensamiento lógico, eso era imposible.
    Para llevar a cabo el plan, se desharía de su maleta, y metería todo lo indispensable en su mochila. Llevaría puestas las botas, y dejaría los zapatos ahí, en su habitación. ¿Le dolía perderlos? Sí, al igual que la mayoría de su ropa, sin embargo, en vista de las circunstancias, todo bien material podía, con todo el respeto de su limitada situación económica, <irse a="" la="" mierda="">. Se marcharía con lo que llevaba puesto, y nada más, porque es la única forma en que podría hacer frente a la nieve y encontrar, en el trayecto, la parada de autobuses. ¿Cómo le pagaría al chofer? No tenía la más mínima idea, tampoco. Y eso no importaba. Ese lado que había heredado de su madre tendría que entrar en acción, y de hecho ya lo hacía; lo hacía no dejando que la idea lo preocupara, porque lo vital, lo fundamental, era salir del San Niño.</irse>
    Se encargó de colocar las mangas de su pantalón entre la boca de las botas, para que no entrase nieve. Arrancó las cobijas de la cama y se las colocó como una capa, alrededor del cuello, cubriendo también el cuerpo.
    Y así mismo, en esas fachas, pesando casi seis kilos más entre cobertores, bajó a la recepción del hospital, sintiéndose pesado, pero al menos con calor.
    <<esta vez="" no="" me="" vas="" a="" joder="">></esta>
    Ese lado de su cerebro que se encargaba de procrear esos brillantes matices de humor negro que con frecuencia destellaban en él (sobre todo desde los tiempos de necesidad) se divirtió un poco pensando que sería una brillante despedida del hospital si en el camino pudiera echarle un susto de muerte a Margoth.
    Caminó pesadamente a la recepción, escuchando sus propios pasos de caballero.
    Para su fortuna (a pesar de su pensamiento posterior) Margoth no estaba ahí, por lo menos no lo perseguiría por llevarse las sábanas, aunque le resultaría bastante gracioso verla congelarse como una idiota al intentar marchar en pos a él.
    Como la puerta se abría hacia fuera (o ahora se abría hacia afuera, porque estaba seguro de que en circunstancias normales se abría hacia adentro, sería la última treta que le jugara el San Niño), la capa de nieve que cubría toda la entrada sería su primer obstáculo, podía deducirlo con tan sólo ver el vidrio: cogió la manija y apoyó el hombro contra el marco, zumbando patadones sin remordimiento, intentando abrirla, para apartar el granizo que obstaculizaba su paso.
    Cuando finalmente hubo abierto un hueco lo suficientemente grande como para poder deslizarse, se arrastró en medio.
    Zumbó otra patada, improvisando un poco más de espacio para su mochila. La puerta había quedado estática, hundida en la nieve, como una hojilla metida en una manzana.
    Respiró profundo, ganando energías. No pasó mucho antes de que comenzara a caminar, un vaporón blanco salió de su boca, y su corazón empezó a bailar tras su pecho. Un soplo de aire helado le pegó en los ojos, y el efecto fue el mismo que el del humo de carbón.
    Las piernas se le hundían hasta las pantorrillas, por lo que tendría que caminar como si fuese un soldado, subiendo una pierna hasta que la rodilla llegara al estómago, y volviendo a bajarla, más allá… eso hacía que a su lista de dificultades se agregara otra peor: se iba a tardar bastante tiempo.
    Pero sólo le hacía falta volver a imaginar la figura del baño. Sólo eso…
    <<vamos abraham,="" no="" seas="" maricón,="" sigue="" adelante,="" sigue,="" pendejo,="">>.</vamos>
    El viento sopló con tanta fuerza que los bordes de la sábana que llevaba puesta le hubiesen dado un latigazo peligroso a quien estuviese detrás.
    Disfrutaba el sonido que hacía la bota al hundirse en la nieve. Sentía si estuviese pisando un botón gigante, pero por sobre todo, lo disfrutaba porque cada vez que escuchaba ese ruido grumoso, significaba que estaba un paso más lejos, una y otra, y otra, y otra vez. Y era bueno distraerse… sí, era bueno distraerse. Miraba hacia abajo, contaría cien pasos, y luego vería hacia adelante, y ver la salida más grande y más cerca sería su recompensa.
    <<vamos, hazlo="" por="" tu="" padre="">></vamos,>
    Continuó, moviendo los brazos con equilibrio. El aire zumbó con más fuerza.
    <<hazlo por="" tu="" madre="">></hazlo>
    Podía escuchar como los árboles que enmarcaban el camino se movían, hacían ruido, batían sus hojas, se doblaban… oía el sonido de la madera seca, crujiente, y la garganta del viento, que poco a poco se transformaba en un rugido, más grande, que llenaba sus oídos, le golpeaba los ojos, congelaba sus pestañas, secaba sus labios.
    <<dios mío="">></dios>
    Tuvo que quedarse de pie, sin moverse, colocando la cabeza y el medio cuerpo inclinados hacia delante, para hacer balanza. No podía creer que el viento pudiera ser tan fuerte.
    Las ganas de llorar volvieron a él, Abraham no era un llorón, pero su orgullo se cosía en aceite junto con su paciencia.
    <<maldito sea="" dios="">></maldito>
    Gruñó, y dio ocho pasos hacia delante, poniendo su cabeza como parachoques del vendaval.

    • Lo voy a lograr –se dijo a sí mismo-
      Respiró profundo.
      Había estado orgulloso de sí cuando un amigo le había apostado, tras una larga discusión, que no podía estar en una máquina escaladora del gimnasio por más de dos horas.
    • Te vas a morir si lo intentas –le había dicho-.
      Abraham nunca lo hubiera logrado por sí mismo, no sin que hubiese habido una discusión. Por eso, al final, lo hizo: estuvo dos horas sudando a chorros.
      El chico tuvo que tragarse sus palabras, y desde aquél día, la amistad no había vuelto a ser la misma. Pero había ganado, sí, había salido victorioso.
      Recordaba aquella anécdota.
      <<ocho pasos="" más,="" vamos,="" ¡ocho="" más="">></ocho>
      Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho.
      Se detuvo, respirando hondamente.
      Apretó los dientes, y el corazón se le alborotó en el pecho al momento que el viento se hacía aún peor, y lo demostraba, rugiendo contra él. Aquello era una protesta.
      <<¿Cómo es posible que todo esto esté sucediendo? ¿Por qué demonios pasa? Dios, no existes>>
      Cerró la boca, y sintió un dolor punzante, sólo comparable al de la picada de un escorpión. Una lágrima bajó por su mejilla: los labios empezaban a resquebrajársele por el frío, una gota de sangre le hizo cosquillas en el mentón.
      <<ocho más…="">></ocho>
      Y el viento rugió, y comenzó a llover.
      El agua empapaba la sábana que lo cubría con una rapidez espeluznante, y la hacía pesada. Estaba helada. Sus pantalones se estaban mojando, la humedad comenzaba a formar manchas oscuras en su ropa, llegando hasta la piel, junto con el agua escurriéndose entre los dedos de sus pies, encharcando sus calcetines, introduciéndosele por el cuello de la chaqueta, derramándose por sus hombros y lamiendo su espalda. La brisa volvió a soplar, y esta vez tenía la suficiente fuerza como para arrancarle el cabello. Su mente quedó en blanco.
      Abrió los párpados, con una expresión estúpida en su rostro; no podía ver el camino entre los árboles todavía, el final estaba lejos.
      Se dio media vuelta, perplejo, para ver el hospital.
      El horror lo embargó hasta lo más profundo, ahí en su corazón, donde nadie tenía derecho. ¡El San Niño estaba a escasos metros de él! ¡Todavía tenía que levantar la cabeza para poder verlo completo! ¡Era como si no se hubiera alejado ni un solo paso! ¡Podía aún tocar la puerta!
      Cayó de rodillas, agotado, apoyando ambas manos entre la nieve. Éstas se hundieron completamente, hasta que su mentón acarició la nieve.
      Ladeó la cabeza, con un ojo entreabierto.
      Ante él, el edificio se exponía como una montaña enorme, que lo observaba de vuelta.
      El mensaje ahora estaba claro…
      .
      No voy a dejar que te vayas.

    Parte X

    ! Estaba agotado porque aún cuando el viaje de regreso fue mucho más corto que el tiempo que pasó intentando alejarse, el daño estaba hecho: se hallaba completamente mojado, y helado. Le horrorizó la idea de que pudiera enfermar.
    Estaba seguro de haber dejado la puerta entreabierta, atorada en el montículo de nieve que estorbó su salida. Sin embargo, al retorno la encontró cerrada, sin siquiera el más mínimo indicio de que alguien la hubiera abierto apenas minutos antes.
    Sin embargo, Abraham no fue castigado; pudo abrirla de vuelta.
    Ahora se hallaba sentado, en la recepción, temblando. Y era debatible si se debía más por el frío que por el miedo que sentía. Subir las escalinatas para volver a su cuarto fue el ejercicio más intenso que había hecho en años.
    En el último escalón, antes de apartar la puerta doble y proseguir rumbo al pasillo, consiguió reunir fuerza de voluntad para dar media vuelta y meditar, abrazándose a sí mismo, temblando, con trazos de nieve lamiendo su cabello.
    No, no se equivocaba; cuando regresaba la puerta del hospital se abrió del lado contrario, no hacia fuera (hacia él), y durante ese mismo regreso tampoco tuvo que luchar para apartar kilos de nieve de en medio, como así fue cuando luchó por salir, apenas minutos antes.
    Todo estaba claro: no lo iba a dejar salir. Abraham tenía que aceptar una idea de la que, en el fondo, estaba escapando, una idea que no quería hacerse y que lo aterrorizaba hasta lo insospechado: una fuerza superior a él estaba obrando en el San Niño, y cada vez se estaba manifestando con mayor fuerza.
    En los días anteriores, su mente sólo había aceptado que era algo “malo”, pero no combinado con la palabra “extraño”: pensó que Valle de la Calma era un pueblo de locos, como en aquella película de Sean Penn que había visto con Susana recostada en su regazo, “Vuelta en U”. Pero no había pasado de eso, de notar que era un sitio particular y de hacer un par de bromas despectivas en la salvedad de su cabeza.
    Llegó a pensar, también, que necesitaba antidepresivos. Pero ni él mismo estaba seguro de por qué, o por qué los recordó, ni para qué los necesitaba exactamente. ¿Calmarse? La idea de intentar suicidarse con ellos surgía como una opción cada vez más razonable. Había tomado algunos durante pocas semanas cuando la familia en pleno, después de la crisis, tomó su primera decisión funcional en medio de una racha de acontecimientos disfuncionales: ir al psicólogo, psicólogo que, al contemplar el monstruo de siete cabezas que tenía encima el padre (un cuadro depresivo que fue su bautismo de fuego, porque era un hombre de edad algo más cercana a la de Abraham que a la de su padre) remitiría a los Castelblanch al psiquiatra.
    <<me estoy="" volviendo="" loco,="" aquí="" y="" ahora="">>, se dijo a sí mismo.</me>
    Pero era más una esperanza que una afirmación pesimista. Una escapatoria. Lo que estaba ocurriendo a su alrededor era real, y su mente no era flexible como la de un niño, que puede aceptar que este es un mundo de fantasmas y ovnis lo mismo que un montón de terroristas musulmanes estrellando aviones contra las Torres Gemelas.
    Sentía que tenía ganas de llorar, otra vez.
    <<no me="" va="" a="" dejar="" salir,="" ¿y="" por="" qué?="" ¿qué="" quiere?="">></no>
    Y de pronto, se puso a pensar en Dios, otra vez.
    En las últimas semanas lo había insultado y retado incontables veces, ni qué hablar de los últimos tres años. Había llegado a negar su existencia no como un descubrimiento lógico sino como un desafío lanzado al cielo, y por más que hacía cuentas y trataba de predicar su propia idea, irremisiblemente volvía a Él, implorando por algo: a veces misericordia, a veces solución a los problemas. Se descubría a sí mismo como uno de esos descerebrados que niegan su existencia pero que no dejan de reprocharle ni un segundo lo mala que les ha hecho Él la vida cuando se cortan las venas.
    <<pero nadie="" que="" se="" maquille="" de="" vampiro="" las="" ha="" visto="" nunca="" con="" una="" situación="" tan="" jodida="" como="" la="" tuya,="" ¿verdad?="" ¿no="" es="" así,="" abraham?="" y="" sin="" embargo="" no="" te="" has="" hecho="" emo,="" felicito,="" eres="" un="" capo.="" tú="" puedes="" aguantar="" más="" golpes="" todos="">></pero>
    Necesitaba agua caliente, darse un baño cuanto antes… ¿y si el señor del inodoro volvía a aparecer? ¿Y si lo hacía mientras él estaba en la ducha? Lo estaban cercando, sí… lo estaban cercando cada vez más.
    ..
    2
    .
    .
    El cuarto de baño se había transformado en un set de película de horror los años 50; estaba lleno de vapor, y no se podía ver con claridad ni siquiera a un metro de distancia.
    Para como andaba su imaginación, a Abraham se le ocurrió que un par de manos frías y podridas, saliendo de la nada, se anudarían alrededor de su cuello en el momento que menos lo esperase. Para su sorpresa –y alivio- se descubrió a sí mismo bastante tranquilo de estar en el lugar que tanto terror le había producido la noche anterior.
    Pero era una calma tensa…
    Se tuvo que secar fuera del baño, adentro la humedad del vapor era demasiado densa. Hacía frío, pero había permanecido por lo menos treinta minutos debajo del agua más caliente que había recibido en la vida. Podría soportarlo.
    Por lo menos había agua caliente. Pero Abraham se parecía cada vez más a un perro golpeado que a una persona, y tal cosa no sólo se veía por fuera sino por dentro: no podía ver lo bueno como algo bueno, sino como una trampa. Si había agua caliente es porque seguramente, el San Niño estaba fundado encima del mismísimo infierno.
    Cuando se estaba secando la cabeza, quedó perplejo al observar la pared que se alzaba tras la cabecera de su cama… una vieja amiga había reaparecido: la mancha negra.
    El tamaño era similar al de su dedo pulgar.
    Se le quedó mirando, largamente, casi olvidando de que le urgía ponerse ropa seca.
    <<tal vez="" lo="" vea="" crecer="" yo="" mismo="">></tal>
    Se le ocurrió que, si dormía esa noche en la cama, la mancha se despegaría de la pared y le caería encima, como una ladilla.
    Por fortuna, su mente nunca había profetizado adecuadamente ninguno de los sucesos raros en el hospital… estos solían ser diferentes.
    Y es que precisamente esa era una de las cosas que más miedo le daban: que no podía esperarse nada que él pudiera o estuviera en capacidad de imaginarse ¿y por qué?
    <<porque lo="" que="" está="" pasando="" no="" dentro="" de="" tu="" cabeza,="" chico…="" los="" espantos="" aquí="" son="" legítimos,="" tienen="" cuerda="" propia="">>.</porque>

    • Maldita sea –susurró-
      Recordando con exactitud las cosas que, en su infancia, le habían dado miedo. Desempolvó una vieja reflexión gris, que había sido genial para un niño de su edad: si el temor pudiera medirse con una barra, podríamos restar por lo menos 50% del miedo total si tan sólo tuviéramos a alguien quien nos acompañara.
      Y así era. Había señoras y ancianas que se sentían seguras durmiendo en el mismo cuarto que un Pug, uno de esos que no conseguirían detener ni siquiera a un niño de diez años.
      Entonces ¿por qué la señora se sentía segura? Vericuetos de la mente humana.
      Además, los perros podían ser útiles porque se supone que son radares de lo paranormal; ellos pueden captar si hay un fantasma cerca. ¿Realidad, o sólo más mierda de las películas modernas? Abraham no lo sabía, pero hubiera dado todo por tener aunque sea una pequeña compañía.
      <<esta noche="" va="" a="" pasar="" algo…="" estoy="" seguro="">></esta>
      Y, ciertamente, así era.
      La cuestión era armar su plan de defensa: ¿se iba a quedar a dormir ahí, en la habitación? ¿O encontraría un lugar más seguro?
      Giró la cabeza, para ver la mancha negra en la pared. No había crecido, de momento. Pero esperaba verlo.
      Revisó su reloj de pulsera, ya eran las 4:00 p.m.
      En su sano juicio, lo mejor que podía hacer, ya que no pudo escapar, sería encontrar a alguien en el hospital, y hacerle entrar en razón, así tuviera que liarlo (o liarla, pensó en Margot, con cierta satisfacción) a cachetadas. No le costaría mucho esfuerzo hacerlo, (al menos no si se trataba de Lily). A decir verdad, ahora no le costaría para nada salirse de sus patrones comunes de conducta… él también podía ser bastante guasonesco cuando entraba en confianza, y eso era exactamente lo que necesitaba hacer. ¿Van a llamar a la policía? Dios, ojalá.
    • Tal vez deba quemarte, maldito hijo de puta –siseó, viendo a su alrededor.
      De pronto, casi como una revelación, como si le hubiesen disparado una idea en forma de bala, se le vino a la mente algo que le dejó la cabeza en blanco:
      <<susana>></susana>
      Ella había sido la gota que derramó el vaso, el motivo por el que había hecho su último intento de escape (¿o tal vez había sido sólo la nota que consiguió bajo la cama en sí?) “Si yo fuera tú, llamaría a Susana de inmediato”, rezaba.
      Ahora, a los planes de conseguir una compañía se agregaba algo más: conseguir monedas, para realizar otra llamada a larga distancia… o tal vez incluso golpear a alguien para que se las diera ¿por qué no? Tal vez su amiga Margot usara alcancía.
      <<susana…>></susana…>
      ¿Qué había pasado? ¿Por qué la nota había dicho que la llamara? No se estaba cuestionando quien “diablos” la escribió, quien “coño” la puso debajo de su cama, y como “carajo” el que la escribió supo sobre la existencia de ella, no: ahora pensaba si algo le había pasado.

    ! Empezó a hacerse ideas malas, una todavía peor que la otra, en secuencia progresiva.
    La primera fue que estaba en peligro… podía sentirlo como nunca había tenido premonición alguna.
    La segunda fue la pieza que armó el rompecabezas: Susana está mal, y El San Niño tiene algo que ver en eso
    La tercera fue que era el colmo que, además de él, también ella estuviera metida en algo, ¿qué más faltaba? ¿Hasta dónde podía llegar el maldito hospital? ¿Hasta dónde diablos? ¿Volvería loco a algún chino y le haría apretar algún botón rojo en un bunker secreto en Pekín?
    Era lógico ¿no? Era completamente lógico: la llamada se había cortado aquél día, la línea empezó a crepitar. Eso lo había asustado mucho. Y la voz, Dios, la voz. Aquella voz que había aparecido de la nada.
    Era difícil ligar algo que tan sólo duró un par de segundos con el resto de las ideas, pero sin dudas era una pista… por los mil demonios, era la única pista.
    ¿Qué le iba a decir cuando se comunicara con ella? Iba a hacerlo, eso seguro, porque estaba dispuesto a caerle a patadas a la caja registradora del restaurante si fuera necesario. La idea de conseguir monedas se hacía cada vez más emocionante.
    “Hola princesa… ¿cómo estás? Recibí la nota... ¿todo bien? ¿Sí? ¿Qué cómo estoy yo? Atrapado. ¡Manda a la Guardia Nacional, carajo!”
    O podía ser (y ese “o” sonó largo y tendido en su caverna) que sólo quisieran asustarlo. Que todo estuviera bien en Bahía Blanca, a cientos de millas de ahí.
    <<¿Cómo hicieron para saber de ella?>>
    No es que no hubiera explicación: cualquiera pudo haberlo escuchado hablando por teléfono aquél día ¿no? No era difícil de suponer. “Los entes” pudieron haberlo escuchado.
    Pero por sobre todas las cosas, Abraham sabía que, mientras más tiempo pasara, más rápido se haría de noche… y más cerca estaría su “sorpresa especial del día”, ya le había tocado el turno al señor del inodoro ¿quién vendría ésta vez? No podía esperar a ver de qué se trataría, tal vez lo estaría esperando tras la puerta de su cuarto, tal vez incluso se lo enviarían directamente a su cama mientras estuviera durmiendo, tal vez, quizá, ya era hora de hacer contacto directo.
    No había tiempo que perder… tenía que comenzar a hacer un conteo del número de personas reales que había en el hospital.
    .
    .
    3
    .
    .
    Abrió la puerta doble, hallándose de pie en un terreno que conocía bien: a su derecha, estaba la recepción, el vidrio mostraba que la nieve había subido por lo menos veinte centímetros más, como una odiosa advertencia. A su izquierda, estaban los largos corredores con los laboratorios y las oficinas, el lugar donde dos veces había intentado encontrar a Murillo sin éxito.
    En el ala sur de hallaba el pasillo con los teléfonos públicos, el mismo donde dormía el personal de limpieza (o el supuesto personal); en el noreste había otro pasillo que conducía al estacionamiento trasero del San Niño, y luego el ala noroeste, cerrada, lugar desconocido para él, donde, según había oído, se hallaban los quirófanos.
    Y no podía olvidar un clásico: al final del corredor principal se hallaba la cocina del hospital, y más allá, el elevador personal que llevaba a la morgue.
    Margot había desaparecido, hablar con ella, incluso pegarle patadas por el trasero para obligarla a decirle cualquiera cosa que supiera sobre qué otras personas habitaban el San Niño no le parecía una mala idea. ¿Y la otra? ¿La enfermera gordita? Lily… ella no estaría demasiado feliz por la forma en cómo la trató la última vez, pero no era nada que él no pudiera arreglar; sólo necesitaba tiempo para explayarse, hablar cariñosamente, y tenerla haciendo todo lo que él necesitaba, por lo menos durante el tiempo que mordiera la carnada. Abraham se convertía en un lobo.
    Pregunta: ¿y por qué ya estaba descartando a Lily como alguien cuya cordura estaba al mismo nivel bajo de Margot? <<porque ella="" también="" se="" ve="" como="" una="" loca,="" no="" me="" gusta="" la="" forma="" en="" cómo="" ha="" mirado…="" sus="" ojos="" son...="">></porque>
    De loca. Punto final.
    Estaba el enfermero que le había conminado a entrar al hospital, cuando trató de escapar por primera vez. <<el 1="" round="">>. Aquél que le había dicho que cortarse con un bisturí sería mejor que morir de hipotermia allá afuera.</el>
    Tenía que conformarse con poco, y no hacerse ilusiones: estaba buscando a un amigo, pero sería un amigo sin carro.
    Y además de buscar a ese amigo tan necesitado ¿qué otra cosa hacía falta? Aquello era un remedo perverso de la lista de compras del supermercado.
    Abraham recostó la espalda a una pared y cerró los ojos. Su nuez de Adán rebotaba.
    <<ya es="" hora="" de="" que="" saques="" lo="" mejor="" ti="">> -pensó, con una voz que no era la suya, sino la de su padre- <<un amigo,="" alimento,="" necesito="" comida="" para="" esta="" noche="">>.</un></ya>
    Observó en dirección a la vitrina de la cafetería.
    Como un lobo.
    .
    .
    4
    .
    .
    Pensó que la explosión, precedida por un nubarrón de vidrio pulverizado que llovió sobre el suelo atraería a alguien, pero no fue así. Abraham había cogido un banquito de hierro (el mismo sobre el cual Margot ponía su trasero para parecer más a una gárgola que a una recepcionista) y lo había arrojado con una fuerza que él no sabía que tenía. En un gesto de violencia sin sentido <<y porque,="" al="" fin="" y="" cabo,="" mientras="" más="" ruido="" haga,="" mejor="">> le dio una patada a los dientes que quedaron en los bordes inferiores del inmenso hoyo. Se derramaron sobre el suelo como lluvia. El sonido fue dulce.</y>
    Con el crujido del cristal bajo sus zapatos, cruzó el área de las mesas y saltó la recepción. Muchas veces (y no por el hecho de haber entrado en el estatus social “C”) había pensado qué sentirían los atracadores cuando entran a robar un banco, o una tienda. Cómo serían la sensación, el nivel de adrenalina. Ahora lo estaba experimentando.
    Cruzó la puerta doble de la cocina. Estaba a oscuras, pero la luz que se colaba desde las ventanas podía brindarle cierta claridad. El lugar estaba inmundo, las paredes manchadas de grasa, los cubiertos sucios, y el cordón ruidoso que sostenía la lámpara bailoteaba suavemente.
    Observó atentamente el lugar, de pie ante el marco de la puerta.
    En el suelo había rayas de grasa, como si hubiesen arrastrado cosas alrededor de las cocina.
    Dio un paso adelante, lentamente… le asqueó ver las ollas colgadas de cabeza, la grasa guindaba entre ellas como si fuesen moco.
    Por un momento se le ocurrió que la luz podía estar cortada desde hacía horas, y que la comida depositada dentro de la nevera estaba pudriéndose.
    Saltó adentro y patinó sobre la grasa, a punto de perder el equilibrio.
    Cayó pesadamente sobre las manijas del freezer, más alto que él y por lo menos dos veces más ancho. Abrió ambas.
    La luz morada que le cubrió pareció como un portal a otro mundo: el congelador y la nevera funcionaban.
    Empezó a tomar las cosas más familiares: una bolsa con panes de hamburguesa, salchichas, una bola de queso cheddar, un paquete de tocineta, de jamón cocido, de pavo… de haber tenido una hornilla a gas en su cuarto y un par de ollas limpias habría podido dar cuenta del bistec y el pollo a la plancha que se hallaban dentro de las bolsas. Su mejor virtud era la cocina, la segunda mejor era tocar guitarra. Gracias a Dios que estaban en ese orden; Lily no necesitaba de algo tan complejo para ser seducida.
    Al poco tiempo sus brazos y bolsillos estaban llenos. Algo le decía que no tendría la oportunidad de hacerlo otra vez. El sexto sentido, la voz del presentimiento, más activa que nunca, y que podía incluso sentir palpitar, exclamaba que esa era la última comida en buen estado que iba a encontrar hasta que saliera del San Niño.
    ¿Por qué pensaba en ello? Tal vez porque en ese momento era casi un animal, un animal sobreviviendo.
    Otra vez, el sentido común, le explicaba que toda la comida que llevaba sobrepasaba con creces su apetito actual junto al pronóstico alimenticio de la noche, y que por lo tanto lo sobrante estaría mejor dentro de la nevera… pero no hizo caso. ¿Y si ya no estaba ahí para cuando volviera? ¿Y si alguien más lo tomaba?
    Intentando no soltar nada, caminó fuera del restaurante, y sacudió la suela de sus botas en la alfombra de la recepción. Subió las escaleras como un lobo con su presa, deseoso de comer, de calmar el apetito, de abrir lo que fuera y comenzar a despachar. Se sentía alegre, eufórico por la travesura. Era el sentimiento más feliz al que podría optar hasta que un milagro sucediera.
    Sin embargo, cuando cruzó el pasillo y llegó al pie de la habitación, vio algo junto a su puerta.
    Era pequeño, y no pudo distinguir qué era hasta que se acercó lo suficiente, cada vez con mayor lentitud.
    Una radio a pilas, y una nota.
    Abraham
    Lamento no haber recordado dártela antes… pero más vale tarde que nunca.
    Pásala bien
    DR. MURILLO

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    Recobrar la compostura le tomó tiempo. Cada cosa nueva que sucedía en el San Niño <<cada mierda,="" como="" él="" estaba="" ya="" acostumbrado="" a="" llamarlas="">> le producía un vacío; la sensación similar a lo que sentiría cualquier persona si viera un platillo volador inmenso cruzando la ciudad. Uno suele sentirse así pocas veces en la vida, pero en el caso de Abraham esas “pocas veces” se habían convertido en una rutina diaria, y no estaba siendo bueno para su salud mental. Se daba cuenta de que su cabeza comenzaba a resentirlo, como si arrancara clavos con una pinza. Por eso la ley de posibilidades natural es sabia.</cada>
    Se colocó una sábana encima, cubriendo su espalda, como un súper héroe con un sastre malo. A menudo frotaba sus manos y sus pies para que el frío no calara en sus huesos. Había metido todas las provisiones en el cuarto y había pensado que, de ser el alféizar un poco más ancho, podría haber refrigerado varios alimentos ahí, a la intemperie.
    Apoyó la radio en un mueble. Abraham dominaba con su vista tanto la parte de adelante del aparato como la de atrás (puesto que había un enorme espejo pegado a la pared).
    La tarjeta del doctor se hallaba apoyada a un borde del aparato, por lo que también alcanzaba a leer la letra anacrónica de Murillo.
    Después de entretenerse lo suficiente con sus divagaciones, se animó a prepararse un emparedado con panes de hamburguesa. Fue quizá el almuerzo más solitario que tuvo en su vida.
    Más tarde se quedó sin nada más que mirar las migas del pan sobre sus sábanas. Se le ocurrió que debería entrar al baño, o por lo menos, dejar la puerta abierta. Tal vez con él ahí, estando alerta, el espectro no se atrevería a aparecer. Siempre pensaba que, de existir la magia, ésta obraba bajo los telones, y jamás a la vista del público; nadie nunca debía saber el modo como las cosas se “materializaban” a la realidad, ni aún cuando se tratara de magia real. Cada vez que sucedía algo, era cuando él no estaba viendo. La misma regla posiblemente se aplicaría a cualquier cosa mala que esperara por suceder ahí.
    Dejó los alimentos apilados sobre una silla y se levantó de la cama.
    Se acercó a la puerta, y cogió el pomo. Estaba tibio. Suspiró lentamente.
    <<recuerda abraham,="" que="" cada="" vez="" piensas="" en="" algo="" malo,="" puedes="" estarlo="" materializando,="" este="" sitio="" trabaja="" así…="" quizá="" no="" aparezca="" nada="" de="" lo="" estás="" pensando,="" pero="" invocando="" a="" las="" cosas="" malas,="" ayudándolas="" sucedan="">>.</recuerda>
    Quién sabe, tal vez abriría la puerta y el tipo se le arrojaría encima tan rápido como un gato. Eso para empezar… esa sería la parte más electrizante. Pero lo peor (la escena que siempre estaba vedada a su imaginación) era el después. ¿Qué haría con él una vez que lo tuviera en el suelo, indefenso?
    Para cuando empezó a girar el pomo, su corazón ya estaba bailando. Las bisagras rechinaron, como un chiste de mal gusto.
    No había nada.
    <<pero puede="" aparecer="" ahora,="" ahora="">></pero>
    No, no había nada.
    <<fíjate detrás="" de="" la="" cortina="" ducha,="" él="" está="" ahí,="" te="" esperando="" abraham…="" agachado,="" cagado="" risa="" por="" cara="" que="" vas="" a="" poner="" cuando="" lo="" veas="" salir="">>.</fíjate>
    Pero tampoco había nada cuando apartó la cortina con el reverso de la mano.

    • Maldita sea –murmuró, frotándose los ojos- por favor, no aparezcas más nunca, ¿bien? No quiero volver a verte jamás.
      Se quedó en silencio. Nadie le contestó.
      Se dio media vuelta, y observó su cama desordenada. Eso le hizo pensar en qué haría una vez que amaneciera. ¿Cuál sería el plan esta vez? ¿Intentar escapar de nuevo? Tal vez tratara de salir nuevamente del hospital… tal vez el azar decidiría que esta vez no nevaría y todo lo anterior resultaría sólo una –increíble- racha de mala suerte. Tal vez al mismo destino le daría vergüenza obrar de forma tan descarada. Ya llegaría el momento...
      Y entonces, observó la radio.
      Estaba ahí, con sus dos transistores y la malla con forma de D puesta con la joroba para arriba, observándolo de vuelta con sus dos transistores uno al lado del otro.
      <<¿Me vas a encender o qué, pelotudo?>>
      No pudo evitar sonreír.
      La tomó con ambas manos, y se echó a la cama, colocándola sobre su pecho, viéndola de cerca.
      Podía enchufarse a la pared, tenía el cordón eléctrico enrollado en la espalda. Eso facilitaría mucho las cosas. No quería tener que depender de un par de pilas que se gastaran cuando se hiciera demasiado dependiente del aparatito.
      Ahora que su estómago estaba relativamente lleno, y no quería confundir el hambre con las ganas de comer. Nunca en su vida le había dado por comer en exceso, ni siquiera en los peores momentos de ansiedad, pero ahora cualquier cosa valía.
      <<por lo="" menos,="" me="" doy="" cuenta="" de="" ello="">></por>
      Giró el transistor, el pequeño “clic” precedió un nubarrón de interferencia. Por un momento, temió que el dial no captara ninguna emisora pero estaba equivocado; el aparatito era capaz de captar una buena variedad de emisoras de la provincia, algunas más claras que otras. Acabó por pescar “Vuela vuela”.
      Le hizo gracia recordar que, en su adolescencia, se había bajado por el emule uno que otro disco de pop japonés. Le enorgullecía saber que, al menos en Bahía Blanca, él era el gran descubridor del género. Aquella semana no menos de doce personas le preguntaron el nombre de cualquier cantidad de temas. Quizá también, en aquel entonces, fue la persona más joven en ocurrírsele la magnífica idea de que no necesitamos entender la letra de una canción para soñar. Quizá de hecho fuera mejor así.
      Por fin, Abraham se estaba distrayendo, estaba pensando en otras cosas… su mente se había puesto a volar, (sí, ¡por fin!), descansando del inclemente martirio que significaba hallarse encerrado en un lugar tormentoso.
      Un lugar que ahí y ahora mismo, podía cambiar su vida, podía inclusive terminarla.
      La música lo hacía fantasear muchas veces. Siempre fue una fuente de inspiración cuando quería escribir.
      El problema fue que, durante el tiempo que estuvo con el aparato sobre su regazo, aumentando cada vez más el volumen, Abraham bajó la guardia, y por eso nunca se le ocurrió que quizá al “Hospital” le estaba molestando la música…
      …y estaba a punto de hacérselo saber.
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      Sus primeras horas de distracción lo llevaron, consecuentemente, a un dormitar plácido (el primero en muchos días). Aquello era un alivio tal, tan reparador, que había perdido completa noción del hospital y sus problemas. Más tarde diría que esos momentos de dicha pasaron demasiado rápido.
      Abrió los ojos cuando cobró cierta conciencia de su alrededor y se dio cuenta de que la radio ya no estaba transmitiendo música. Sintió un agujazo en el corazón. <<se dañó="">> <<se acabó="">>, sin embargo, al quitarse el amodorramiento del sueño se dio cuenta que la radio todavía seguía recibiendo cierta señal. Como si el dial estuviese atrapado un punto muerto entre una emisora y otra.</se></se>
      De fondo se escuchaba el suave susurro de la estática.
      Por momentos, se hacía más fuerte, como si el sonido estuviese representado por la línea de un electrocardiograma.
      Colocó la mano sobre el dial, y sintonizó otra emisora. Tras la malla comenzó a escucharse alguna canción horrible de Dios sabe quien, pero eso no importaba: lo bueno es que la radio no se había estropeado, sólo había cambiado el dial. ¿Cómo? No lo sabía, no lo quería saber, puede que él mismo lo haya hecho por accidente y nada más.
      Funcionaba, funcionaba, funcionaba… eso era todo lo que él quería. Su radiecito funcionaba. Volvió a cerrar los ojos. Todo estaba bien.
      Funcionaba.
      O tal vez no…
      La señal volvió a perderse: el mismo sonido estático de antes, la misma línea imaginaria palpitando en la oscuridad. La música se apagó lentamente, hasta que la voz del cantante no fue sino un susurro.
      La paz, <su paz="">se esfumó, el nivel de adrenalina se elevó otra vez, y con ella, sus párpados.</su>
      Volvió a girar el dial. Las emisoras pasaron con velocidad.
      Música – propaganda – propaganda – música – propaganda – música – música.
      Detuvo la rueda repentinamente, en esa acción hubo cierto dejo de hastío. La ira comenzaba a acumularse en la vasta piscina que Abraham tenía guardada para ella. Pensaba en el suicidio como una amenaza contra alguien más que para sí mismo.
      Esta vez, sonaba un blues. <<¿Yoko Kanno?>> Sí, Yoko Kanno. Una de sus grandes favoritas <<por favor,="" yoko="" kanno,="" no="" te="" vayas="">>.</por>
      Pero Yoko Kanno se fue. La señal se perdía lentamente, como un televisor cuya imagen se va haciendo más pequeña hasta que queda extraviada en lo negro.
      <<maldita sea="">>.</maldita>
      Ese “maldita sea” pronto se convertiría en una marea eléctrica de odio. Abraham estaba demasiado ocupado para darse cuenta que la mancha negra de la pared, encima de él, estaba haciéndose cada vez más grande. Y ver la forma en cómo eso sucedía era, quizá, el espectáculo menos agradable que jamás hubiera visto en su vida.
    • Abraham…
      Abraham abrió más los ojos, sorprendido.
    • ¿Qué?
    • Abraham…
      Giró los ojos de aquí para allá. Sabía perfectamente de donde venía el sonido, pero quería cerciorarse primero que aquello no era cosa de su cuarto (o de Don Señor del Baño), finalmente, para bien o para mal, le hizo caso a sus sentidos y observó el origen de la voz: la radio.
      Pero no lo llamaba a él, había un susurro de fondo, un susurro de dos voces.
      No, no lo estaban llamando: sólo lo habían mencionado –Abraham-. Un hombre y una mujer.
      Cada vez podía escucharlas mejor, eran voces familiares.
    • Abraham
      Su nombre, por cuarta vez.
      <<¿Quiénes están hablando?>>
      Pero la pregunta era absurda. Sabía quiénes eran: papá y su mamá.
      Sí, eran ellos, y pronto se le hizo familiar otro detalle más, uno que fue haciendo escalas en su memoria hasta el presente, como una cucaracha caminando por un túnel: reconocía bastante lo que iba apareciendo tras la estática, una conversación que pronto se tornó en una riña.
      Aquél era el momento “0”, la sensación de impotencia, de nulidad, de vacío, por cada vez que el hospital hacía de las suyas, cada vez que se manifestaba. La mente de Abraham funcionaba, no estaba (del todo) aterrorizado, pero algo muy dentro de sí lo invitaba a quedarse sentado, a seguir sudando el culo en el plácido calor de las sábanas, sin hacer nada más que ver u oír, no hacer otro rol más que el de espectador pasivo, esperando que pasara lo que tenía que pasar. Era igual a una violación pasiva.
      ¿Qué iba a hacer, de todos modos? Todavía no se sentía con ganas de arrojar la radio contra la pared, aunque la idea se le cruzó por la mente, no como un relámpago de furia blanca, sino como una idea fría y premeditada, tal vez, incluso, como una premonición.
      Lo que escuchaba estaba poniéndose cada vez peor. La riña se hacía más acalorada. Ya no “conversaban”, ahora gritaban. Y su papá se estaba enojando más. Pocas veces lo había oído furioso, y al cabo de pocos segundos sería testigo de algo totalmente nuevo: a su padre en estado de ira demencial. Gritando, no, chillando.
      Ya no era “estúpida” o “ridícula”, sino “puta”, “maldita” y “zorra”.
      Los ojos de Abraham giraban rápidamente, muy rápidamente, como cuando su hermano le había dicho el secreto de su madre, las cosas que hacía cuando nadie estaba en casa, lo que le vio haciendo con aquel tipo repulsivo de brazos largos y peludos.
      Sí, sus ojos giraban rápidamente, sabía por qué era la discusión, lo sabía. Y por los ecos que emitía el lugar, sabían que ni su papá ni su mamá estaban en la casa. Estaban en otro lado, sus voces se oían amortiguadas, era un espacio cerrado.
      Ya no era “puta”, “maldita” o “perra”, sino gritos largos, enfurecidos, desgarrados.
      Sus dedos estaban agarrotados alrededor de la radio. El plástico crujía bajo sus yemas. La vida del aparato estaba asegurada por el momento: Abraham necesitaba ver hasta donde llegaba esa situación Los gritos de su padre eran desfigurados por una corteza de odio bastante mayor a lo que Abraham a su edad habría sido capaz de lograr.
      <<dios mío="">></dios>
      Rara vez la voz de su madre sobresalía entre los rugidos, ella también gritaba, de hecho, lo hacía a todo pulmón. No parecía ella, nunca la había escuchado así, porque no era el sonido de la ira no; era el de la impotencia, el de la desesperación. Y era el que más atraía a Abraham.
      No, atraía no, esa no era la palabra exacta. Era el que más le <<preocupaba>>.</preocupaba>
      Pronto, la voz de ella quedaba nuevamente ahogada por la marea de furia del hombre. Aquello era como recibir una noticia de la manera más cruel. Abraham siempre había odiado a su padre por haberse convertido en un don nadie, por haber sido siempre un “maricón, inútil pasivo que no sabe hacer nada”. Ahora se sentía como el niño estúpido de las películas, aquél que se la pasa fanfarroneando toda la escena hasta que lo ponen en su lugar. Aquél que sale corriendo a su cuarto con los pantalones mojados. Esa parte de la historia él no la había escuchado, la marea de odio, de furia, una que era lo suficientemente ciega como para aterrorizarlo aún a sus veintitantos.
      ¿Se había sentido alguna vez así? Nunca. Ni siquiera en los peores momentos, ni siquiera cuando se sabía atrapado en el hospital. Y eso daba mucho en qué pensar. Al lado de esa serie de gritos ensordecedores, su concepción de la ira, de la verdadera locura, había cobrado nuevas dimensiones.
      Y sus ojos seguían girando, ayudados con la mente a construir un escenario, uno en donde veía a papá y a mamá, movidos al son de las voces.
      Fue en ese momento cuando escuchó cosas volcándose, una silla y… algo realmente pesado, tal vez una mesa llena de cosas. Se escuchaban retumbos contra la pared, un objeto de vidrio haciéndose añicos, histeria.
      Abraham, alguna vez, había pegado una cachetada a cierta novia. No había sido nada muy grave, y la fuerza con que arremetió fue más bien escasa. El enojo que llevaba encima había sido su culpa, sí, pero era algo que no llevaba un día acumulándose, sino semanas, hasta que en un buen momento decidió estallar. Se preguntó, rápidamente, lo que sería capaz de hacer con el estado de rabia de su padre, y si se lo preguntaba no era por simple curiosidad morbosa; si se lo preguntaba era porque su madre era la persona más próxima a ese hombre.
      Fue entonces cuando sucedió: su madre había conseguido abrirse paso con sus propios gritos, y esta vez Abraham los identificó bastante bien: pedía ayuda.
      Otro retumbo más, y luego algo pesado cayendo al piso, un revolcón, un grito, su padre ya no estaba gritando, pero sí gruñía, porque estaba haciendo un esfuerzo, y la mujer lloraba y gritaba como un cordero.
      La estaba matando.
      Él mismo habría derribado la puerta, de estar ahí, en su casa, pero <<el lugar="" desde="" donde="" hablaban="" no="" podía="" ser="" su="" casa="">> y <<eso ya="" ha="" pasado,="" eso="" pasado…="" no="" está="" pasando="" ahora,="" porque="" pasó,="" en="" el="" pasado="" ¿lo="" entiendes?="" ¿hace="" cuánto="" que="" ves="" a="" mamá?="">></eso></el>
      Se levantó de golpe, dejando que la radio girara sobre la colcha.
      Se dio una vuelta, con las manos sobre la cabeza, y se puso a ver el aparato, con los ojos grandes, llenos de locura.
      Un retumbo, otro, y otro, y cada uno acompañado de un grito y un gemido. Hasta que se volcó otra cosa y el bramido de dolor fue abominable. De haberlo escuchado en otra circunstancia Abraham no habría reconocido que era su madre.
      Los retumbos venían acompañados ahora de un sonido posterior, primero duro, como los de antes, pero después disperso, como el que haría un bate al pegarle a una bolsa de arena.
      Abraham comenzó a gritar.
      La música empezó a restablecerse, tan lentamente como se había ido: una canción de Blue Oyster Cult “Don’t fear the reaper”.

    Parte XI

    ! VALLE DE LA CALMA (XI)
    ! 1
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    No arrojar la radio había sido una proeza. Destruir el aparato se había convertido en un impulso, no algo premeditado. Lo único que quería era que callara, que no dijera más, que no volviera a hacer una -¿revelación?-.
    ¿Había sido real? ¿Aquél aparato le había mostrado parte del pasado, o era sólo otra treta del hospital? Era difícil decidir. Las voces eran idénticas, y las cosas encajaban, pero también era cierto que el hospital tenía una mala leche legendaria, y que podría haberlo inventado.
    Pero aparte de eso, lo peor, lo verdaderamente peor, era invariable, siempre lo mismo: <<no puedo="" creer="" que="" esté="" reflexionando="" cosas="" dignas="" de="" una="" maldita="" <em="">-maldito sea Dios- víctima de una historia de Lovecraft, no, Dios, no, no, no…>></no>
    Y volviendo a su madre, muy en el fondo sabía que había sido cierto ¿cómo? Es complicado, pero había algo ahí en esas voces, en esos gritos, en esas actitudes que pertenecía a ‘la familia’, eran de sello Castelblanch.
    La ruleta –rusa, sin dudas rusa- que giraba a toda velocidad dentro de su mente era ya demasiada compleja, demasiada cruel. ¿Cuál sería su límite? En una parte de la rueda estaba saberse atrapado en un hospital que de algún modo, eventualmente, lo iba a matar <<¿por qué me tiene aquí? ¿Por qué me ha dejado atrapado?>> Lo triste era que ya no se preguntaba lo mismo que hacía sólo horas <<¿Cómo es posible?>>, <<¿cómo pueden estas cosas ser reales?>> Ahora era <<¿Qué será de mí?>>, <<¿qué tiene pensado hacer conmigo?>>.
    En otro pedazo estaba el tema de la comida, que se le acabaría para el día de pasado mañana, o cuatro días, si racionaba bastante.
    Luego el asunto de la noche… porque de noche es que pasaba la mayoría de las cosas malas en el San Niño, y ay Dios, estaba oscureciendo ya… y si tenía un poco de suerte, la más novedosa y –única- adhesión a la colección de horrores sería únicamente saber que <<mi papá mató a mi mamá>>. A lo mejor no habría otro espectro, o quizá, quién sabe, un monstruo, decidido a aparecer durante las próximas horas.
    Tener suerte era eso: que quedara todo en haber escuchado cómo le partieron la cabeza a su madre.
    Pero habían pensamientos dentro de los pensamientos, porque valga la crueldad, el terror no era lo único que embargaba a Abraham… ¡es mi mamá! ¡ES MI MAMÁ! <<¿Tal vez en el fondo lo llegué a sospechar? ¿Que él la había matado?>>, no, nunca…
    Él se había jactado siempre de ser un individuo capaz de pensar en cosas bizarras. Pero la realidad lo había superado, otra vez.
    Y tenía sentido. Eso era lo más desesperante; que la teoría tenía sentido. Resulta que todo este tiempo ella no había sido esa “vieja puta” que decidió marcharse y olvidarse de la familia. Resulta que todo este tiempo, <<si es="" que="" desde="" el="" cielo="" pueden="" escucharte="">>, su madre tuvo que lidiar con que pensara en ella en esos términos. Eso le preocupaba.</si>
    Y entonces pasó, pasó como un dirigible lento dentro de la cabeza de Abraham: la idea de suicidarse. Eran como luces, luces hipnóticas en una pantalla gigante. La idea jamás sería atractiva, pero sí era una alternativa razonable.
    <<solo, estoy="" solo="">>. Pensó lentamente <<por el="" jodido="" amor="" de="" dios="">></por></solo,>
    Por lo menos en aquel libro que había leído a los catorce años, ¿cómo se llamaba? De aquél autor famoso, Stephen King, sí, en El Resplandor, Danny no estaba solo… tenía a su madre con él... al menos él no estaba solo.
    ¿Cuáles eran las esperanzas? Estaba Margot, <<la loca="">>… a estas alturas Abraham no estaba demasiado seguro de que no se tratase de otra alucinación del hospital, o de un espectro.</la>
    ¿La enfermera? ¿La gordita que estaba atraída hacia él y no dudaba en demostrarlo sin ningún orgullo concebible? Había olvidado su nombre por segunda vez. Y pensó, también, que sería capaz de acostarse con ella si eso garantizara que pudiera salir del hospital. De hecho, “capaz” no era la palabra, “perfectamente capaz” lo sería, rogaría si fuera preciso. Esa era otra cosa que hace días hubiera sido formulada con un pensamiento sarcástico… ahora era una posibilidad patética, desesperada, suplicante.
    De pronto, se le ocurrió que el bombillo de la lámpara de la mesita de noche se quemaría, y el de la pieza y el del baño también… que quedaría a oscuras.
    Por primera vez en una hora se movió, estirándose para girar la perilla de la lámpara. La luz amarillenta bañó su rostro. Eso al menos. Tal vez podría evitar que pasaran cantidad de cosas malas si tan sólo pensara a tiempo en ellas, antes de que el hospital lo captara y obrara en consecuencia. Le había funcionado otras veces (o al menos creía que lo había hecho).
    <<pero la="" luz,="" luz="" al="" menos…="" oh,="" dios="" mío,="" luz...="" no="" me="" puede="" quitar="" eso="">>.</pero>
    Un viejo miedo de la infancia seguía vigente en toda su gloria: la luz podía servir como un halo protector a su alrededor. Más allá, ahí cerca, en la oscuridad plena, podía estar pasando cualquier cosa, podía estar viéndolo cualquier ente, monstruo, lo que fuera: pero no se atrevería a poner un pie al área donde había luz, donde existiera algún tipo de iluminación.
    Abraham intentaba consolarse con que sus novedosos estados de pensamiento no fueran indicios de locura. Ahora, a diferencia de antes, ya no le molestaba perder el tiempo divagando. Poco a poco se convencía que no había otra cosa útil que hacer, no había forma de escapar del San Niño.
    <<¿Pero acaso será mejor que te dejes sorprender?>> <<maldita sea,="" maldita="" yo="" nunca="" le="" he="" hecho="" un="" mal="" a="" nadie="" ¿por="" qué="" me="" pasa="" esto="" mí?="">> <<¡MALDITA SEA!>>.</maldita>
    <<que se="" me="" reventara="" el="" caucho="" del="" coche="" cien="" mil="" veces="" antes="" de="" la="" reunión="" más="" importante="" mi="" vida,="" que="" quedara="" sin="" nada,="" ahorros="" en="" banco="" y="" dinero="" bolsillo,="" fracture="" las="" piernas,="" que,="" que…="" perdamos="" casa,="" quede="" harapiento="" vagabundo,="" caminando="" por="" calle="" mis="" amigos="" vieran="" enemigos="" también,="" pero="" esto="" no...="" está="" pasando="" no,="" favor,="" no="">>.</que>
    Sus ojos comenzaron a humedecerse, y su labios a temblar.
    <<esto no…="" no="">></esto>
    La oscuridad ya embargaba al cielo. Podía verlo a través de la ventana.
    Se llevó las manos alrededor de la cabeza, y se sentó a un borde de la cama, viendo al suelo.
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    2
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    ! Ezequiel Martínez estaba sentado al borde de la calle, fumándose un cigarrillo. El viento meneaba el suave terciopelo de su enorme abrigo. Se entretenía viendo el barranco, y jugando a menear un montoncito de nieve barrosa entre la suela de una bota y la otra. Aquello era sin dudas más relajante que estar escuchando las constantes puteadas de Fioritto (todo un experto en la materia), quien estaba dentro de la patrulla, sosteniendo el velocímetro electrónico con la mano derecha, hablando para sí mismo sobre “lo ridícula que era tener que hacer esa <<pelotudez de="" mierda="">> en un día donde ningún <<reconcha hijo-de-su-madre="">> se le ocurriría violar el límite de velocidad estando el asfalto lleno de nieve. Nadie era tan estúpido… ni siquiera un <<carro lleno="" de="" pendejos="" buenos="" aires="">>.</carro></reconcha></pelotudez>
    A la final, sin embargo, Fioritto era el primero en reconocer que en la Argentina sobraban los locos hijos de puta, quizá más que en cualquiera otra parte del hemisferio sur, incluyendo por supuesto el país de donde su jefe, Martínez, provenía (concurría de nuevo en el mismo error, porque Martínez era argentino, eran sus padres los que habían venido de Chile).
    Pero aquello estaba bien, era tolerable para un tipo de mente típica, sencilla y revanchista como la de Fioritto. Martínez era un tipo legal, limpio, inteligente y con cultura general, no se parecía al típico “latino hijo de puta” que cruzaba la frontera para acabar jodiendo el país. Cosa deleznable de su parte porque, ignorancia aparte, quizá Fioritto olvidaba que él también era latino. Era Martínez quien había aprendido a lidiar con él y, después de doce años, sus estupideces le parecían graciosas.
    Volvió a cagarse en todo… tenía que ser el tipo más tonto sobre la faz de la tierra sosteniendo el taco electrónico que desde hacía treinta minutos marcaba 0:00 en números rojos y cuadrados y por la vista que ofrecía la larga carretera, todo pintaba a que estaría días desolada. Tenía el bigote manchado de partículas de alfajor blanco, pero eso no importaba, porque su bigote también era blanco, no se notaba demasiado. Además, estaba con Martínez, Martínez lo entendía, era un buen tipo... Martínez era de hecho mejor que muchos amigos y agentes. Martínez era <<el único="" chileno="" bueno.="">></el>
    Pero le exasperaba estar enojado cuando él estaba tan tranquilo.
    Se bajó de la patrulla, apartando la pesada puerta de una patada. El hielo las atoraba siempre, en cualquier vehículo. Era un problema común en la Patagonia.
    Ezequiel se giró sobre sus botas y le sonrió por un momento, con aquellos grandes anteojos oscuros de mosca, pero después volvió a darse media vuelta, viendo por el barranco.
    A Fioritto se le ocurrió que, mientras bajaba su pesada y redonda humanidad de la patrulla, un carro, seguramente lleno de adolescentes de mierda (no había nada que le rompiera más las bolas que los <<adolescentes de="" mierda="">>, más todavía que los borrachos que pasaban a 120 las áreas escolares) pasaría a toda velocidad por la curva. Para poner más a la infamia; seguro serían <<adolescentes de="" mierda="" buenos="" aires.="">></adolescentes></adolescentes>
    Estaba el caso de aquella chica, <<latina como="" martínez="">>, era venezolana, ¿no? Sí, era de <<ese país="" de="" centroamérica="">>, que había quedado quemada por culpa de la negligencia del que manejaba… qué dolor le había dado verla por televisión.</ese></latina>

    • ¿Qué ves?
      Martínez tardó en contestar el tiempo suficiente en el que un segundo de más hubiera rayado en la mala educación. Tenía esa cualidad.
    • Hacia allá abajo.
      E hizo un gesto juntando los labios.
      Fioritto se acercó, acomodándose la correa de cuero alrededor de la cintura, el cañón del revólver golpeó suavemente su muslo.
    • ¿Qué?
      Pero no hizo falta que Ramírez le señalara, y este a su vez supo que el silencio de su compañero era prueba de que también veía la misma cosa: El Hospital San Niño, allá abajo, en medio de un valle de árboles.
      Fioritto exhaló una pequeña nube blanca. Sus lentes plateados reflejaban la parte más oculta de la torre, la del manicomio.
    • ¿Sabes? A mi suegra nunca le gustó ese lugar, siempre dijo que prefería manejar una hora hasta San Carlos de Bariloche cuando Roberta estaba enferma.
    • A mí me gusta menos cada segundo que lo veo, Freddy. Y tu suegra no es paranoica, sólo tuvo intuición de madre…
      .
      3
      .

    ! Contra todo pronóstico se había quedado dormido en la cama, con las luces encendidas.
    De haber estado en su casa, le hubiera preocupado enormemente el costo que alcanzaría el consumo de luz (sabía a sopesar bastante bien el valor del dinero, y la sensación de malgastarlo en cualquier otro lugar era similar al de un gancho tocando un nervio), pero le daba igual estando dentro del San Niño, y también le hubiera dado igual si la cuenta hubiera tenido que pagarla él. La luz no debía apagarse nunca.
    Cuando abrió los ojos, descubrió que se sentía mal, tenía un acceso de gripe. No se molestó en preocuparse ni sentirse furioso… aquella resignación tan natural era tal vez el principio del fin.
    En ese momento, con los ojos entreabiertos, viendo el techo, molestado por la luz amarilla de la lámpara, decidió que mejor era que ya nada le importase, pero algo muy dentro de sí le decía que estaba equivocado, y que era mejor no retar a esa omnipotencia macabra que lo rodeaba.
    <<aunque tal="" vez,="" sólo="" lo="" único="" que="" esté="" haciendo="" es="" querer="" prolongar="" mi="" propio="" suplicio="">></aunque>
    Sí, sin dudas, en el fondo, los seres humanos son como los animales. O son animales, más bien. Todos en mayor o menor medida están programados para reaccionar igual. Es instinto. “It’s evolution, baby” las pelotas. Cuando alguien sabe esos secretos de sí mismo, del prójimo y del género humano, no se puede culpar a quien escoge el ateísmo como norte de fe. De hecho, el ateísmo parecía bastante lógico, a veces.
    Se pasó una mano por la frente, estaba sudando frío. Sentía las axilas húmedas, y sus mejillas y nariz calientes. La garganta estaba seca, deseaba un vaso de agua frío, aún cuando lo último que quería era levantarse de la cama o moverse. Estando así, ni siquiera el frío parecía ser demasiada molestia.
    No, ni siquiera por un vaso de agua se levantaría de la cama, no valía la pena.
    Su nuez de Adán se movió suavemente, por su cuello comenzaban a aparecer los primeros puntos negros que preceden la barba, aunque a Abraham todavía no le saliera, no del todo. Era un hombre por dentro, pero por fuera todavía no. Sentía la yema de los dedos, en especial la de los pulgares, secas.
    Volvió a cerrar los ojos, esperanzado con conciliar el sueño. Era todavía de noche, debían ser las tres o (con suerte) las cuatro de la mañana. Quería seguir durmiendo hasta las siete, hasta que el sol saliera, sería un nuevo día y… <<¿y?>>, y quizá todavía habían esperanzas, esperanzas de hacer algo en el nuevo día. <<tal vez="" todo="" lo="" que="" necesito="" es="" perder="" el="" miedo,="" mandarlo="" al="" demonio="">>.</tal>
    Tal vez sí, tal vez no. Había que meditarlo muy bien… porque no quería volver a salir como un perro con la cola entre las piernas, ¿no?
    Dispuesto a recuperar el sueño, entró al tablero de juegos un problema que lo obligaría irremisiblemente a levantarse de la cama, uno contra el que ningún hombre puede hacer frente mucho tiempo: las ganas de orinar.
    Se levantó lentamente, la espalda le dolía mucho. Apoyó los pies sobre la alfombra.
    Aún a través de sus calcetines, sintió que estaba fría. Todo era frío, desesperantemente frío. Se levantó, mareado, y fue al baño.
    .
    4
    .
    ! Su nombre de pila le había valido infinidad de bromas en la escuela de medicina, (en todas las escuelas, a decir verdad) pero hoy día, el doctor Ungenio González podía jactarse de ser más respetado por su especialidad que por llamarse como un popular personaje de cómic al que, para colmo de males, se parecía un poco, porque tenía el mismo color de cabello, y ciertas semejanzas en el rostro.
    Siempre pensó que no podía esperar el momento en que el arquitecto del tiempo le diera, durante su madurez, una cara diferente al del tipo de la historieta chilena. Ahora, después de viejo, podía asegurar dos cosas: “arquitecto del tiempo” era un nombre demasiado noble para la vejez, y sin dudas que parecerse a Ungenio no era tan malo comparado con la artritis.
    González se mordía el dedo pulgar y observaba las radiografías con las iniciales S – M (Susana Marceni) con la frente arrugada.
    Había conseguido callarle la boca al señor Ignacio Marceni (todos los doctores veteranos tienen esa habilidad intrínseca aún cuando se las ven contra un paciente que es abogado), pero desgraciadamente ahora el callado sería él, callado como durante las últimas tres horas en las que estaba contemplando el set de láminas que le habían traído de radiología.
    En otros tiempos, no le hubiese importado acudir a un par de buenos colegas para una segunda opinión, no le hubiera importado, de hecho, hacer un par de llamadas a la academia de medicina de la UBA, porque una de las cosas que lo hizo confiable, confiable ante los veteranos de sus años mozos y confiable para ascender durante aquellos días, era que no le importaba su orgullo personal. Y todos, incluso los orgullosos, sabían muy bien que esa era la marca de un buen doctor.
    Pero esta vez, había desistido de las llamadas, los consejos y los colegas, y no por orgullo, sino por miedo.
    Porque ¿qué iba a decir? ¿Cómo iba a explicar lo que estaba viendo? Ya había intentado emparejar los resultados del laboratorio con el historial médico de la muchacha no una, sino docenas de veces. La madre de ella había traído toda una enciclopedia, clasificada mes por mes, de su historia. Más no se le podía pedir.
    De cuando en cuando le entraba un enorme alivio al saber que, en realidad, él no tenía absolutamente nada que explicar, su juicio mental no iba a entrar en boga, porque no era su palabra contra la de nadie: ahí estaban las radiografías, un set completo de ellas… eran ellas contra el juicio de los doctores.
    Se quitó los anteojos, y se frotó la comisura de los ojos varias veces, con los párpados cerrados, antes de continuar examinando el cráneo de la paciente. La concavidad se veía como un espectro azulado en la lámina, y dentro aparecía el tumor… uno como ningún otro que hubiese visto en su vida, uno que no sólo variaba de tamaño, sino que además parecía como una mancha, una mancha negra idéntica a otra que se hallaba en una pared a cientos de millas al sur del país, dentro de la habitación de Abraham Castelblanch, en el hospital San Niño.
    ! .
    5
    .
    ! Abraham encendió la luz del baño.
    No había nadie adentro, pero él siquiera recordaba de qué debía tener miedo. Era una mezcla de malestar físico y depresión. Entró, y se puso frente al inodoro.
    Escuchar el chorro cayendo dentro del water es una cosa hipnotizante para la mayoría de los hombres que ponderan sobre los asuntos más importantes de su vida. Uno puede estar firme o puede tambalear lentamente, como un árbol llevado por la brisa… uno puede, inclusive, estar pensando en cualquier cosa, pero nunca deja de prestarle atención al sonido que hace el chorro al caer sobre el agua, como si fuese la mejor melodía del mundo. Era difícil pensar en otra cosa.
    Eso, desde luego, hasta que escuchó un sonido siseante detrás suyo…
    Se dio la media vuelta, manchándose la pierna.

    • Maldita sea –gruñó-
      No había nada. Pero estaba claro: lo había escuchado, en el cuarto, al final del pasillo donde estaba la puerta que comunicaba al pasillo.
      Abraham puso a prueba la fuerza de sus esfínteres, y se salió del baño, corriendo.
      Observó la puerta blanca, al final, y se detuvo de inmediato, con la certeza de que había algo parado detrás de ella. El corazón comenzó a acelerársele.
      En la rendija entre el suelo y la puerta se hallaba un papel blanco, doblado en dos. Aquello había sido lo que produjo el sonido.
      <<dios mío,="" otra="" vez="">></dios>
      Sintió un enardecimiento súbito subiendo por su cabeza.
      Tomó la nota rápidamente, pensando por un momento que “aquello” tras la puerta la jalaría de vuelta en el momento que intentase agarrarla.
      Caminó hasta estar cerca de la lámpara, y desdobló el papel:

    ! Si quieres saber más, tienes que ir al manicomio. Nunca dejes que te agarre la noche ahí.
    PD: si alguien llega a tocar, NO LE ABRAS LA PUERTA
    !

    Parte XII

    ! .
    De más está decir que Abraham no pudo conciliar el sueño en lo que quedó de la noche.
    Eso era lo de menos, sin embargo, porque no se sentía cansado. Ahora eran las siete y, lejos de sentir la frescura matutina tenía esa sensación añeja revoloteando ante su cabeza; ese aura beige que lo rodea a uno cuando no ha dormido en todo un día. Lo bueno era que si se mantenía despierto hasta la noche caería rendido, y podría estar ausente durante los momentos en que los fenómenos del San Niño eran más proclives a manifestarse.
    Sostenía la nota nueva junto con la vieja, la que le advertía que debía llamar a Susana. Ambas estaban escritas por personas diferentes.
    ¿Quién la había enviado? ¿Y por qué le advirtió que no abriera la puerta? <<tú sabes="" bien="" por="" qué,="" tú="" qué="">> se repetía a sí mismo <<sabes que="" había="" alguien="" detrás="" de="" ella,="" y="" te="" daba="" miedo="" acercarte="">>. Lo lógico era pensar, entonces, que quien había escrito la nota no era la misma presencia que se hallaba detrás de la puerta al momento de recogerla.</sabes></tú>
    <<y si="" hubiese="" girado="" el="" picaporte="" ¿con="" qué="" me="" habría="" encontrado?="">></y>
    Era mejor no dejar volar la imaginación, aún si él no supiera que ésta no habría sido suficiente para hacerse una idea adecuada de lo que habría visto.
    Le pedían que fuera al manicomio.
    Para ir hasta allá tenía que salir del hospital, y rodear el edificio. Si bien la nevada y la brisa comenzaban siempre que intentaba escaparse, tal vez ahora, al intentar llegar al área contraria, ésta lo dejara en paz. <<o tal="" vez="" se="" presente="" algún="" otro="" inconveniente,="" piensa="" en="" todos="" los="" males="" posibles="" para="" que="" al="" hospital="" le="" acaben="" las="" ideas.="">></o>
    Las cosas serían tan, pero tan fáciles si todo estuviese sujeto a esa sencilla regla… o tal vez no, tal vez todo lo contrario.
    <<tengo la="" imaginación="" de="" un="" artista,="" no="" escritor="" loco,="" lo="" siento="">></tengo>
    Lo más triste, es que ese “lo siento” se lo estaba diciendo a sí mismo, no a alguien que estuviese contradiciendo su punto de vista.
    Pero era desde “vamos” cuando las cosas comenzaban a complicarse. <<¿Puedo confiar en quien escribió la nota?>> <<¿Qué espera de mí? ¿Qué quiere que vaya a ver?>>.
    Justo cuando el freno comenzaba a cerrarse sobre el riel, Abraham examinó su situación desde un punto de vista más alto: <<tú no="" controlas="" al="" hospital,="" hables="" como="" si="" lo="" hicieras…="" es="" cuestión="" de="" poder="" confiar="" o="" no,="" que="" tú="" puedas="" escoger="" cuándo="" estar="" a="" salvo="" y="" tienes="" el="" elegir="" eso,="" aquí.="" hacer="" nada="" significa="" tener="" otra="" opción="" más="" quedarme="" en="" la="" cama,="" hasta="" se="" me="" acabe="" comida,="" hospital="" decida="" matarme="">>.</tú>
    Todo eso lo pensaba no con palabras, sino con una marea de jugos mentales que se mezclaban con imágenes y verbos.
    ¿Y si la nota era nada menos que del hospital? ¿Y si quería jugar con él, y llevar la tortura a nuevos niveles? <<no, eso="" no="" lo="" sé,="" puedo="" saber,="" y="" tampoco="" intentar="" entender="" al="" –maldito-="" san="" niño="">></no,>
    Abraham se preguntaba una última cosa:
    ¿Habrá alguien vivo dentro del manicomio?
    A estas alturas del juego, no podía seguir considerando a Margot, ‘la vieja loca’ como un ser “vivo”, así como tampoco a Murillo. Tras estar muchas horas sin ver a ninguno de los dos, él no podía asegurar si ellos habían sido espectros o personas de carne y hueso. ¿Se encontraría con alguien como él dentro del manicomio? ¿Alguien “vivo”? ¿Alguien atrapado, también?
    La idea se hacía cada vez más interesante.
    <<sólo espero="" que="" no="" sea="" carlos="" robledo="" puch="">></sólo>
    ! ..
    .2
    .
    ! Mientras estaba sentado en el suelo, haciéndose un sándwich de jamón, queso y mayonesa, Abraham meditaba sobre algo que le resultaba positivo.
    <<no quedé="" aterrado="" por="" la="" experiencia="" de="" anoche="">></no>
    Estaba claro que se había asustado, que el corazón comenzó a saltarle con la suficiente fuerza como para sentirlo sin ponerse la mano sobre el pecho, pero al final la nueva manifestación no le había dejado la cabeza “hecha un orto” –en sus propios términos-.
    <<anota otra="" cosa="" por="" si="" acaso="" algún="" día="" haces="" una="" tesis="" al="" respecto,="" chabón:="" el="" ser="" humano="" puede="" acostumbrarse="" a="" casi="" cualquier="" cosa,="" sólo="" dale="" un="" poco="" de="" tiempo,="" y="" casi,="">> pensó, masticando. No había estado de tan buen humor en muchos días.</anota>
    Después de la comida, iniciaría la incursión al manicomio. ¿Había alguna vía para llegar hasta allá sin tener que salir del hospital? No lo sabía, pero tampoco le interesaba saberlo. A él le bastaba tener la certeza de que podía llegar, y tenía el presentimiento de que para bien -o para mal-, nada iba a impedírselo.
    Además, era de día, y la nota le decía claramente: no salgas de noche.
    ¿Y la gripa? ¿El acceso de gripa que hasta hace poco estaba sintiendo? Había desaparecido casi, a Dios gracias. En cualquier situación hubiese sido un problema, Abraham podía ser algo quejicoso, detestaba sentirse mal. Podía tener una rodilla adolorida, un brazo acalambrado, o incluso su cuello sufriendo una tortícolis, pero la fiebre no, eso sí no lo soportaba. Sin embargo, descubría que en su situación, cualquier pensamiento optimista era casi igual a sentirse saludable.
    Una voz muy profunda y sabia, que desgraciadamente nunca estaba al mando no sólo en su cabeza sino en la de todos los hombres, le dijo <<lo daría="" todo="" por="" sentirme="" siempre="" así,="" en="" todas="" las="" situaciones="" malas="">></lo>
    Después de desayunar, se le pasó por la cabeza que todo aquello se sentía como una verdadera excursión (y lo era, de hecho), al levantarse del suelo, casi esperó sentir el peso de alguna mochila.
    Contempló por última vez sus provisiones de comida, cubiertas de nieve, tras el sucio vidrio de la ventana, sobre el alféizar. A menos que el San Niño pudiera hacer aparecer cuervos también, allí estarían a salvo.
    Se dio vuelta, para observar la pared: la mancha estaba más grande que ayer, por lo menos el doble, teniendo además la particularidad de que parecía estar saliendo de la pared. La contemplación de aquello fue el único elemento amargo de esa mañana donde todo parecía estar marchando sobre ruedas. Antes, Abraham la hubiera tocado, pero ahora, sospechosamente, no le apetecía acercarse para averiguar más al respecto, y de todas formas era dudoso que sacara algo provechoso de ello.
    .
    .3
    .
    ! Cuando la puerta de su recámara se abrió, las bisagras rechinaron más de lo normal. <<pero tal="" vez="" sea="" por="" el="" silencio="">> pensó <<al fin="" y="" al="" cabo,="" ahora="" el="" hospital="" se="" ha="" revelado="">></al></pero>
    Aquella frase había venido de una ecuación de pensamientos bastante sencilla: el San Niño ya no necesitaba obrar con sutileza para asustar a Abraham, la discreción se había acabado: se había vuelto un pandemonio, al que ya no le importaba manifestarse arbitrariamente.
    Recordó el incidente de la radio, el día de ayer.
    Al observar el largo pasillo que se extendía de izquierda a derecha, a Abraham le pareció que lucía mucho más antiguo que antes <<no, antiguo="" no="" es="" la="" palabra…="" sucio,="" abandonado="">>, sí, eso es lo que parecía; al ser blancas las puertas y blancas las paredes, las manchas, las impurezas en el color, los tonos opacos y la mugre acumulada entre las esquinas se hacían mucho más vistosas. Todo se hallaba sumido en el más espectral silencio.
    El cambio entre el día de su llegada y el ahora era obvio. Tenía que ser otra manifestación maligna del San Niño.</no,>
    Decidió bajar a la primera planta por la escalera del personal… cada paso que daba producía resonancia en las paredes y los ecos se triplicaban.
    Tras la recepción no había nadie. Al parecer, su amiga Margot andaba de vacaciones.
    Caminó lentamente por la sala, observando que todo a su alrededor se hallaba polvoriento, abandonado e inmundo. Lo mismo se observaba sobre la mesa de la recepción. Los pedazos de vidrio seguían desperdigados por el piso, la suela de sus zapatos crujía al aplastar los fragmentos que habían quedado de su incursión al restaurante.
    Levantó el banquito tras la recepción, ese sobre el que Margot solía colocar su mal habido trasero hasta desmaterializarse, de vuelta a la caja de herramientas del San Niño.

    • Dudo que les importe que haga esto –musitó, con satisfacción-
      Lo arrojó contra la vidriera de la puerta, haciéndola explotar. El ventanal se vino abajo entre cristales rotos y una lámina de plástico. Aquello sin dudas ahorraría mucho más tiempo que intentar abrir la puerta luchando con un metro y medio de nieve.
      Al salir, sintió algo que de inmediato le despertó los sentidos, y que, sin dudas, le hacía falta: aire fresco, olores, la sensación del exterior.
      Respiró profundo, y observó a su alrededor, deseando que la sensación se prolongara lo más posible. Comprendió que hace falta estar mal para apreciar algunas cosas pequeñas de la vida.
      Bajó las escaleras, ensuciándose de nieve las piernas, y luchando por mantenerse en pie. Le hubieran ayudado un par de raquetas que se usan para caminar sobre la nieve, pero no disponía de tantos lujos, tenía que apañárselas.
      Al erguirse, y sacudirse el cuerpo, observó un paisaje que lo dejó anhelante: la salida del hospital, tras el largo camino de la arboleda.
      Su cerebro despertó de inmediato, enviándole sensaciones que sentía como picadas de avispa, alborotando su corazón y erizando sus vellos. Le provocó sonarse los dedos, masticar algo, la ansiedad le estaba subiendo por las venas, podía sentir el latir de sus propias sienes.
      No estaba pensando en nada, pero sabía bastante bien lo que quería, lo que deseaba: intentar escapar.
      Esa mañana se había presentado como un millón de pesos para él. La esperanza resurgía, sí, pero aquel camino, aquella salida, era el premio gordo, la meta final: la salida del hospital. Un instinto animal, casi irracional, lo incitaba a intentarlo otra vez, el anhelo llevado de la mano con el miedo y la tristeza, porque sabía, en el fondo, que no lo iba a dejar irse, no tan fácilmente.
      Como para corroborar las últimas dos ideas, una brisa helada, violenta, le removió los cabellos, y le obligó a cerrar los ojos.
      <<enfila al="" manicomio="">></enfila>
      Suspiró como si estuviera cansado, y giró la cabeza: la silueta de la segunda torre se veía tras la primera. El manicomio era más opaco que el hospital, aún cuando ambas fueran fachadas gemelas.
      Desde arriba, el muchacho luchaba por navegar entre la nieve, apoyándose de manos y piernas.
      .
      4
      .

    ! Desde adentro, se hubiese podido ver como un remolino, que luego se materializaría en el antebrazo de Abraham, quitaba la mugre del vidrio. Su cara alargada, enmarcada por ambas manos, se asomó por el hueco.
    Todo estaba oscuro, pero podía notar que aquello parecía como uno de esos locales que está en construcción. No había más que trozos de mampostería y madera tirados por el suelo y catres guindando del techo.
    El pomo alargado y ganchudo se movió lentamente hacia abajo, y con él, la puerta entera le dio paso a Abraham. Pedazos de nieve cayeron, podía sentir hasta qué punto estaban oxidadas las bisagras.
    Un mediocre acceso de luz entró al lugar.
    Se dio cuenta, de inmediato (y para su desanimo) que el interior era muy diferente al del hospital. Las escaleras no se hallaban en el mismo lugar, y no había pasillos sino una sala inmensa con puertas, erguidas sobre un suelo con baldosas inmensas, en blanco y negro, como un tablero de ajedrez. El mapa mental del San Niño nada valía ahí.
    Observó sombras extrañas en las paredes, que poco a poco, se materializaron en figuras que, para su horror, comenzó a entender muy bien.
    Sintió que sus mejillas y sus sienes ardían.
    Había manchas de sangre, por todos lados. Parecían brochazos de un pintor loco, en líneas que se intercalaban, y formaban palabras y figuras extrañas, triángulos, líneas rectas y paralelas, una de ellas nacía en una pared y acababa en el suelo, en un charco pútrido y negro, y otras, sin embargo, seguían, inclusive hasta el techo, terminando en una lámpara de vidrio enorme, que guindaba peligrosamente con un catre deshilachado. No se preguntó cómo alguien podía haber hecho eso si no era con pedazos mutilados de un animal, o una persona.
    Desde ahí, sentía, incluso, que podía olerla… ese aroma profundo y estancado, oscuro y repulsivo, introduciéndose a chorros por sus fosas nasales, bajando como el brazo de un gitano por su garganta, llenando sus pulmones y estómago. Podía sentirlo incluso a la piel, el tacto frío, casi grasiento de la sangre.
    Abraham respiró profundo varias veces, sintiendo que las axilas se le mojaban de sudor, al igual que el cuello y los pies. Instintivamente apoyó una mano al marco de la puerta, para sostenerse y apretarse el estómago, peleando con las náuseas.
    La semi oscuridad del lugar se mantenía, desde luego, pero las pupilas de él se adaptaban, y conseguían ver mejor en las esquinas… conseguía ver las huellas, las huellas de manos, en sangre, que iban de acá para allá (una de ellas era enorme).

    • ¿Pero qué mierda ha pasado aquí?
      Sus ojos se movieron de acá para allá, buscando alguna otra cosa, tal vez una excusa para darse media vuelta y regresar al hospital. Pero no la encontró.
      Se dio media vuelta, y aprovechó la última bocanada de aire fresco de afuera, para dar el golpe de gracia al remolino de vómito que burbujeaba en su estómago. Cerró los ojos varias veces para aclarar su visión (cada paso tenía que darlo con mucho cuidado, no quería caerse en un charco de sangre, su mente insistía en ello) y así, volvió a voltearse para enfrentar el lugar.
      Aquello había cobrado más importancia por ser un territorio nuevo al que explorar que un sitio para encontrar cualquier tipo de pista, en especial la que la nota le indicaba a Abraham, o tal vez la pista lo tenía que encontrar a él… pero eso, de la mano con una desconfianza natural, no sonaba demasiado tranquilizador.
      Se sentía seguro sintiendo la apretada correa de su reloj de pulsera. Tenía luz fluorescente para ver la hora en la oscuridad, pero aquello era un lujo, y tras estar más de tres años en su muñeca, no estaba seguro de cuánto podía restarle a la batería… no quería que decidiera terminarse justo ahí. Debían ser las nueve y media de la mañana, tal vez las diez, era exagerado pensar que la noche lo pillaría. En un invierno austral las 5:30 PM era ya una hora alarmante, pero faltaba demasiado para ello.
      La sangre estaba regada a tal extremo que en ciertos puntos era imposible no pisarla.
      <<lo que="" sea="" pasó="" aquí,="" fue="" hace="" pocas="" horas="">></lo>
      Dio varios pasos al frente, pero luego se detuvo, otra vez.
      <<o tal="" vez="" sea="" sólo="" un="" escenario="">> pensó, en imágenes, con esas situaciones químicas que sólo la mente es capaz de procrear <<quizá es="" sólo="" otro="" montaje="" del="" san="" niño,="" preparado="" para="" mí="">></quizá></o>
      Sin embargo, sabía que la sangre era real, por el olor. Abraham lo conocía. No fue sino hasta ese momento que se le ocurrió que la idea de los vampiros, lejos de ser sensual, era más bien asquerosa.
      Colocó la suela de la bota sobre un charquillo de sangre, y, lentamente, deslizó el pie hacia delante, dejando una línea roja. Colocó una mano sobre el pomo de la puerta más cercana. La puerta estaba tan oxidada que se lastimó la yema de las manos, pero al menos le brindaba seguridad, porque sus botas se deslizaban con demasiada facilidad. Una cosa es caerse de sorpresa, pero otra es hacerlo habiendo temido varias veces que aquello pasara.
      Hubiese querido tener la nota ahí, nada más para consultarla de vuelta y ver si podía dirimir alguna pista de ella, algo que le indicara qué hacer, pero se deshizo de la idea de inmediato: recordaba muy bien lo que decía, “ve al manicomio”, eso era todo.
      Bajo la idea de que tal vez debía encontrar algo <<o tal="" vez="" algo="" me="" debe="" encontrar="" a="" mí="">> tuvo la certeza de que debía internarse todo lo que pudiera, y la mejor forma de hacerlo era por la única salida de la sala: unas escaleras estrechas del lado que conducían al primer piso.
      Al ver cómo estas se perdían en la negrura, hasta algún lugar, allá arriba, donde debía haber una puerta en la que tendría que palpar en la oscuridad para buscar el pomo, Abraham intentó dejar su mente en blanco.</o>
      <<si en="" el="" primer="" piso="" no="" hay="" luz,="" entonces="" me="" iré,="" largaré="">></si>
      Aún cuando eso significase <<echar a="" la="" mierda="" todas="" las="" esperanzas="" que="" tengo.="">></echar>
      ¿Esperanzas de qué? ¿Acaso estar ahí le iba a garantizar salir del San Niño? No. Pero tenía que hacerlo. Era <<eso>> o morir con el tiempo.</eso>
      Empezó a ascender, sintiendo que el frío se hacía más intenso arriba. Cuando hace frío uno se da cuenta primero por las manos, Abraham tenía la certeza de que las tenía heladas.
      Ya una vez en el último escalón, de cara a la plataforma en cuyo fondo se divisaba el marco oscuro de una puerta, vio hacia atrás, por última vez, como para asegurarse que el mapa no había cambiado.
      Suspiró profundamente, y estiró el brazo, en busca del pomo.
      Muy cerca de él había una pared. Se dio cuenta de que había salido por lo que debía ser el pasillo más estrecho que había visto en su vida, con puertas a ambos lados, y unas rejas enormes al final, impidiendo el paso a una zona que, desde ahí, no podía ver bien, pero que al parecer tenía paredes de piedra. Las luces de las lámparas parpadeaban y de diez, sólo dos estaban encendidas débilmente en el techo.
      <<luces amarillas="">> pensó.</luces>
      Había un ruido extraño, cíclico, allá a lo lejos, de algo que veía titilar al son de la luz descompuesta. Era algo que estaba clavado en la pared, de algún modo extraño, y que se movía… Abraham sabía bastante bien que lo hacía, podía verlo.
      Su mente se puso en blanco, y emprendió marcha adelante.
      La figura cobró forma poco a poco, se seguía moviendo, y estaba de cabeza contra el suelo. Era una silla de ruedas, casi destartalada. El objeto que se movía era una ruedecilla delantera, que giraba lentamente.
      La presencia de aquello lo asustó menos de lo que creyó. Sin dudas, era peor cuando no sabía que era. Pero todo pasaba rápidamente, lo suficiente como para felicitarse a sí mismo por su valor. Comenzaba a comprender que el no <<importarle nada="">> era tal vez su mejor arma.</importarle>
      Digerido esto, se le ocurrió una idea: si no tenía una pista de a donde ir, entonces tomaría por sentado los mensajes simbólicos que él, con su imaginación, consiguiera captar. En este caso, se trataba de entrar por la puerta inmediatamente más cercana a donde estaba la silla de ruedas.
      Y así lo hizo.
      La primera palabra que se le ocurrió al ver el cuarto que se abría ante él fue “vomitivo”. Y la razón era más por un recuerdo de la niñez que por lo que observaba. Para él, todo lo que era gris sucio, gris grumoso, era vomitivo. Había relacionado una cosa por la otra, accidentalmente, un día en que estaba con su madre, atrapado en un tráfico infernal, observando una tarjeta de las Basuritas (Garbage Pail Kids).
      Aquel lugar, además, estaba lleno de mugre negra, de aspecto viscoso. La lámpara que guindaba de un cordón blanco se bamboleaba suavemente a los lados.
      Sobre el estante de adelante se hallaban sendos botellones de vidrio. Había algo dentro de cada uno de ellos, cosas que flotaban suavemente, como si observaran plácidamente al exterior. El líquido plomizo, como orín, le permitía a Abraham observar las vagas siluetas de sus ocupantes, pero entendía bastante bien lo que iba a ver, era como un monstruo subiendo por la cañería del asco. Claro que lo sabía: esos botellones eran versiones gigantes de los que usan laboratorios más modernos y cuidadosos para colocar fetos de animales o, incluso humanos. Pero al acercarse más, se dio cuenta, entonces, de que lo que contenían no eran ni lo uno ni lo otro: lo que había dentro eran niños.
      La adrenalina subió por su cuello, y la sintió fría, fría y espantosa. Un vaho de consternación cubrió su cerebro.
      Los cabellos de los infantes flotaban, ondulados y plácidos, hacia arriba, y sus rodillas estaban arrejuntadas, atrapadas a los lados de sus mentones, en posición fetal. La columna vertebral de uno de ellos estaba tan marcada que parecía fósil en una piedra.
      Entre las costillas, la espalda, y con toda seguridad el estómago (aunque esto último no podía verlo) tenían cicatrices enormes, largas, serpenteantes.
    • Oh, Dios mío…
      Escuchó con toda claridad el “plinc” seco y profundo de una cabecita al chocar contra el vidrio.
    • Oh, Dios mío…
      Otro de los niños tenía un ojo entreabierto, pero adentro no había nada, el globo ocular se había disuelto con el líquido hacía mucho tiempo, así como todos sus órganos. No eran más que cascarones.
    • Por favor, no…
      Abraham había visto y se había reído de películas horrendas, mientras disfrutaba como Susana se acurrucaba contra su pecho, gritando de asco ante las escenas más horribles. Para él, lo peor de una película como el Holocausto Caníbal fue que mataran a un morrocoy. Pero salvo eso, nada le había afectado, no realmente… y así habían pasado muchos años creyendo que esas cosas no le hacían mella y que, si había alguien con un estómago lo suficientemente fuerte, al menos para ese tipo de cosas, era él, él y sus amigos. Bah, no sólo sus amigos: todos los chicos, todos parecían aguantar sin ningún problema esas cosas.
      Oh, pero era algo muy, muy diferente verlo en persona. Quizá no porque le horrorizara la carne mutilada, sino la situación, la realidad:
    • Dios… –repitió, con la voz quebrada- son niños muertos, niños muertos.
      Se dio media vuelta, colocándose el antebrazo sobre la frente.
      Lo que perturbaba a Abraham no era el acceso de vómito, o la visión en sí… iba mucho más allá. Lo que lo perturbaba era el por qué de todo aquello <<¿por qué alguien hizo esto?
      Para su gran asco y perturbación, estaba a punto de descubrirlo.
      Lo que estaba escrito en las primeras hojas de una libreta forrada de cuero marrón que se hallaba sobre una de las tapas blancas de los botellones, con más de la mitad colgando en el aire, invitando a tomarlo, bastaba:
      ...
      Diciembre 15

    ! Ya nos han traído los corderos. Son seis. Podemos operar.
    Pero no creo que alcancen hasta febrero, no con la fila de pacientes que traemos.
    Nota: pedirle a Borghild más, porque sus cálculos salieron mal.
    Nota 2: Borghild me dice que todo va a estar bien. Desconozco que otro negocio tiene con los corderos allá en el hospital, pero yo estoy seguro que hasta febrero no alcanzamos con lo que trajo. Y espero que le llegue este mensaje a través de ti, Torres. Yo tuve una discusión hace poco con él, y no me animo a hablarle.
    ! Nota 3: TORRES, OJO
    Ten cuidado con los corderos, no pueden ver lo que sucede en el pasillo. Y cuando me refiero a “no pueden ver” no es que no puedan, sino que no deben.
    Uno observó por accidente los botellones sin que nos diéramos cuenta, lo sé porque el día que lo llevamos a la sala de operaciones se puso histérico, como es comprensible.
    A los que lleven ya tres o cuatro operaciones, y empiecen a resentir la falta de órganos, hay que separarlos de los demás.
    El niño paraguayo del que te hablo se resistió a última hora cogiendo un bisturí. Ten en cuenta que a mí me pagan bien, pero ninguna cifra en el mundo me va a poder devolver mi ojo.
    Murillo
    ...
    PD: no se te ocurra tirar los cuerpos, por más que te tiente. No te angusties por deshacerte de nada porque Balmaseda es quien se encarga de ello. No caigas en el mismo error que yo, Borguild casi me descabezó por eso. Limítate a dejarlos sumergidos en formol y pasa a otra cosa sin nervios.
    Te puede sorprender, pero aún siguen siendo útiles: Balmaseda trasquila la piel para hacer carteras, sacos, guantes, o cualquier otra cosa que se te pueda ocurrir. No creerías la cantidad de gente enferma en este país que compra esas cosas. Dios los cría y ellos se juntan; Borguild, como siempre, es el que se encarga. Tiene sus momentos, pero para hacer dinero es un genio.
    ...
    ! Abraham cerró lentamente la libreta, y se la metió en el bolsillo.
    Su buen amigo, el sabio doctor Murillo.
    De haberlo tenido en frente, muy posiblemente, sin falsas pretensiones ni amenazas vanas, le hubiera roto la cara, le hubiera sacado el otro ojo. Ese ser humano, su cara, sus cejas pobladas no se correspondían a su fría letra, ni mucho menos lo que estas decían.
    La realidad del San Niño se descubría ante sus propios ojos.
    .
    5
    .
    ! Cuando salió de la habitación, Abraham todavía sentía como si un chispazo de menta fría estuviese recorriéndole la cabeza. Era un sentimiento que estaba muy cerca de la emoción, y que le daba demasiadas cosas en qué pensar. De por sí, el viaje ya había valido la pena.
    Enterarse de tantas cosas que podían meter en un problema descomunal al personal que laboraba ahí, y tener una prueba de ello en su bolsillo lo hacía sentirse poderoso, poderoso ante el hospital. Y desde el primer día que había puesto un pie en las instalaciones del San Niño, aquello era novedoso.
    Observó que la ruedilla de la silla de ruedas había dejado de girar. Eso lo inquietó.
    <<ya descubrí="" el="" secreto="" que="" se="" ocultaba="" en="" esta="" habitación,="" y="" por="" eso="" has="" dejado="" de="" girar,="" ¿ha="" sido="" eso?="" ¿de="" verdad="" mi="" instinto="" está="" sintonía="" con="" este="" lugar?="" estamos="" interactuando?="">>.</ya>
    La nota que había conseguido debajo de su puerta comenzaba a tener lógica, ya había encontrado algo ¿qué hacer ahora? Irse fue lo primero que se le ocurrió.
    Observó pasillo abajo, a la puerta por la que había llegado, convenientemente dejada abierta por sí mismo.
    <<¿Qué hacer ahora?>>
    <<debería seguir="" revisando,="" no="" puedo="" perder="" el="" chance="" de="" encontrar="" más="">></debería>
    Y las cosas útiles podían estar a la vuelta de la esquina, si se lo proponía. Eso era algo que había aprendido de su <<difunta -difunta="" gracias="" a="" tu="" padre-="">> madre.</difunta>

    • Cállate, Abraham –se dijo a sí mismo- sólo cállate.
      Las rejas del fondo se veían con mucha más claridad ahora: estaban oxidadas. Detrás de ella, la pared de piedras se veía tan oscura que era imposible saber qué había a los lados (¿se abría otro pasillo?). El olor que desprendía el sitio era mohoso, repulsivo, un olor verde y nauseabundo. El cambio de ambiente era irreal, como si el escenario, de ser un simple pasillo de hospital, pasara a ser unas catacumbas, protegidas por unos barrotes gruesos, protegidos por una cerradura donde debía caber una llave del tamaño de una mano.
      Sin pensarlo demasiado, giró el picaporte de otra puerta, y la abrió, de golpe.
      De derecha a izquierda, se hallaban dos estantes que llegaban hasta el techo, resguardadas de vitrinas sucias, llenas de medicinas y frascos. También había algodones y jeringas, algunas de ellas ya introducidas dentro de los frascos de suero, listas para extraer líquido.
      Salvo eso, más nada.
      Respiró profundo, y cerró la puerta.
      En la siguiente, volvió a encontrar exactamente lo mismo, sólo que, agregado a los botiquines, había una camilla, vacía, con las sábanas desordenadas. Y lo mismo con la otra, y la otra después de aquella. El problema vino cuando Abraham ingresó en la habitación más próxima a la reja del final del pasillo.
      ..
      6
      ...

    ! Abrió la puerta. Dio dos pasos al frente.
    La luz violeta, cuya fuente era un parpadeo moribundo detrás de un estante que tenía un bombillo de parrilla tras el cristal inmundo, apenas conseguía otorgarle una vista decente del lugar, en especial el suelo, que era un lago de sábanas extendidas irregularmente una sobre la otra, arrugadas y sucias. Se levantaban en espirales cerca de las patas de hierro de una camilla.
    Abraham introdujo la mano en su bolsillo y extrajo los anteojos. Había tantos detalles ocultos entre las cubiertas que tenía que tener un soporte a la realidad para que –su imaginación- y los latidos del corazón no desbocaran. Estaba haciéndolo muy bien desde que había visto a los niños, y quería seguir así.
    Pero una sensación tiró su línea de pensamientos, una sensación que comenzaba por sus botas: sentía que algo estaba tirando debajo de ellas.
    Bajó lentamente la cabeza, los pliegues de la sábana que estaba pisando se movían, se estiraba lentamente.
    Escuchó el suave crujido sedoso de la tela, mezclada con la grima que ese sonido le producía. Era como si algo debajo de todo ello estuviera despertándose, poco a poco, y estuviera emergiendo hacia arriba. <<algo que="" tú="" despertaste,="" abraham,="" y="" aquí="" viene…="" viene...="" viene="">></algo>
    Decidió dar un paso hacia atrás, el corazón se aceleró y sintió un vacío en el estómago, y pronto se vio presa del pánico cuando tuvo que sostener el equilibrio sobre el pomo de la puerta, sus cinturas se doblaron y sus piernas hicieron otro tanto, las sábanas ahora tiraban con una fuerza increíble, hacia el centro de la habitación.

    • ¡Maldita sea! ¡Puta mierda! –gimió-
      Pegó la espalda a a la primera superficie que encontró y su cabeza rebotó contra la puerta. Sintió el mundo dando vueltas dos veces, arropadas bajo el horror de saber que con su propio peso la había cerrado de golpe. Lo embargó la amarga desesperación de que todo se estaba saliendo de control cuando hacía un minuto era lo contrario.
      Las sábanas ya no tiraban, pero sí se movían, y lo sabía perfectamente por las arrugas que iban y venían al paso de una joroba sobresaliente, que se alzaba cada vez más.
      Un gemido ácido y plañidero azotó sus oídos.
      Se descubrió una mata de cabellos dispareja en un cráneo sarnoso y pálido, perteneciente al rostro de una niña con retardo mental. Su ojo izquierdo estaba seco, muerto, como una crisálida podrida, la pupila negra sobresalía por el liquen seco, extraviado en su órbita. El otro ojo veía fijamente a Abraham, la parte que debía ser blanca estaba llena de un rojo tan oscuro que su iris apenas era distinguible.
      Arrojó un cacareo casi inhumano por su boca desfigurada, desmedidamente grande, como un grito de guerra, o tal vez un saludo, y acto seguido, comenzó a arrastrarse a su dirección.
    • No, por favor…
      Su única contestación fue otro cacareo subnormal, más suave.
      Descubrió su cuerpo; salió como un gusano entre las sábanas. Abraham observó con desmedido horror que las piernas de la niña eran más delgadas que sus antebrazos, incapaz de sostenerla, sus rodillas apenas eran nueces entre la piel, y los dedos de cada pie eran apenas pequeñas bolitas de carne inservibles.
    • ¡Aléjate de mí! –gritó, con tanta fuerza que su propia voz quedó desfigurada-
      Pero ella no estaba dispuesta a escucharlo, y le faltaban pocos metros para poner la primera mano sobre las piernas de Abraham. La observó desaparecer bajo las sábanas, otra vez, y volver a convertirse en ese inmenso muñón alargado aproximándose despacio.
      Abraham abrió la puerta de golpe, se escabulló por el hueco y la cerró con tanta fuerza que se lastimó la mano.
      <<ella sabe="" abrir="" la="" puerta="">></ella>
      <<salte de="" aquÍ,="" ella="" puede="" abrir="" la="" puerta,="" se="" va="" a="" trepar="" por="" puerta="" y="" abrir,="" a…="">></salte>
      Otra vez el mismo gemido repulsivo, como el de un animal, que venía de dentro del cuarto, como una advertencia seguida al propio relámpago doloroso de sus pensamientos.
      En su propio pánico abrió la puerta que estaba justo detrás de sí mismo, y se arrojó adentro, cerrándola detrás de él, y esperando, con todo su corazón, que la niña no tuviese la capacidad mental suficiente para no discernir que si él ya no estaba en el pasillo, era porque seguramente había desaparecido mágicamente.
      Abraham cayó al suelo, golpeando su espalda contra un armatoste de camillas apiladas una sobre otra, junto con otro tanto de sillas de ruedas. Abrazó sus rodillas, intentando no gemir, no hacer ruido.
      Sintió las pesadas gotas de sudor bajando por su frente.

    Parte XIII

    ! Estaba soñando, y en sus sueños sabía que se había quedado dormido. De algún modo estaba perfectamente consciente de eso, de estar acurrucado sobre una camilla.
    Intentó despertarse, pero era difícil… le tomaría unos minutos. ¿Cómo había pasado? Seguramente había sido por las pocas horas de descanso la noche anterior, mezclada con sus exhaustivas emociones... lo cierto era que la adrenalina, el miedo, había bajado, y con ello, pudo escuchar por fin la voz de su propio cuerpo: estoy cansado, Abraham.
    Incluso desde su sueño, podía sentir el desgastamiento de sus músculos… ese dolor agudo como una aguja, que corre entre los brazos y las piernas.
    De inmediato, le vino a la mente la niña que había conseguido ahí, en la habitación (eso no fue un sueño, cosa que lamentó), también pensó en la otra, en la que usaba muletas y no tenía piernas, la que estaba cuidado a un oso de peluche que le faltaba un ojo, pero que también parecía observarlo, de manera mórbida… todo aquello tenía una lógica, pero cuando despertara esta se desvanecería, como en todo sueño.
    Se le ocurrió que la niña que lo intentó atrapar podía estar dentro del cuarto, con él, muy cerca. Extrañamente, la idea no le dio mucho miedo, porque sabía que era sólo una traición mental.
    Pero cuando la ruleta rusa giraba en su mente, una que en cada número tenía una anécdota negra, sucedida en el San Niño <<el señor="" del="" baño,="" la="" niña="" de="" las="" muletas,="" el="" niño="" los="" dedos="" achatados,="" pandemonio="" morgue,="" que="" se="" arrastra,="" hombre="" tras="" puerta…="">> lo que dolía más, sin dudas, era saber que</el>
    <<mi papá="" mató="" a="" mi="" mamá="">></mi>
    .
    2
    .
    Abrió los ojos, por fin. No necesitó parpadear varias veces, ni frotarse… se había despertado lúcido.
    Se puso de pie, arrimando una camilla que hizo un ruido desagradable.
    La puerta permanecía cerrada, y no se escuchaban ruidos en el pasillo.
    Le entró un acceso de emoción tenebrosa realizar que no había despertado en su cuarto, sino dentro del manicomio.
    Se acercó a la puerta, hasta pegar el pecho a ella, conteniendo la respiración, alerta. Así se mantuvo por breves instantes, impaciente, sin captar nada.
    Abrió la puerta suavemente, y asomó la cabeza. La puerta de enfrente, aquella de la que había salido disparado, estaba cerrada, y dentro, no se escuchaba el más leve sonido.
    Suspiró.
    Pero Abraham no tardó en observar algo que lo dejó perplejo… porque si bien no se escuchaba nada, eso no quería decir que nada había cambiado.
    La puerta de rejas que daban acceso al área pedregosa de las mazmorras, que antes estaban cerradas con llave, ahora estaban abiertas, de par en par.
    Ahí se hallaba él, observando la entrada a la negrura, desde la que se escuchaban goteos suaves.
    Se dio media vuelta para observar la puerta que conducía hacia las escaleras que bajaban al primer piso. Era eso, o seguir explorando el manicomio. ¿Qué más tenía que hacer?
    <<¿Qué más tengo que hacer?>>
    Aquello sonaba como una diatriba estúpida, de esas que se hacen en una película de horror en donde el personaje busca, por todos los medios, que lo maten. Pero en su situación era una decisión lógica. Sin dudas los guionistas de esas malas películas no lo habían tenido en mente, eso seguro, pero desde la posición de Abraham no había otra cosa que hacer, no con su tiempo, sino con su vida. Iba a regresar al hospital <<¿para qué?>> Todavía no había conseguido ningún escape del San Niño, todavía no había encontrado nada que le ayudara a resolver el atolladero en el que se hallaba metido, y aquello, precisamente, había sido el motivo principal de una exploración que, en circunstancias normales, jamás habría realizado.
    La comida se le estaba acabando, y también, en cierta medida, su cordura.
    <<¿Qué más tengo que hacer?>>

    • Más nada, no tengo más nada que hacer.
      Y así, empezó a caminar.
      .
      3
      .
      Susana se hallaba en un estado de coma profundo, pero su cerebro no estaba del todo desconectado, porque podía soñar. Eso es algo común en otros pacientes en coma, es el único enlace con el mundo. Aún cuando los sueños duran, por lo general, 19 o 30 segundos, como mucho –aún cuando parezca que es mucho más- son lo suficiente para mantener al cerebro trabajando.
      Mientras un montón de enfermeras pasaban alrededor de ella, y un perplejo doctor se quedaba de pie viéndola fijamente, el mundo (y el doctor) desconocían que, aparte de un tipo inédito de tumor, el cerebro de Susana era partícipe de un evento extraordinario: estaba teniendo sueños que duraban horas.
      Por lo tanto, su cerebro estaba perpetuamente activo, mucho más que si estuviera despierta y sana, y eso la estaba agotando (y matando) lentamente.
      Los relieves de sus ojos bajo los párpados indicaban que los movía con celeridad, Susana estaba completamente desconectada de todos sus sistemas nerviosos, por eso no podía mover las manos, o gritar en sueños… aún cuando eso fuese exactamente lo que ella estaba haciendo.
      Ella gritaba, dentro de sus sueños.
      .
      4
      .
      Abraham no se sorprendió al descubrir que el área que él mismo había llamado “mazmorras” realmente eran tales.
      Se movía lentamente, aprovechando toda la claridad que recibía a través de sus pupilas dilatadas, observando las celdas a uno y otro lado. Era, sin dudas, el área donde colocaban a los pacientes peligrosos.
      Y hasta ahora todas estaban vacías (gracias a Dios), pero las condiciones en que se hallaba cada una eran deplorables, por no decir que pudo distinguir sangre entre la suciedad repulsiva de algunas colchonetas.
      Lo más angustioso era la hediondez… no era olor de excremento o desechos humanos, sino de carne podrida, de vómito, algo nauseabundo que sólo hubiese podido arreglarse inundando el lugar con agua hirviendo. Y de todas formas, Abraham tampoco podía identificar qué había en el suelo o en la pared de fondo de las celdas. Sabía que estaban allí porque los barrotes emitían cierto brillo con la luz que venía del pasillo.
      <<algo tienen="" que="" tener="" todas="" estas="" celdas,="" para="" apestar="" así,="" dios="" mío,="" qué="" asco="">> pensó culposamente, en un susurro bajo y contenido <<tengo ganas="" de="" vomitar,="" el="" estómago="" revuelto,="" vómito,="" yo…="">></tengo></algo>
      Una reja se abrió…
      Abraham dejó escapar un gemido.
      La reja se deslizó lentamente hacia fuera, con un prolongado rechinar oxidado, hasta chocar suavemente contra los barrotes.
      El acceso de náusea se desintegró, ahora podía escuchar su propio corazón.
      Era ahora o nunca: quedarse ahí o darse media vuelta y correr, gritando.
      Abrió más los ojos, con el pánico agolpándose.
      Retrocedió dos pasos, eso es lo mejor que podía hacer estando todavía al mando de su cabeza, esperando con los puños apretados a que algo saliera para perseguirlo. Pero tal cosa no sucedió en los tres minutos que se quedó de pie.
      <<no fue="" la="" brisa,="" no="" pudo="" ser="" no,="" brisa="" entra="" aquí,="" no…="">></no>
      Y no necesitaba una explicación racional tampoco. <<la maldita="" reja="" se="" ha="" abierto,="" y="" eso="" es="" todo="">></la>
      <<¿Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué?>>
      Su cerebro –de hombre adulto- no lo dejaba en paz, no podía hacerlo, porque esa es la naturaleza de alguien que sabe qué esperar de las “leyes” del mundo en el que vive, cualquier alteración de ellas puede resultar en pánico, o locura.
      <<¿Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué se abrió?>>
    • ¡No lo sé, maldita sea! ¡Ya deja de joder!
      Y la mente dejó de joderlo.
      Otro minuto más, y todavía no parecía haber nada. Tampoco parecía haber nada dentro, por lo menos desde donde alcanzaba a ver.
      <<está esperando="" que="" te="" acerques,="" eso="" es="" lo="" pasa,="" está="" acerques="">></está>
      Fue así como Abraham siguió la única idea posible, generada en el humor negro que daba vueltas en sus entrañas y no en su cabeza: acercarse.
      Ver como sus ojos podían dominar el panorama dentro de la celda fue, contra todo pronóstico, tranquilizador: no encontró algo saliendo dentro de ella, y tampoco un par de ojos brillantes observándolo desde el fondo de la pared. No había nada.
      <<nada que="" tú="" puedas="" ver…="">></nada>
    • Te dije que te callaras.
      Se asomó en el umbral de la reja. A escasos centímetros de su bota corría un charco negro y pútrido, justo como los demás. No tenía el valor para ponerse de rodillas y ver qué elementos había flotando en él.
      Sin embargo, en la pared contigua, había un escritorio (si es que a tales pedazos de madera claveteada podía llamársele tal), disparejo, mohoso, sin nada arriba. Sin embargo, una de sus patas estaba pisando un naipe puesto boca abajo.
      Abraham se puso en cuclillas (temía mancharse el pantalón, así que lo hizo con la gracilidad de un cisne) y, tanteando suavemente la madera, cuidándose de algún clavo sobresaliente, levantó el escritorio para coger el naipe.
      Por fortuna, estaba seco, y no era algo de extrañar, porque quien sea que estuvo dentro de la celda, se encargó de mantenerlo así. No tardó en enterarse por qué: en el reverso había todo un párrafo escrito en miniatura, con una letra elegante, negra y corrida.
      Estaba tan oscuro, y la letra era tan pequeña, que no había modo en que podía leer lo que estaba escrito, pero sin dudas, no lo iba a dejar ahí: lo introdujo en su bolsillo, y salió de la celda.
      El pasillo “mazmorra” no llegaba hasta mucho más: más adelante, se hallaban unas escaleras de caracol, las cuales llevaban a un tercer piso.
      Abraham se dio vuelta por última vez, para observar, como ya había hecho dos veces antes, la puerta por donde había entrado, la cual se veía allá a lo lejos, mezclada entre el conjunto de las otras, como un pequeño punto blanco.
      Comenzó a subir los escalones, lentamente, escuchando como los ecos de sus propios pasos llenaban la oscuridad.
      .
      5
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      Allá en el Hospital, alguien entró a la habitación de Abraham…
      .
      6
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      Abraham emergió del suelo, subiendo por las escaleras de caracol.
      Lo único que había después del último peldaño era una pequeña plataforma con una boca cuadrada que servía de entrada, y que tenía como suelo lo que allá abajo era el techo. Todo estaba a oscuras, salvo dos cuadros de luz amarilla, que pertenecían a una de esas puertas que se abren en dos.
      Cuando las empujó, una luz brillante bañó su rostro.
      Era un pasillo más estrecho que el de abajo, con las paredes pintadas de blanco y puertas selladas, con un pequeño rectángulo al tope de estas, hechas para que un vigilante pudiera inspeccionar lo que la persona encerrada (y esa era la palabra más adecuada, a juzgar por las cabezas circulares de los clavos y el grosor de las puertas) estaba haciendo.
      De fondo, se escuchaba el pesado ruido de un aire acondicionado.
      El corredor era bastante más corto que todos los demás, apenas había cuatro puertas de lado y lado. A un costado, se hallaba un carrito de enfermería, con frascos sin etiqueta y jeringas cuyas agujas estaban envueltas en algodones usados.
      <<huele a="" alcohol="">> pensó, para luego meditarlo mejor: <<apesta a="" alcohol="">></apesta></huele>
      Aprovechó de deslizar el naipe de su bolsillo, y observarlo, bajo la molesta luz.

    ! Es de suponer que los que entran aquí, no salen más nunca
    ¿ para qué nos quieren?
    Nos alimentan todos los días con ensaladas, verduras.
    El otro día
    González enloqueció debido a ello.

    Maldito Pulasky, él nos vendió a Borghild,
    nos vendió como ganado, como animales
    No puedo imaginarme para qué nos quieren,
    y Borghild no me da buena
    espina. Al verlo a los ojos, lo supe
    de inmediato.

    No deben descubrir que estoy escribiendo
    gracias a Dios que los enfermeros
    son estúpidos.

    8/28/1961 Un criminal, pero no un animal
    .
    Un acceso de depresión comenzaba a invadir sus venas. Abraham no tardó en sentir ganas de llorar.
    No sabía descifrarlo muy bien, y tampoco le importaba, pero era tal vez la caligrafía de aquél hombre, su letra corrida, su buena ortografía, alguien que sabía expresarse bien, manifestando su preocupación e incertidumbre hacia el futuro, hacia uno que Abraham tenía la certeza que terminó mal lo que lo conmovió tanto. Sabía bien qué había sido de aquel hombre… era simplemente una versión adulta de los niños. Se quedó observando el naipe, y lo leyó tres veces más, antes que la voz de su propia conciencia comenzara a funcionar, otra vez.
    Introdujo el naipe de vuelta en su bolsillo, y respiró profundo. Se sintió como saliendo del cuarto negro y silencioso de sus pensamientos, con los sentidos volviendo a él: de pie ante un pasillo extraño, con sus oídos atormentados ya por el ruido insistente del sistema de aire.
    Ahora cabía preguntarse si alguna de las puertas de ese lugar se abriría, tal como en el piso de abajo. Por la apariencia del interior de cada uno de los cubículos que allí habían, enfrentarse contra un prisionero de “las mazmorras” parecía bastante preferible.
    Viendo a través del rectángulo de vidrio a la cabeza de cada puerta, lo único que contemplaba era un interior de ladrillos, estrecho, sólido… una invocación a la claustrofobia.
    <<aquí tienen="" que="" meter="" a="" las="" escorias,="" los="" se="" han="" portado="" mal="" de="" verdad,="" más="" peligrosos.="">></aquí>
    Se quedó reflexionando por breves instantes y lo pensó mejor <<aquí todos="" se="" portan="" mal="">>, <<todos, menos="" yo,="" yo="" estoy="" aquí="" de="" más="">> frotó su bolsillo, suavemente, sintiendo el insignificante relieve del naipe <<aunque tal="" vez,="" y="" sólo="" tú="" te="" mereces="" una="" amnistía="">>.</aunque></todos,></aquí>
    Caminó lentamente hacia delante, imaginando qué podía haber tras la puerta, que, a diferencia de la anterior, no tenía vidrios de ningún tipo. Estaba empezando a acostumbrarse a los pasillos, todo el San Niño parecía estar construido en base a ellos, eso era algo que había anotado hacía días.
    Posó una mano sobre la placa plateada de la puerta, empujándola de golpe. Quería ver primero qué había del otro lado antes de cruzar.
    Lo importante, sin embargo, no fue qué apareció del otro lado, sino que Abraham se estaba sintiendo observado, y no era para menos, porque alguien lo estaba haciendo, desde uno de los cubículos.
    Giró la cabeza lentamente, hacia su izquierda, sus ojos se encontraron con los de alguien atrapado tras la puerta.
    No hubo ninguna reacción, sobresalto o pánico, sino un silencio prolongado y expectante. Unos ojos lo estaban viendo desde el espacio rectangular protegido por un grueso vidrio. Y aquello no habría sido tan malo de no ser por la espantosa malignidad de esa mirada.
    Abraham paseó los ojos rápidamente alrededor de la puerta, como comprobando que fuese lo suficientemente segura para convencerse de que el sujeto no podía salirse.
    Por el relieve de la cabeza, y de los ojos, Abraham sabía que se trataba de un obeso. Tenía los ante párpados inyectados de grasa-
    <<hombre gordo="" atrapado="">> pensó, sintiendo los cosquilleos de la irrealidad, o quizá el enardecimiento <<no, no="" voy="" a="" hablarte,="" lo="" siento="" mucho,="" amigo,="" por="" ti="">></no,></hombre>
    En un solo sentimiento, Abraham sabía que se habría desesperado de angustia intentando abrirle la puerta a una persona que estuviese adentro, rogando por escapar, pero no a alguien así. Sentía cosquilleos en el estómago, otra vez la sensación vacía de la irrealidad. Si el aura existiese, si tan sólo fuera real, entonces Abraham la había acabado de captar. Era un sujeto malo. O un espectro malo.
    Y éste no dejaba de mirarlo.

    • Adiós
      Antes de cruzar la puerta, giró la cabeza, para volver a verlo.
    • Adiós…
      Se coló por la puerta, desobedeciendo su propia regla de mirar qué había al frente antes de pasar. Para cuando se dio cuenta, se hallaba de pie ante una sala enorme, y extrañamente vacía, con una silla repentina aquí y allá, y una mesa llena de telarañas.
      Al frente se hallaba una ventana panorámica alargada, con vidrios tan sucios que no se podía ver al exterior, pero al menos dejaba colar una diáfana, clara pantalla de resplandor blanco.
      A su paso, las botas de Abraham no dejaron huellas sobre la alfombra de polvo en el crujiente piso de madera, porque sus suelas estaban repletas ya de inmundicia.
      Eso por no decir que cada vez que respiraba sentía que le quitaba a sus pulmones un año, al menos… y el cristal de sus anteojos ya acusaba el polvo, también. Tuvo que utilizar una mano como mascarilla.
      <<cómo pudo="" acumularse="" tanto="" polvo,="" dios="" santo,="" qué="" asco,="" esto="" tiene="" que="" llevar="" años="" cerrado="">></cómo>
      Habría sentido incluso lástima por la niña del primer piso, la “rastrera”.
    • Me da asco… –musitó, para sí mismo-
      Se acercó al ventanal, y colocó el antebrazo sobre el vidrio, intentando apartar un poco la suciedad.
      Justo cuando esperó ver montículos de nieve, árboles, al hospital en relieve, y la salida del San Niño, todo ello en un panorama muy preciso, Abraham encontró algo mucho más particular: nada. Tras el vidrio no parecía haber nada.
      Se llevó una mano al pecho, masajeando el área cercana al corazón <<lamento que="" tengas="" estar="" trabajando="" tan="" duro="" últimamente,="" pero="" no="" hay="" nada="" podamos="" hacer="" para="" evitarlo="">> se dijo <<si rompo="" el="" vidrio,="" ¿qué="" pasará?="">>, <<nada, es="" seguro="" que="" sólo="" está="" sucio="" por="" dentro="">>, <<sucio por="" dentro…="" no,="" eso="" suena="" estúpido,="" tiene="" que="" estar="" sucio="" fuera,="" es="" no="" puedes="" ver="" nada...="" esto="" un="" portal="" hacia="" otra="" dimensión="" si="" lo="" quieres="" pensar,="" déjate="" de="" joder="" ya="">></sucio></nada,></si></lamento>
    • No, tú déjate de joder ya.
      Se dio media vuelta, viendo hacia atrás, a la puerta.
      <<tranqui, el="" gordo="" maniático="" sigue="" encerrado…="" pero="" es="" bueno="" que="" hayas="" echado="" un="" vistazo.="" deberías="" buscarte="" buen="" tubo="" de="" hierro,="" puede="" hacerte="" sentir="" más="" seguro="">></tranqui,>
      Tuvo que cerrar los ojos para que los párpados ayudaran a humedecerlos… el polvo le estaba irritando. Para cuando saliera la nieve no sería suficiente para refrescarse, ni mucho menos.
      Del lado derecho de la sala se hallaba otra puerta, muy parecida a la anterior. Al asomarse por las ventanillas, Abraham se dio cuenta de que en el interior, había otras escaleras de caracol, muy estrechas.
      Movió los ojos e hizo repaso mental de todo lo que había recorrido, desde la entrada del manicomio hasta ese punto. <<no quiero="" perderme="">> pensó <<y eso="" puede="" ser="" exactamente="" lo="" que="" me="" va="" a="" pasar="" si="" distraigo="" un="" segundo="">>.</y></no>
      Por un momento se le ocurrió que, al momento que intentase salir del manicomio, la configuración interna de éste cambiaría por completo, confundiéndolo y atrapándolo, como una nepente.
    • Bueno, ya pensé en esa posibilidad, ahora tendrás que idear tú una idea más original para hacer que me pierda –dijo, mirando hacia arriba-
      No pasaron tres segundos sin que se arrepintiera profundamente de ello.
      Suspiró, y cruzó la puerta que tenía frente a él. Tanteó en la oscuridad el pasamano de las escaleras, y empezó a subirlas.
      <<cuarto piso="">> pensó</cuarto>

    ! 7
    .
    Lo que se encontró después del último escalón fue una pequeña portezuela de hierro, como las que utilizan en los cines para salidas de emergencia. Por un momento, Abraham temió que estuviera cerrada con llave (porque ser inaccesibles es el mensaje intrínseco de ese tipo de puertas) pero por el contrario, estaba abierta. Hundió la palanca sin ninguna dificultad.
    No le extrañó encontrar un pasillo.
    Sin embargo, éste tenía una particularidad que lo alejaba de los demás, tanto del manicomio como del hospital: era elegante, todo era madera, con materos de plantas artificiales de colores extravagantes a los lados, y cuadros que mostraban figuras que parecían de hombres burgueses, con sus trajes, sus cadenas de oro, e inclusive sus monóculos. Sobre el techo guindaban dos complejas y acicaladas lámparas de cristal.
    Al final, había una enorme puerta de madera.
    Abraham posó el oído sobre ella, esperando escuchar algo del otro lado.
    Pero todo estaba en silencio.
    El rechinar de la madera y las bisagras se le hicieron infinitos, y sobre todo, le hizo temer que algo le saltara desde adentro. <<ya, por="" favor,="" ya,="" no="" ha="" pasado="" nada="" antes,="" y="" va="" a="" pasar="" ahora="">></ya,>
    En efecto: no sucedió nada. Sin embargo, no esperaba encontrar una biblioteca en el manicomio… pero ahí estaba: los altos muebles llenos de libro hacían un semi-laberinto en la sala.
    Muy diferente del piso de abajo, ahí habían gruesos sillones forrados de cuero negro, un escritorio cómodo con una lamparilla clásica y un porta-bolígrafos elegante, y varios sofás, parecidos a los anteriores sillones. Abraham pensó que ése debía ser el lugar donde los doctores se reunían a leer o pasar el rato.
    Los estantes estaban llenos de libros de medicina y sicología de todos los tipos, había enciclopedias.
    Respiró suavemente, viendo a su alrededor, como un animal que de pronto ha salido en un lugar completamente extraño, y llenó sus fosas nasales con el olor del cuero, del lujo.
    Cercano a la pared, casi inmediato a la puerta, se hallaba la escribanía, y sobre la madera lacada y pulida del escritorio el inmenso libro de registro, abierto por la mitad.
    Abraham se sentó sobre el sillón más grande y –aunque le costó una enormidad- intentó relajarse lo suficiente como para sentirse cómodo.

    • Todo lo que te falta es un tabaco y unas pantuflas, Abraham –le dijo alguien, desde atrás-
      Pegó un brinco y se dio media vuelta.
      El hombre que estaba acurrucado allá, al fondo de un estante, en la semi oscuridad, con una bata blanca, y los cabellos desordenados, se echó a reír.
    • Hola, Abraham…

    ! A Abraham le temblaron los labios, antes de poder articular una palabra.

    • ¿Gianluca?
    • … Siffredo. Es un gusto saber que todavía te acuerdas de mí, zoquete.
      Dicho esto, se echó a reír, otra vez.
    • Creí que te habían matado.
    • Sí, bueno…
    • Murillo me dijo...
    • ¿Murillo? –Interrumpió- ¿El doctor Alberto Murillo? No, ése no te dijo nada… es un idiota. Acércate, vamos a hablar.
      Por el contrario, Abraham retrocedió un paso.
    • ¿Dónde estuviste?
    • Aquí, en el manicomio… lamento haberme ido sin avisar, pero supuse que te las arreglarías solo.
    • Gianluca, ¿qué está pasando aquí?
      El hombre itálico giró sus enormes ojos verdes de un lado para otro, como un loco.
    • ¿Aquí? ¿A qué te refieres?
      Aquello diezmó un porcentaje inmenso de su paciencia.
    • ¡Al hospital, coño! ¡Y al manicomio! ¡Tú sabes a qué me refiero!
    • Aquí no está pasando nada, Abrahamcito.
    • Mira, maldito enano hijo de puta, por si lo quieres saber tengo suficientes pruebas para que a la mitad de las personas que trabajan aquí las echen en cana hasta que sus huesos se pudran. Dime qué está pasando en el San Niño, Gianluica, dímelo ya.
      El hombre se echó a reír, poniéndose de pie lentamente, y con visible dolor, pasando una mano sobre sus desordenados y grasientos cabellos.
    • Estás de mal humor…
      No había palabra suficiente que Abraham pudiese emplear como respuesta, pero no hizo falta, porque Gianluca Siffredo ya estaba maquinando decir algo, mientras respiraba, con aparente dificultad.
    • Te equivocas, aquí nadie va a ir preso.
      Abraham tuvo ganas inmensas de rebatir ese argumento, pero el hombrecito, que a diferencia del bronceado con el que lo había conocido, lucía ahora una piel lechosa, blanda, y fría, tenía algo más importante que decir.
    • Nunca nadie ha ido, nunca nadie irá. Tú no vas a salir de aquí, Castelblanch, nadie puede.
    • ¿Te está pasando lo mismo que a mí?
      La contestación fue una sarta de risitas flemáticas, como pedazos diminutos de vidrio derramándose en el suelo.
    • No, no me está pasando lo mismo que a ti, muñeco. De todos, tú eres el más imbécil… tú sólo estás atrapado aquí.
    • No me llames imbécil por no estar involucrado en lo que se cuece aquí, repulsiva bolsa de mierda.
    • Oh ¿tú también lo sabes?
    • Sé todo sobre los órganos.
    • Oh...
      Siffredo asintió varias veces, con el ceño estirado, y las comisuras de la boca hacia abajo, con irónica condescendencia. Abraham deseaba saber qué cara pondría durante el segundo en que se le arrojara encima para partirle el rostro, y no le faltaba demasiado para hacerlo.
    • Tienes sólo la mitad de la galleta, Castelblanch –dijo de pronto-
    • ¿La mitad de la galleta?
    • Sí.
    • ¿Y cuál es la otra mitad?
    • La que tengo yo.
      Abraham se quedó en silencio, a lo que Gianluca sonrió, poco a poco, formando arrugas espantosas en su cara.
    • Eres un morbosillo… te gustaría saber de qué se trata, ¿verdad?
      No le contestó nada.
    • La otra mitad de la galleta es lo que estuvo pasando del otro lado del San Niño, en el hospital, y es casi tan gordo como lo de los órganos…
    • ¿Qué es?
    • ... sólo lo sabía yo, y por supuesto, unos pocos más. Murillo no tenía ni idea. Pero eso no importa, después de lo que hizo, habría tenido que tener muy buenos cojones para escandalizarse con lo que pasaba en el tercer piso del hospital. ¿Alguna vez llegaste a entrar a una de esas habitaciones, Abraham?
    • No.
      Pero de pronto, recordó a <<victoria>> la niña de las muletas, el oso de peluche… el...</victoria>
    • Sí, sí entré.
    • ¿Te pareció una habitación de hospital?
    • ¿Una qué?
      Gianluca se echó a reír, con más estruendo.
    • Por Dios, qué estúpido eres. Qué pelotudo… tal vez por eso acabaste así, de suplente de enfermero. No me da lástima que estés atrapado aquí, ¡idiota!
    • ¿Qué estuvo sucediendo en el hospital?
    • Ve y averígualo tú mismo. Ve al tercer piso, y entra a cualquiera de las habitaciones... te vas a dar cuenta.
    • ¿Y qué va a pasar contigo?
      Gianluca se quedó en silencio, por breves instantes, viendo fijamente a Abraham.
    • ¿Qué va a pasar conmigo?
    • Ya me oíste –dijo, con falsa empatía-
    • Yo no voy a hacer nada, yo…
    • Después de todo lo que hiciste, Gianluigi, te tiene que pasar algo.
      Abraham empezó a pasear la mirada por toda la sala.
    • ¿A qué te refieres, Castelblanch?
      Pero su interlocutor se había dado media vuelta, sin decir nada, limitándose a buscar. Rodeó el sillón que tenía detrás de sí, viendo hacia todos los extremos.
      Finalmente, como caído del cielo, Abraham encontró algo que le serviría.
      Dentro de una hielera vacía sobre el mueble de agasajos, había un largo y delgado picahielos sobresaliendo a un extremo. Abraham lo extrajo, y lo observó de cerca.
      La montura de sus anteojos brillaba con el suave destello del utensilio.
    • Me refiero a todas las cosas malas que has hecho.
      El rostro del hombrecito se transformó de inmediato, sus cejas se dispararon hacia arriba.
    • Yo no hice nada malo, Castelblanch.
    • Acabas de confesar que lo hiciste, tarado.
    • Yo sólo hice lo que el doctor Borghild me dijo que hiciera.
    • Estás razonando mal, infeliz… claro que sí hiciste algo malo.
      Se echó al suelo y recogió sus piernas, apoyando las manos al suelo, abriendo bien los ojos.
    • ¡Yo sólo sabía! –Gimió-
    • Sí, y no hiciste nada.
    • ¿Tú estás loco? –Reclamó, riéndose, con un rostro más pálido que antes- ¿Qué iba a hacer?
    • ¿Llamar a la policía, tal vez?
    • ¡La policía estaba con ellos, imbécil! ¡Borghild…
    • ... conocía a un oficial, sí –le interrumpió Abraham- Pulasky. Era sólo un oficial, Gianluca, no toda la fuerza policíaca. Pudiste haber hecho algo más.
    • Aléjate de mí.
      Abraham caminó dentro del angosto corredor formado entre los muebles llenos de libros.
    • No te vas a atrever, Castelblanch, déjame en paz.
    • Hasta hace poco estuve jugando con la idea de suicidarme. ¿Qué más hiciste?
    • Más nada –chilló, recogiéndose a sí mismo como un niño- yo no hice más nada.
    • Y El Papa no caga, ¿verdad? Dime, y prometo que no te voy a hacer daño.
      Abraham sólo pensaba que era emocionante el haber jurado que sería capaz de hacer “algo a alguien”, allá abajo, cuando descubrió a los niños enfrascados, y que en verdad lo iba a llevar a cabo.
      Sin embargo, no se trataba sólo por los niños envasados, había mucho más que eso.
      Levantó el brazo, con el picahielo apuntando directamente a la humanidad de Gianluigi, cuyas manos temblaban.
    • Si me dices no te voy a hacer nada.
    • Estás mintiendo, Castelblanch –dijo, llorando- te volviste loco, lo puedo ver en tu cara. Te volviste completamente loco.
      Era demasiado obvio que no se iba a ir sin hacerle nada a Gianluca. Más que en los niños envasados, estaba pensando en la humillación que le hizo aquél día… aquél día cuando todo empezó. Pero eso no importaba, porque Abraham conseguía camuflar muy bien todo entre un maremoto de recuerdos.
      El hombrecito metió la cabeza entre los brazos, con los ojos cerrados, arrugando la cara.
    • Yo sólo le hice daño a un niño
      Pero gemidos y lloros, lo que salió de esa frase fue un pálido “o lo ce año a un iño”.
    • ¿Qué le hiciste?
    • Borghild me pidió que lo hiciera.
    • Yo no te he preguntado por Borghild, nadie está hablando de Borghild, Siffredo, estamos hablando de ti. ¿Qué hiciste?
    • Estaba… –dijo, moviendo su mano circularmente, como si estuviese pintando en el aire con un creyón de cera- rayó una pared. Hizo una mancha enorme.
    • Ya deja de llorar. ¿Y qué pasó?
    • Borghild me pidió que le aplastara los dedos con un martillo. Los deditos... dijo que eso le iba a enseñar.
      Se limpió las lágrimas con la palma de sus gruesas manos, tenía los ojos hinchados, y los hombros iban y venían al compás de su pecho.
    • Se murió del dolor –puntualizó- no soy un médico, no sé nada, pero se murió al cabo de tres días. Yo pienso que fue el dolor.
    • Yo conozco a ese niño.
      Los inmensos ojos de sapo lo observaron, con gesto sorprendido.
    • Ha vuelto a dibujar la mancha sobre mi pared…
      La cara de Gianluca Siffredo se contrajo de horror.
      Abraham se hallaba más que dispuesto, pero sólo faltaba una cosa accesoria… decir algo. No se le estaba ocurriendo nada, su mente no podía pensar con suficiente lucidez.
    • Te toca.
      Se dejó caer de rodillas, abalanzando el picahielo contra el cuello del hombre. Una y otra vez, sin parar, hasta quedar empapado en sudor. Al cabo de varios minutos, lo que reposaba en el suelo, en posición fetal, no era ya la figura de un ser humano sino un muñón rojo y empapado. Abraham, sin embargo, continuó castigándolo, levantando nuevos chorros de sangre, despellejando la ropa y la piel, hasta que cayó agotado.

    ! Parte XIV

    ! Patricia Corriz se hallaba en la estación de Retiro, con una mano haciendo sombra sobre su frente, buscando a un ómnibus que no acababa de aparecer y que tenía ya treinta minutos de retraso.
    A ella no le molestaba en lo más mínimo, era demasiado dulce como para que los axiomas típicos de Buenos Aires la molestaran. No se dejaba agobiar por muchas cosas, no se dejaba entretener obsesivamente por la pantalla de arribos.
    Y de hecho, más que agobiar; no permitía que muchas cosas tomaran un sitio lo suficientemente importante como para ponerla en un cuadro de estrés cotidiano, mundano, tratándose de la gran ciudad, con la excepción ineludible de su profesión, no sólo porque era su brújula en la vida, sino porque era una de esas que hay que tomar en serio.
    Sobre ella se habían referido una vez como “anacrónica” porque tenía ese tipo de rostro que se asocia a épocas de abolengo, y el hecho de que a menudo la llamasen “Karen” (por su impresionante parecido físico a la otrora personaje de Will & Grace, cuando estuvo de moda) no hacía sino poner más leña a aquellos comentarios que se habían convertido en muletillas, porque la mayoría sentía que había poco de qué hablar con ella.
    Patricia debía pertenecer a ese extraordinario porcentaje de mujeres que no soñó nunca con ser actriz. No acarició tal idea en una sola de sus fantasías; no era lo suyo, y si algo le sobró desde que era joven, era tener los pies puestos donde los debía tener.
    Su cara era circular, y su cuerpo tenía ciertas redondeces. Más de uno, sin pena, se había referido a ella como “gorda linda”. En sus ojos y cabellos negros, siempre recogidos hacia atrás, es donde obraba la mayor parte de aquella magia en la que uno no podía evitar verla con un vestido parisino burgués. Hubo muchas mujeres como ella, en esos tiempos, que encajaban bastante bien con el rompecabezas de entonces.
    Su barbilla redonda se acentuaba en cada sonrisa, y sus manos femeninas, con esos dedos puntiagudos, sujetaban el equipaje de mano, que era un bolso antiguo y de aspecto esponjoso. Como una especie de monedero enorme.
    Cualquiera hubiera pensado que verla en medio de una guerra hubiese sido la cosa más cruel del mundo, quizá incluso descabellada. Noción incorrecta: atender a una larga cantidad de heridos habría sido lo que mejor se le hubiese dado durante horas e incluso días. Patricia era fuerte, aunque no lo aparentaba. También pertenecía a esa reducida cantidad -no de mujeres, sino de seres humanos en general- que podía ver la carne y lo que había dentro de ella sin inmutarse.
    Ahí llegaba finalmente el ómnibus, ese que la llevaría al sur. Hubiese querido pagarse un boleto de avión, pero al meditarlo bien, concluyó que no tenía prisa, y que si bien no preocuparse por los disgustos de la Argentina moderna no era óbice para saltar en una piscina llena de problemas, Aerolíneas Argentinas le habría causado un par que no había por qué no evitar. Tenía unas largas vacaciones por delante (si a dos semanas podían llamárseles largas vacaciones). El jefe de médicos, <su>jefe, había sido algo egoísta: ella le había dicho que necesitaba sólo una semana, no tenía nada más interesante que hacer (ni ahora ni nunca), pero él insistió en darle dos, porque le pareció que con eso estaría más contenta. Era uno de esos tipos que no podía entender a las personas como ella.</su>
    Se había convertido a los 28 años en la jefa de enfermeras más joven del hospital, y además una de las más jóvenes en toda la historia de la ciudad. Bajo su mando había alrededor de cuarenta colegas, muchas de ellas le sacaban bastante edad. Pero a la mayoría no le importó nunca, porque después de todo no hacía falta echar las cartas para verlo con claridad: Patricia había nacido para ello. Patricia sabía de todo y resolvía cualquier problema. Patricia era el jodido milagro ambulante del hospital Buena Ventura, quizá el primero de su clase en setenta y nueve años.
    Y ahí se hallaba, como hipnotizada, viendo al logo de el águila dorada pintada en la superficie del ómnibus.
    Uno que la llevaría de Buenos Aires a Provincia de la Pampa, y de ahí a la provincia de Río Negro. Entonces tomaría un autobús hacia su destino final: Valle de la Calma.
    El lazo que la unía a ese lugar era extraño; ahí había nacido ella, pero a la hora de la verdad, para la mayoría, eso significa poco.
    La habían dado a luz en la casa Corriz, (su madre no quiso ser trasladada al hospital más cercano, se resistió con ímpetu formidable, las atenciones y necesidades del bebé serían atendidos en casa, pues así lo había previsto y planificado.)
    Su madre tenía un carácter extraño, pero fue una excelente mujer, y una grandiosa madre, mientras duró. Ahora, a los 33 años, Patricia la recordaba con un nexo poderoso y especial. Habían muchas preguntas sin respuestas, pero eso no importaba ahora: a la edad de Cristo empezaba a tener dudas que no deberían haber aparecido sino hasta quince años después, cuando uno se toma en serio por primera vez eso de que cada vida tiene un ocaso y que nada dura por siempre. En su caso, iba a desquitar esas dudas existenciales visitando la casa donde había nacido, el lugar donde empezó todo.
    Ahí, donde había vivido por dos meses hasta que estuvo lo suficientemente estable como para ser sacada de Valle de la Calma, a casa de la tía en Buenos Aires, casi de contrabando. La señora Muriel Corriz no tenía intenciones de que su hija creciera en el pueblo, y todo lo que Patricia sabía era que, si no se había marchado para darla a luz en Buenos Aires en primer lugar, había sido por fuerzas mayores a ella.
    ¿Cómo? Eso no importaba ahora, esas iban a ser por siempre preguntas eternas, su madre había tenido sus razones y sus problemas; eso era todo lo que necesitaba saber. Ella había sido una buena mujer.
    Los recuerdos y los nexos era una razón accesoria que alfombraba la causa de más peso para el viaje: Patricia necesitaba dar testimonio ante el departamento de hacienda local de que la casa pertenecía a su madre, y que, por lo tanto, ella ahora era la propietaria. No quería perderla, porque tal vez, algún día, tendría necesidad de ella. Podía ser para su retiro, al jubilarse, o bien podía inclusive venderla.
    Y sí, también estaba eso: sacar todas las cosas de importancia de ahí, todos los <<nexos>> de su madre.</nexos>
    El problema era que la difunta señora Corriz no había dejado en el testamento que esa casa le pertenecía ahora a Patricia (ni a nadie), ni tampoco hizo ningún esfuerzo por venderla… a decir verdad, Muriel se desentendió con ese lugar en todo lo que le restó de vida.
    Se había informado muy bien por el hermano de un doctor, quien era abogado, que, cuando este tipo de situaciones suceden, el estado se queda con la propiedad. Sin embargo, el estado en sí no parecía interesarse mucho por Valle de la Calma. Así que su antiguo lugar de nacimiento estaba destinado a convertirse en un punto muerto, una dimensión desconocida, como muchas que hay en Argentina.
    Quedarse con la casa sería un accesorio, un premio mayor. Pero era improbable. Por eso, se iba a llevar todo lo que le pertenecía a su madre, al menos las pequeñas cosas. Eso nadie podía quitárselo.
    Y las dos semanas de vacaciones que tenía por delante (su último día de trabajo había sido el domingo, ella no perdía el tiempo) los dedicaría a poner ciertas cosas en orden. Cosas viejas.
    Como alguien que muchas veces sintió en la carne ese lazo, vínculo especial con la madre, (muchas veces en sueños, muchas veces, de forma acentuada, al despertarse por la noche) Patricia tenía, desde luego, curiosidad en saber cosas con respecto al tema con el cual la tía Adriana siempre se ponía pesada: ¿por qué su conducta tan extraña con respecto a ése pueblo? Muriel se había pasado toda la vida evitando ese tema con tal celo que se lo había llevado a la tumba. Con eso pensó, tal vez, que mataría el secreto, por eso Patricia se sentía mal al pensar en ello, porque estaba haciendo algo que posiblemente, su madre no quisiera que hiciera. Peor, estaba jugando sucio.
    Pero tal vez eran sólo “cosas de ella”, cosas de mujer mayor. ¿Se había ido por un hombre? ¿Por un altercado? ¿Por un problema grave? Eso no tenía importancia: <<ya 33="" han="" pasado="" años="">> creyó <<no hay="" mal="" que="" dure="" tanto="" tiempo="">></no></ya>
    El sonido del motor la sacó de su mundo: el ómnibus estaba estacionado ya.
    Quería estar en el andamio para aquél momento. Era primera vez que viajaba en ómnibus, y quería sentir en ella toda la experiencia del viaje, inclusive verlo llegar.
    La brisa fue lo suficientemente fuerte como para jalar su bolso de mano.
    De toda la gente que estaba esperando en el andamio, ella fue la primera en abordar, mientras el resto hacía fila, para dejar todos sus pesados equipajes con el acomodador.
    Antes de entregar el boleto al oficial, se dio media vuelta para observar el relieve de Buenos Aires, por última vez.
    Tal vez aquellas sí serían unas largas vacaciones.
    .
    2
    .
    Abraham se despertó, lentamente.
    Estaba consciente de que se había desmayado, el problema es que no sabía exactamente por cuánto tiempo.
    Levantó la cabeza, y luego el torso, viéndose empapado de sangre. Sus reacciones se empezaban a manifestar lentamente. Al lado de él, reposaba el cadáver de lo que alguna vez había sido su jefe.
    Se sabía a sí mismo como un asesino. ¿Qué sensación dejaba aquello? Era difícil explicarlo, porque el sentimiento más primario, más próximo que se tiene es la histeria, por lo menos en un chico normal, como él, una mezcla amarga entre <<¿qué he hecho?>> y <<me va="" a="" atrapar="" la="" policía="">>.</me>
    Pero esa última posibilidad no estaba presente (ojalá la estuviera).
    Así que ¿qué quedaba? No lo sabía. Aquello era como cuando perdió la virginidad, se sentía ingrávido, como si estuviese cruzado a otra dimensión.
    <<maté a="" alguien="">>. Y vaya forma de hacerlo.</maté>
    <<ahora eres="" como="" papá,="" abraham…="" exactamente="" papá="">></ahora>

    • Cállate.
      Se vio las manos. La sangre no había salpicado entre sus dedos tanto como en sus brazos. Sus anteojos, que por supuesto, se le habían caído, habían ido a parar en la espalda de Gianluca.
      Lo recogió, con delicadeza. Uno de los espejuelos goteó sangre. Comenzó a limpiarlo con su franela, ayudándose con el dedo pulgar.
      Vio de un lado a otro. Todo seguía igual en la biblioteca.
      Luego observó el cuerpo. La espalda casi jorobada, al rojo vivo, de lo que alguna vez había sido un ser humano.
      Se apoyó de una mano para ponerse de pie. Pensó en si debía llevarse el picahielos. Le podría servir como un arma: ¿o quizá, por instinto, pensaba en no dejar ahí la prueba del delito? Un solo pensamiento bastaba para tomárselo con desenfado; eso no importaba, no importaba para nada, <<vuelvo y="" repito,="" no="" me="" van="" a="" venir="" buscar="" en="" el="" lugar="" donde="" estoy="">>.</vuelvo>
      Respiró como si estuviese esnifando algo, y se limpió el costado de la frente con el reverso de la mano. Sentía que necesitaba un baño.
      Se palpó el bolsillo: no, no se había mojado de sangre la libreta de Murillo, con sus mórbidas confesiones. Esa era la prueba que lo ayudaría a justificar ante sí mismo lo que había hecho, aún cuando en sí, haberlo hecho se sentía como… tener la necesidad de oler un marcador y en respuesta inyectarse droga en la sangre.
      Observó la hielera plateada de donde había sacado el picahielos. Estaba volcada en el suelo, acompañando a varias otras cosas derramadas.
      Pero eso no tenía importancia ni significado alguno; lo que le llamaba la atención estaba ahí, cerca del cubo; era una libreta, una como la de Murillo, pero ahora de piel negra.

    ! De entre todo el regadero de cosas, eso fue lo que más le llamó la atención.
    Y sí, había que pensar en ello, porque era inevitable… claro que lo era; el manicomio se manifestaba otra vez. Era como antes, exactamente igual; aquello no era accidental, aquello había sido puesto ahí para que él lo encontrara, y… y…
    Fue hasta allá, y la recogió del suelo.
    En el momento que levantó su dedo pulgar para abrir la tapa y empezar a ojear las páginas, entendió qué era ese tapujo, ese algo que luchaba por llegar a la palestra de su cabeza, y… y…
    Levantó la muñeca y observó la hora, sintiendo ya un ardor horroroso en su cabeza… porque Abraham sabía bastante bien lo que estaba pasando, o más bien, lo que estaba por pasar…
    Eran las 5:40 pm.

    • ¡DIOS MÍO, NO!
      En cualquier segundo comenzaría a oscurecer: ¿no se lo había advertido la nota, la nota debajo de la cama? “¿No dejes que la noche te agarre en el manicomio?” ¿Eso era lo que decía, justo antes de la postdata? No estaría en la salvedad de su cuarto para…
      <<para evitar="" ser="" ¿comido,="" destrozado,="" descuartizado?="" por="" el="" ente="" que="" estaba="" detrás="" de="" tu="" puerta="" ayer,="" cuando="" cogiste="" la="" nota…="" abraham,="" él="" está="" acercándose="" ahora,="" hecho,="" aquí="" contigo,="" en="" biblioteca,="" contando="" los="" segundos="">></para>
    • ¡NO, NO!
      Salió disparado contra la puerta, abriéndola de golpe. La oscuridad del pasillo lo aterrorizó, hasta el punto de no sentir los zapatos en el suelo, pegando alaridos.
    • ¡DIOS MÍO, CÓMO PUDE SER TAN ESTÚPIDO, COMO PUDE HACER ESTO, COMO PUDE, COMO PUDE…!
      Bajó por las escaleras de caracol, golpeando la cadera repetidamente contra el barandal, estrellando su delgada carne contra el hueso de la cintura. Pero eso no importaba, ningún dolor importaba ahora, su corazón era una tormenta enferma …
      Escuchó el estruendo de la puerta de arriba: ¡alguien la había abierto! ¡No era una alucinación! ¡Alguien la había abierto de verdad! ¡De verdad, verdad!
      <<ya ha="" empezado="" a="" perseguirte,="" abraham,="" la="" cagaste,="" cagaste="">></ya>
    • ¡NO! ¡NO! –Chilló, seguido de un grito de histeria-
      La sala polvorienta estaba casi totalmente oscura, salvo por la luz parpadeante que venía del pasillo, la del (gordo loco encerrado). Abraham no podía pensar en él, no podía pensar en mada más que el instinto animal, sobrenatural, de salvarse.
      Corrió a través del pasillo, y se arrojó contra la puerta.
      “tan tan tan tan tan tan tan tan tan”, el ente venía bajando las escaleras de caracol de la sala de atrás. Estaba corriendo también. Lo escuchó perfectamente bien.
      No eran alucinaciones, era real, lo escuchó, lo escuchó, lo escuchó…
      <<¿Abraham, por qué no haces lo único que podrías hacer ahora? Detente, no puedes escapar. Detente y plántatele, y lucha. No sigas escapando. Debería darte la vuelta y verlo… va a ser horrible, sí, pero no puedes escapar, no puedes…>>
      Alzó otro grito despavorido, bajando a su vez las escaleras que llevaban al segundo piso: el de las mazmorras.
      Se le ocurrió esconderse en una de las habitaciones del pasillo contiguo, tal vez en la misma que usó para huir de la niña <<huir, huir,="" huir="">> pero sería inútil; el espectro no era tonto, no era la niña… y podía olerlo.</huir,>
      Corrió por el pasillo, las rodillas casi le llegaban al pecho, y los brazos se zarandeaban para arriba y para abajo, como una hoz.
      Jadeaba, gemía, su pecho emitía vibraciones agudas, y sus anteojos estaban empañados, Abraham se los sacó de la cara y los arrojó al suelo, dejándolos atrás.
      Abrió la última puerta, y salió en la boca de lobo que eran los escalones que lo conducían al primer piso. No se tomó la molestia de bajarlas: saltó directamente.
      El espectro venía corriendo ya por el pasillo, en cuestión de nada abriría la puerta que él casi había derribado. De hecho, había creído escuchar como pisaba sus anteojos.
      Abraham salió disparado por la sala de abajo, por un segundo aterrador pensó que se lastimaría el tobillo con la caída, pero no sucedió.
      Pero, horror, le pasó aquello que tanto temió: se tropezó con un charco de sangre, y resbaló por el suelo, directamente hasta la puerta de salida, la cual hizo un ruido seco, cruel, con el sonido de su cabeza.
      Los tablones de madera podrida salieron disparados hacia fuera.
    • ¡DIOS MÍO! –Bramó, gritando- ¡DIOS MÍOOO!
      <<está muy="" cerca="" de="" ti,="" abraham,="" cerca,="" tal="" vez="" ya="" puede="" ver="" tu="" espalda="">></está>
      Se le ocurrió, muy profundo dentro de su propia mente, lo paradójico que era las formas en como las cosas habían terminado en el manicomio. Se preguntó, por un instante, cómo era posible que lo que nunca tenía que pasar pasara. Que la primera advertencia de la nota sería lo que al final lo condenara.
      Saltó por la nieve como un conejo, echó un vistazo al cielo: en efecto, ya había oscurecido.
      <<cómo pude="" dejar="" que="" pasara="" esto,="" cómo="" pude…="">></cómo>
      Fue dando brincos, echando mano hasta lo último de su energía, con los brazos extendidos por el aire. Cualquiera que hubiese visto la escena se hubiera reído, tal vez, pero en realidad hubieran gritado, hubieran gritado despavoridos, hubieran sido presas del pánico más aberrante y enloquecedor, al verlo, a ver aquello que lo estaba persiguiendo, acercándosele gradualmente, obviamente más hábil sobre la nieve que él.
      Saltó dentro de la vitrina rota del hospital, su frente se encontró con varios pedazos de vidrio que sobresalían de la parte de arriba. Los rompió de cuajo, pero no sin pagar un precio. Empezó a sentir su propia sangre sobre las cejas.
      <<irresponsable, idiota,="" imbécil,="" irresponsable,="" asesino,="" irresponsable="">></irresponsable,>
      Vomitó otro alarido, Abraham pateó la puerta doble y empezó a subir las escaleras, de cinco en cinco.
      Su cerebro estaba hecho un caos mental de horror, pensó en la roca madre, la roca de la locura, del suicidio, el punto del suicidio. Pensó en su padre, pensó en Susana, en su hermano, en escenas de su adolescencia, y luego de su niñez, y su madre, y luego todo se borró cuando un corrientazo de horror lo asaltó de vuelta.
      Salió por el pasillo, divisó su puerta entreabierta. Las lámparas estaban encendidas… el espectro ya estaba en el pasillo, sus pisadas tenían un peso formidable.
      Abraham empujó su puerta y la tiró al frente, cerrándola de golpe.
      Cayó de rodillas, llorando.
      Arrojó la libreta de cuero negro contra la puerta, la cual rebotó y cayó abierta sobre la alfombra.
      La sombra del espectro podía verse bajo el resquicio de la puerta.
    • ¡Hijo de puta, mamón! –Bramó, sollozando-
      .
      3
      .
      Hora y media después, Abraham todavía tenía el corazón acelerado. No quería ensuciar su propia cama, así que estaba tirado en el suelo, respirando con fuerza, desnudo.
      Estaba en shock.
      Tenía la mente en blanco; el horror puro se arremolinaba en torno a su cabeza como un huracán. No había nada coherente: casi me matan, casi me matan, casi me matan, casi me matan, casi me matan. Y en un lugar mucho más pequeño: asesiné a una persona, y no sólo eso, sino que para hacerlo se ayudó de un picahielos, y ¿qué más? Oh, sí: todavía no habían esperanzas de escapar del San Niño… no, nada que ver.
      Sin embargo, su dominio sobre la información se había expandido sobremanera, y eso le podría dar mucho que pensar. Abraham lo sabía, lo sabía bien, el problema era que aún después de eso, la resaca del asesinato, y de su situación, permanecía embotándolo por completo, agotándolo mentalmente, por otro lado, tenía algo más importante de lo que encargarse: saberse ya a un paso de la locura.
      Locura que, por cierto, no sería ningún alivio, porque aún los locos pueden sentir terror.
      Oficialmente, el San Niño había tratado de matarlo, por primera vez, hoy, en la noche.
      Levantó la cabeza, viendo entre los dedos de sus pies al resquicio de la puerta. No había sombra alguna, el espectro se había marchado.
      Volvió a apoyar la cabeza al suelo.
      Intentó enviar algo de oxígeno extra a sus pulmones, respirando profundo… de ese modo su corazón se calmaría. Estaba seguro de que esa noche no iba a dormir, y el día de mañana no guardaba esperanza alguna. Todo el mal volvía a su cauce natural.
      Se levantó del suelo, sentía dolor en la espalda, y sus músculos estaban agotados. Su cuerpo tenía ganas de dormir, pero su mente no se lo permitiría, de ninguna manera. Abraham no tenía forma de saber qué era conveniente para él, sus pensamientos estaban demasiado alejados de cualquier pensamiento racional. La comida tampoco suponía un problema: no le importaba que siguiera allá afuera, en la cornisa, porque tampoco tenía hambre, a pesar de que su estómago rugía.
      Caminó lentamente hasta el baño, y encendió la luz.
      Su cuerpo estaba húmedo, la sangre de Siffredo había traspasado la ropa, y además, hasta hace poco había estado empapado de sudor.
      Se dio media vuelta, observando la pared sobre su cama: la mancha ya no estaba ahí.
    • Supongo que ya no tienes nada que decirme… –musitó, con un hilo de voz- eso está bien. Siento si te hice sentir mal, cuando me asustaste. Lo siento mucho. Lo siento mucho…
      Hablando del tercer piso, Gianluca le había dicho que ahí estaba <<la otra="" mitad="" de="" la="" galleta,="" galleta="">>, lo habría anotado, de haber podido. No quería olvidarlo, aquella revelación era similar a la nota que había recibido ayer. Su nueva incursión podría remontarse a sólo dos pisos arriba del suyo. Eso era mejor que volver al manicomio.</la>
      Empezó a llorar, otra vez. <<todavía no="" pierdo="" las="" esperanzas="">></todavía>
      .
      4
      .
      La enfermera llegó corriendo a la oficina del doctor González, sin molestarse en golpear. Con la falda apretada bajo la bata y los tacones puestos, parecía una muñeca Barbie atrapada por las limitaciones de sus propias articulaciones de goma.
    • ¡Doctor!
      En su voz había reproche, reproche sin vergüenza ni miedo. González tenía el celular sobre el escritorio, y estaba apagado. Un doctor nunca debe tener el celular apagado, pero el bueno de González tenía todavía demasiadas cosas en qué pensar, las radiografías de su paciente estaban regadas sobre la mesa.
    • ¡Es Susana Marceni! ¡Se está muriendo!
      Hacía por lo menos diez años que González dejó de pensar que podía volver a correr con tanta fuerza como lo estaba haciendo ahora…
      .
      5
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      Nunca en su vida se había bañado con agua tan caliente.
      No lo hizo intencionalmente, es sólo que su mente estaba tan desconectada de su cuerpo, que Abraham no sentía (o bien no le importaba, que es casi similar) estarse quemando.
      De todas formas, la sangre impregnada se había limpiado ya, y ahora no era más que una sopa de tomate circular entre sus pies.
      Cerró la regadera, tendría que esperar varios minutos de pie antes de coger la toalla, si quería secarse bien. El vapor que se había acumulado en el baño era tal que hubiese podido enjabonarse y bañarse sólo con él, metafóricamente. Pero él mismo sabía, en algún lugar profundo de su encogido y ahora precioso terreno racional, que su cabeza estaría deambulando en la nada tres horas más, antes de tomarse por lo menos unos cuarenta y cinco minutos en hacer algo tan simple como comer, o intentar dormir.
      Era la Tormenta Perfecta. Pero todavía seguía cuerdo, sí… por fortuna, todavía no habían echado abajo la torre de su cordura. En el fondo, él también lo sabía.
      Posó la mirada sobre la libreta de cuero, colocada detrás del grifo del lavamanos. Él mismo la había recogido del suelo, porque, entre esos pocos momentos de lucidez repentina, entre esos pocos “despertares” de su resaca, había intentado “defenderse” buscando una distracción, y dejarla al alcance de la vista era la mejor manera de recordarle que tenía lectura por delante. Había sido una buena idea, porque se había olvidado de ella al minuto que entró a la ducha, y seguramente volvería a olvidarla el segundo después que dejara de verla.
      Ahí estaba, desnudo, de pie, chorreando agua desde hacía rato, viendo fijamente el pequeño librito de hojas desgastadas. Sin distraer su mirada de él, estiró un brazo para tomar la toalla, y pasarlo por sus cabellos, y su cara. Sus ojos eran más grandes que nunca.
      <<toalla, calma,="" libreta="">></toalla,>
      Ni él mismo podía seleccionar las palabras que pasaban por su cabeza.
      Respiró profundamente por la nariz (el agua caliente había hecho trizas lo que quedaba del conato de resfrío). Cogió la libreta. Se sentó al borde de su cama, observando como el vapor todavía se deslizaba desde fuera de la puerta del baño, espectralmente.
      <<odio a="" dios="">></odio>
      No sabía ni por qué pensaba lo que pensaba. Muchas veces podían tenerse pensamientos no selectivos, a él le pasaba cuando divagaba, sin embargo, nunca se había sentido tan fuera de control como ahora, tan desconectado. Era como tener una brújula que gira caprichosamente.
      <<brújula>></brújula>
      Abrió la libreta.
      El memo estaba escrito por un tal supervisor Olifante, que por cierto, tenía una letra espantosa.
      El supervisor Olifante estaba a cargo de las mazmorras, así como el doctor Murillo del pasillo que venía inmediatamente antes <>. En ella anotaba todas las anécdotas, travesuras y tiquis-miquis de los prisioneros. Por la forma tan mecánica en como el señor Olifante escribía sus reportes, Abraham supo, sin muchos problemas, que no lo hacía por cuenta propia, sino que lo obligaban a llevar un informe detallado.
      <<borghild>></borghild>
      Leyó varias cosas, algunas inclusive insignificantes, sin dudas, el supervisor Olifante no era una persona muy brillante. Anotaba cualquier estupidez, sin embargo, era un tipo que por lo menos aprendía rápido: su redacción mejoraba al cabo de cada decena de páginas, e incluso, le estaba agarrando el gustillo a escribir, porque ya podía configurar varios párrafos sin ningún problema, y lo hacía cada vez mejor.
      Los informes llegaban hasta la mitad de la libreta. Había listado varios nombres, pero nada que interesase a Abraham. Justo cuando estaba llegando al final, leyó: EL PRISIONERO DE LAS BARAJAS
      .
      6
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      El sargento Ezequiel Martinez leía un libro de Tom Clancy desde la comodidad de su cama, arropado con la sábana hasta la cintura. Huelga decir que, aparte de los parientes en Chile y Canadá, su única familia cercana era una esposa. No tenía hijos porque Charlotte no podía tenerlos, pero él decía que con ella bastaba para toda una vida, y le recordaba siempre que en su corazón (que no era pequeño) no podría caber más amor para otra u otras personas. Ni siquiera si fueran personitas. Con un marido así, Charlotte estaba feliz. Estaba de hecho tan feliz, que nunca dejó que su propia familia se interpusiera. Había vencido su sumisión y timidez. El padre de ella era un oficial de la marina (como si no fuera una combinación lo suficientemente explosiva que ella se casara con un chileno, siendo él veterano de Las Malvinas), un hombre de creencias fachas, conservador, a quien no le hizo nada de gracia saber que no iba a tener nietos, pero que luego en secreto se alegró de que no los pudiera tener porque estos iban a salir color café.
      Aquello había sido una pelea tremenda. Lucille, la madre, pensaba que Charlotte no entendía, pero a decir verdad, Charlotte a su vez estaba convencida que los que no entendían eran ellos, y tal vez tenía la razón, porque ella entendía bien ese “no entiendes” de su madre, y Ezequiel era mejor hombre que todos los hombres que había conocido, inclusive que los asnos sin gracia que le había presentado el padre. Y continuaba siendo un marido excelente, excelente aún después de quince años de matrimonio. De hecho, por quince años consecutivos, Charlotte pensaba que cada año había sido mejor que el anterior.
      Ahora sus padres, quienes eran personas mayores, se habían tenido que resignar a la idea, porque era más fuerte el sentimiento de no querer perder una hija que el de las cuestiones estúpidas que para ellos significaba un mundo y una luna. Y entre el marido y los padres, Charlotte había dejado claro iban a salir perdiendo ellos. Finalmente estaba todo en el pasado. Además, Ezequiel entendía bastante bien ese problema, lo suficiente como para meditar que a él tampoco le haría mucha gracia suponer que tiene una hija y que ésta decide casarse con un chino. ¿Estaba siendo excesivamente comprensivo con el marino facho? Quizá sí, quizá no, pero así eran las cosas, él entendía, sí, y además, le llenaba bastante el hecho de que ya no tenía nada que probar; él era el orgulloso sargento, en una de las poquísimas, extraordinarias ciudades -qué del país, sino de toda Sudamérica- que parecía primer mundista, y uno de los lugares turísticos más finos de toda occidente. Además, Ezequiel tenía la fortuna de no estar peleando una guerra profesional, porque las cartas estaban echadas: quien ascendería a capitán en cinco años sería él, cuando el viejo Lospinato se retirara.
      No, no le importaba tener hijos, pero en el fondo, se preguntaba cómo hubiese sido aquello. Charlotte era alta, tenía el pelo rubio, y unos ojos claros preciosos… dolió en su momento saber que ella no podía concebir, porque seguro que hubieran salido bellísimos. Su propio padre y su propia madre lo habían entendido; a los niños les hubiera tocado los abuelos “buenos” de parte de papá. Hubieran sido excelentes. Vaya desperdicio de abuelos.
      Pero ya no importaba, ya no.
      Su mujer también leía un libro, uno de Agata Christie. Nunca le había gustado Agata Christie, pero Charlotte tenía mejores argumentos contra Tom Clancy. Habían estado hablando de Fioritto, el gordo y amargado Fioritto, quien con su suspicacia (y sus increíblemente chistosas y groseras peleas con Karla, su mujer) los hacían reír hasta el punto en que, ante un descuido, cualquiera de los dos podría vivir un momento bochornoso y circular formándose en sus pantalones, durante esa barbacoa obligatoria que hacían ambas familias al menos una vez al mes.
      El problema es que Charlotte tenía la certeza de que Fioritto iba a morir relativamente joven… porque ningún corazón humano podía aguantar tanta grasa y embates iracundos. Ambos se lo advertían de la mejor manera posible, Karla insinuaba que lo mejor era que se muriera, de ese modo se daría el gusto de grabar en su la lápida “Te lo advertí, cretino”.
      Ya había leído cinco páginas haciendo algo propio de los malos lectores: no prestar atención a la lectura. Sus ojos paseaban por el texto, y la parte más superficial de su cerebro procesaba un montón de palabras que caían en un abismo. Su conciencia estaba concentrada en otra cosa. Algo que no lo dejaba en paz desde la tarde.
      El hospital San Niño.
      A Ezequiel jamás le había gustado el San Niño, nunca le había dado buena espina, nunca jamás. A Dios gracias que Bariloche tenía un hospital modestamente grande y lo suficientemente bueno.
      Pero él nunca se había acercado lo suficiente a las instalaciones del San Niño, y la verdad, jamás había deseado hacer tal cosa…
      … hasta hoy.
      Merodear tantas veces la idea, sin que él mismo reconociera a voz de su conciencia “quiero ir hasta ese lugar” lo llevó, de forma inconsciente, a pensar con claridad “llegar ahí no me tomaría más de veinte minutos”.
      Tenía que decidirse pronto, en el momento que Charlotte saliera del baño, sus ansias se aplacarían, y podría estar perdiendo la oportunidad de
      <<¿de qué?>>
      ¿De salvar a alguien?
      Él mismo se avergonzaba de esa idea, se avergonzaba tanto que daba miedo. Alguien así no sería capitán de ningún departamento de policía.
      Y sin embargo, la idea persistía, como un martillazo tras otro. Aquello ya no era su sexto sentido manifestándose, sino toda una orquesta premonitoria.
      ¿Pero acaso no había sucedido antes? ¿Acaso ésas premoniciones eran nuevas? ¿Acaso no había ocurrido exactamente la misma cosa cuando él era un cadete? Sí, claro que sí, con igual, sino es que mayor intensidad, en aquél tiempo en que las puertas del San Niño estaban abiertas, había sucedido antes de que saliera por televisión nacional todas esas horribles cosas sobre el hospital. Había sucedido antes de los suicidios en masa, sucedido antes de que decidieran clausurarlo para siempre.
      Ezequiel nunca se lo había contado a nadie, ni siquiera a su propia esposa: pero él sabía que cosas malas ocurrían en el San Niño antes de que el escándalo estallase. ¿Cómo lo sabía? No tenía idea, pero cuando vio aquel lugar por primera vez, desde la misma colina en que lo había visto hoy, sabía que algo no andaba bien ahí. Instinto de sabueso.
      Y en aquel entonces no había forma de explicarlo. Un chileno como él, novato, en un departamento de policía donde trabajaban puros blancos de aspecto anglosajón, no iba a arriesgarse a pedir una orden de revisión contra un hospital sólo por un “presentimiento”. Cuanto y menos si lo del apoyo de Chile a Inglaterra y a Thatcher seguían frescos.
      Por eso fue que el día que en la comisaría recibieron la llamada desde la policía de Valle de la Calma para que los ayudaran a controlar la situación que se había desatado en las instalaciones del hospital, a Ezequiel por poco le da un soponcio. Fue la experiencia más alucinante y religiosa de su vida.
      “Sí, algo estaba pasando ahí, en efecto”.
      A leer uno de los tantos reportajes que se imprimieron durante las semanas siguientes (e incluso meses, porque la cosa fue grave, aún con el formidable intento de contener a la prensa, exitoso hasta cierto punto, por la ubicación y por el invierno) sintió repulsividad. Repulsividad, rabia, impotencia, incredulidad, vacío en el estómago, enardecimiento, ganas de llorar. El artículo se titulaba “EL HOYO DEL INFIERNO”, y por una buena razón.
      Aquello era algo sobre lo que había pensado durante incontables horas, por muchos días, y seguiría haciéndolo en un futuro. Aquello lo había condenado para siempre: no pasaría una sola semana del resto de su vida sin que en algún momento y por alguna razón o asociación, pensara en el San Niño, así fuera por un par de segundos. Quizá eso era lo único que agradecía de no tener hijos; si los tuviera, pensaría en ese lugar todos los días.
      Sin embargo, el mundo se había detenido, había dado vuelta en dirección contraria, y comenzaba otra vez: sentía la imperiosa necesidad de acercarse al San Niño, porque algo malo estaba <<volviendo>> a suceder ahí.</volviendo>
      <<¿Quién en su sano juicio entraría a las instalaciones? ¿Y por qué estaría en peligro?>>.
      <<ese, ese="" exactamente,="" no="" es="" mi="" problema="">>, <<las causas="" nunca="" fueron="" mi="" problema,="" la="" solución="" es="" problema="">>. En efecto, por la mente de Ezequiel pasaba que ahora ya no había excusas, ahora era un sargento, ahora era respetado, ahora estaba resuelto en la vida, y…</las></ese,>
      Se levantó de la cama, y cogió las llaves de su auto.
    • Cariño, voy a salir.
      La voz de Charlotte salió difuminada entre la regadera, pero Ezequiel no contestó. Ya estaba bajando las escaleras. Contestarle era perder tiempo, contestarle era detenerse, era luchar contra una fuerza que lo iba a empujar de vuelta a la casa.
      Un sargento de la policía puede darse el lujo de llevarse la patrulla a casa, y dejarla aparcada para utilizarla, al día siguiente, sin embargo, no la llevaría para su pequeña inspección extra curricular, era una ofensa grave entrometerse en el territorio que es jurisdicción de otro departamento, sin embargo, y por si las dudas, llevaría su chapa en el bolsillo, y su 38 con el tambor cargado. Sólo se iba a dar una vuelta cerca del San Niño, no tenía planeado entrar. Tenía que hacer volar esa mala premonición de su cabeza, y pronto.
      Y mientras se subió al carro, y cerró la puerta, y puso el motor en marcha, Ezequiel entornó los ojos, con desesperación, y se frotó la frente.
      No tenía sentido, por el amor de Dios, no tenía sentido. Pero eso no evitaba que él mismo girara la palanca de cambios y pusiera marcha atrás para salir a la calle.
      <<¿Cómo demonios puedo pensar que alguien está atrapado dentro de un lugar que clausuraron hace más de 20 años?>>

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    Parte XV

    ! VALLE DE LA CALMA (XV)
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    1
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    Abraham sintió una lengua helada bajando por su columna. Por fin, había encontrado algo de utilidad entre toda la parrafada ineficaz de Olifante, el celador del manicomio.
    Ahora sabía que el dueño de aquella letra angulosa, ubicada detrás del naipe que se hallaba sujeto bajo la pata de una mesa vieja en las mazmorras pertenecía a un tal Goitier. No especificaba su nombre (en caso que Goitier fuera su apellido).
    Abraham había sentido una especial afinidad a él, un vínculo. Tal vez porque con su prosa podía reconocerlo como una persona sensible, como un tipo que <<piensa>>, así llamaba él a la gente cuando eran mejores que los demás, cuando deslumbraban del resto como un farol en la oscuridad <<los que="" piensan="">>.</los></piensa>
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    Jueves 16
    EL PRISIONERO DE LAS BARAJAS
    Hoy nos hemos dado cuenta que Goitier ha estado escribiendo su diario personal en un mazo de barajas que tenía. Yo pensaba que eran inofensivas, ahora me ha metido en un problema.
    Es una buena persona, me cae bien, y no me da miedo. Puede ser porque de todos es el único que no es peligroso. Es sólo un vagabundo. Pero me ha costado de lo lindo. Borghild hace siempre hincapié en que este tipo de cosas no pueden suceder. Yo mismo tuve que quemar los naipes frente a sus ojos, pero eso no lo apaciguó, porque está convencido de que podrían haber más.
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    Abraham pasó la página, rápidamente
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    ! Jueves 17
    Borghild sigue enojado por el asunto de las barajas. Me ha repetido muchas veces que eso no puede suceder. Estoy nervioso. Quiere deshacerse de Goitier, será porque piensa que volverá a buscar la manera de escribir en cuanto yo baje la guardia. Le advertí lo que estaba pasando, pero creo que no debí haberlo hecho: ahora Goitier está sufriendo porque está seguro de que Borghild dará la orden de matarlo.
    Y está en lo cierto: Borghild mandó a traer un montón de cavas del hospital, le van a sacar los órganos esta noche.
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    Jueves 18
    Hubo un barullo en la madrugada. Me volvió a meter en problemas. Goitier se suicidó, llevaba varias horas muerto cuando “el tuerto” Murillo fue con los enfermeros Pablova y Rojas. No sé cómo lo hizo, Murillo no se digna a hablar conmigo. El doctor Borghild no para de repetirme que soy un gordo estúpido. Me amenazó con encerrarme en un cuarto del piso de arriba y dejarme ahí. Tengo miedo, pero no creo que llegue a tanto, yo se muchas cosas de este hospital como para que me hagan algo, y por eso sigo los pasos de Goitier y escribo esto yo mismo, como mi salvavidas, en caso de que decidan hacer una idiotez.
    Palomino se murió sentado en el inodoro, como una rata. Creo que se envenenó. Lo único que queda de él es la foto en el clip.
    .
    Y hasta ahí llegaba el diario de Olifante.
    Abraham comenzaba a sentirse mareado, pero tenía los ojos bien abiertos, llenos de espanto. Con el tacto podía sentir que en la página siguiente había algo en relieve, un clip, con la foto de Goitier.
    Sin pensarlo dos veces, volteó la página, y observó la cara del hombre.
    Tenía facciones largas, y el cabello cortado al ras. No parecía un vagabundo, pero estaba claro que lo afeitaban en el manicomio.
    ¿Cuál había sido su pasado? ¿Por qué sabía escribir tan bien? Era mucho más depresiva la idea de que hubiese sido un maestro, un escritor o un poeta. La última persona que hubiese debido caer después de los niños.
    Pero había algo más… Abraham reconocía ese rostro.
    Reconocía los ojos, la boca, reconocía las líneas.
    Sí, él lo había visto antes… lo había visto una noche.

    • Dios mío –musitó-
      Claro que sí, pero le había llevado tiempo asimilarlo, porque la última vez no tenía piel, o al menos, esa es la impresión que a él le había dado… pero sí, era él: era el “señor del inodoro”.
    • Dios mío, amigo…
      Levantó la mirada hacia su baño, pero no había nadie.
      Ahora ese fantasma tenía un nombre, y un rostro humano.
    • Lo siento, amigo… lo siento mucho, lo siento mucho.
      Su mente volvió a encenderse. <<ecos que="" se="" manifiestan="">> pensó <<de la="" mejor="" forma="" que="" pueden="">></de></ecos>
      Giró la cabeza: tampoco estaba la mancha en la pared.
      Abraham sabía en el fondo que ninguna de las dos manifestaciones volvería más. Y era paradójico, porque eso lo hizo sentirse extrañamente abandonado.
    • Dios mío, lo siento –insistió, llorando- lo siento por ustedes.
      En ese preciso instante, como por arte de magia, la puerta del baño se cerró de golpe, removiendo los cabellos de su frente. Soltó la libreta de cuero y agarrotó los dedos en torno al cobertor de la cama.
      El estruendo de la puerta fue sólo comparable a la visión espantadora en sí. Aquello no había sido una manifestación paranormal cualquiera, no había sido un fantasma o un ente, sino que había venido de más arriba: era el San Niño, que deseaba que Abraham dejara de pensar y le prestara atención a ÉL.
      La radio posada sobre la mesa de noche se encendió.
      Abraham se levantó de golpe, observando el aparato. La señal se estaba acercando poco a poco, venía hasta a él, y tenía como pasadizo las bocinas del aparato.
    • Abraham… Abraham, ¡ayúdame! ¡POR FAVOR!
      La voz femenina fue ahogada nuevamente por interferencia estrangulada.
    • ¿Susana?
      La voz de ella le estaba respondiendo, pero reducida a lo inaudible por lapsos de silencio espantoso.
    • ¿Susana? –repitió, alterado- ¿Susana?
    • ¡Abraham!
      Se llevó las manos a la cara, desesperado. Arremetió con una patada contra la pared.
    • ¡Qué te pasa hijo de puta! –gritó, al aire- ¿por qué te metes con ella?
      La voz de la chica volvió a hacerse nítida.
    • ¡Abraham! ¡Auxilio! Me tienen…
      Su voz fue interrumpida abruptamente, y reemplazada por la antigua voz de un hombre, como un locutor de radio de los años 30:
    • … en el tercer piso.
      La radio se apagó de golpe.
      Giró la cabeza, para ver hacia la puerta.
      La palabra <<trampa>> surcaba su mente una y otra vez, como hormigas.</trampa>
      Sin embargo, no tenía caso ir más allá, ni amanecer otro día en el San Niño <<¿no es así, Abraham? Porque tú sabes que no puedes escapar de aquí, nadie puede hacerlo>>.
      Se dirigió a la puerta de la habitación, y la abrió.
      El pasillo estaba completamente a oscuras. Todo el hospital lo estaba.
      <<el san="" niño="" me="" ha="" hablado,="" por="" primera="" vez,="" con="" su="" propia="" voz="">></el>
      Salió al pasillo, y caminó lentamente a través de él, caminando a través de la puerta de emergencia, rumbo a las escaleras.
      Abraham no pensaba en nada, salvo que se estaba aproximando a la <<etapa final="">>, eso era todo lo que tenía en mente, <<etapa final="">>.</etapa></etapa>
      Ascendió sin prisa, con la palma de la mano acariciando el barandal pintado que, a partir del segundo piso, se hallaba oxidado.
      Al asomarse por el tramo final, contempló a su alrededor. Debajo de la enorme puerta de hierro que tenía un número “3” marcado en la cabeza se veía una brillante luz roja.
      Las paredes estaban surcadas de inmundicia y grasa, con raíces gruesas y extrañas saliendo de entre los bordes, formando telarañas latientes e inmensas, que sonaban a plástico quemándose. El barandal era sólo un doloroso muñón perdido en la herrumbre, y cada escalón estaba redondeado entre lo que se podía describir como fibras rojas y húmedas, que parecían un organismo entrelazado.
      <<el san="" niño="" me="" ha="" llamado="">></el>
      Empujó la puerta, que se abrió como si fuese tan liviana como el viento.
      Las paredes, el techo y el suelo estaban llenos de ese mimbre orgánico, rojo, movedizo, ruidoso y vibrante, como una migraña con cuerpo, y las puertas no eran más que relieves de pulpa en las paredes.
      Nítidamente podía escuchar una música de tocadiscos, antigua, muy antigua, una tonada de instrumentos clásicos de banda AM. Era una melodía suave y triste, parecía un himno.
      Y habían voces, muchas voces, pero Abraham sólo podía escuchar una a la vez, se mezclaban en gemidos vivos, querían que lo escuchara.
      <esa desgraciada="" noquieroquesevuelva="" a="" escapar="" esadesgraciada="" niÑa="" esa=""></esa>
      Abraham vio a los lados, hacia arriba.
      <¡CÓRTALE LAS PIERNAS! ¡CÓRTALE LAS PIERNAS! ¡LAS DOS! ¡ESO LE VA A ENSEÑAR, QUÍTALE EL OSO ALA PUTA CERDITA-DEDITOS-GORDOS, CASI NOSJODE, QUE SE LAS ARREGLE CON DOS MULETASSISEPORTA BIEN> <victoria, ¡no!="">chilló la voz de su madre <¡YO LAS CASTIGO, NO LO VOLVERÁ A NOOooooo esaMALDITAN NIÑA DESGRACIADA noquieroquesevuelva a escapar esaMALDITA NIÑA DESGRACIADA noquieroquesevuelva a escapar esa MALDITA></victoria,>
      Volvió el silencio.
      Siguió caminando, no sabía en qué dirección, no tenía noción de aquello, porque ahí, ni el norte ni el sur existían.
      <mamá, mamÁ,="" mamÁ=""></mamá,>
      Podía sentir las fibras orgánicas palpitando debajo de sus botas.
      Cruzó por una habitación que estaba abierta… Abraham vio hacia adentro.
      No había nada extraño, las paredes no estaban grasosas. El suelo era mármol pulido, la mesita de noche, el televisor, lámpara de mesa, cortinas, una ventana bonita, una nevera y una cama, no una camilla, sino una cama grande.
      No parecía el cuarto de un hospital. Parecía un cuarto de motel. Pero Abraham sabía que no era una dimensión paralela o alterna: estaba en el San Niño, claro que sí. Esa era simplemente una de sus tantas habitaciones. Sólo que parecía un cuarto de ¿motel?
      <mamá, auxilio,="" mamÁ,="" ¿quiÉn="" es="" usted?="" es?="" desgraciada=""></mamá,>
      Lo que siguió fue un chillido desgarrador, la voz de un hombre.

    ! <aquí pasan="" muchas="" cosas,="" caballeros=""></aquí>
    <sabe a="" jamón="" amor,="" sabe="" jamón,="" sigue,="" vamos="" sigue="" que="" te="" quita="" el="" hambre,="" búscate="" tu="" jalea,="" tu,="" gánate="" tu…=""></sabe>
    ! Había un hombre guindado con una soga al cuello, con un saco de tela mohosa sobre su cabeza. Se revolvía como si lo estuviese quemando en fuego invisible, mientras la soga lo paseaba en zigzag.
    <responsable></responsable>
    Escuchaba gemidos de niños, gemidos roncos, como el que haría un animal al que le están arrancando la garganta a pedazos.
    <mucho dinero,="" borghild="">></mucho>
    ! Abraham caminó hasta la siguiente puerta abierta, en su mente sólo había un vacío blanco. Lo había decidido él mismo, mantener la mente en blanco, porque si no, sólo Dios sabía lo que pasaría. Era demasiado, demasiado para él. Era un hartazgo, era una exageración. Estaba lleno, y no podía más. Era una maldad que él no era capaz de concebir, ni saber que existía hasta ese momento. Y era abrumador, y lo hacía sentir como un niño. <<dios>></dios>
    Observó adentro.
    Susana. Sentada en el suelo, veía hacia afuera.
    Era un lugar blanco, sin paredes ni techo. La luz no lo cegaba, pero sin embargo, lo cubría todo, había paz. Ese era el territorio de Susana, y el San Niño intentaba entrar en ella. Las raíces negras que venían desde afuera comenzaban a crear esas telarañas, esos dedos tiesos y quebrados, intentaban alcanzarla.

    • Abraham… pasa.

    ! ..
    2
    .
    ! El viejo Chevy rodeó la pequeña redoma del San Niño, y se estacionó frente a la puerta.
    El sargento Ezequiel Martínez sintió escalofríos, y no era fácil hacer sentir escalofríos a un latino que había crecido en un barrio peligroso de su país. Pero esto sencillamente lo superaba.
    Bajo la luna, el San Niño era exactamente como lo recordaba, pero en peor estado.
    Y lo recordaba bien: su departamento era eficiente, pero nadie, ni los oficiales más osados y de mayor carácter, tuvieron la fuerza ni tampoco las ganas de detener a varias docenas de hombres y mujeres furiosos, que se vinieron con sendas latas de líquido inflamable y antorchas.
    La policía de Valle de la Calma era escasa, ese día estaban verdes del pánico, y sin duda ninguno tenía el olfato suficiente para detectar la clase de porquería que se tapaba en el hospital de su pequeño, ignorante y reducido pueblo. Ninguno excepto Pulasky, el oficial Pulasky. Pero él estaba metido en todo esto ¿no? Se supo varios días después.
    La entrada al hospital parecía una boca de lobo, seca, con la pintura descorchada, completamente marginal. Ninguna de las largas hileras de ventanas de los tres pisos tenía un solo vidrio. Todo permanecía sumido en la más perpleja oscuridad.
    Martínez pensaba que algún niño podía haberse metido adentro y perderse. No era raro que unos mocosos sacaran de la nada ese tipo de inventos, sin saber que no encontrarían nada más que un montón de cuartos vacíos y sin puertas, mampostería vieja y seca, paredes tiradas, y muchos grafitis dibujados aquí y allá. El San Niño era como un árbol quemado, como un titán completamente apagado y abandonado. Así había estado los últimos veinte años, y así seguiría por otros veinte más, hasta que, a buena hora, decidieran demolerlo. ¿Llegaría ese día? No, nunca. Para eso alguien tenía que comprar el terreno, y estaba claro que nadie lo haría.
    Metió el brazo por la ventana, encendiendo los faros altos del coche, tocando luego la bocina.
    Pero pasaron minutos, y nadie contestó.
    En lo único que Martínez quería pensar, era en su casa, su mujer, y su libro.
    Y sobre todo, borrar al San Niño de su mente.
    ..
    3
    .
    ! - ¿Qué haces aquí, Susana?
    Abraham se sentó frente a ella, acercando su cabeza. No temía que ella fuera un espectro más, no: era Susana, era su Susana.
    Ella le señaló hacia un costado de la sala.
    Abraham podía verlos, abajo, como en el fondo de un pozo: el doctor Gonzalez presionando su pecho, dando gritos, la enfermera sosteniendo con manos temblorosas las manillas del aparato de electro-shock, el electrocardiograma marcaba una línea recta y fría.

    • Oh, no, no… por favor, no –gimió, con lágrimas acumulándose alrededor de sus ojos-
    • Abraham...
      Pero todo lo que pudo hacer él fue cubrirse, hasta que sintió las manos de ella acomodándose alrededor de sus hombros.
    • Abraham, por favor, mírame.
      Él obedeció, lentamente. Susana estaba como nunca, parecía…
      … parecía un ángel. <<un ángel="">> pensó.</un>
    • Susan, pareces un ángel.
    • Abraham, hay algo más importante que yo, de lo que hay que hablar. Eres tú. El hospital no te va a dejar salir de aquí…
    • Lo sé.
    • Pero tienes que saber por qué. Abraham: tu padre hizo algo muy malo cuando tenía tu edad. Él trabajó aquí, y tú fuiste concebido aquí, y por eso el hospital te reclama, te reclama que vuelvas. Eres uno de los niños de Borguild.
      Él la miraba, perplejo.
    • No entiendo.
    • Tu padre te sacó de aquí, y logró irse antes que todo cayera por su propio peso. Luego su esposa se dio cuenta, ella…
    • Ella es mi madre.
    • Por justicia, lo es. Pero fuiste concebido aquí –repitió- tu verdadera madre, Abraham, es una enfermera del San Niño. Borguild se enteró, y tu padre hizo un pacto con él. Tú serías la ganancia de su descuido.
      Él se limpió los ojos con el brazo.
    • ¿Lo entiendes?
    • Lo entiendo.
    • ¿Lo aceptas?
      Él asintió. Su luz entonces se había hecho más nítida, más blanca. Había abierto una puerta. Diciendo “sí” había descerrajado un candado.
    • Hizo algo muy malo después, también… y no quiero escucharlo, Susan, no quiero hablar de él. Quiero hablar contigo.
      La vio a los ojos.
      <<oh dios,="" qué="" hermosa="" te="" ves,="" ojalá="" puedas="" leerme="" el="" pensamiento="" para="" que="" sepas="" lo="" eres="">></oh>
      Las lágrimas le corrían por las mejillas, y la boca le temblaba. Por fin Abraham había descubierto que estaba muy lejos de volverse loco.
      Por ello, no sólo lo embargaba el amor por Susana, sino la alegría de saberlo. Era un alivio.
    • No hallo palabras para expresar qué tan lejos pudiste llegar en la vida, qué tantos hombres mejores que yo te mereciste, qué tanto amor pudiste encontrar en el camino y qué tan brillante eres como mujer. Gracias por quererme, Susana.
    • Abraham…
      Ella empezó a llorar.
    • Venir hasta en el umbral de tu muerte sólo me hace arrepentirme por algo más que por nada: haberte dado la espalda. No puedo creer que hayas dado tu vida por mí. Y daría el alma, y la ofrezco aquí y ahora, por vivir otra vida, sólo para darte tanto como tú me has dado. Pero ahora, sólo puedo decir algo.
      Se mantuvieron la mirada, en silencio.
    • Te amo.
    • Muchas gracias, Abraham.
    • No. Gracias a ti. Te amo, muñeca, te amo más que a nada en el mundo.
      Las raíces negras ya habían invadido el cuarto, y se acercaban lentamente, como una mano enorme cerrándose sobre ellos.
    • Sólo quiero pedirte un favor más, en esta vida.
    • ¿Cuál es, Abraham?
    • Abrázame, abrázame mientras todo termina.
    • No quiero que mueras.
    • No importa, Susana. Abrázame.
      Y ambos se envolvieron en los brazos del otro.
      Separados por lejanos puntos dentro del mismo país, las vidas de Susana Marceni y Abraham Castelblanch se apagaron, al mismo tiempo.

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