Duele como tantas veces, pero el orgullo late como nunca.



  • Es un póster pegado que muestra descoloridas por los años las caras de Kempes y Fillol. Es un tatuaje con la cara de Diego Maradona y un lagrimón que se escapa. La mirada perdida en un punto fijo. El abrazo de consuelo con un desconocido, los dos derrumbados en la mesa de un bar. Una corneta que lanza en la cerrada noche de invierno un último bocinazo desgarrador. Pero flamea una sensación diferente a todas, que está ligada al orgullo. Reina Alemania , pero Argentina está de pie.

    No hubo un final de película con la Plaza de Mayo llena, que incluyera una nueva versión del mejor gol de la historia con la zurda mágica del messias. Pero esta vez no habrá lapidación pública. Tampoco sería justo. La derrota de la Argentina en la final del Mundial se presenta como una buena oportunidad para desafiar esa irritante tendencia de que del amor al odio existe solo un paso. Nada más que un paso.

    Muchas veces los mundiales clavaron el dolor de ya no ser. Entonces se instalaba una queja tanguera, fatigada de amargura. Pero Brasil 2014 rompió varios estigmas. La infranqueable barrera de los cuartos de final perdió su embrujo. Una final en el patio del archirrival, un partido decisivo en tierra enemiga, se recordará por años. No se trata de un complaciente consuelo, pero este subcampeón se ganó un lugar en la memoria colectiva. La que rescata de la desdicha de un resultado a aquel que entrega el pellejo con honor.

    Alemania es el mejor y su conquista premia un proyecto. Es una idea que merece copiarse. Pero ayer no fue más. Por eso la derrota duele como siempre, pero esta vez no condena. Valga el juego de palabras: ni la propia razón logra entender a las razones del corazón. Tan simple y tan complejo, como para explicar esa pasión desamparada de lógicas. Tan profundo y a la vez tan efímero, un sentimiento incapaz de ofrecer siquiera un boceto de explicación. Es saber que el fútbol siempre da revancha y resignarse a que con la selección nunca se sabe. Es fútbol y es país. Es tener un motivo. Se razona de otra manera. Se piensa con el corazón.

    Son los dictados del corazón. Porque algo es cierto: el orgullo espera, da revancha, ofrece alternativas que no se registran en las estadísticas. Por eso el aplauso cálido y generoso del Maracaná cuando el plantel subió a recibir la medalla que algunos eligieron esconder. No habían rozado la inmolación por la plata, tenía sabor a poco para ellos. Los guerreros habían escrito su libreto con sangre y sudor. En ese instante de premiación no hubo ni un silbido ni una burla brasileña. Tanto carácter había callado hasta a los maliciosos. Las cicatrices quedarán, pero el baño de gratitud que el plantel recibirá esta mañana en Buenos Aires lo ayudará a entender la dimensión de su aventura mundialista. Eligieron la épica y eso siempre tiene recompensa. Más valiosa que el metal de una medalla.

    El combustible emocional los arrimó hasta la orilla de la gloria. La fortaleza física quizá los abandonó después de tres tiempos extra en cuatro partidos. Quizá, también, al árbitro Rizzoli se le puede discutir la acción temeraria del arquero Neur sobre Higuaín, pero enseguida habrá que admitir que dejó en la cancha a Mascherano que, amonestado, por lo menos dos veces más mereció la amarilla por raspar a Schweinsteiger. Que Higuaín, Messi y Palacio tuvieron el título en un puño y lo dejaron escapar con tres definiciones que varias noches volverán como pesadillas. Que la providencia hizo todo lo que pudo desde el gol en contra de Bosnia, pasando por el poste de Suiza en la agonía del alargue, los penales con Holanda y ayer, otra vez un palo, para salvar a Chiquito Romero del cabezazo de Hoewedes.

    El hincha hace años que está buscando el héroe perdido. El pedestal sigue ausente, pero acá encontró un puñado de valientes que acertaron en la resistencia y fallaron en el tarascón. Cruel paradoja para un plantel que aterrizó distinguido por su volcán ofensivo y temeroso de sus grietas en el fondo. Igual, el orgullo está por arriba de una esperanza de vuelta olímpica que se esfumó en el minuto 112, cuando la derrota se corporizó en el tiempo suplementario, el siempre escalofriante envase por el que pasaron las tres últimas finales mundialistas.

    Claro que existen cuestiones más complejas que una competencia cada cuatro años. Pero los sentimientos son capaces de hacerle un corte de manga a la desventura. Corriendo detrás de una pelota también se llega al sentido de pertenencia. Hay sentimientos que se transmiten y el fútbol es un fantástico vehículo: entrega, hermandad, compromiso, lealtad. Y esta selección los propuso como bandera. Una fantástica manera de llenar algunos vacíos.

    Cristian Grosso. Canchallena.

    Me pareció un resumen excelente de lo que sentimos todos ayer, y lo que estamos sintiendo hoy.



  • **Sin palabras…

    Suerte.**



  • Muy bueno costo leerlo pero excelente!
    Verdad que si gano Alemania pero argentina esta de pie



  • Orgulloso de ser Argentino. Alemania ganó la batalla, pero no la guerra.



  • Totalmente. Estoy orgulloso de ser argentino, aunque hallamos perdido en esta batalla, todos seguimos de pie.
    Ya vamos a tener la revancha de nuevo, hay que esperar.



  • **Un orgullo, pero cuando perdimos se me caían las lagrimas y tenia un nudo en la garganta, muy feo.

    Le doy gracias a Dios por ser argentino.**


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