Historias.



  • Cuentos para reflexionar

    Algunos de estos cuentos la verdad que me hicieron pensar en como soy y otros me dieron consejos para actos futuros.


    Una compañía estaba buscando nuevos ejecutivos y le hizo la siguiente pregunta escrita a casi doscientos candidatos de ambos sexos y les pidió la respuesta por escrito:

    Está usted en vía a su casa en su carro deportivo, en medio de una terrible tormenta y pasa por delante de una parada de autobús y ve a tres personas:

    • Una viejita que está muy grave y que si no llega al hospital a tiempo, se muere.
    • Un médico, muy amigo suyo, quien le salvó la vida hace un par de años.
    • Y al ser más hermoso que haya visto en su vida, con quien siempre ha soñado y estaría dispuesto/a a pasar el resto de su vida con él/ella.

    Como su auto es del tipo deportivo, sólo puede llevar a un pasajero.

    ¿Qué haría usted? ¿Cual sería tu acción a tomar?

    Este es un problema de personalidad…

    • La vida de la viejita está en juego.
    • Al doctor que le salvó la vida, siempre en el futuro pudiera retribuirle de alguna manera
    • ¿Pero, cómo haría para no perder ese perfecto amor?

    De los doscientos candidatos, sólo uno consiguió el trabajo y su respuesta la encontrarás más abajo, pero antes piensa lo que tú harías en esta situación y después compárala con la respuesta de la única persona que fue contratada por la compañía.

    Esta fue la respuesta de la única persona que pensó hacer lo correcto:

    -Le doy las llaves del auto al doctor para que lleve a la viejita al hospital y yo me quedo en la parada y espero el autobús con la persona de mis sueños.


    Había una vez un emperador chino cuya hija estaba a punto de celebrar de decimoséptimo cumpleaños. El emperador decidió que en lugar de darle una sorpresa, ella era lo suficientemente mayor para saber qué quería como regalo de cumpleaños. Así que le preguntó a su hija, diciéndole que era su deseo darle cualquier cosa que quisiera.

    -Me gustaría que me regalaras la luna, -le dijo ella.

    El emperador se sorprendió mucho, pero como le había prometido lo que quisiera, hizo llamar a su mejor ingeniero y le dijo que su tarea era traerle la luna a su hija. El ingeniero se inquietó mucho, pero formó un grupo de trabajadores para conseguir una torre de bambú que llegara hasta la luna.

    La estructura llegó hasta el cielo, pero cuanto más alta era, más inestable era, y al final se fue abajo, matando a 50 hombres que estaban trabajando en ella en esos momentos.

    El emperador se puso furioso, y le espetó al ingeniero:

    -No sólo no has conseguido traerle la luna a mi hija, sino que también has matado a 50 de mis hombres en el proceso.

    Y le mandó a matar.

    El científico más destacado del país, que estaba muy afectado por el error del ingeniero, fue llamado entonces por el emperador con la misma petición. Se trataba de un hombre muy inteligente, y decidió utilizar la última tecnología para llevar a cabo la tarea.

    Construyó un cohete para rodear la luna, y atraerla hasta la tierra con un gran gancho. Al final, lanzó el cohete con algunos de los mejores técnicos que pudo encontrar.

    Pero cuando despegó, el cohete explotó en mil pedazos, matando a todos sus tripulantes. El emperador se enfadó aún más que antes, e hizo matar al científico.

    Entonces acudió frustrado al filósofo y le dio la tarea de traer la luna a su hija. El filósofo pensó detenidamente y le dijo a la hija del emperador:

    -He oído que quieres la luna para tu cumpleaños.

    -Así es- contestó ella.

    -¿Qué es la luna?-le preguntó él.

    Ella contestó gesticulando con las manos:

    -Es una gran bola blanca así de grande.

    Así que el filósofo encontró una gran bola blanca del tamaño que ella le había indicado y se la dio al emperador para que se la regalara a su hija. Y todos vivieron felices por siempre jamás.


    Había una vez una oruga que vivía en un gran árbol del parque. Cada día la oruga iba mordisqueando las hojas que encontraba en su camino, sin prestar atención a nada más.

    Pero un día la oruga se dio cuenta de que había algo lleno de colores volando por encima del árbol. Se quedó deslumbrada con los naranjas y azules luminosos que captaban la luz del sol y cuando esta brillante criatura voló cerca de la oruga, ésta pudo ver que era una hermosa mariposa.

    La mariposa parecía flotar en el aire, rozando la rama en la que estaba sentada la oruga.

    -¡Oh, mariposa, qué hermosa eres y con qué suavidad vuelas. Por favor, enséñame a volar como tú.

    La mariposa se acercó y le sonrió a la oruga:

    -Sé paciente, pequeña criatura, algún día, algún día.

    Pero la oruga era impaciente y cuando la mariposa volvió a aparecer al día siguiente, aún más luminosa que antes y volando alrededor de las ramas del árbol, la oruga volvió a decirle:

    -Por favor, mariposa, enséñame a volar como tú.

    La mariposa le susurró al oído:

    -Sé paciente y algún día lo harás.

    La oruga estaba tan frustrada que decidió sacarse la idea de la cabeza de una vez por todas y olvidó su deseo de volar.

    Entonces un día sucedió algo extraño. Parecía como si el mundo hubiese empezado a dar vueltas, un momento en una dirección y al instante siguiente en la otra dirección. A la oruga empezó a dolerle el estómago, y se sintió muy enferma.

    Parecía como si todo se hubiera vuelto desdibujado y distante. El mundo seguía girando, a veces rápido y otras veces despacio. La oruga se quedó paralizada y cerró los ojos, pensando que se estaba muriendo.

    Después de un rato, y no sabía cuanto había sido, el mundo pareció dejar de moverse y se sintió más ligera y libre. Le pareció que podía volver a moverse, y, al hacerlo, se dio cuenta de que tenía debajo el árbol, y el sol calentaba.

    En la distancia pudo oír un ligero murmullo y se sintió atraída por el ruido. Era una pequeña voz que le decía:

    -Por favor, enséñame a volar como tú.

    -Paciencia, ya lo harás, ya lo harás.

    Sólo entonces se dio cuenta de que se había convertido en una mariposa.


    Hace algunos años, Neil regentaba una cafetería en el centro de Liverpool. Estaba orgulloso de la decoración de moda de su local y del estilo de su clientela. La cafetería se llenaba por las tardes y por la noche, pero solía haber un periodo de tranquilidad alrededor de las 4 de la tarde.

    Un día Neil estaba limpiando la barra pulidísima cuando alguien que no había visto antes entró al bar. Este nuevo cliente parecía estar fuera de lugar. Vestía lo que sólo podría describirse como ropa de campesino: un anorak azul marino, un jersey tejido a mano y un sombrero de lana. Neil miró al hombre desdeñosamente y le preguntó qué quería.

    -Un café por favor -contestó el hombre.

    Neil hizo el café y lo puso en la barra.

    -Serán 30 peniques.

    El hombre se llevó la mano al bolsillo y sacó tres monedas de 10 peniques. Puso una en la barra enfrente de Neil y después se fue hasta el extremo izquierdo de la barra, donde puso la segunda moneda de diez. Luego se fue al extremo derecho y puso la tercera moneda.

    Neil estaba echando chispas; podía sentir cómo su cara y cuello se iban poniendo rojos de rabia, pero no dijo nada. Recorrió toda la barra y recogió el dinero. El hombre se tomó el café y se fue.

    El día siguiente, a la misma hora, volvió a suceder lo mismo. Neil explicó estos dos incidentes a sus amigos, a su clientela habitual cuando llegaron esa tarde. Les dijo que iba a devolvérsela a ese hombre si volvía. Les invitó a que fueran más pronto el día siguiente para que pudieran ver con sus propios ojos cómo lo hacía.

    Un día más tarde, el hombre llegó a la misma hora con la misma ropa y volvió a pedir un café. Neil le sirvió el café como siempre y le pidió 30 peniques. El hombre metió la mano en el bolsillo y sacó una moneda de 50 peniques, dejándola frente a él en el mostrador. Neil sonrió con regocijo, era su oportunidad. Le guiñó el ojo a sus amigos, que se preguntaban qué era lo que iba a hacer.

    Neil fue a la caja y sacó dos monedas de 10 peniques para darle el cambio. Con una sonrisa irónica, miró al hombre y fue hasta el extremo izquierdo de la barra para dejar una de las monedas. Después fue al extremo derecho y dejó la otra. Volvió al medio del mostrador y miró al hombre

    El hombre ni se inmutó, cogió su taza, se bebió el café, se metió la mano en el bolsillo, sacó otra moneda de 10 peniques, la puso en el medio de la barra delante de él y dijo:

    -¡Otro café, por favor!


    Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así, pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo.

    Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le he hecho nada; algo se le habrá metido en la cabeza.

    Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo.

    Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso:

    -¡Quédese usted con su martillo, estúpido!


    Espero que les guste.



  • **_Jaja lo lei hoy en taringa a estos, pero no los postie porque tenia que estudiar u.u

    El primero, es el mejor._**



  • Con el 1º, el 4º y el 5º me rei un poco, los otros 2 son para reflexionar mas que nada 😛



  • El primero y el anteultimo son los que mas me gustaron.



  • **Son muy buenas jajaja.

    El último me lo habían contado pero un poco modificado,
    Muy lindo aporte.

    Saludos,**



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  • Muy buenos estan. Los que más me gustaron fueron el 1º y el 5º.



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